La hermana de la Caridad: 32

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Capítulo XXXII
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Momentos después, y cuando Eduardo hubo recobrado los sentidos, saliéronse del calabozo el sacerdote y los esbirros, y los dos jóvenes se quedaron solos. El sacerdote iba á dar á Margarita, que debía ser ajusticiada dos horas después, la feliz nueva de su salvación. Angela, así que vió que se había quedado sola con Eduardo, se dirigió a la puerta para dejarle solo; pero Eduardo, interponiéndose y cortándole el paso, exclamó:

-¡Ah! Angela, Angela; una palabra.

-¿Qué me queréis?

-¡Angela, perdón, perdón!

-No os entiendo.

-Angela, me habéis devuelto la vida cuando yo os había dado la muerte, Angela.

-He hecho por vos lo que era de mi deber.

-Nada me debíais, sino el olvido.

-Os debía la protección y el consuelo que debemos á todos nuestros semejantes.

-Y ¿no ha habido otro móvil en ese corazón?

-No puedo deciros nada de lo que siento.

-¡Oh! Ni aun recuerdo de aquellos días.

-He venido á salvaros; lo he cumplido, y me voy.

-Angela, por piedad, detente: escucha un instante, un instante no más, á Eduardo.

-¡Caballero! ¿Quien os ha autorizado para usar conmigo ese lenguaje?

-El recuerdo de aquellos días de bendición en que tu alma y mi alma se penetraban, y se confundían, y se perdían como el aroma de dos flores.

-Parece imposible, Eduardo, que aun te goces en mi bárbaro martirio; parece imposible que aun recuerdes tú esos días. Demasiado presentes se hallan en mi memoria. Yo miraba al mar, y no venías; aplicaba el oído á las brisas, y no oía tu canto; y todo era en mí dolor y angustia. Llegué á creer que te había tragado el mar. A veces les preguntaba, en mi desvarío, noticias de ti á las. ondas. Creí que te habían tragado. ¡Ah! No podía yo nunca imaginarme que existiera un mar más hondo, el triste mar del olvido.

-Es verdad, Angela; falte á todos mis juramentos.

-El amor que me habías jurado se extinguió en tu alma. Mi imagen se borró de tu memoria; mientras yo lloraba, tu reías; mientras yo corría en pos de tus brazos por las calles de Nápoles, afligida y llorosa, tú, tú, en brazos del placer, olvidabas á esta infeliz, á quien hiciste eternamente desgraciada.

-Yo, yo, Angela, yo te he amado siempre.

-¡Oh! ¡Qué desvarío, qué desvarío! Vos -dijo Angela-, vos pertenecéis a otra mujer. Esos recuerdos han sido el delirio de un instante. No, no; yo no recuerdo nada, absolutamente nada. Todo ha huído de mi mente, y todo se ha borrado de mi corazón. La infancia, el recuerdo, la excitación en que estaba, las emociones, todo eso me ha trastornado un instante; yo no recuerdo ya nada; me sois indiferente; os he olvidado, aunque nunca, nunca pueda aborreceros.

-Yo reconozco, yo confieso mi crimen; crimen horrible, crimen negro, que me persigue y me acosa, y es el gran tormento de mi vida. Si yo he buscado el placer, lo he buscado por huir del recuerdo de mi crimen; si yo he cometido un crimen, lo he cometido por ahogar ese recuerdo en sangre. Y ahora mismo, á la hora de morir, pasaba ante mis ojos como una sombra, y era lo único, lo puedo jurar, lo único que yo veía y ennegrecía y atormentaba los últimos instantes de mi vida.

-Siento que seáis tan desgraciado y con mi propia sangre lavarla esa desgracia.

-¡Oh, Angela! ¡Pensar que el ángel de mi inocencia padecía por mí, pensar que lloraba!

-Eso, Eduardo, eso no lo habéis pensado nunca.

-Cuán severamente me tratáis.

-No tanto, en verdad, como debiera.

-Me dais la vida y me robáis la calma.

-Eduardo, me voy; mas antes, oidme.

-Hablad, hablad.

-Sed virtuoso.

-¡Ah! No puedo serlo, Angela, porque el genio del bien no está á mi lado.

-Callad, Eduardo. Tenéis una esposa, y es preciso que la améis. Mas para amarla no olvidéis que sois hombre, que no debéis dejaros arrastrar por sus pasiones. Yo, que no debía volver a veros, que os he dado pruebas de que no me sois indiferente, os ruego rendidamente que busquéis el recto camino de la vida, y no esas tortuosísimas sendas que sólo conducen á un abismo. Adiós.

-¡Angela, Angela, por piedad, un instante; deteneos!

-No puede ser. Estos instantes son fatales; traen recuerdos muy tristes á mi memoria.

-¿Os acordáis aún de aquella tarde en que yo me ahogaba?

-Sí, sí -dijo Angela, olvidada de todo lo presente-. Y tu esquife se perdía, y te gritaban que te volvieras á Nápoles, y tú no querías. Y cuando te viste perdido, abandonaste tu barquichuelo, que se estrello y se perdió, y á nado arribaste á la orilla, y traías en una mano un ramo de violetas que habías cogido para mí, y las salvaste y me las diste como si hubieras venido tranquilamente. Y llevamos aquellas violetas, salvadas por tu arrojo, después de haberlas regado con nuestras lágrimas, al pequeño altar de aquella Virgen milagrosa que invocan todos los marineros de la comarca. Y... pero ¿qué digo, qué digo? ¡Ah! Me había olvidado. Caballero, caballero, yo he olvidado todo eso; no, no me creáis.

-No, no te arrepientas, Angela, de dar rienda suelta á tu corazón. Yo te amo, te amo aún. No importa que un negro vapor se haya levantado de los abismos para encubrirme la verdad de lo que pasaba en mi pecho; no importa que el perfume de los placeres materiales me haya embriagado hasta el punto de borrar de mí tu imagen; no: Dios, Dios, al verme indigno de ti, me separó de ti; pero ahora que me he acercado al abismo de la eternidad; ahora que con un pie puesto en el dintel de la tumba he podido ver, mirar, examinar mi alma, ahora te digo que he conocido que tu amor fué siempre el aroma de esta vida, amor empañado sólo por mi corrosivo aliento.

-¡Eduardo! Calla, calla; estamos ofendiendo á Dios. Cada una de esas palabras es una acusación tremenda contra nosotros mismos. Dios, que nos oye, debe maldecirnos. Si me amas, si es verdad que me amas, si es cierto que has conocido cuán grande fué tu error al abandonarme, ocúltalo en lo más profundo de tu corazón y guárdate esa idea en lo más hondo de tu conciencia. Entre nosotros dos hay un abismo más hondo que la misma eternidad.

-¡Un abismo! ¿Quién puede impedir nuestra ventura?

-Tu esposa; Margarita.

-¡Santo cielo! Me había olvidado de ella. ¡Justo cielo!

-Ya lo sabes, Eduardo. Nada hay en el mundo que pueda unirnos, nada. La muerte misma nos separa. Tú debes dormir el sueno de la muerte en el mismo sepulcro que tu esposa; debes vivir la vida de la eternidad á su lado.

-¡Es verdad, es verdad!

-De mí no te acuerdes, no te acuerdes. Encierra mi nombre, mi imagen, mi recuerdo, en lo más profundo de tu memoria.

-¡Santo cielo! Y ¿no podemos ya amarnos?

-No. Esta misma conversación, nacida de lo extraordinario de las circunstancias, es una ofensa al cielo.

-¡Ofender al cielo por amarte! ¡Ofender al cielo por decirte todo cuanto pasa en mi corazón! ¡Ofender al cielo con este amor tan puro como el alma de un niño, por este fuego, en que se acrisola y se purifica mi alma! ¿Se puede ofender así al cielo?

-Sí, porque todos estos sentimientos, todas estas ideas, debes guardarlas para tu mujer, para Margarita.

-¡Oh! Siempre martirizándome con ese recuerdo. Déjame un instante la gloria del olvido; déjame volver, con el corazón inundado de alegría y el pecho rebosando felicidad, á los tiempos tranquilos en que el campo, lleno de flores y mariposas, no estaba tan hermoso ni tan tranquilo como mi corazón, lleno de las ilusiones de tu amor. Déjame que me pierda en aquellos recuerdos, que me desvanezca en aquel mar de inefables delicias, que me embriague con este tu aliento, que derrama una fragancia deliciosa en los aires.

-¡Ah, Eduardo! También mi alma vuelve siempre hacia aquellos tiempos los ojos. Todo cuanto en mi arte ha habido de grande, de inspirado, todo ha salido del seno de aquellos tiempos tranquilos y dichosos. El recuerdo de las ilusiones que entonces agitaban con sus alas mis sienes, la vista de aquel mar tan risueño como mi conciencia, todo cuanto pasó entonces á nuestros ojos, todo guardaba tesoros de inspiración. Mas ¡cuánto he padecido! No puedo decirtelo.

-¡Has padecido!

-Mis ojos se secaron de llorar; mi memoria, siempre fija en un punto, fué siempre para ti, siempre para ti. Fue el santuario de tu nombre. Mas ¡ay! me atormentaba mucho recordarte y no verte. Mi corazón no podía abrirse a ningún sentimiento. Tu eras todo su amor. Mas ¡ay! sentía mucho, y cuanto más sentía, más me atormentaba el sentimiento. Creí volverme loca: daba mi voz al viento á todas horas llamándote; palideció mi rostro y se nublaron mis ojos. Creí volverme loca.

-¡Maldición sobre mí, que he podido saber lo que era amor y lo he despreciado; maldición sobre mí!

-Pero que, ¿te he dicho que te amaba? No lo creas, no lo creas. No te amo, no te amo. Me olvidé al instante de ti; supe que amabas á otra mujer y te olvide. Porque al fin, ¡oh! al fin, al fin... No se lo que digo. Adiós, Eduardo; adiós para siempre. Salvarte me cuesta un sacrificio, pero lo haré.

-¡Sacrificarte por mí, que te he sacrificado también á mis caprichos!

-He prometido solemnemente al conde Asthur mi corazón en cambio de tu vida.

-¿Qué oigo, Angela, qué me has dicho?

-El cielo ha oído mi juramento.

-¿Tu juramento?

-Sí. Sólo á este precio he podido salvarte.

-¡Oh! ¡Y creía que me salvaba!

-¿No te he salvado?

-De la muerte, si; pero no de un tormento más terrible que la muerte.

-¿De qué tormento?

-De los celos.

-¡Eduardo!

-¡Tú en brazos de otro hombre, y de otro hombre mi enemigo! ¡Angela, Angela! Valiera más que hubieras consentido que el verdugo hubiera cortado mi cabeza; valiera más que me hubieses pateado mil veces las entrañas, y hubieras reducido á polvo mi corazón, que no, Angela, venir á salvarme rindiendote á mi enemigo, entregándole ese alma que era mía.

-Mi alma, después de tu casamiento es libre.

-Libre delante del mundo.

-Sí.

-Pero no libre delante de Dios.

-¿Por qué?

-Porque tú me amas.

-¡Yo!

-Y el amor es un lazo que une a dos seres en presencia de Dios; el amor es la confusión de las almas; el amor es la verdadera esencia del juramento que en el altar se presta.

-Según eso, tú amabas á Margarita.

-Angela, no miremos ahora eso. Yo he faltado, mas mi falta no autoriza la tuya.

-Tienes razón, Eduardo. Dios me ha destinado siempre á ser víctima. Amada por ti, y amándote, y de ti separada; amada por el Conde, y no pudiendo apagar ese amor, me he decidido á un gran sacrificio, á separarme del mundo, á refugiarme en el seno de Dios. Para mí ya no puede haber ni dicha ni alegría.

-Yo, yo, Angela, he faltado á todo cuanto te debía; yo he arrojado esa gran desgracia en tu vida; yo te he hecho infeliz, sí infelicísima; yo soy tu sombra, tu eterno tormento; yo debo ser castigado por el cielo; pero te amo. Sea cualquiera mi suerte hoy, Angela, aquí en mi corazón vives como el primer día. Mi alma te ama, mi alma se recrea en contemplarte, mi alma se extasía en presencia de tu bendita imagen, que guardo fielmente dentro de mi pecho.

-¡Oh, Eduardo! Yo debo partirme de aquí. Siento dejarte. Esta despedida es tan triste como el último día que nos vimos. Voy á meditar en mi destino. Un instante ha podido cegarnos. Tú me has revelado y yo te he revelado lo que pasaba en el corazón. Mas estas palabras no deben volver a salir de nuestros labios. ¡Que caigan sobre el alma y que la abrasen! ¡Que devoren, si es posible, nuestra vida! Pero que no salgan nunca, nunca, á los labios. Te lo ruego por todo cuanto puede haber de sagrado en la tierra. Adiós, ¡oh, Eduardo! Yo no puedo oír vuestras palabras. Me voy para siempre. Yo rogaré á Dios que os haga feliz, que haga feliz á Margarita. Ya que os habéis unido al pie de los altares, que el cielo bendiga vuestra unión. Yo sólo quiero vuestra felicidad; ese es todo mi deseo; ese es todo mi anhelo; esa es toda mi dulce aspiración aquí en la tierra. Adiós, Eduardo, adiós. No puedo, no debo estar un instante, ni un solo instante mas aquí. Adiós, Eduardo.

Y Angela salió del calabozo llorando á todo llorar. Eduardo se quedó en él como herido por un rayo. No hacía más que pasarse la mano por la frente á ver si era ilusión, si era sueño, si era engendro falaz de su fantasía aquella terrible noche. La eternidad abierta, á sus plantas; el ángel de su amor saliendo de ese negro abismo; su dicha desvanecida; su vida recobrada; todo le parecía ilusión; todo, todo le parecía mentira, falaz engaño de su mente.

Cuando más embebido estaba su pensamiento, se abrió la puerta del calabozo y aparecióse Margarita llevando una linterna en la mano. Estaba pálida, como de haber sufrido largo martirio; mas una alegría inexplicable centelleaba en sus ojos.

-Ya somos libres; vámonos, vámonos.

-Acaso esa libertad sea un dón fatal dijo Eduardo con indiferencia.

-¿No te complace verme, Eduardo, cuando habías acaso desesperado de volver á verme? ¿No te complace respirar el aura purísima de la vida? El verdugo ha huido, han huido los esbirros; estamos solos en este frío calabozo. Vámonos, vámonos.

-Y ¿sabes, Margarita, á quien debemos la vida, lo sabes?

-No.

-Se la debemos á Angela.

¡Ah!

-Sí, á Angela.

-Eduardo, conozco que de tu corazón no ha salido nunca el amor á esa mujer.

-A ese ángel, dijeras, y dirías mejor; a ese ángel, cuyo nombre no se caerá de mis labios, cuyo recuerdo no se caerá jamás de mi memoria.

-¡Eduardo! ¿De que sirve la vida que nos han dado si la emponzoñas con esas palabras?

-Por lo mismo te decía, Margarita, que la vida, esa vida que nos han concedido, acaso sea un dón funesto.

-¡Oh! No. Debámosla á quien la debamos, es siempre un dón precioso.

-¡Ay! Acaso si ahora durmiera yo en la eternidad, todo recuerdo de la vida se hubiera en mí extinguido, ó en leve polvo convertido, en ese leve polvo que arrastra el viento; acaso no tendría este inmenso torcedor en mi conciencia.

-Eduardo, ¡que así envenenes tu felicidad!

-¿Crees que en la vida se falta alguna vez a la ley moral sin sentirse todas las consecuencias de esa falta? ¿Crees que es posible vivir cuando una sombra, un remordimiento acompaña, sigue y persigue siempre nuestra vida? ¡Oh! El hacha del verdugo hubiera destrozado en un instante mi cabeza; pero este recuerdo, este hachazo continuo de hoy, de ayer, de mañana de siempre, es más cruel, sí, mucho más cruel que la terrible hacha del verdugo.

-¡Ah! ¿Te has vuelto loco?

-Lo estoy, lo estoy, Margarita. La he visto aquí en la obscuridad como un ángel; la he visto cegando el abismo de la eternidad, devolviéndome la vida; la he visto llorar y recordarme mi crimen; la he visto arriesgarlo todo para hacer feliz al mismo que la ha hecho desgraciada. Se necesita tener corazón de hierro, corazón de hiena, para no sentirse dolorido de haber causado la infelicidad de un ángel, infelicidad tristísima, cruel, irreparable.

-¡Ay! ¿Y mi felicidad?

-¿Tu felicidad? No la invoques aquí. Tu felicidad ha sido su desgracia.

-¿Me aborreces?

-Te debo aborrecer.

-Soy tu esposa.

-Unión nefanda, que empezó por el vicio, se cimentó en un perjurio y ha concluído con un crimen.

-Me insultas, Eduardo; insultas á tu esposa.

-¡Calla, calla; no me lo recuerdes; no me lo digas!

-¡Cielo santo! Me aborrece.

-Sí te aborrezco. Yo solo á ella puedo amar, sólo á ella.

-Ámala en buen hora. Eduardo, adiós; adiós para siempre, adiós. Me has herido en lo más profundo del alma.

Y Margarita salió del calabozo y del torreón, cuya puerta estaba entornada, y se dió a vagar por las calles, sin saber dónde ir. El alba comenzaba, á despejarse por los horizontes. Margarita se olvidó un instante de sus penas al ver el alba y al respirar libremente el aire. Por fin llegó á la Puerta de su casa, llamó y fue recibida por sus criados con transportes de verdadera alegría.


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