La hermana de la Caridad: 30

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Capítulo XXX
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


La noticia de la sentencia de Eduardo y Margarita y de su triste suerte, se esparció bien pronto por todo Nápoles. Por una de esas reacciones tan frecuentes en el espíritu público, todos lamentaron su desgracia, todos compadecieron á aquellos dos jóvenes próximos á hundirse, con sobra de vida, en los abismos de la eternidad. La pena de muerte concluye siempre por rodear de cierta aureola á sus víctimas. El hombre conoce que desde el punto en que el criminal ha pasado los dinteles de la eternidad, su juicio pertenece á Dios, y parece como que quiere dulcificar la tremenda pena, lavando con torrentes de lágrimas y de compasión la sangre vertida en el cadalso. Y, en efecto, la sociedad se olvida del crimen para compadecer al criminal, hasta que, cuando ha caído la fatal cuchilla, cuando la sangre se ha borrado, cuando los restos del infeliz han sido depositados en la tierra, la conciencia pública se olvida del criminal y del crimen. Yo lo creo firmemente: un criminal ajusticiado parece una víctima digna de compasión, mientras un criminal sufriendo su digno castigo será siempre un remordimiento que avise á la conciencia pública de lo horrible y triste que es el crimen.

Pues bien: Nápoles se encontraba, respecto á los dos jóvenes, en esos instantes de general simpatía y compasión. La noticia se espació como un rayo; la noticia llegó por fin á oídos de Angela. Ya no había remedio: era necesario salvarlos á toda costa. Si precisaba ir á ver al Conde, iría Angela á ver al Conde. Le asustó por un instante esta decisión; pero... ¿qué no haría por Eduardo? Se decidió á conceder al Conde todo cuanto le rogara, en cambio de la vida de los dos jóvenes víctimas, con tal que fuese justo y honesto. Si era necesario un sacrificio, Angela no dudaba en sacrificarse, en vivir desgraciada y morir también, si era necesario, por salvar al que fué su amante, y cuya felicidad la preocupaba como en los días felices de su primer amor. Su deseo por la felicidad de Eduardo fué siempre el alma de su amor, porque aquel amor nada tenía en Angela de egoísmo.

Mientras la suerte de Eduardo y Margarita no estaba decidida, Angela pudo dudar, pudo sentir en dar este paso decisivo; pero ya publicada su sentencia fatal, le parecía un crimen toda incertidumbre, toda duda. Conocía que ella había sido implacable con el Conde, y que el Conde tenía derecho á ser con ella implacable. Conocía que ir á demandar la vida de un enemigo á un corazón a quien ella habla dado muerte, y muerte moral, era muy triste. Pero, en fin, se decidió con ese arrojo que para los grandes trances de la vida sólo conoce la mujer, y que será siempre el ideal misterioso de todas las sublimes pasiones. Angela se vistió como un día en que el Conde habló, con ella; coquetería muy propia del carácter siempre artístico de la mujer. Llevaba un traje negro y una mantilla española. Este traje, tan propio de la mujer, realzaba su hermosura: al través del espeso velo que cuidadosamente le ocultaba el rostro, lucían, como dos luceros entre sombras, sus hermosísimos ojos. Angela ya no lloraba. Sabía que iba á consumar un gran sacrificio, y lo consumaba con resignación heroica.

Era de noche.

Atravesó las calles de Nápoles á pie, con una celeridad increíble.

El Conde se encontraba con gran numero de amigos que departían con él, especie de turba de cortesanos que rodean siempre el poder, la gloria y la fortuna, y que suelen ser el más tremendo escollo de la vida. Cuando más embebidos estaban en su conversación, entro un criado á decir que á la puerta se encontraba una dama cubierta que quería hablar inmediatamente con el Conde. Los amigos celebraron mucho la ocurrencia; el Conde les mandó salir, y levantándose, salió con natural impaciencia á ver quién era la dama. En efecto: Angela no se había levantado el velo cuando entró en el salón. Miró á todas partes con interés y curiosidad, y el Conde dijo, después de haberla saludado profundamente:

-No hay nadie, señora; ¿qué me queréis? Angela, levantándose el velo, preguntó:

-¿Me conocéis, Conde?

El Conde dió un grito de sorpresa y de entusiasmo al ver aquel rostro. Sus ojos chispearon y se encendieron en súbita alegría; un relámpago de vida cruzó por su pálido rostro, y acercándose á Angela, la cogió una mano, la estrechó contra su corazón y dijo:

-¿Si os conozco me preguntáis, Angela, si os conozco? No sé decir si sois la mujer que yo tengo aquí, dentro del pecho, ó si sois Angela realmente. No puedo creer que seáis vos. Me parece que Dios, condolido de mi desgracia, ha dado cuerpo, y alma, y vida á este tormento que yo tengo aquí dentro del pecho, á esta idea que llena toda mi conciencia, á este amor tan grande, tan intenso, tan profundo; tanto más grande, tanto más intenso, tanto más profundo, cuanto que no tiene ni descubre vislumbre de esperanza.

-Conde -dijo Angela-, no hablemos más de eso.

-¿Que no hablemos? Yo no sé hablar de otra cosa. A mis amigos, á mi familia, al Rey, á mi madre, á todo el mundo, le hablo siempre de lo mismo. Si la palabra es la forma de la idea, mi única palabra debe ser vuestro nombre, porque mi única idea es siempre vuestra imagen. Si pudiera abrir el pecho, sacar el corazón y ponerlo ante vuestros ojos, veríais cómo estabais allí, presente siempre en mis sentimientos y en mi vida; pasión que me enloquece, pasión que me atormenta, pasión que es mi angustia; pero pasión que no quiero perder porque es preferible el tormento al triste olvido.

-Conde, os repetiré lo que muchas veces os he dicho. Yo no puedo, yo no debo amar. Mi conciencia me dice que sois muy digno de ser amado, pero mi corazón no puede amaros.

-¡Ah! Esa palabra me taladra el alma. ¿Vos no habéis amado nunca? Vos, tan hermosa, ¿no habéis sentido nunca que tenéis un alma? Vos, que con el canto despertáis una nueva vida en los corazones y les abrís el cielo, ¿vos seréis insensible, como la lira, que produce el sonido sin conciencia? ¿Os habrá dado Dios todas las virtudes, os habrá concedido todos sus dones, os habrá hecho hermosa, os habrá dado una voz celeste, una inspiración divina, y después, para que no fuerais un ángel en la tierra, os habrá negado el amor?

-¡Ah señor Conde! No queráis acercaros al abismo del corazón; no pretendáis saber todo lo que pasa aquí dentro del pecho. Las pasiones humanas tienen aspectos tan varios, caen sobre ellas desgracias tan enormes y tan grandes, que pretender medirlas por un rasero es imposible. Yo no creo que pueda vivir nadie en el mundo sin amar ó sin haber amado.

-¿Luego vos habéis amado; luego vos amáis á algún ser afortunado? ¡Oh, Angela! Yo quiero ver, quiero mirar á ese hombre, quiero saber quién ha sido el mortal capaz de levantarse hasta el cielo.

-Conde..., ¡empeño vano! Os he dicho que no se puede vivir sin amar ó sin haber amado.

-¿Habéis amado, y os abandonó, y murió? ¿Habéis amado y no podéis volver otra vez á amar?

-¡Nunca, nunca, nunca!

-¡Desgraciado de mí -exclamó el Conde, cubriéndose el rostro con las manos.

-Señor Conde, otros más importantes motivo! me traen aquí.

-¡Más importantes! Nada me importa sin vuestro amor.

-¿Ni la vida de vuestros semejantes?

-No me importa mi vida...

-Mas... una desgracia ajena debe importaros, señor Conde.

-No sé de qué habláis, Angela.

-Hablo de un proceso...

-¿De Eduardo y Margarita?

-Son dos infelices que van á morir, dos almas que se van á apagar en la tierra. En la flor de su vida, cuando se aman tiernamente (Angela, al decir estas palabras, se ahogaba), señor Conde, la muerte de esos infelices, de esos dos desgraciados seres, ¡ay! es horrible. Vos, tan bueno; vos, tan magnánimo; vos, con tan grandes pasiones, no la debéis, no la podéis consentir. No, no, señor Conde, no, ¡por el cielo!

-Angela, vos no comprendéis bien lo que me pedís; no lo comprendéis. Sobre esos dos seres ha caído mi sangre, y, por consiguiente, debe caer el peso, todo el peso de la justicia humana. Arrebatándoles la vida, arrebato á la sociedad, al inundo, á la tierra, dos grandes criminales que pueden emponzoñar la vida á muchos seres, que pueden dejar en la tierra muchos rastros de sangre. Por lo mismo no me pidáis su vida.

-Señor Conde, no trato de excusar su crimen; pero tampoco excuso vuestra venganza. No trato de enaltecerlos; pero vos aparecéis rebajado a mis ojos. Triste es ser el blanco de un crimen, pero es más triste aun ser el generador de una gran venganza. Vos señor Conde, podéis estar más satisfecho en vuestro amor propio castigándolos; pero Dios estará más satisfecho de vos si los perdonáis. ¡Perdonadlos, perdonadlos!

-No puede ser, no puede ser. Han puesto asechanzas horribles á mi existencia; me han perseguido, me han acosado, han ido á meditar un asesinato horrible, horrible; me han herido en el pecho, y serán siempre, hoy como ayer, y mañana como hoy, los eternos enemigos de mi poder.

-Nunca creí que la venganza pudiera cegar de esa suerte á los hombres. Había creído ver en vuestro corazón más grandeza; había creído que erais superior á los que os rodean. Me he engañado, y siento haberme engañado. Vos persistís en vuestros odios, en vuestras venganzas, cuando yo os pido de rodillas, deshecha en lágrimas, la vida, sí, la vida de dos seres: la vida de Margarita y Eduardo.

-Y ¿quién me da á mí la vida? Vos pedís para ellos la vida material, la vida del cuerpo; ¿quién me da, quien puede darme la vida espiritual, la vida del corazón? Ellos expirarán en un cadalso en un instante, en un instante que pasa como un relámpago, y yo viviré en un potro eternamente, viéndome morir, y no muriendo, mirando cómo se evapora y se pierde mi alma, sí, mi alma, para la cual pido vida, luz, aire, amor.

-Nunca he dudado, señor Conde, nunca, de que sois desgraciado. He visto vuestras desgracias y las he compadecido. Mas permitidme que dude que seáis desgraciado cuando os veo así, de esa suerte, cebaros en el infortunio, en la desgracia. Nadie tiene menos derecho á hacer desgraciados que el desgraciado; nadie debe producir menos infortunios que el infeliz. Creedlo así, y puesto que sois desgraciado, curad la desgracia ajena.

-De suerte que yo soy la concentración de todos los deberes. Yo debo perdonar, yo debo resignarme, yo debo ser desgraciado, yo debo olvidaros, yo debo reprimir mis pasiones, yo debo no quejarme. Yo lo debo todo. ¡Oh! Me pesa demasiado la cadena de tantos y tan graves deberes.

-Y, sin embargo, nada hay que exalte al hombre como la ley del deber; nada hay tan hermoso como tener muchos lazos espirituales que nos liguen, que nos unan á la tierra.

-¡Ah! Pues casualmente de eso me quejo yo, Angela. De que no hay un lazo, de que no existe un lazo que me una á la tierra. Cuando mi pobre madre se muera, ¿qué va a ser de mí? No tendré adónde convertir los ojos más que á esa inmensa turba de aduladores que rodean é importunan siempre; siempre, al poderoso. Esa es mi vida. ¿Os parece una vida grata?

-Hablamos demasiado de nosotros mismos, Conde, y nos hemos olvidado de esos dos infelices. ¡Eduardo!...

-Callad, callad; dejadme que recapacite. Ya, ya, ya, Eduardo; entiendo.

-¿Qué? -dijo Angela, mirando con anhelo, con ansiedad, al Conde.

-Entiendo, señora, vuestras súplicas. Vos, vos habéis amado, tal vez amáis á Eduardo -dijo el Conde.

Angela se llevó las manos á la frente horrorizada, y se dejó caer en un sillón porque le faltaban las fuerzas.

-Recuerdo que Margarita se jactaba de que os había disputado y os había arrancado ese corazón; lo recuerdo.

-Conde, ya sabéis que mí vida es pura como el cielo,

-Sí, Angela, sí: nadie puede dudarlo. Pero vos habéis amado á ese hombre: ¡decidlo!

-No hay para qué ocultarlo; le he amado, lo confieso; le amé un tiempo; fué mi primer amor. Ya no le amo; pero aquel amor será el último.

-¡Maldición, maldición! -exclamó el Conde-. Un hombre que conoce el cielo y lo desprecia; un hombre que merece ser amado de vos; un hombre que ha tenido esa felicidad, esa felicidad que yo anhelo, debe morir, debe ser precipitado en los infiernos. Ni ahora ni nunca habrá compasión para él en mi alma; ni ahora ni nunca, entendedlo bien; pensadlo bien; no puede ser.

-¡Oh, piedad, piedad para él! -exclamó Angela, cayendo desolada á las plantas del Conde.

-Pedís piedad con el acento de la pasión, del amor. Le amáis, y ¿queréis que yo perdone a un hombre que vos amáis, que vos habéis amado? Nunca, nunca; debe morir. Pero va á morir en este mismo instante. Antes que salgáis de este gabinete sabréis la noticia de su muerte.

-¡Oh! No, no. Yo no lo creo, yo no lo puedo creer. No sois una fiera.

-Es verdad, no lo soy. No he visto gemir á ningún corazón sin compadecerlo; no he visto obscurecerse ningún alma sin amarla; no he visto llorar nunca sin apresurarme á consolar al que lloraba.

Y el Conde sollozaba triste y amarguísimamente.

-Bien, bien, Conde -dijo Angela levantándose-. Demostrad ahora eso; seguid los instintos de vuestro corazón.

-Ahora no.

-¿Por qué?

-Porque la virtud tiene también su línea, tiene también su límite. Yo no lo puedo pasar; yo no lo debo pasar; yo no lo pasaré. Yo no perdono, ni ahora ni nunca, al hombre que vos habéis amado. No le perdono, tenedlo entendido. No le mata su crimen ni la sociedad secreta; no le mata nada de eso, no; le mata vuestro amor. Vos sois, Angela, vos, su verdugo.

Angela, al oír estas palabras, creyó volverse loca. Daba vueltas por la sala como herida de un vértigo, como si le faltase tierra donde fijar las plantas. Su pecho lanzaba gemidos agudísimos. Su corazón latía con tal fuerza, que amenazaba salírsele del pecho. Todo su cuerpo temblaba como si una gran corriente eléctrica lo sacudiera. Era su padecimiento inexplicable, horrible, espantoso, tremendo.

El Conde la seguía con la vista. Sus muestras de dolor, lejos de compadecerle, herían más profundamente su alma. Apoyada una mano en un sillón, puesta la otra sobre su herida, que se resentía, mirando con ojos encendidos por la pasión á la joven, y riéndose con una risa epiléptica, el Conde parecía también demente. Eran aquellas dos almas ¡ay! dos almas encendidas por grandes pasiones; eran dos almas agitadas por terribles tempestades.

-¡Por mí! -decía Angela como fuera de sí-. ¡Por mí morir! Yo, que pretendía salvarle, yo le he asesinado. ¡Oh! ¡Oh! ¡Santo cielo, santo cielo! ¡No lo consintáis, Dios mío, no lo consintáis! ¡Va á morir tan joven! ¡Qué desgraciado! ¡Y yo, yo le mato, yo soy su verdugo! ¡Ay! ¡Me ahogo, me muero! ¡Sí, yo no sobreviviré á este golpe! ¡El remordimiento, el remordimiento helará la sangre en mis venas y se apagará mi vida!

-Mirad cómo le ama -decía el Conde.

-¡Oh! Yo por un recuerdo así, por excitar un pensamiento como ese, por verla por mi causa fuera de sí, por hacerla derramar una lágrima, me encerraría en el calabozo de Eduardo, y ese calabozo sería á mis ojos un palacio, recibiría la cuchilla del verdugo, y esa cuchilla me parecería tan grata como un beso de amorosos labios.

-¡Oh! Y ¿podréis decretar su muerte con esa frialdad? -decía Angela.

-Su muerte está decretada por vos.

-¡No, no! Yo no me voy de aquí hasta conseguir su perdón.

-Entonces -dijo el Conde sonriéndose y calmándose un poco-, no le decretaré para que estéis aquí siempre.

-Parece imposible que aun juguéis con la muerte, y que en este instante supremo os acordéis de esas muestras de estudiada galantería.

-¡Galantería decís! ¡Galantería!

-Sí.

-Palabra bien frívola es para expresar una pasión en que se abrasa mi alma, una pasión que me trastorna el pensamiento, una pasión que ha sido mi gran infortunio. ¡Oh, Angela! Sólo desearía que por un instante sufrierais mi suerte.

-¿Creéis que no la comprendo? Yo he amado como vos, y como vos he amado sin ser amada.

-¡Infeliz! Y ¿no me compadecéis?

-Os compadezco.

-Y ¿no me amáis?

-No puedo amaros.

-Y, sin embargo, amáis á ese hombre...

-Ese hombre está unido á otra mujer. Ese hombre es el esposo de Margarita. Por consiguiente, entre ese hombre y yo hay un abismo, un abismo eterno, que no se puede salvar. No me preguntéis, Conde, lo que yo no puedo, lo que yo no quiero deciros; lo que vos sabéis, si me estimáis en mi verdadero valor.

-Angela, de mí no podréis conseguir nunca el perdón de Eduardo.

-¿Nunca?

-Nunca.

-¡Infeliz!

-Morirá, si, morirá, y yo me gozaré en verle morir, ya que os ha inspirado esa frenética pasión.

-¡Santo cielo! ¡Dios santo!

-Morirá, porque no debe estar conmigo en la tierra un hombre que ha alcanzado una felicidad por mí ideada como la felicidad suprema.

-¡Oh! ¡Yo le mato, yo!... -decía Angela.

-Morirá, para que ese recuerdo vivo de vuestro amor muera y pueda nacer en vuestro pecho otro amor.

-¡Oh! ¡Eso es horrible!

-Sí, morirá.

-Señor Conde -exclamó Angela como inspirada-, había creído en la grandeza de vuestra pasión; había creído que ese amor que me pintabais podía acrisolar vuestras acciones é inspiraros grandes sentimientos; había creído que seria en vuestra alma una voz del cielo, un presentimiento de otra vida mejor; había creído que en las sombras de vuestra inteligencia, ese amor sería como una estrella, como un aura dulce y suave, bastante á calmar todas vuestras alteradas pasiones; lo había creído, y me he engañado.

-¿Cómo? ¿Qué decís?

-Digo que es una pasión vulgar, que es el delirio del sentido, que es un fuego voraz en que arden y se arrastran bajos, muy bajos sentimientos: el odio, la venganza; que es, en una palabra, una pasión despreciable.

-¡Angela! Me estáis atenaceando el corazón.

-¿Queréis que os vea encendido por el odio, gozándoos en la desgracia de seres infelices, y que os estime? No puede ser, Conde.

-Luego vos queréis que aquí en la tierra nuestra naturaleza humana se transfigure; exigís sea el alma una luz del cielo.

-Eso, eso exijo. La vida es un instante transitorio, y debemos apercibirnos, prepararnos para la eternidad. Y si esto no fuera así, hermosear nuestra vida es un deber, y un deber inquebrantable y sublime.

-¡Perdonad, perdonad!

Angela comprendió que el camino que había escogido de la súplica, de la amenaza, era embarazoso y difícil, y si bien con harta repugnancia, se decidió á escoger, aunque fuera mintiendo sentimientos no probados, el camino de dar alguna esperanza al Conde. Éste meditaba silencioso. Angela se acercó á un piano que había abierto, se sentó y comenzó á cantar á media voz el aria de la Sonámbula.

-¡Qué recuerdo! -dijo el Conde-. Me volvéis la vida; respiro mejor; circula por mis venas con mayor libertad la sangre. ¡Que dulce recuerdo!

-Sí, recuerdo feliz, que prueba que en el mundo lo último que debe, que puede perderse, lo ultimo es la esperanza.

-¿Qué decís? -exclamó el Conde acercándose a donde estaba Angela-. Repetidlo, repetidlo.

-Os decía que en el mundo, mientras la vida lata en el corazón, no debe nunca, nunca, perderse la dulce, la celestial, la consoladora esperanza.

-Y yo, yo, miserable reptil escondido en el polvo, en el lodo, ¿yo puedo transformarme por el amor en un ser digno de habitar el cielo?

Angela, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, exclamo:

-Podéis, podéis hacerlo; podéis, señor Conde.

-¡Oh! ¿Qué he oído? ¡Una esperanza en esta negra noche; un aura tranquila en este mar alborotado, una esperanza! Me volvéis la vida, me dais el alma, el ser.

-Todo se puede alcanzar de un corazón, todo.

-Sí, sí; yo no debo desesperarme.

-Pero hay dos clases de amores, Conde: el amor liviano y transitorio del sentido, amor que pasa como un relámpago, y el amor puro, divino, del espíritu; amor que siempre queda en el corazón, como la luz del sol en el mundo.

-Con ese, amor he soñado yo.

-Pues bien, Conde: ese amor, más alto que todas las cosas terrenales; ese amor, tan puro, tan inmortal como nuestra misma alma; ese amor sólo puede inspirarlo un corazón donde puedan caber las grandes pasiones.

-Sí, sí.

-Porque el amor del alma no muere, como la hermosura de las formas, que se acaba; como el placer, que pasa; como la riqueza, como el poder, como la gloria, como todo eso que tanto halaga á la mayoría de las gentes; el amor del alma es mucho más duradero que el tiempo y que todos los seres que mueren; mira con preferencia el interior, la satisfacción del espíritu, la tranquilidad del corazón, la vida pura y transparente que refleja el cielo, y, sobre todo, esas grandes pasiones, puras pasiones, que son como el Tabor, donde se transfigura y engrandece nuestra existencia.

-Es verdad, es cierto.

-Mas la grandeza del alma no puede conocerse, Conde, por ese estado solitario y triste en que se aísla el alma en sí misma y desprecia el mundo. La grandeza del alma se conoce por grandes hechos, por grandes lecciones de moralidad, por grandes y sobrehumanos sacrificios; porque, al fin, seguir la corriente de los hechos vulgares, de los pensamientos vulgares, de las ideas, de las acciones vulgares, seguir esa corriente es muy fácil. Lo difícil es levantarse al cielo, cincelar el espíritu con la virtud, y esa dificultad podéis vos superarla y vencerla.

-Y ¿cómo? Decidme cómo; estoy dispuesto á todo.

-Oidme: ¿cómo queréis que se vea el alma?

-El alma sólo se puede ver en sus acciones.

-Es verdad, eso es. Luego si el alma sólo se ve en sus acciones, ¿cómo queréis amor para vuestra alma, si la presentáis a mis ojos negra, vengativa, manchada de sangre?

-¡Oh! Angela, Angela: me abrís los ojos á la luz del cielo.

-Si cuando yo trate de mirar ese alma veo al par de ella dos cadáveres sacrificados á una de sus más bajas pasiones, ¿cómo queréis, Conde, que yo la ame?

-Es verdad, es verdad.

-Levantaos, pues, sobre vos mismo; perdonad.

-Mas ¿no puedo entrever ninguna esperanza?

-Sí sí.

-¡Oh! ¿Qué esperanza?

-Mi amistad.

-No la quiero, la rechazo. Prefiero vuestro odio; y como prefiero vuestro odio, voy á mandarlos ahora mismo, sí, ahora mismo á la muerte; ahora mismo, señora, si para que me aborrezcáis, Angela; para que me aborrezcáis, porque yo necesito inspiraros una pasión tan violenta como la que me habéis inspirado á mí.

Y el Conde se dirigió a una mesa, sentóse y se puso á escribir una orden.

-Conde, Conde -dijo Angela, cayendo de rodillas á su lado.

-Ya os oigo.

-Conde, oidme, oidme un instante.

-Yo no perdono á mi rival.

-Conde -dijo Angela levantándose-, parece imposible que os cieguen vuestras bastardas pasiones hasta el punto de insultar á una mujer. De Eduardo me separa un abismo que no me separa de vos -dijo Angela, dulcificando con arte estas últimas palabras.

-¿Qué decís? -dijo el Conde, soltando la pluma y levantándose.

-Digo que de Eduardo me separa un abismo que no me puede separar de vos. Entre Eduardo Y yo hay un abismo, sí, un abismo hondísimo é insuperable, pero no así entre nosotros dos.

-¡Oh! Me enseñáis el cielo para precipitarme en el infierno.

-El amor no puede nacer de súbito.

-Sí, sí, de pronto nació en mi alma.

-Es verdad; puede inspirarlo una pasión generosa.

-¿Nacida del fondo del alma?

-Puede inspirarlo un rasgo heroico.

-¿Hijo de la voluntad?

-Un gran sacrificio.

-¿Superior á nuestra naturaleza

-Eso es, Conde, eso es; la naturaleza que se vence, se salva.

-Pues salvémonos.

-Sí. Os salváis á los ojos de Dios.

-¿Sólo á los ojos de Dios?

-Y á los míos también.

-¿Puedo llegar á inspiraros una pasión?

-Que será más grande según sea vuestro heroísmo.

-¿Una pasión decís? Angela, repetidlo.

-Sí. Yo, que creía imposible para mí el amor, veo que puede inspirármelo un alma tan grande como la vuestra, un alma que olvida sus heridas, un alma que se sobrepone á su sed de venganza, un alma que se purifica y transfigura, y que purifica y transfigura la mía; un alma, en fin, que olvida perdona á sus enemigos.

-El alma que perdona, ama.

-Vos lo habéis dicho.

-Pero el alma que ama, ¿no es digna de ser amada?

-Y ¿lo podéis dudar?

-Luego yo...

-Sois digno de mi amor -dijo Angela cubriendose el rostro con ambas manos.

-Y ¿lo obtendré, lo obtendré algún día?

-Conde, os voy á abrir mi corazón. Yo no puedo ser ya sino de Dios del cielo, ó de vos en la tierra; yo os pido, en cambio de esta confesión de mi alma, os pido que perdonéis.

-¡Oh! ¡Aun puede ser mía, aún! ¡Cielo santo! ¿qué he oído?

-Aun; porque el hombre, por su misericordia, se aproxima á Dios, y el hombre que se aproxima á Dios puede obrar muchos, muchísimos milagros.

-¿Hasta el milagro de inspiraros amor?

-Hasta ese milagro.

-¡Oh! Verse amado por vos es verse en el cielo, es adivinar otra vida, y por tan gran premio bien puede hacerse un gran sacrificio.

-¡Un sacrificio perdonar! Mejor dijerais que el verdadero sacrificio estaba en castigarlos. Os quiero más digno de vos.

-¡Oh! Yo nada puedo negaros; mi voluntad os sigue.

-Perdonadlos.

-Pero ¿me prometéis amor, amor?

-Si, amor intenso, amor eterno; pero perdonadlos.

-¡Oh! ¿Qué he oído, qué he oído? Si, sí; perdón, perdón; le perdono; esa palabra sólo, haber oído esa palabra es un gozo tal, que bien merece ser celebrado con el perdón de un criminal.

Y el Conde se dirigió a la mesa, y sin sentarse escribió una orden.

Angela, dirigiéndose á un Crucifijo que había en la pared colgado, y plegando las manos, murmuró entre dientes con gran emoción estas palabras:

-Señor, yo solamente puedo ser tuya en la tierra, solamente tuya, Señor.

El Conde concluyó de escribir la orden, y dirigiéndose á Angela, dijo:

-Tomad, corred. Es la salvación de Eduardo. Corred; le quedan pocos momentos de vida.

-¿Y la de Margarita?

-Esa victima no me la robéis.

-Entonces, tomad; no quiero el perdón de Eduardo. Los dos deben salvarse, ó deben morir los dos.

-Tomad, tomad la salvación de Margarita; tomad mujer ideal, mujer sublime; tomad la salvación y el perdón también de Margarita.

-El cielo os premiará -dijo Angela saliendo.

-El cielo sólo puede premiarme concediéndome vuestro divino amor.


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