La hermana de la Caridad: 46

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Capítulo XLVI
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Y, en efecto, cuando la noche extendió sus velos, Margarita y María salieron de aquella casa y se internaron por las calles de Nápoles para volver á su humildísimo tugurio. Con el hervir de la sangre, con la salud, con la vida, Margarita había recobrado todas sus exaltadas y tempestuosas pasiones.

Aquellas dos mujeres salieron, después de algunos momentos de haber anochecido, precipitadamente para su antigua casa. Margarita se salió de su albergue sin más que la bata blanca con lazos azules y un abrigo. La infeliz María se despidió casi llorando de aquellos objetos donde había encontrado algunos instantes de pasajera felicidad. Por fin llegaron á su casa. ¡Que diferencia! Los árboles, fuentes, flores, el cielo puro, azul, sereno, el lujo de aquella naturaleza, se había trocado en una casa negra, ahumada, llena de polvo, de telarañas, obscura, en un cuarto donde apenas entraba ni el sol ni el aire, en un verdadero calabozo desmantelado, sucio, frío y pavorosamente triste. Así que llegaron, Margarita se dejó caer en el colchón de paja donde había pasado su larga enfermedad.

No lloraba. Su dolor había tomado una faz más triste y más solemne. Era un dolor seco, tempestuoso, sombrío. Algunos gemidos hondos y amargos salían de su pecho; algunos relámpagos de odio iluminaban sus ojos y su rostro. Fuertes convulsiones, convulsiones horribles, sacudían todo su cuerpo, presa de crueles dolores. Su idea de matar á Angela, de hacer correr su sangre, se le aparecía como una esperanza deleitosa. En su delirio, se veía á sí misma con los ojos desencajados, el cabello suelto, sardónica risa en los labios, negra furia en los ojos, un puñal en la diestra, y arrastrando á la infeliz Angela hasta sus plantas, y clavándole el puñal hasta el mismo corazón, y viendo salir con gozo, con alegría salvaje, de la entreabierta herida, un arroyo de sangre. En su sobrexcitación, estas continuas visiones, estos terribles sacudimientos, su exaltación, su fuego, el dolor que había en su alma, todo esto, por necesidad, sobrexcitó á Margarita, y la hizo caer en una calentura terrible, que fué toda la noche un puro delirio; pero un delirio que se bailaba gozoso en mares de sangre.

Así pasó toda la noche aquella mujer desventurada. Muy temprano se levantó María, y Margarita se levantó también.

-¿No ha muerto aún? -decía.

-¿Quién?

-Angela.

-Desechad esos pensamientos.

-La he asesinado.

-Volved en vos.

-Mirad, mirad cómo corre la sangre.

-No deliréis.

-Ya estoy satisfecha; ya ha pagado todas sus culpas; ya su sangre empapa la tierra; ya su alma se precipita en los infiernos.

-¡Pobre señora! Todo cuanto hemos hecho por su salvación ha sido inútil.

-Ahí, ahí arderás como la resina; ahí, en el infierno. Como los hipócritas, llevarás en el infierno, sobre tus espaldas, un manto de plomo derretido, que te abrasará sin quemarte; manto de plomo tan pesado como mis maldiciones.

-¡Señora, señora!

-Déjame gozarme en contemplarla con su corona de llamas en la cabeza. Las flores que ceñía en el teatro se han tornado serpientes, sí, serpientes que le chupan la sangre; y cuanta más beben, más hay en sus alteradas sienes.

-¡Qué horror!

-Yo, yo la he precipitado al infierno; yo, con. este puñal. Me robó mis riquezas y mi esposo, el alma, y la tierra, y el cielo, y todo me lo robó, todo; ¡infame! paga tu culpa. Sí, págala mira qué cara pone:¡ay, qué cara! ¿Padeces? Pues mas he padecido yo por tu causa. Mucho más. No, no te rías; no te rías, que me haces reir. ¡Ja, ja, ja!...

Y la infeliz lanzó una terrible, epiléptica carcajada, que parecía que se iba á quebrar su pecho y su garganta. Por fin, merced á mil medios á que apeló María, pudo aquietarse y se durmió un poco; sueño fatigoso, hijo más bien de su horrible calentura que de su naturaleza. ¡Espantoso cuadro!

Decir todo lo que sufrió Margarita después de haber salido de aquel hermoso jardín, después de haberse encontrado en aquella tristísima vivienda, es punto menos que imposible. Pasaba sus días en una calentura lenta, que la iba consumiendo; sus noches, en un eterno delirio. Aquella estancia terrible, ahumada, negra, la ahogaba, y allí se perdía, se descoloraba su vida. No tenía ni ropa para abrigarse, ni muchas veces pan para satisfacer su hambre.

El trabajo de María no alcanzaba nunca á cubrir sus necesidades. Una mañana se levantó más tranquila y hasta más contenta.

-¿Estáis mejor, señorita? -le preguntó María.

-Sí, me parece que estoy mejor.

María lloraba, aunque iba devorando sus lágrimas.

-Parece que tengo gana -dijo Margarita.

María lanzó un profundo suspiro.

-¡Oh! Suspiras...

-No, no.

-¿Qué te sucede?

- Señora, habladme de vuestra mejoría.

-Sí, tengo gana.

María lanzó otro sollozo.

-¿Que sucede, qué pasa?

-Hoy no tenemos ni un pedazo de pan.

-¡Santo cielo!

-¡Qué desgraciadas somos!

-Lo somos en verdad. Yo no puedo estar aquí más tiempo.

-¿Por que?

-No, no puedo, porque te arrebato el pan de tus hijos.

-¡Por Dios, señora!

-Sí, el pan de tus hijos.

-¡Por Dios!

-Y no tenemos nada que empeñar.

-Nada.

-Mi bata.

-Se empeñó ayer.

-Pues bien: nos moriremos aquí de hambre.

-¡Oh! Por vos lo siento.

-Y tengo hambre.

-¡Dios mío!

-Sí, mucha hambre.

-Calmaos un poco; saldré a pedir una limosna.

-¿Y por mí vas á hacer eso?

-Sí, lo haré por vos.

-No, no, me moriré.

-Me voy, señora.

-No lo consiento.

-La Providencia me guiará.

-¡La Providencia! ¡Ja, ja, ja!

Y Margarita lanzó una carcajada sardonica.

-Dios no abandona á los suyos.

-Nosotros no somos de Dios según nos abandona.

-Toda mi vida he sido pobre, pero aun no me he muerto de hambre.

-¡Vaya un consuelo!

-Estáis desencajada.

-Sí.

-Se conoce que tenéis hambre.

-Es verdad.

-Habéis dormido mal.

-He dormido un poco.

-¡Oh! No acostumbrabais á dormir en estas pajas.

-Es verdad.

-¡Tan duras!

-Es cierto.

-Pues adiós, señorita.

-No te vayas.

-Vuelvo.

-¡Oh!

-Sí, al instante.

-¡Por mí vas a pasar esa vergüenza!

-No temáis; más pasó por todos Nuestro Señor Jesucristo.

-¡María!

-Señora.

-¿Cómo te he de pagar esto?

-Con vuestro cariño.

-Poco es.

-Es demasiado. Adiós, hasta ahora mismo.

-¡Oh! No vayas, no vayas.

-Por todos los santos, dejadme.

-Me acongoja pensar...

-¿Qué?

-Tu humillación.

-¡Ca! Peor es robar.

-¡Qué vida!

-Consolaos.

-No puedo.

-Adiós. Vuelvo.

Y María se fué llorando.


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