La hermana de la Caridad: 26

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Capítulo XXVI
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Es de noche; una lámpara ilumina una estancia subterránea. La luz de la pequeña lámpara no llega al suelo; sirve sólo para aumentar la obscura lobreguez de aquel abismo. La estancia parece una cárcel. Son sus paredes gruesas. Los sillares que la componen, unidos por el tiempo y despojados de la cal, parecen sobrepuestos sin trabazón alguna unos sobre otros, y entrelazados sólo y sostenidos por la acción inevitable del tiempo. La bóveda es bizantina, pesada. Parece que aquellas inmensas piedras que la componen van a caer sobre el pavimento, que está húmedo. No se oye en esta pequeña estancia nada que indique habitarla un ser humano. Sólo la triste lámpara da indicios de que por allí ha pasado la huella del hombre. De vez en cuando algún mochuelo, proyectando con sus negras alas una triste sombra, cruza alrededor de la luz; otras veces una siniestra lechuza aletea fuertemente para apagar aquellos moribundos resplandores. El silencio, la obscuridad, el cruzar ligero y rápido de algunas aves nocturnas, el frío húmedo que allí se siente, todo, todo es horrible, todo es espantoso. En aquella mansión la noche debe ser eterna; parece más bien un inmenso sepulcro que humana vivienda. Y, sin embargo, se oyen algunos golpes; parece un martillo. Una de las piedras del techo se abre. Aparece una tabla que va muy despacio bajando del techo. En la tabla hay un ser humano envuelto en un largo capuchón negro, con un negro y horroroso antifaz. La tabla baja hasta tocar el mismo suelo. El ser que venía tendido se levanta. Es bajo. Sus dientes rechinan de frío, tiembla y da un grito espantoso. Algunos ratones gordísimos han corrido bajo sus pies; algunos mochuelos han tocado con las finas membranas de sus alas su frente. No se atreve a andar. A poco que le miremos, conoceremos que es una mujer. Es Margarita. Allí se queda de pie la infeliz, sin atreverse a andar ni un paso. Tiembla como azogada; pero el fuego de su pasión y de su venganza la anima y la sostiene. El frío de la atmósfera la hace temblar. De pronto se apaga la lámpara, lo único que esclarecía la estancia. El miedo de Margarita se acrecienta. No puede sostenerse, y entonces se sienta en el frío suelo. En aquel mismo instante, en las negras piedras de la techumbre, resaltando en medio de la negra y espesa obscuridad, se ven unas fosfóricas letras que dicen: «¡Muera, muera, muera el tirano!» Aquellas letras, que parecen escritas en el aire por la mano invisible de algún genio, sorprenden a Margarita. Sin embargo, un quejido ronco sale de su pecho, y exclama con voz entera y firme y robusta: «¡Morirá!»

La obscuridad vuelve a caer sobre la terrible estancia. Parece que la noche es allí más tremenda y más espesa. De pronto se siente retemblar el suelo: Margarita quiere acogerse a la pared, pero no llega a tocarla. Un sudor frío baña su frente. Cuando las fuerzas le faltan, se acuerda de su venganza. Este recuerdo la sostiene, la anima. El temblor crece; de pronto se abre una gran sima. Por aquella sima sale un fuego rojizo, color de sangre, que tiñe de este color todos los ámbitos de aquel subterráneo. Margarita ve cruzar murciélagos, aves nocturnas, al reflejo de aquel resplandor, parecido al fuego con que Miguel Ángel pintó el infierno. De pronto se apagó el fuego; se quedó otra vez la estancia obscura; pero la sima quedó abierta, y un opaco resplandor iluminaba su terrible boca, que parecía las fauces de un monstruo mitológico. Un ruido inmenso de cascabeles, de campanillas, de fuertes detonaciones, se oyó entonces, y una voz que decía: «Pasa, pasa, pasa contra el tirano.» Margarita se dirigió a la sima, púsose con planta firme al borde, y desapareció como si la hubiera tragado la tierra.

Entonces se encontró en una estancia mejor. Estaba iluminada por dos velas que había sobre una mesa. Las paredes se hallaban cubiertas de negro. El suelo alfombrado de negro y muy mullido. Margarita cerró los ojos al acercarse a la sima; vio que caía de alto, pero muy tardamente, y se encontró en aquella negra estancia. Algunas notas de un Miserere cantado a lo lejos se oían. Las paredes estaban cubiertas de negro, el techo también, el pavimento, la mesa, todo, hasta una silla que junto a la mesa había. Margarita se acercó a la mesa y vio un papel, donde se encontraban escritas estas palabras: «Escribe del sacrificio.» La joven cogió la pluma, y escribió estas palabras: «El hombre debe sacrificarse por el hombre. Hay sacrificios tristes y cruentos, pero necesarios. Lo primero que debemos sacrificar en pro de una buena causa, es nuestro instinto de virtud. Éste, sí, éste y no otro es el grande, el verdadero, el honroso sacrificio. Yo vengo aquí superando todos los instintos de mi naturaleza. Vengo por el sacrificio. Pero creo que debo hacerlo por acabar con el tirano que tiene hechizado al Rey, oprimido al pueblo. Decid que sacrifique todo cuanto hay de honrado y virtuoso en el corazón: lo sacrificaré. Dadme el puñal. Lo afilaré, prepararé el golpe y se lo asestaré, golpe certero, en mitad del corazón.»

-¡Basta, basta! -dijo en este instante una voz obscura y misteriosa.

Margarita se levantó. Una de aquellas paredes se abrió, como si fuera una inmensa puerta. La joven no vio nada al través de las anchas, inmensas puertas. Las dos luces no penetraban en aquella pavorosa obscuridad. La joven, aunque con gran repugnancia, entró en las tinieblas. La pared se cerró a su espalda, y quedó sumida en un profundo silencio, sin ver nada, sin acertar a distinguir dónde se encontraba. Sintió un ruido como de unas gigantescas alas que se desplegaron. Mas abriendo los ojos con intensidad, nada, nada veía. El aire estaba agitado; temblaba; tenía frío. La joven no pensaba si aquel frío era hijo del terror o hijo de la atmósfera. Una luz fosfórica cruzó entonces por el suelo. Margarita se cubrió el rostro con las manos. Había visto en el suelo huesos amontonados, calaveras, cadáveres, sepulcros entreabiertos, de donde salían sombras gigantescas, cenizas, copas rotas manchados de sangre, largas cabelleras, esqueletos, mortajas rotas, mil puñales. Por el aire cruzaban también esos fuegos en varias direcciones, fuegos de mil colores, y por el techo arañas gigantescas, murciélagos, lechuzas, esqueletos montados en cañas de escobas, brujas, horrores sin cuento. Aquel mundo tenía una inmensa realidad. Parecía que era la Naturaleza en el día del Juicio, abrasada por el fuego del cielo, descompuesta, sacada de quicio, pulverizada y destruida; la Naturaleza convertida en un inmenso cadáver, sumida, devorada por todas las fuerzas de muerte, de exterminio, de triste y horrorosa descomposición que hay en su seno. Y así como la vida es tan grata, como el espíritu se recrea en ver las frutas, las flores, el verdor del campo, el espíritu padece y se anonada delante de la descomposición, de las ruinas del mundo orgánico, de la triste y pavorosa muerte. Así es que Margarita no osaba andar. «Pisa, pisa, decía una voz; pisa, pisa el polvo, los huesos, las entrañas de las víctimas.» La joven andaba, los huesos humanos se rompían bajo sus plantas, como los huesos de las aves entre los dientes del sabueso. Aquel ruido era horrible. Al mismo tiempo, largos ayes, profundos quejidos poblaban los aires. Del fondo de los sepulcros salía una llama pálida, amarillenta, y caían las piedras de los sepulcros, formando un ruido espantoso, que era a los oídos de Margarita como un triste y pavoroso eco de la triste y pavorosa eternidad.

Margarita temblaba como si una epilepsia sacudiera sus nervios y desgarrase su corazón y sus carnes.

-¿Quién eres? -decía una voz.

-Soy uno de vosotros; soy también víctima de la injusticia.

-¿Tienes valor?

-Tengo valor.

-¿Te asusta la muerte?

-No, cuando la muerte viene por la causa de la justicia.

-Mírala, mírala bien.

Y una luz amarillenta se extiende sobre todos aquellos tristísimos y aglomerados objetos, sobre todos, y les daba una palidez horrible, muy horrible. Parecía la palidez de la muerte.

-La veo, la veo -dijo Margarita.

-Entra.

Y se abrió un sepulcro.

La joven penetró en el sepulcro. No podía estar de pie. Se tendió, y la losa cayó sobre ella y se quedó encerrada Margarita allí, dentro del sepulcro, falta de respiración, pues creía que iba a ser el último instante de su vida. Dentro de aquel triste y reducido espacio le asaltaban mil terribles pensamientos. Parecíale que probaba de antemano todos los horrores de la muerte. Allí, sin luz, casi sin aire, tendida como un cadáver, sola, sin saber nada de sí, y sin oír nada, Margarita sintió un terror inmensamente más intenso que todos los terrores que la acompañaban en aquella terrible y espantosísima noche.

Después que estuvo por largo espacio de tiempo encerrada en aquel gran sepulcro, sintió Margarita como que el fondo bajaba muy pausadamente a un abismo. Abrió los ojos, y se encontró en un largo pasadizo, donde se movían, como las lengüetas de una rueda de molino, infinitas espadas. Una voz cavernosa le dijo: «¡Adelante!» Y Margarita, con un valor heroico, fue separando las espadas y siguiendo los pálidos resplandores de una pálida y moribunda luz, que relucía en el último término del húmedo pasadizo. Por fin llegó, y vio una puerta gótica. La transpuso y entró en un salón. Era inmenso y estaba tapizado de negro. Tres filas de bancos subían unas sobre otras del pavimento. Los asientos estaban ocupados por fantasmas vestidos de blanco, que parecían horrorosas sombras. Llevaban los seres allí sentados una larga túnica blanca, un cucurucho inmenso, que agrandaba de una manera extraordinaria su estatura. En el fondo del salón, al lado de una mesa cubierta de negro, se levantaban unos altos sillones coronados por unos búhos de talla gigantesca. En aquellos sillones se veían tres enmascarados vestidos con largos ropajes de color de sangre. Cuando Margarita entraba, el que parecía jefe de aquella misteriosa diabólica reunión tenía estrechado contra su pecho a un ser vestido, como ella, de negro. Margarita reconoció en aquel ser a Eduardo.

Apenas había entrado, cuando, mientras el conjurado en quien Margarita reconoció a Eduardo se retiraba a uno de los rincones de la estancia, el presidente decía:

-Acercaos, joven.

Margarita se acercó.

-Poned la mano sobre ese negro bulto que veis a vuestras plantas.

Margarita se inclinó para ver el bulto designado, y reconoció un cadáver. Un horror insuperable la retenía; pero su voluntad, superior en ella al instinto, se dominó pronto, e hincándose, puso la mano sobre el pecho del cadáver.

-¿Veis ese hombre?

-Sí.

-Pues fue un traidor.

-Entonces...

-Debéis jurar que deseáis estar como él si alguna vez faltáis a vuestras promesas.

-Lo juro.

-Levantaos.

Margarita se incorporó, irguiendo la cabeza con altivez y con gracia.

-¿A qué venís aquí?

-A perseguir a los tiranos.

-¿Quién es el tirano?

-El conde Asthur.

-¿Qué creéis que debe hacerse con él?

Margarita vio relucir sobre la mesa un puñal; le cogió y le blandió en el aire en ademán de dar puñaladas a un objeto. Un sordo rumor de aprobación corrió por toda aquella inmóvil asamblea.

-Habéis adivinado -dijo el presidente- el pensamiento de todos. ¿No es verdad, nobles conjurados, no es verdad?

En este instante, infinidad de voces de los conjurados, unas obscuras, otras atipladas; unas serenas, otras turbadas; unas fuertes, otras débiles, comenzaron a decir, pero una tras otra: «Sí, sí, sí»; y aquellos horribles síes se perdían como otras tantas maldiciones en la bóveda del salón.

-Pues bien -dijo el presidente-: todo el tiempo que demoréis vuestra decisión es tiempo perdido; tiempo de que os pedirá estrechísima cuenta el severo juicio del Eterno.

-¡Ahora mismo, ahora mismo, en este instante! -dijeron las voces a una.

-Proponed -exclamó el presidente-, proponed vos, conjurado nuevo, los medios.

-Yo creo -dijo Margarita con voz serena y entera-, creo que deben caer todos nuestros nombres en una urna. Que después debe ponerse, junto con esos nombres, uno que diga: «Vengador», y aquel detrás de cuyo nombre salga éste, aquél será el encargado de hundir ese agudísimo puñal en el infame pecho del tirano.

Las mismas voces y las mismas exclamaciones acogieron las palabras de Margarita.

Después dos conjurados trajeron una urna, todos fueron uno a uno arrojando su nombre en la urna. El presidente removió aquellos nombres, y le rogó a Margarita que se acercara. A la pálida luz de los hachones se comenzó a celebrar aquella horrible, espantosa lotería del crimen. Margarita, después de haber prestado infinitos juramentos, que no son para contarlos, comenzó a sacar los nombres.

Entre nombre y nombre había un silencio profundo, horrible. Todos esperaban que les tocase la triste suerte, o, mejor dicho, todos lo temían. Por fin salió el nombre de Eduardo. Margarita introdujo con una especie de locura la mano en la urna, y el presidente dijo después con voz grave y pausada: «¡Vengador, vengador, vengador! Basta.»

Un murmullo sordo de satisfacción en unos, de temor en otros, sacudió la asamblea. Eduardo se adelantó en medio del salón con paso lento, pero seguro, mostrando su fría serenidad. El presidente bendecía el puñal, y se lo entregaba, diciendo estas palabras:

-Antes que se cumplan cuarenta días, este puñal se ha de hundir en el corazón del privado. ¿Lo juráis?

-Lo juro.

-Pues bien: si no lo hicierais, mirad lo que pende sobre vuestra cabeza.

Y el presidente hizo una señal, y los conjurados hicieron relucir a la luz de los hachones mil puñales.

-¿Ves, ves los puñales?

-Sí.

-Pues todos se cebarán en tu corazón si llegas a faltar.

-No faltaré. Mi mano le asestará el golpe mortal.

Entonces, de en medio de aquellas apiñadas sombras se destacó una, se paró en medio del salón, se detuvo un instante con general asombro, se desciñó la blanca túnica, y mostrándose una distinguida figura, dijo:

-Asesta tu puñal en mi pecho; soy el Conde, soy el Conde.

En efecto, era el conde Asthur. Su cara estaba pálida, como cubierta por la lividez del odio. Sus ojos centelleaban extraña luz. Su labio inferior, ceñido con desprecio y trémulo, no podía ocultar la rabia que sacudía sus nervios. Su pecho altivo respiraba con fuerza, como indicando y señalando con la respiración el blanco donde la mano armada de Eduardo debía asestar su agudo, su acerado puñal. Sus brazos estaban caídos como en la actitud de quien espera el golpe.

Al ver aquella figura, los conjurados abandonaron corriendo sus asientos, dando aullidos feroces como los de las fieras perseguidas, y el presidente se hundió como los actores en un teatro, y todo se quedó solo, completamente solo; y a la luz de aquellos hachones no se veía sino al conde Asthur, impasible y fiero, mirando con un desdén soberano a sus dos asesinos: a Eduardo y Margarita.

Margarita, como fuera de sí, daba vueltas por el salón, buscando sin duda una puerta, queriendo saber por dónde se habían huido sus compañeros, llamando a las paredes, pisando con fuerza el pavimento, sobre las tablas, sobre los bancos, sobre todo, para ver si podía huir; no de otra suerte que el ave que en su jaula picotea todos los hierros y agita con sus alas el aire para recobrar la perdida, la gozosa libertad, la libertad, que es la gran necesidad de nuestra existencia.

Pero todo era en vano. Ni las paredes ni el suelo ofrecían una salida. El instinto de la conservación, ese instinto tan superior a todos los movimientos, a todos los impulsos, a todos los afectos de nuestra vida; el instinto de conservación hablaba con su poderosa e incontestable elocuencia en el ánimo agitado y dolorido de la desgraciada Margarita. Pero allí no había salvación, no había posibilidad de fuga. Todo, todo estaba cerrado, y todo estaba en silencio. Nada se oía, absolutamente nada. Ni aun los pasos de seres humanos se oían; nada más que la respiración fatigosa del conde Asthur, parecida a la respiración de una fiera encerrada, acorralada por sus perseguidores. Por lo mismo, Margarita, en aquellos instantes supremos, sentíase como herida por una fuerza superior, por ese espanto, por ese temor a la muerte, que tanto puede en los corazones.

¿Por dónde habían desaparecido aquellos seres? ¿Qué se habían hecho aquellos conjurados, reunidos, congregados en un salón? ¿Qué había sido de todos aquellos hombres? Nada, nada se veía. Todo era silencio. Todo era obscuridad. La muerte, la muerte se pintaba a los ojos de Margarita, secos, áridos; a su corazón, rebosando en aquellos instantes pasiones ardorosas; la muerte se dibujaba sobre su frente.

Eduardo, al revés de Margarita, estaba inmóvil. No sabía qué pensar de aquella súbita aparición, de aquel fantasma. Su brazo no tenía valor bastante para asestar el golpe, como su pecho no había tenido fuerza para arrostrar el crimen. Dejábase impulsar del genio de Margarita, y le seguía. Era el alma de Eduardo una de esas almas en que no hay voluntad, la voluntad, que es la fuerza y la potencia verdadera del alma. Así es que, cuando se dejaba llevar de la corriente de sus deseos, caía en ese abatimiento, en esa negación de sí mismo, en esa dolorosa atonía, que eran verdaderas leyes de su carácter moral.

Margarita, cuando vio que todo estaba perdido, se acercó con el ademán irritado de la leona adonde estaba Eduardo, y con aire de fiera le dijo:

-¿Aún no le has herido?

-Aún no, señora -dijo el Conde.

-¡Ah! ¡Nos han vendido! -exclamó Margarita llevándose la mano a la frente, como si todo aquello le pareciera un sueño.

-Vuestra venganza os ha vendido.

-¡Eduardo! -dijo Margarita gritando y cogiendo el brazo a su marido-. ¡Eduardo, hiérele!

-Señora -añadió el Conde-, más vale que pensarais en lo que os va a suceder dentro de pocos instantes.

-¿Qué me va a suceder? ¿Qué? Decidlo.

-Oídme -exclamó el Conde, cogiendo fuertemente del brazo a Margarita-. Los asesinos, ¿qué merecen? Los que han premeditado un crimen horrible con frialdad inaudita, ¿qué castigo deben tener por las leyes divinas y humanas?

-La muerte -dijo Eduardo entonces, saliendo de su profundo abatimiento-; sólo la muerte.

-Vos lo habéis dicho, caballero; vos lo habéis dicho -exclamó el Conde.

-Pues si merecen la muerte -exclamó Margarita desasiéndose con fuerza del brazo del Conde-, si merecen la muerte, ¿qué haces, Eduardo, que no matas a ese asesino?

-¡Ah, señora! -dijo el Conde-. Aún no he logrado acallar mi conciencia; aún, felizmente, en las horas más solemnes de la vida, cuanto de malo he podido hacer, suena y resuena en lo más profundo de mi alma. Yo os puedo asegurar que ningún asesinato, ninguno, me remuerde la conciencia. Sobre mi frente no ha caído ni una gota de sangre. ¿Podéis vos, Margarita, decir lo mismo?

-Ya sé yo que existen hombres en el mundo predestinados al mal, y que se creen buenos porque no han robado a nadie, porque no han cometido ningún asesinato -dijo en solemne tono Margarita-; ya lo sé. Mas robar a un alma el objeto legítimo de sus ambiciones, arrancarle parte de la vida, pisotear las entrañas de un desgraciado, interponerse en su camino, es un crimen, sí, es un crimen nefando, cien mil veces más triste que el asesinato; y ese crimen, vos, señor Conde, vos, omnipotente, le habéis cometido en mí; sí miradme bien; yo os diré lo que os callan vuestros remordimientos: yo soy vuestra víctima.

-¡Mi víctima! Bien tratabais, Margarita, de volveros contra el sacrificador. Bien espiabais al pie del ara el instante propicio para clavarle vuestro aguijón de víbora.

-Señor Conde, es mi esposa -dijo Eduardo, levantando la voz con rabia.

-No tengo yo la culpa de que vos hayáis elegido a una víbora por esposa.

-¡Qué decís! -exclamó Eduardo montando en cólera.

-¿Qué os puedo yo decir, cuitado, que no os diga el lugar donde estáis, el puñal asesino en vuestra mano, y el cadalso, levantándose ya en la plaza de Nápoles para recibir vuestra cabeza? -dijo el Conde en ademán terrible y severo.

-¡Ay, Eduardo, Eduardo! -exclamó Margarita arrojándose en los brazos del joven.

-¡El cadalso decís! -gritó Eduardo.

-No lo digo yo, lo dice vuestra conciencia.

En esto el Conde dio algunos pasos hacia la mesa donde ardían los hachones.

-¿Lo oyes, Eduardo, lo oyes? ¡Somos perdidos! -decía Margarita en voz muy baja-. ¿Lo oyes? ¡Estamos perdidos, completamente perdidos! ¡Qué desdichados! Mátale, Eduardo, mátale, y nos salvamos; y si no, nos vengamos. Sí, Eduardo, nos vengamos. Vente, vente conmigo, y le clavaremos el puñal en el pecho. Mira, va a mandar quizá que nos asesinen.

-No, no lo hará -decía Eduardo.

-¡Oh! No le conoces, no le conoces. ¡Por Dios, Eduardo, por Dios, mátale! Salva tu vida.

-Me es indiferente.

-Mira, está escribiendo otra vez nuestra sentencia de muerte.

-Déjalo.

-Salva tu vida.

-Ya te he dicho que me es indiferente.

-Salva la vida de tu esposa.

A estas palabras, Eduardo, embriagado por el aliento, por la palabra de Margarita, como siempre, se dirigió al Conde acariciando el puñal, y cuando lo tuvo cerca le alzó con rabia y le quiso clavar en su pecho. Entonces el Conde produjo un fuerte sonido con un instrumento particular que había sobre la mesa, muy parecido a una campana china. Y aún no se había comunicado el sonido al aire, cuando Margarita dio un grito espantoso, y Eduardo clavó el puñal en el pecho del Conde, que le cogió el brazo con fuerza, si bien palideciendo, sin duda porque el puñal le había herido.

Pero en aquel instante se abrieron unas grandes puertas en el fondo, y aparecieron un gran número de guardias, soldados, y jueces, y escribanos, y otros mil personajes, con gran orden. Algunas hachas iluminaban esta por más de un concepto espantosa, y trágica, y terrible escena.

El Conde con una mano detenía la sangre que le salía de la herida, y con la otra señalaba trémulo a las dos figuras que estaban envueltas en sus capuchones negros en el fondo de la estancia.

-Mirad, mirad -decía-, ésos son mis asesinos, ésos.

-¡Muerto, muerto! -exclamaron varias voces-. ¡Muerto el Conde!

-No, no -dijo éste-; muerto no, pero sí herido.

Una de las infinitas personas agrupadas a la puerta se destacó del grupo, y se dirigió con solicitud a la silla donde se encontraba medio desmayado el Conde. Era, sin duda, un médico.

-Aquí, aquí debe haber vendas -dijo. Y tiró de un cajón de la mesa, y se puso en el mismo instante a curar la herida.

Mientras tanto, uno de los que por su traje parecían jueces, pronunciando con voz solemne los nombres de Eduardo y Margarita, exclamó:

-En nombre del Rey, sí, ¿lo oís? en nombre del Rey daos presos.

Margarita lanzó un gemido agudísimo, y se abrazó a Eduardo. Eduardo dejó caer la cabeza sobre el pecho.

-¡Presos! -dijo Margarita, retorciéndose las manos con dolor-: ¡presos!

-¡Resignación, Margarita! Esta es nuestra suerte. Dios lo quiere.

-¡Mi libertad, mi libertad perdida!

Eduardo, acercándose al oído de Margarita, le dijo:

-Lo merecemos.

-Eduardo -dijo Margarita-, tus pronósticos, tu incertidumbre, tu duda, nos han traído todas estas desgracias.

Eran tantas las emociones que habían agitado el pecho de Margarita, que la infeliz se sentó, diciendo:

-No puedo ya sufrir más.

-Pues ahora comenzamos -exclamó Eduardo.

-¡Una cárcel!

-Un cadalso, dijeras mejor.

-¡Dios mío! ¡Un cadalso; eso no, eso no puede ser, eso no será!

-Calla, Margarita, calla.

La joven, que llevaba aún su antifaz, se lo arrancó de la cara, se quitó el negro capuchón, y dejó ver su faz hermosa, sus rubios cabellos, que le caían en desorden sobre la espalda.

-Señores, señores -dijo dirigiéndose a los jueces, a los guardias-; señores, dejadme, dejadme que me vaya. Por caridad; necesito luz, necesito aire; me ahogo. No martiricéis a una infeliz mujer; no queráis quitarme la libertad. ¡Oh, la libertad, que es el mayor bien del mundo! ¡Apiadaos de mí; apiadaos de mis lágrimas; apiadaos de mi corazón, herido y enfermo! ¡Por Dios, dejadme, dejadme salir!

Aquellos hombres estaban impasibles. Sólo se oía el ruido de la pluma de uno de los magistrados, que corría sobre el papel, y las preguntas del médico al Conde, que iba recobrando las perdidas fuerzas.

-¡Por Dios, señores, por Dios! -continuaba Margarita-. Una mujer no puede hacer daño a nadie; no lo ha hecho nunca. Yo os lo pido; yo os lo juro. Salvadme, salvadme: sacadme de aquí, sí, sacadme. Caballeros, lo pide una dama.

Y cayó de rodillas.

Entonces Eduardo se levantó, cogió dulcemente a Margarita del brazo, y se la llevó a su lado con gran fuerza y con gran valor, por más que Margarita procuraba desasirse y ver de cautivar el ánimo de sus carceleros, de sus guardias y de sus jueces.

Mientras esto pasaba, el Conde se había restablecido un poco merced a los cuidados del médico, y salía, apoyado en su brazo, de la estancia, diciendo a los dos jóvenes:

-Mirad, es mi sangre. Así correrá la vuestra en un cadalso.

Se apagaron las velas, salieron todos los que habían aparecido antes; cerráronse las puertas, y Margarita, en aquel instante, dio un grito, cayendo desmayada en el pavimento.


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