La hermana de la Caridad: 38

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar
Capítulo XXXVIII
Pág. 38 de 58
La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Después de estas escenas que acabamos de describir, suceden grandes acontecimientos para los personajes que forman el alma de nuestra narración. Eduardo se ha partido, huyendo de la justicia, al Africa, á sentar plaza en el ejercito francés. Margarita no muere de la puñalada que le asestó su marido en la última noche en que se vieron; pero perdidos todos sus bienes, confiscadas todas sus propiedades, separada del mundo, reducida a la miseria que puede imaginarse, en una casa solitaria, sin amigos, sin nadie, enferma, completamente enferma, pasa la vida más triste y angustiosa que puede imaginarse. ¡Tremendo castigo el que la Providencia prepara y hace sufrir á tan desgraciada, á tan infeliz mujer! Había educado un hombre para el crimen, y aquel hombre hiere sus entrañas. Lo había sacrificado todo al poder, y cae despeñada en gran envilecimiento. Había sólo estimado la riqueza, y se encuentra reducida á la ultima miseria. Había corrido tras las adulaciones de los cortesanos, y se ve sola y sin amigos. Había amado el placer, y se encuentra en la flor de su edad, cuando la vida debía serle más grata, cuando la felicidad debía desplegar sus alas sobre su frente, se encuentra enferma, sin poder respirar, sin poder apenas vivir. Sólo una infeliz mujer del pueblo se atrevió á recogerla. Sus amigos habían huido todos de su presencia como de la peste. Aquella mujer infeliz padecía todos los tormentos y todos los castigos que más podían humillarla, que más podían hacerla sufrir, que más la martirizaban. La Providencia, siempre justa; la Providencia, que da á cada uno su merecido; la Providencia había mostrado una vez más su poder en la tierra, su incontrastable poder.

Las confiscaciones; las deudas, nacidas de lo mucho que había prodigado sus rentas; el abandono de sus propiedades y de su riqueza, todo esto fué la causa de la perdición total de Margarita. Un día se vió arrojada de sus palacios, de sus jardines; vió vender públicamente sus joyas, sus dorados muebles, todo el ajuar de su casa; vió sus grandes propiedades vendidas para pagar sus deudas. Las pocas joyas que había sacado de su casa las fué vendiendo para comer en una casa de huéspedes. Mas como su herida la había dejado muy malparada, necesitaba gastar mucho en medicamentos, mucho, todo lo que reclama una larga enfermedad. Después la echaron de la casa de huéspedes ignominiosamente, porque no tenía con qué pagar su hospedaje. Una noche se encontró sola en las calles de Nápoles. Un pobre traje la cubría las carnes. Hacía muchísimo frío. Su herida la atormentaba; sus pies pisaban casi el barro, pues apenas bastaban á cubrírselos sus rotos zapatos; sus cabellos estaban como muertos, y por una inclemencia del cielo, desusada en estos hermosos climas del Mediodía, copos de nieve se deprendían de la atmósfera, y todo era horror en aquella espesísima y atroz noche.

Margarita, herida, pálida, enferma, recordaba con horror las noches en que ella paseaba aquellas largas calles reclinada muellemente en su carretela, acompañada de sus adoradores. Entonces, á su solo nombre se abrían todas las puertas; ahora todo estaba para ella cerrado: entonces su casa era el gran festín de Nápoles, y ahora no tenía siquiera un pedazo de pan que llevar á la boca. Y el frío de la noche arreciaba, y arreciaba el horror de Margarita; y la nieve caía sobre ella, y sus miembros estaban yertos, tan yertos como su alma; y todo era angustia, tristeza, horror. No había una ventana abierta, no había un recurso, no había una esperanza. Iba á morir sin remedio. Margarita, altiva como siempre, como siempre llena de grandes pasiones, pero con un temor invencible á la muerte, se sentó sobre un montón de mojadas piedras. Estaba allí meditando qué haría, a qué recurso apelaría. No contaba un amigo; no tenía adónde volver los ojos en tal trance.

Ni una persona siquiera le quedaba fiel, le quedaba amiga en la adversidad. Todos los horizontes se habían cerrado á sus ojos. Entonces comenzó a llorar, sí, á llorar amargamente su terrible suerte.

Cuando estaba así perdida, abandonada, una sombra se apareció á Margarita. Esta gemía.

-¿Quién llora?-preguntó la sombra con voz femenil.

-Una desgraciada.

-¿Quién sois?

-Una infeliz enferma sin amparo en el mundo.

La sombra se acercó, y á la luz del farol miró el rostro de Margarita, y lanzando un grito, dijo:

-¡¡¡Margarita!!!

-¡Angela! -gritó á su vez Margarita.

-¡Vos aquí en esta obscuridad, en este abandono!

-Yo, yo, sí. Y ¿vos me lo preguntáis?

-Venid conmigo.

-¡Nunca, nunca!

-¿Por qué?

-Porque estas heridas que llevo en el pecho, y que me atormentan, son vuestra obra.

-Margarita, ¿y lo creéis vos?

-¡Que si lo creo! Si las fuerzas no me faltaran, si no estuviese moribunda y aterida de frío, ¿creéis que viviríais?

-Por Dios, no os entreguéis á esas violentas pasiones.

-No tan violentas, en verdad, cual mi desgracia.

-Calmaos.

-Idos.

-Sin salvaros no me voy.

-Señora, idos de aquí.

-Margarita, seguidme. Os alojaré en mi casa, os cuidaré mucho; todo lo que merece vuestro estado.

-Después que vos me habéis herido...

-¡Yo! Ese es desvarío de vuestra mente.

-Hace más de seis meses que padezco esta herida en el pecho.

-¡Infeliz!

-Más de seis meses que me hirió mi marido, y no le he vuelto a ver; y no tengo hogar, ni amigos, ni familia, ni nadie en el mundo.

-¡Triste suerte!

-Tristísima. Pero ¿quien la ha causado, quién?

-¡Oh!

-No seáis gazmoña, Angela. Vos habéis sido la causa principal de todos mis dolores.

-¡Yo! Infeliz de mí.

-Vos, vos.

-Pues bien: si he sido, perdonadme.

-Nunca.

-Perdonadme, y venid conmigo, y seguidme.

-No puede ser, no debe ser.

-¿Por que?

-Porque la víctima rechaza á su verdugo.

-Os cuidaré.

-No quiero ni la salud de vos.

-Por Dios, Margarita...

-¿Qué habéis hecho de Eduardo, Angela, qué habéis hecho?

-Lo menos hace seis meses que nada he sabido de él.

-¡Mentira!

-Os lo aseguro.

-Vos me lo arrebatasteis.

-No es verdad, Margarita. Vuestro enojo, os trastorna el seso.

-¡Aun me insultáis!...

-Os digo que hace mucho tiempo que no he visto a Eduardo.

-Y ¿por qué se ha ido?

-No se ha ido por mi consejo.

-Y ¿por qué me ha abandonado?

-No os ha abandonado tampoco por mi consejo.

-No me digáis eso.

-Os digo la verdad, toda la verdad.

-Y yo, sola; y yo, pobre; y yo, muriéndome por esas calles de Nápoles, sin abrigo, sin casa.

-Tomad, tomad mi abrigo -dijo Angela, desciñéndose el que llevaba.

-Ya os he dicho que nada quiero de vos.

-¿Por qué?

-Porque de vos sólo quiero y sólo debo tomar una cruel venganza.

-¡En estos instantes pensáis en vengaros!

-Me faltan fuerzas, pero no voluntad.

-Pensad en Dios.

-Dejadme de gazmoñerías.

-Dios, que es el único, el eterno consuelo del infeliz.

-Yo no tengo consuelo en nada ni en nadie.

-Os rebeláis contra Dios.

-¡Ja, ja, ja!

Y Margarita lanzó una carcajada.

-Sí, contra Dios, porque os envía el consuelo por mi mano, y no queréis aceptarlo.

-No, no, nunca.

-Porque os socorre, os envía el pan, y vos envenenáis sus presentes.

-Dejadme: estáis atormentándome.

-No me puedo resignar á dejaros aquí sola.

-Pues me estáis matando.

-Margarita, por Dios, seguidme.

-No, mil veces no.

Y Margarita se levantó como herida, y miró á todas partes como delirando, y exclamó:

-¿Cómo me libertaré de esta mujer? Adiós.

Y como sacando fuerzas de flaqueza, se perdió en una obscura encrucijada.


<<<

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII - XXXVIII - XXXIX - XL - XLI - XLII - XLIII - XLIV - XLV - XLVI - XLVII - XLVIII - XLIX - L - LI - LII - LIII - LIV - LV - LVI - LVII - LVIII

>>>