La hermana de la Caridad: 24

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Capítulo XXIV
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Creía Eduardo que Margarita había ya abandonado sus ideas de venganza. Mas nada estaba más lejos del pensamiento de aquella infeliz y porfiada mujer, nada. Su casa, centro antes de todo Nápoles, era un desierto. Sólo se oían los pasos de sus criados. Ni un alma llamaba nunca a la puerta. Cuando Margarita iba a un teatro, nadie la saludaba. Celebrábanse mil fiestas en la ciudad, y a ninguna era convidada. Su frente llevaba una marca de ignominia; sus bienes, la señal de una próxima confiscación; toda su persona, la sombra fatídica de la desgracia. Vivir así era imposible; sí, imposible para su alma, acostumbrada al placer, a respirar el aliento de la adulación, a ver el brillo de la lisonja.

Y este estado tan triste, tan aflictivo; esta soledad tan espantosa, podría trocarse mágicamente en una fuente de felicidad si Margarita reconquistaba su perdida influencia, su desvanecido poder. Por eso, por venganza primero, por utilidad y provecho después, acaso, y sin acaso, por ambas cosas, Margarita pasaba maquinando conspiraciones. Había en la corte un Conde que era la pesadilla de Margarita. No sabemos si el lector recordará cierta escena que referimos al principio de esta nuestra narración. Recordará, sin duda, el lector aquel hombre a quien Margarita quería asesinar, y que Eduardo hubiera asesinado, sin duda, a no ser por la mágica voz de Ángela.

Pues bien: aquel hombre era la pesadilla de Margarita. Y la joven tenía razón. Ella había amado a ese hombre, y ese hombre, después de haberla perdido, la había abandonado. Ella se consoló de la desgracia de su amor con la fortuna de su poder, y aquel hombre, interponiéndose en su camino, la había también robado el poder. Era necesario aniquilar a aquel hombre.

Pero su enemigo era todo un poder. Había recibido grandes honores, grandes distinciones en Palacio, y gozaba de la omnímoda confianza del Rey. Poco a poco había desalojado de su alrededor casi toda la parte de la aristocracia que le podía hacer sombra. Por sus manos pasaban casi todos los negocios; su consejo era decisivo, su influencia poderosa. Era preciso derrocar a aquel hombre. Los nobles, a quienes sin duda alguna no repugnaba el sistema de Nápoles, repugnaban la privanza de aquel hombre, y le aborrecían, no por odio a la tiranía, sino porque ellos eran tiranizados y no tiranos. Todo el mundo sabe la gran tendencia de Italia a las sociedades secretas; tendencia nacida, sin duda, de sus grandes y dolorosas desgracias. Los enemigos del Conde, los caídos por su causa de la Real privanza, se reunían en una inmensa sociedad secreta. Todos los medios de burlar su poder se habían inventado allí. Aquella sociedad se llamaba «de los enemigos del tirano». Soledad, obscuridad, sigilo, fórmulas sibilinas, misterios solemnes, juramentos terribles, pruebas tremendas; todo lo que puede constituir una sociedad secreta, todo se celebraba allí. Margarita y Eduardo no habían podido entrar en aquella sociedad hasta que les sirvió de intercesor su amigo Rafael. El Rey odia y persigue estas sociedades de muerte, y, sin embargo, las sociedades más extravagantes, más populares, existen en el fondo de esta Italia, llena de terribles dolores, como sus volcanes de lava.

No necesitamos decir que tenemos por grave daño las sociedades secretas. Partidarios acérrimos de la libérrima asociación, creemos que esas sociedades secretas que se esconden profundamente en la obscuridad son un mal. Pero ese mal nace muy principalmente de la naturaleza de ciertos gobiernos, de la organización de ciertas sociedades. Los pueblos donde no hay libertad, ese bien descendido del cielo, sufren desgraciadamente todas las consecuencias de las sociedades secretas. No hay nada que sea tan armónico, tan grande y tan pacífico como la libertad.

Los más enemigos de las sociedades secretas no podrán negar nunca que esas sociedades pueden tener grandes objetos. Las catacumbas de los primeros cristianos, donde se inició nuestra divina Religión, eran una gran sociedad secreta. Las reuniones de los pitagóricos, de los neoplatónicos en la antigüedad, eran también una gran sociedad secreta. La misma Italia las tiene, y las ha tenido, para libertar a su país del extranjero yugo. Estas sociedades tienen un fin, y se concibe que en ellas el hombre arriesgue su libertad y su vida.

Pero una sociedad secreta para derribar un favorito, para contrastar el transitorio poder de un hombre, para deshacer las tramas de una intriga de corte; una sociedad secreta de esta naturaleza, con este objeto, es, sin duda, uno de los frutos más raquíticos, más amargos que puede dar de sí el absolutismo. Y esta era la sociedad secreta en que iban a entrar Eduardo y Margarita. Este era el centro donde se reunían todos los descontentos; esta era la única esperanza de aquellos dos jóvenes, perdidos en el intrincado laberinto del mundo.

Para Eduardo y Margarita había sido un gran contratiempo la tempestad de aquella noche. Era mal principio entrar en una sociedad y faltar la primera noche. Además, su ausencia había excitado sospechas en sus domésticos. Y en estos pueblos, fundados sobre la desconfianza, en que el poder tiene cien ojos y cien manos y cien pies; en estos pueblos infelices, el recelo, la sospecha, se introduce hasta el sagrado e inviolable seno del hogar doméstico.

El joven, pues, objeto de la saña aristocrática era individuo de la más alta aristocracia. Era el conde Asthur, que gozaba gran privanza en Palacio. Enamorado un tiempo de Margarita, gustó en realidad todas las amarguras de su infeliz amor. Un día la pasión llegó a su colmo, rebosó su pecho y tomó de Margarita una venganza. Desde aquel punto la guerra entre los dos jóvenes fue sin reposo, sin tregua: Margarita pensó en asesinar a aquel hombre, y aquel hombre, que era muy astuto, asesinó con más certero golpe a Margarita; es decir, la robó toda su privanza, toda su influencia, toda su fuerza, todo su poder en Palacio.

El conde Asthur se había ganado la privanza del Rey. Su padre había sido sacrificado en las calles de Milán por una de las sangrientas revoluciones de Italia. Aunque educado en ideas muy liberales, desde aquel instante juró el joven odio a la Revolución, y prometió tomar de ella toda la posible venganza. Así, al lado del Rey de Nápoles, aconsejándole, hacía que recelara de todo cuanto le rodeaba, y sobre todo de las familias nobles. Estas familias, que no se atrevían en su esclavitud a odiar al Rey, odiaban a su privado. Todo se volvía hacer votos al cielo por su muerte, cuando no andaba mezclado a tales votos el puñal y el veneno, que tanto aplican y manejan los italianos. El conde Asthur poseía el corazón del Rey, y se burlaba de sus enemigos. Conocía todos sus pasos, y estaba seguro de cogerlos a todos en sus redes. Enemigo irreconciliable de Margarita, él fue apartando al Rey y a la Reina de la inclinación que tenían por el talento juguetón de la joven. Y es fuerza decirlo: para dar la señal de guerra, como buen italiano, había escogido el Conde, sin duda, el instante más ruidoso y más propicio.

Aunque muchas familias habían caído en la misma desgracia, ninguna había sido tan inesperada, tan ruidosa como la de Margarita. La joven la esperó durante mucho tiempo, desde que vio el ascendiente que tomaba el Conde sobre el Rey. Mas como habían pasado tantos días y tantos acontecimientos, llegó a persuadirse a sí misma que sus temores eran infundados, y se ahuyentó su miedo. Recelaba del peligro, pero nada más. Al fin, su desgracia, la no temida desgracia, se cumplió.

El conde Asthur eligió el momento supremo de herirla en el corazón. El golpe había sido, en verdad, doble, por su intensidad y por el instante escogido para asestarlo Desde aquel punto se organizó contra el tirano, contra el favorito, contra el hechicero, una vasta conspiración, una sociedad secreta. No había remedio: era necesario cazarlo. Pero el conde Asthur, con esa perspicacia italiana, con esa habilidad en intrigas que todos le reconocían, había cogido en sus manos los hilos de aquella gran conspiración. Para aplastarlos a todos sólo esperaba un instante, el instante en que Margarita y Eduardo entraran a formar parte de aquella conjuración.

Pero el conde Asthur era muy desgraciado. El amor, pero un amor extraordinario, le había traspasado el pecho. Esta pasión, grande, exaltada, le había sumido en una profunda tristeza. Desesperaba, y en nada tenía la vida. La pasión del conde Asthur era pura y profunda. Había sido inspirada, ¿por quién? ¡oh! había sido inspirada por Ángela. Una noche en que la joven cantaba la Sonámbula, Asthur se sintió más cautivado por aquella voz; se sintió profundamente dolorido. La música de Bellini será siempre el cántico más sublime del amor. Nunca, en ningún tiempo se podrá expresar el sentimiento, la tristeza, el amor, de una manera tan viva, tan profunda, tan grande; nunca. Aquellas notas son lágrimas, aquellas armonías latidos del corazón, aquel canto el eco de la tristeza profundísima que produce una profundísima pasión. El conde Asthur conoció toda la profundidad de aquel sentimiento, y desde tal punto la imagen de Ángela, sí, de Ángela, llorosa y enamorada, se grabó en su corazón y en su conciencia. Ya no tuvo tranquilidad su vida; ya no tuvo paz su corazón.

Un día se encontró a la joven cantora en una reunión de confianza. El Conde se acercó a hablar con timidez. Ángela le contestó con su natural amabilidad. El Conde la dirigió algunas palabras, que Ángela tomó por meras galanterías. Pero bien pronto la conversación tomó otro giro. El Conde fue poco a poco descubriendo su corazón. Ángela se ocultaba como para no verlo. El Conde quiso leer el corazón de Ángela, y la joven le manifestó, de una manera delicadísima, que ella de ninguna suerte podía amar ya en el mundo. Aquellas palabras alimentaron el amor del Conde. Cuando volvió a encontrarse solo, la imagen de aquella mujer le perseguía, le atormentaba. En sueños se aparecía a sus ojos; despierto, involuntariamente pronunciaba su nombre. Mil veces, en los salones, se acercaba maquinalmente al piano, y lo hería preludiando el rondó final de la Sonámbula. En las noches en que cantaba Ángela, se sumía solo en lo más hondo de su palco, y allí lloraba al oír su voz. Su amor había tomado de esta manera una intensidad infinita, y de tal suerte que le distraía de todo otro pensamiento.

Un día, no pudiendo ya ocultar su pasión, tomó la pluma y escribió estas líneas:

«Yo os amo, Ángela, os amo. Mi corazón, que yo creí superaría a esta pasión, está herido, está enfermo. El mundo entero me parece un infierno sin vos. No me castiguéis, Ángela. Si no me amáis, callaos. Dejadme al menos por largo tiempo en esta incertidumbre. Es muy triste, mas la prefiero a la desesperación.»

Ángela rasgó la carta. Nada contestó. Una tarde, al anochecer, paseaba por las orillas del mar, y se le acercó el Conde respetuosamente.

-Ángela...

-Señor Conde...

-Debo hablaros.

-Hablad.

-¿Habéis recibido una carta?

-Sí, señor Conde. Y no os he contestado por motivos que fácilmente alcanzaréis.

-Contestadme ahora.

-Señor Conde, si yo pudiera amar... os amaría; pero no quiero engañaros; no os amaré, ni ahora ni nunca.

-Ángela, me habéis asesinado.

-Señor Conde, he creído sinceras vuestras palabras, y os doy esta contestación.

-¿Vos amáis a otro ser?

-¡Oh! No, no, no; ya os he dicho que yo no puedo, que yo no debo amar.

-¡No debo! ¡Un ser como vos condenado a no amar!

Ángela movió la cabeza afirmativamente.

-Eso no puede ser.

-No podéis penetrar los secretos de mi corazón.

-Me condenáis a un eterno martirio.

-Si lo meditarais mejor, os hago un gran favor.

-¿Creéis, por ventura, Ángela, que no digo lo que siento?

-Ved si soy orgullosa. Creo sinceras vuestras palabras.

-¿Y me despreciáis?

-No; pero en el corazón la voluntad no manda.

Desde aquel instante los esfuerzos del Conde se redoblaron. Era la sombra de Ángela. Doquier iba la joven, allí se aparecía el Conde.

Ángela llegó a mostrarse adusta; su rendido amador llevó su amor al extremo. Una especie de delirio le había sobrecogido. La pobre joven contaba entre sus grandes desgracias haber inspirado esa pasión insensata, y lloraba amargamente esa desgracia. La crueldad del Conde se había acrecentado en esta triste situación.


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