La hermana de la Caridad: 49

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Capítulo XLIX
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Margarita se quedó, en efecto, como había dicho Angela, abandonada á sus remordimientos. Sentir remordimientos, podía ser una prueba de que la razón y la virtud habían triunfado en aquella ciega y empedernida alma. El dolor puede ser el mensajero de una gran revolución en el espíritu. Si las palabras y el ejemplo de Angela no la movían á un pronto arrepentimiento, Margarita estaba perdida sin remedio. ¿Será más contagioso el mal que purificadora la virtud? ¿Una joven pura no podrá estar en un lupanar sin mancharse de barro, y una joven impura podrá estar en medio de la virtud sin sentirse inspirada de un anhelo á la perfección, ó al menos de un dolor punzante por su pasada vida? Yo no creo, no puedo creer eso. Creo que el ejemplo de la virtud puede mucho en las almas; creo que estamos obligados á ser buenos, á cumplir con todos nuestros deberes, no sólo por ser ley de Dios, ley de la conciencia, deber riguroso y no bien tan amable en sí y tan dulce, sino también por no dar ni malos ejemplos ni malas enseñanzas á los que nos rodean y viven de nuestra misma vida.

Por esto creo con firmeza que aquella atmósfera de virtud, aquella luz que hería la frente de Margarita, aquella voz, el alma de Angela, que purificaba el aire, debían purificar también el alma, el pensamiento, el corazón de Margarita, no de otra suerte que los gases por el día desprendidos de los árboles oxigenan la atmósfera.

En efecto: al irse Angela, Margarita sintió deslizarse como una culebra en su pecho el frío remordimiento, que, clavándose en sus entrañas, se las partía, las devoraba, como suele suceder, mal de su grado, á todos los que alguna vez han sacrificado en aras del crimen aunque no haya sido más que un día de su vida.

Margarita comenzó á recapacitar allá en lo interior de su mente, y pensó que era muy cruel con Angela. ¿Quién la había dos veces libertado de la muerte? ¿Quién la había asistido como un ángel á la cabecera de su cama? ¿Quién había derramado el rocío de las lágrimas en aquella vida seca y gastada? ¿Quién la había seguido y había velado por ella cuando, sola, pobre, abandonada, no tenía á su alrededor ni una persona que velara por su tranquilidad y por su paz? Todas estas ideas se levantaban en su alma obscurecida, como esas estrellas que aparecen á través de las ráfagas de la tempestad, ó de las nubes que manchan y obscurecen un cielo azul, brillante y puro. Mas en el alma de Margarita las nubes eran tantas, la obscuridad tan espesa y tan horrible, que bien puede decirse que no había esperanza de que el alba pura de la luz amaneciese en sus horizontes.

El remordimiento, sólo el remordimiento podía ser parte á salvarla. Si no sentía dolor, estaba perdida, completamente perdida. Y, en efecto, Margarita se dolía de haber insultado á la pobre Angela. ¡Insultarla! Angela era á todos los ojos el numen misterioso y divino del bien; Angela era la personificación del bien; Angela era la imagen purísima del sacrificio; Angela era un ideal de virtud.

Margarita, en fin, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y lloró amargamente, amarguísimamente. Aquel lloro podía ser como la lluvia del cielo, que descendía sobre sus alteradas pasiones; aquellas ideas, como el iris que se dibuja entre las negras y pavorosas nubes.

El remordimiento es un aviso del cielo, un anuncio de que en el alma del criminal hay conciencia. Un remordimiento era el primer despertar de la razón en el espíritu de Margarita; el primer albor de espíritu en aquella organización. Así, cuando Margarita sintió este dolor del corazón, esta aguda espina que le taladraba el alma, sintió también que se había transformado su vida. Ella, que había vivido en medio de los placeres; ella, que había ideado las más grandes emociones; ella, que había seguido una senda de perdición, sin sentir ni el asomo de un remordimiento, verse dolorida y afligidísima, era, en verdad, un milagro, una maravilla. El primer impulso de Margarita fué de rabia, de ira, al sentir aquella extraña impresión en su alma; el segundo movimiento fué de exaltadísimo dolor. Inclinó la cabeza sobre el pecho, y se dió á llorar amargamente. Este lloro, que salía de lo más profundo de su alma, era como la ráfaga de la tempestad que purifica el cielo. Su conciencia, más clara, más luminosa, más transparente, se levantó al cielo y absorbió su luz. Después de este lloro, una tranquilidad verdadera fué el estado de Margarita. Sin embargo, las pasiones no abandonan de una vez su presa. La ira volvió á rugir en aquel corazón despedazado. Se avergonzó de haber llorado, se acordó de quién era, paseó su mirada por aquella estancia; el fiero orgullo se posesionó de su alma, y sacudió como un sueño aquella leve sombra de arrepentimiento. Pero en este mismo instante se abrió la puerta y apareció, Angela. Traía un cordial en la mano derecha, un ramo de flores en la izquierda, una sonrisa plácida en los labios, una alegría infinita en los ojos.

-Os he oído llorar y vengo á veros.

-¡Angela! ¡Me habéis oído llorar!

-Sí, sí. Os he oído llorar, y me alegro.

-¡Os alegráis de mis lágrimas!¡Ese es vuestro sentimiento!

-¿No sabéis que las lágrimas son un rocío del cielo?

-Amargo rocío.

-No; que desahogan el alma.

-Eso es cierto.

-Si yo no hubiera llorado muchas veces, acaso ahora no sería...

Margarita suspiró. Toda la rabia que en su alma ardía se apagó al dulce soplo de la palabra de Angela.

-Margarita, Margarita mía -dijo Angela acariciándola,

Margarita dejó caer la cabeza en el seno de Angela, y comenzó á llorar amarguísimamente.

-Sí, sí. Llorad, llorad, Margarita.

-¡Oh! Soy muy mala, muy mala.

Angela, cuando oyó estas palabras, se postró en el suelo, plegó sus manos, y una oración se levantó de su alma.

-Ya sois buena, Margarita, ya.

-¡Oh! No, no.

-Sí, Dios ha tocado en vuestro corazón.

Margarita volvió la cabeza con indolencia, y dijo:

-Para mí no hay esperanza.

-Sí; Dios nunca abandona á los suyos.

-¿Nunca?

-Nunca.

-Y ¿yo soy de Dios?

-Como, la última de las criaturas.

-Y ¿yo voy á perder mi naturaleza?

-No; esas pasiones agitadas se tornarán en tranquila felicidad.

-¡Ah! Abandonada de todos...

-No, no. De mí no.

-¡Abandonada de Eduardo! Este nombre hirió el corazón de Angela. El amor volvió á recordarle todo lo que Eduardo significaba para ella. Sin embargo, haciéndose superior á si misma, exclamó entusiasmada:

-¡Eduardo volverá á vuestros brazos!

-¡Oh! ¿A mis brazos?

-Sí, sí.

-¿Quién me lo asegura?

-Yo.

-Luego ¿sabéis dónde está Eduardo?

-No lo sé.

-¡Oh!

-No lo sé.

-¡Y entonces!

-A una Hermana de la Caridad está abierto el mundo.

-¡Angela, Angela!

-Sí, el mundo entero recorreré yo para haceros feliz.

-¡Dios mío! Y ¿por qué?

-¡Oh! Por hacer bien.

-¿Sólo por hacer bien?

-Por redimir un alma, un corazón.

-Angela, admiro vuestro heroísmo.

-No es heroísmo el cumplimiento de un gran deber.

-¡Un deber! No atino cómo puede ser un deber.

-Lo es, porque yo he influido tristemente en vuestra vida.

-¡Tristemente!

-¿No me habéis libertado de la muerte? ¿No me habéis recogido aquí?

-Es verdad; pero he inspirado siempre celos y recelos á vuestro corazón.

-Eso es verdad.

-Celos que os habrán hecho padecer.

Entonces un remordimiento se levantó en el ánimo de Margarita.

-Yo también os he hecho padecer mucho.

-Sí. Pero erais inocente.

-¡Inocente!

-La causa del dolor de mi vida es Eduardo.

-Es verdad.

-Me amaba.

-Y ¿le amabais?

-Mucho.

Margarita se sonrojó de celos.

-Y ¿os abandonó? -dijo Margarita.

-Me abandonó a mi soledad.

-¿Padeceríais mucho?

-Pasaba mis días llorando, mis noches en cruel insomnio.

-Tenéis razón: ¡cruel!

-Cuando amanecía, me inclinaba en mi ventana y ponía los ojos en el horizonte.

-Y allí...

-Allí no apartaba la vista del mar.

-¡Qué ansiedad!

-Cada vela que descubría, imaginaba que era él; cada bote que se presentaba á mis ojos, creía que era el bote en que solía venir Eduardo.

-¡Qué crueles padecimientos!

-Para mí no había luz en el cielo, ni aire en la tierra. Yo me ahogaba.

-¡Y habéis resistido!

-Sin duda Dios hizo la naturaleza humana para el dolor, y por eso el dolor la vivifica.

-Y ¿continuáis queriendo á Eduardo?

-¿Queréis remover las cenizas de mi corazón?

-Os lo pregunto con fe, con deseo vivísimo de que me contestéis.

-¡Por Dios, Margarita!

-Sí, os ruego que me contestéis.

-Ya os he dicho que soy causa de vuestros pesares.

-No; son aprensiones que se van calmando y desvaneciendo.

-Pues bien: oid lo que siento.

-Sí, sí. Decidlo.

-Aun le amo.

-¡Santo cielo!

-Aun en mis ensueños veo su imagen; aun en mis delirios invoco su nombre. No he podido de ninguna manera domeñar estos sentimientos de mi corazón.

-¡Oh!

-Mi pasión vive hoy tan pura como el primer día que la sentí; yace tan inmaculada en el fondo de mi alma.

-¡Y decíais que no le amabais! -exclamó irritada Margarita.

-Nunca he dicho eso.

-Y decíais que deseabais mi felicidad, mi unión con Eduardo!

-Sí, la deseo vivamente.

-¡Es imposible!

-La deseo con todo mi corazón.

-¡Mentira!

-¡Margarita!

-¡Mentira! repito.

-¡Oh! Hemos vuelto á nuestro antiguo estado.

-Si le amáis, ¿cómo deseáis que yo vuelva á verlo?

-Porque en mí domina la razón al sentimiento.

-Entonces no le amáis.

-Ojalá fuera cierto lo que decís.

-No le amáis, porque si le amarais diríais: Antes que todo en el mundo, primero que todo, sobre todo, su amor.

-No puede sucederme eso que decís.

-¡Ah! Si le amarais, sentiríais un vacío inmenso, una paralización en la vida, un tormento, un horror al mundo, cuando él no estuviera á vuestro lado; renunciaríais á todo menos á su amor, sí, á su amor, sin el cual ni siquiera os sería posible concebir la realidad de la existencia.

-Pues, ¿por qué llevo este sayal? ¿Por qué en mi primera juventud me he encerrado en un convento? ¿Creéis, por ventura, que todo es virtud? No, os engañáis. Es mi desesperación la que me ha traído aquí; mi desesperación la que me ha separado del mundo; mi desesperación la que ha obrado en mí todos estos milagros; sí, la desesperación.

-No os comprendo, no os puedo comprender. ¿Por qué, si tanto le amabais, no le habéis seguido?

-Porque hay una cosa superior al amor.

-No hay nada.

-Os engañáis; hay el deber.

-Sí. Pero es tan fácil dejarse arrebatar por los impulsos del corazón...

-No cuando la conciencia grita y avisa dónde están los escollos y los peligros.

-¿Hay peligro en amar bien?

-En amar bien no le hay. En amar mal, en amar ilegítimamente, hay más que peligro, hay perdición.

-¡Qué leyes de moral tan estrechas!

-No lo creáis; son amplias, como el espíritu que se agita en lo infinito.

-Son una cadena.

-Ese es otro error.

-No veo ahí ni sombra de libertad.

-Hay que combatir en el mundo muchas preocupaciones. Se cree generalmente que la libertad consiste en dejarse arrebatar de las pasiones; no el que tal hace se doblega á la esclavitud más vil, á la torpe esclavitud de los sentidos.

-Pero el esclavo del deber...

-El esclavo del deber os libre. La libertad consiste en sujetarnos á nuestra propia razón.

-Admito esa explicación.

-Cuando nos sujetamos á nuestra razón no dependemos de nadie.

-Cierto.

Cuando no dependemos de nadie somos libres.

-Es verdad.

-La razón es nuestra misma vida, nuestra misma alma, nuestro espíritu, lo que hay más íntimo en nuestra naturaleza.

-Justamente.

-Pues bien: nuestra razón nos dice que cumplamos con nuestros deberes religiosos, morales y sociales. ¿No os dice eso vuestra razón?

-Sí, sí.

-¿Puede deciros otra cosa?

-No.

-Luego cuando os dejáis llevar de extraños sentimientos; cuando os dejáis llevar de las pasiones, caéis en la esclavitud.

-¡Es verdad!

-Y cuando seguís los consejos de vuestra razón, la voz de vuestra conciencia, sois libre, completamente libre.

-¡Triste libertad!

-No lo creáis. Prescindiendo de que sólo debemos amar la virtud por ser virtud; prescindiendo de que el amor desinteresado al bien es el verdadero amor; prescindiendo de todo esto, os digo que cuando el alma ha cumplido un deber, se queda plácida, serena.

-¡Oh! Acaso por no haber cumplido yo con mis deberes he padecido mucho.

-Sí.

-Acaso por haber emponzoñado mi vida se ha obscurecido en mí la noción de la justicia.

-Mirad, Margarita, el arroyo cuando corre límpido por la grama. Su clara linfa refleja el cielo.

-¡Ay!

-Mirad cuando la tempestad ó la mano del hombre lo enturbian. Entonces sólo se ve en sus aguas el polvo obscuro de la tierra.

-Eso es, eso es. Y ¿no podré aspirar al bien, no podré aspirar á salir de esta estrecha cárcel?

-¡Oh! -dijo Angela-: desde el momento en que deseéis ser libre, sois ya libre.

-Luego sólo basta desearlo.

-Desearlo con esa fe, con esa constancia que habéis puesto en las cosas del mundo; con ese mismo ardor que os llevaba á la intriga, á la corte.

-¡Deseos! Hace tiempo que no deseo nada.

-¿Ni volver á ver á Eduardo?

-¡Oh! Eso sí.

-¿Y si os dijera que sólo vuestra decisión por abrazar la virtud puede hacer que Eduardo os ame?

-Luego mis sospechas son verdad.

-¡Pobre Margarita!

-Luego son ciertas.

-Desprendeos de esas preocupaciones.

-Luego vos tenéis en vuestras manos el corazón de Eduardo.

-De ninguna suerte.

-Pues ¿cómo, si no, os atrevéis á decir lo que me habéis dicho?

-Me atrevo porque conozco el corazón de los hombres.

-¿Vos podéis volverme a Eduardo, y no lo hacéis, y aun aspiráis á que no os tenga por criminal?

-Margarita, no es posible hablar con vos.

-¿Queréis que oiga fríamente lo que estáis diciendo?

-No es posible hablar con vos. En seguida dais cuerpo á todas vuestras ideas, realidad á todas vuestras aprensiones.

-Pues ¿en qué os fundáis para decir que Eduardo volverá á mí?

-Me fundo en el conocimiento que tengo del corazón humano.

-¿En eso no más?

-En eso. Una de las faltas graves que cometemos, Margarita, es juzgar de todos las cosas, no por las leyes generales de la vida, sino por las impresiones del momento; fortuitamente, al caso.

-Y ¿sólo el acaso puede volverme á mi esposo?

-No.

-¡Ah! ¡Qué ilusiones!

-El corazón necesita de la paz.

-Es cierto.

-Pasado cierto tiempo en que la vida se agita y hierve, el hombre ama el descanso de la familia.

-Pero ¿cuándo le sucederá esto á Eduardo? -dijo Margarita.

-Cuando se haya convencido de que puede alcanzar esa paz en el seno del hogar doméstico.

-¡Oh! Mi corazón sólo desea ya esa tranquilidad.

-Pues vuestro corazón la tendrá.

-Angela, no me atrevo a creerlo.

-Creedlo, Margarita.

-Me lo aseguráis de una manera...

-Yo me he propuesto haceros feliz.

-¿Sí, Ángela?

-Sí. Quiero haceros feliz.

-Ya no es posible la dicha para mí.

-¡Ah! La dicha es cambiante, relativa; es según el estado del alma.

-Es verdad.

-Vos creísteis que la dicha estaba en el poder, en el oro, en la intriga.

-También es cierto.

-Os habíais engañado.

Margarita cayó en profunda meditación.

-Sí, os habíais engañado.

-Al volver de vuestro baile, ¿qué encontrabais en el corazón?

-Un vacío tan grande...

-Al penetrar en las intrigas, ¿qué os sucedía?

-Al pronto me aturdía; después lloraba.

-¿Y al encontraros tanta mentira, tanto engaño?

-Me desesperaba.

-De modo que nunca había verdadera tranquilidad en vuestro ánimo.

-Nunca.

-He ahí las consecuencias fatales de errar el verdadero camino de la vida.

-Es cierto. Habladme, habladme de la verdadera vida.

Después de una corta interrupción, dijo Angela:

-¿No habéis pensado alguna vez en la Providencia?

-Nunca.

-Y ¿cómo no os ha ocurrido esa idea en presencia de la Naturaleza?

-Me ha parecido que buscar la Providencia detrás de los hechos y de los fenómenos del mundo, equivale á la acción del mono, que cuando ve su imagen reflejarse en el espejo, la busca ansioso detrás de este mueble.

-¡Pobre y mil veces repetido argumento!

-Pobre será; pero á mí, una gracia de esa naturaleza me ha convencido siempre más que un libro largo y sesudo de alta moral.

-¡Parece imposible! Y este mal ha provenido en vos, no tanto de perversidad en el alma, como de ligereza en la educación.

-Lo que queráis, Angela. Mas todas esas cuestiones me rompían, el cerebro, y no tenía espacio de tiempo para tratar de ellas.

-¿Nunca habéis meditado cómo se sostiene esta máquina? De la muerte de unos seres proviene la vida de otros. La noche tiene sus misterios y sus seres predilectos, como el día. La onda salada del mar oculta millares de millares de seres, como la hoja del árbol, como el grano de tierra que pisáis indiferente. En una gota de agua nadan mil animalillos como en el inmenso cielo nadan mil luminosos astros.

-Y de todo eso, ¿qué deducís?

-Todos esos seres viven sostenidos por la Providencia. Cada uno tiene su ley, tiene su propio destino. El ruiseñor da voz al bosque; la cigüeña es sagrada porque devora los dañosos reptiles; la misma víbora, que parece asestar su aguijón contra el hombre, le cura mil enfermedades, y hasta en los accidentes más livianos de la Naturaleza se ve siempre brotar la vida y porque todos, los seres tienen un fin, y tienen instintos y medios á ese gran fin proporcionados.

-Y de todo eso, ¿qué deducís?

-Deduzco que la Naturaleza entera tiene sus modelos, sus tipos, en un principio muy superior á la materia bruta. La materia por sí sola no podría nunca producir esos seres; no, podría haber enlazado en suaves armonías y en leyes todos los diferentes objetos esparcidos en los espacios.

-Pues si no produce seres la materia, ¿qué es el grano de semilla que cae en la tierra?

-Tenéis razón; pero esa unidad maravillosa que en la creación se encuentra, debe ser obra de una razón superior á la materia, de una razón divina. La materia puede reproducirse ciegamente; pero no puede producir la ley, no puede producir la armonía, no puede producir la unidad de tantos principios discordes y tantos elementos contradictorios; la materia para ese fin es de todo punto impotente.

-Tenéis razón.

-¡Ah! Sí, vos convenís conmigo. ¿No es verdad que es muy hermoso ver que Dios en los países cálidos ha puesto frutos frescos, regalados, árboles frondosos, y al revés en los países fríos? ¿No es verdad que es muy hermoso considerar que esos mundos giran por millones de millones en los espacios, y no, entrechocan nunca? ¿No es verdad que es hermoso levantar la hoja de un árbol, y encontrar allí seres que nadan en el océano de la vida, como en las arenas, como en las gotas de rocío, seres que contribuyen todos al plan inmenso de la creación, de la Naturaleza?

-Es verdad, es verdad.

-Y cuando se ve todo, esto, el alma que piensa, el alma que ama, como el ave que desde su nido se levanta al cielo, abre sus alas y se pierde amorosa en el éter de lo infinito y de lo eterno, y se rinde en presencia de Dios, y arrobada lo adora.

-¡Dios mío! No puedo sufrir este vértigo; no puedo sacudir el efecto de la palabra de esta mujer; la sigo, me arrastra en pos de sí. ¡Dios mío, Dios mío!

-Sí, sí, Margarita: creedme. Yo he visto la Providencia en todos los actos de mi vida; yo he visto su mano en todas las páginas de mi historia.

-¡Oh! ¡Vos tan desgraciada!

-¡Yo tan desgraciada!

-¿De vuestras mismas desgracias concluís la verdad de la Providencia?

-Sí, de mis propias desgracias.

-Hablad.

-Yo amé demasiado á un hombre. Para mí no había ni mundo, ni cielo, más que su amor; egoísmo punible y egoísmo castigado.

-¿También el amor puro es falta?

-Sí.

-No lo comprendo.

-Me explicaré, Margarita, me explicaré.

-Hablad, hablad. Os lo ruego.

-Dios no quiere que nos encerremos dentro de la mezquina corteza de nuestra personalidad. Así como de tantos seres dispersos en las escalas de la creación, Dios saca la vida y la armonía de tantos corazones como ha puesto en el mundo, quiere Dios también que salga la felicidad para todos los hombres.

-Y ¿vos habéis faltado con amar á eso?

-Sí; había faltado. Creía que Dios me había dado mi voz para regalar el oído á Eduardo; mi imaginación, para bordar de flores su vida; mi pensamiento, para iluminar su existencia; mi corazón, sólo para él con todos sus sentimientos.

-Y ¿en eso faltabais?

-Faltaba gravemente, porque no recordaba que había en la tierra otros seres; porque había llegado á encerrarme en la concha dura y egoísta de mi amor; porque había guardado todos mis sentimientos para un solo sér en el mundo.

-Y vuestra Providencia...

-Y mi Providencia, arrancándome al amor de Eduardo, me castigó dura pero merecidamente.

Margarita levantó los ojos al cielo, como maravillada de lo que oía.

Me castigó, sí porque me hizo ver que mi vida era para más altos fines; que mis sentimientos debían caer como la lluvia del cielo sobre muchos seres; que encerrar en estrecho circulo la vida profunda, inmensa como el Océano, es un delirio; que amor egoístamente como yo amaba, es un crimen. He sentido en mis penas la mano de la Providencia, que me apretaba el corazón; he padecido, he llorado y acato sus decretos.

-Nunca se me habían ocurrido á mí esas ideas.

-¿No habéis visto la mano de la Providencia en nuestra vida?

-No. Sólo he visto casualidades.

-¡Quién lo creyera! Pues ¿queréis que yo os la muestre?

-Mostrádmela.

-Os casasteis por capricho con Eduardo.

-Es verdad.

-La Providencia os castigó á amarle.

-También es cierto.

-Amabais sobre todo el poder, el valimiento en la corte.

-Sobre todo. Mandar era toda mi gloria.

-En el día en que más podíais ufanaros con esa gloria, os la arrebató la Providencia de las manos.

-¡Justo cielo!

-Invocad, invocad su justicia.

-Proseguid, proseguid, Angela.

-La intriga había sido la trama de vuestra vida.

-Es cierto, aunque me cueste rubor el decirlo.

-La intriga era el hilo con que caminabais por la sociedad, por el mundo.

-¡Oh!

Y Margarita mostraba cierto disgusto.

-Veo que os disgustáis. Suspenderé mis observaciones.

-No, por Dios, no. Proseguid, proseguid en ellas. Os lo, ruego.

-Prosigo. La intriga era toda vuestra vida.

-Es verdad.

-Pues la intriga os llevó á un profundo calabozo, á los pies del verdugo.

-No me lo recordéis.

-La mujer á quien habíais herido en el alma robándole su amor, yo misma, os salvé.

-Sí, sí.

-Aquella salvación, que podía haber sido fuente de goces inexplicables, emponzoñó vuestra existencia.

-Aun siento la ponzoña en mis entrañas.

-Os abandonó el esposo que amabais. Perdisteis el poder, que había sido toda vuestra ambición; el hilo de la intriga os arrastró por despeñaderos y abismos; vuestras riquezas se disiparon. Vos fuisteis á agonizar en un miserable jergón, y de precipicio en precipicio fuisteis á dar en el suicidio. ¡Tremendos castigos, lógicos, señora, en vuestra tremenda vida!

Margarita lanzó un grito de horror, y dejó caer la cabeza sobre el pecho bajo el peso de un pensamiento que no podía soportar.

Angela guardó por largo tiempo silencio. Margarita, después de breve pausa, levantó la cabeza, fijó los ojos en Angela y dijo:

-Me habéis revelado un mundo y un cielo.

-Sí, Margarita, sí.

-Me habéis mostrado que esta vida, que yo había creído una sombra que la fortuna dibujaba sobre el abismo de los tiempos, tiene también su Providencia.

-Sí, Margarita; tiene Providencia el vil gusano, y ¿no había de tenerla y de sentirla el hombre, el sér por excelencia en la escala de la creación?

-¡Oh, Dios mío! Y en el camino del bien, ¿no me auxiliará la Providencia?

-Sí, os auxiliará Margarita. Del borde obscuro del suicidio habéis venido aquí.

-Os he encontrado para mi bien, Angela.

-Es necesario que los muchos dolores que habéis sufrido hayan despertado vuestra alma.

-Sí, la han despertado para contemplar á Dios.

-¡Margarita!

-Y para reconocer que sólo en la virtud está el, bien.

-Esa, esa es la verdad.

-Y para esperar confiada en que Dios abrirá sobre mi la mano de la misericordia

-Sí, si.

-Y para amar, Angela.

Margarita se arrojó en brazos de Angela, y ambas permanecieron largo espacio llorando, como dos amigas, como dos hermanas que se encuentran y se hablan después de larga ausencia.

-Seremos felices.

-Sí, no lo dudéis.

-Yo, Angela, desde este instante sacudo todas mis preocupaciones.

-Sí, sacudidlas como un sueño.

-Buscaré en el bien la vida, la felicidad.

-Únicamente ahí se encuentra.

-Os imitaré á, vos.

-A mí, no. Imitad á, Dios.

-¿Cómo?

-Siendo buena, justa, benéfica cuanto podáis; poniendo siempre los ojos en ese ideal de virtud escrito en vuestra conciencia.

-¡Oh! Lo seré.

-Descansad un poco de las emociones que os ha producido este largo coloquio.

Y, en efecto, Margarita se durmió como un niño, con el sueño tranquilo de un ángel.


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