La hija del aire: 030

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La hija del aire Jornada I Pedro Calderón de la Barca


ARSIDAS:

Por entre la espesura caminando
voy, por si acaso descubrir se deja,
y un bulto veo agonizando en una
maleza, a los cambiantes de la luna.
Acércome con ánimo piadoso,
casi ya en mis desdichas consolado;
que un desdichado pienso que es dichoso
en topando otro que es más desdichado.
Ella, con un suspiro lastimoso,
al verme dijo: «Pues llegáis, soldado,
a socorrerme con piedad humana,
sabed que Irene soy, de Nino hermana.
En este último encuentro mi caballo
perdí, y, como la noche oscura y fría
cerró, sola y herida y a pie me hallo,
sin gente, sin favor, sin compañía».
En mis hombros la puse al escuchallo,
sin acordarme de la pena mía,
y piadoso con ella, cruel conmigo,
en el cuartel me entré de mi enemigo.
A este tiempo -que ser antes no pudo-
ya su gente la había echado menos,
y con trémula voz y dolor mudo
ya se miraban de esperanza ajenos.
Yo, que, poblados de esplendor, no dudo,
de la noche los páramos amenos,
doy voces; llegan, y ella, agradecida,
con este anillo me pagó la vida.
Vila a la luz, y vi de su hermosura
el milagro mayor, y en un instante
su beldad adoré. Mas ¡qué locura,
el día que fui pobre, ser amante!


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