La hermana de la Caridad: 52

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Capítulo LII
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Esta guerra de Africa tenía mucho de cruel. Dios ha querido que la civilización se riegue con mares de sangre y se fecunde con la vida del hombre. Como de la putrefacción de los cuerpos nacen nuevos átomos que llevan á otros cuerpos la vida, de estas continuas guerras y revoluciones nace indudablemente la sangre de toda nueva civilización. El hombre no ha dado un paso en la carrera del progreso sin estampar una huella de sangre, sin sentir un dolor, sin lanzar un quejido. Todo su camino triunfal por la tierra está sembrado de cadáveres, de ruinas, de espanto y desolación. Es su estrella, es su destino. No es posible creer, sin embargo, que la guerra sea eterna. Día llegará en que cese esta edad infeliz de la guerra. Entonces el hombre, lejos de convertir sus fuerzas contra el hombre, las convertirá a domeñar, y vencer, y sojuzgar más y más la Naturaleza. Mas hoy, para tratar con los pueblos que no quieren la civilización con los pueblos sumergidos en la abyección, en la esclavitud, en la barbarie, la Providencia no ha puesto en las manos del hombre más instrumento que la guerra, como un hierro candente con que se imprime en la conciencia y en la carne humana, sumida en las sombras de la esclavitud, la idea de su libre personalidad.

Pero estas guerras con pueblos bárbaros, con pueblos sumidos en odiosa esclavitud, son guerras bárbaras, son guerras crueles, son guerras sangrientas, de atroces venganzas. El infeliz que ve una raza superior ir, penetrar en sus chozas y arrancarlas de cuajo, penetrar en sus templos y herir sus dioses, cree que el enemigo sólo merece el exterminio. La carnicería que los bárbaros africanos hacían en aquellas gentes era terrible, era espantosa, era sangrienta. A su vez, el ejército europeo no daba un paso, no conseguía una victoria, no lograba una pequeña conquista, sin dejar por todas partes, en aquellos áridos arenales, sembrada la desolación y la muerte.

En tan tristes circunstancias, se pensó en llevar al Africa Hermanas de la Caridad, esos seres privilegiados que se ciernen, como los ángeles, sobre la desgracia y el dolor. Sólo sus almas de fuego podían sufrir los rigores de aquellos climas; solo su entereza podía andar entre aquellos campos sembrados de cadáveres; sólo su ardiente caridad podía servir para tantos y tan tristes hospitales. La Hermana de la Caridad corre al campo de batalla; recoge en sus brazos al herido; le detiene el alma cuando parece que se va á escapar del cuerpo; protege y salva muchas veces al infeliz soldado, y si acaso le ve morir, le auxilia en tan amargo trance, y derrama sus oraciones y sus lágrimas sobre los restos inanimados.

La necesidad que el ejercito sentía de estos ángeles de paz, era inmensa; necesidad siempre creciente. Así, las Hermanas de la Caridad, no sólo de Francia, sino de otros paires, llegaban al Africa á sostener aquel ejército, diezmado por la peste, el hambre y la guerra. Nada más tierno que ver, donde sólo se respira odio, el amor; donde sólo se ejerce la venganza, el espectáculo de la caridad y del amor.

Mas para ir al Africa se necesitaba una caridad inmensa. Un día se supo en Nápoles la aflicción en que estaba el ejército francés. Con tan tristes nuevas llegó una excitación para que las Hermanas de la Caridad que lo solicitaran fueran á esta guerra; pero sin que se las forzase a ello, dejándolo á su libre albedrío, á su voluntad, pues eran horribles las privaciones y los dolores que debían sufrir.

Angela se acercó á la Hermana mayor y la dijo:

-Yo quiero ir á Africa.

-¿Vos, Angela?

-Sí.

-¿Habéis meditado los peligros á que os exponéis?

-Los he meditado.

-¿Sabéis que allí es fácil que os sobrevenga la muerte?

-Lo sé.

-Y ¿sin embargo...

-Quiero ir, sí; quiero ir.

-¡Angela! Meditadlo bien.

-Me he decidido.

-¡Oh! Es demasiado vuestro celo.

-No lo creáis.

-Sí, demasiado.

-¿A qué he venido yo aquí?

-A socorrer á los necesitados, a los enfermos.

-Pues si he venido á eso, ¿cómo cumplo mejor mi destino?

-Socorriendolos.

-Y si cumplo mi destino socorriéndolos, ¿por qué no he de ir al Africa?

-¡Oh!

-Allí hay más desgraciados, pues allí es necesario mi auxilio.

-¡Abandonarnos!

-No hay remedio.

-¡Abandonar á tantos desgraciados!

-Por otros más desgraciados.

-¡A tantos pobres!

-Por otros más pobres.

-Pero vuestra naturaleza no puede sufrir esos rudos combates.

-Se quebrará y moriré.

-Eso es un suicidio.

-No, es cumplir mi deber hasta el fin.

-¡Vuestras Hermanas de Nápoles...

-Cuando yo dejé mi gloria por este trabajo, mi madre por este convento, no lo dejé para ceñirme con nuevos lazos, con nuevas ligaduras. Las rompí todas para ser el consuelo de los pobres y de los desgraciados,

-Angela, no nos abandonéis.

-¡Ah! Morir seres á millares y no poder yo socorrerlos, me parece imposible.

-Moderad ese ardor.

-Señora, deseo ir al Africa.

No hubo remedio. La Hermana mayor salió de la habitación donde Angela le pedía imperiosamente partir, y se encaminó á la enfermería del hospital. Pocos instantes después traía en pos de sí una gran turba de convalecientes, de enfermos de todas edades y sexos. Al entrar aquella muchedumbre y ver á Angela, comenzaron todos á llorar fuertemente y á decir estas palabras:

-¡No nos abandonéis -decía uno abrazando las rodillas de Angela.

-¡Por Dios!... -exclamaban otros.

-¿Qué va á ser de esta infeliz? -decían los más.

-¡Nuestro consuelo! -exclamaban varias voces en coro.

-¡Nuestro auxilio! -decían otros.

-¡Nuestro ángel! -exclamaban muchos.

-No, no os vayáis.

-Y ¿podréis dejarnos?

-Os seguiremos.

-Sí, sí, la seguiremos.

-¡Por Dios, Angela!

-¿No nos veis llorar?

Y todos la oprimían con sus ruegos, con sus gemidos, con su llorar.

-Ya lo veis -decía la Hermana mayor á Angela.

Ésta, de pie en medio de aquel grupo de desgraciados, con los ojos puestos en el cielo, trémulas las rodillas, sin poder apenas respirar, no fué dueña de sus emociones, y comenzó á llorar amargamente, lloro que fué acompañado por los sollozos y los gemidos de todos.

-Ya llora -decían unos.

-¡Ya no se irá! -exclamaban otros.

-¡Es imposible que nos deje!

-¿No es verdad que no te irás? -la decían los niños.

Angela movió la cabeza para hablar.

-No se irá, no se irá -decían todos gozosos, y los niños saltaban y se reían de contento.

-No, no os iréis. ¿No es verdad que no? -dijo la Hermana mayor.

-Esperad, esperad un instante. La emoción que siento no me deja hablar.

Y Angela continuó llorando amargamente,

-Os desafío á que os vayáis -la decía una pobre enferma que debía á los cuidados de Angela su existencia-. Sí, os desafío; mis hijitos se colgarán de vuestro cuello, y yo de vuestras rodillas, y no habéis de dar ni un paso.

-Dejadme hablar. La emoción que siento me ahoga. Si algún sacrificio hubiera hecho al abrazar esta vocación mía, el placer que siento en este instante lo hubiera ya compensado. No hay alegría comparable á, esta alegría; no hay placer como este placer. Yo, que he recibido helada las ovaciones de un público inmenso, no puedo ver vuestro cariño sin sentirme como transportada al cielo. Pero, hijos míos, el cumplimiento del deber es sagrado. Yo he hecho voto solemne de ir donde arrecie el mal, donde amenace el mayor peligro. ¿No son hermanos vuestros los soldados de Africa? ¿No son también infelices?

-Sí, sí.

-Y en este instante, en los desiertos de Africa, á los golpes de enemigas espadas, bajo los rayos de un sol abrasador, sin auxilio ninguno perecen; y ¿no he de poder yo ir á llevarles mis cuidados?

Todos callaron.

-Ya os veo vacilar. Ya veo pintada la compasión en vuestro rostro. Ya veo que vuestra misma conciencia os dice que debo ir á, proteger á vuestros hermanos. En los corazones de los infelices no cabe el egoísmo. Han sentido el dolor, y saben lo que es el dolor. ¿Consentiréis que en los arenales de Africa, sin recursos, perezcan muchos jóvenes que necesitarán sus madres, muchos padres que necesitarán sus hijos, muchos hombres que necesitará la humanidad?

-No, no -dijeron todos á una.

-¿Quién sabe las vendas que yo podré poner, la sangre que yo podré estancar, las heridas que yo podré cerrar?

-Muchas, muchas -dijeron todos.

-Además, hay otra razón, hijos míos, otra razón.

-Decidla.

-Se trata de civilizar pueblos bárbaros, enemigos de nuestra fe. Esos pueblos nos conocen tan sólo por la guerra, por la desolación que les llevamos, y nos aborrecerán. Es necesario que nos conozcan por el bien que hacemos, por los consuelos que derramamos en las almas. Así, viendo una Religión que inspira á las débiles mujeres valor bastante para atravesar el desierto y buscar la muerte sólo por socorrer á los infelices, á los desgraciados, sin mirar ni su religión, ni su patria, ni su culto, sino sólo que son sus hermanos, acaso sigan nuestras creencias y adoren nuestro Dios.

-Es verdad, es verdad.

-Y cuando yo, pobre de mí, trato de ir á salvar infelices, ¿vosotros, los infelices, os habéis de oponer? Cuando yo trato de socorrer la desgracia, ¿vosotros, desgraciados, vais á cerrarme el paso? No, no lo haréis; que en vuestros corazones hay amor á la humanidad, y en vuestra alma, hermanos míos, hay grandeza.

-¡No, no! -dijeron todos á una.

Angela les hizo una señal, y abandonaron la estancia.

-¿Lo veis, señora?

-Mucho siento que los hayáis persuadido.

-¡Por Dios! Dadme también vuestro consentimiento.

-Angela, mi razón os lo da, pero no mi corazón.

-¡Por Dios, señora!

-¡Abandonarnos!

-Mi alma no os abandona.

-¡Dejar á Nápoles!

-Aquí se queda mi corazón.

-¡Buscar una muerte segura!

-Habré cumplido mi destino.

-¡Angela!

-¡Hermana mía!

-Sois demasiado grande para la tierra.

-No hago más que cumplir con un gran deber.

-Deber penoso.

-Pero que es mi deber.

-¿Habéis pensado bien que el clima es mortal?

-Sí.

-¿Que las noches son frías y los días ardientes?

-Sí.

-¿Que el desierto puede ser vuestro sepulcro?

-Sí.

-¿Que un campo de batalla es terrible?

-Vos habéis estado en ellos muchas veces.

-Pero ¡cuánto he padecido!

-Egoísta.

-¿Me llamáis egoísta?

-Sí, pues queréis quitarme el lauro de esos padecimientos.

-No, nunca. Tomad mi bendición: que os proteja el cielo.


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