La hija del aire (Versión para imprimir)

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Personas
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La hija del aire


La hija del aire

Pedro Calderón de la Barca

 


MENÓN.
LISÍAS.
TIRESIAS, viejo.


NINO, rey.
ARSIDAS.
FLORO.


CHATO.
SEMÍRAMIS.
IRENE.


SILVIA.
SIRENE.
LIBIO.


MÚSICOS.
ACOMPAÑAMIENTO.


>>>

Jornada I
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La hija del aire Jornada I Pedro Calderón de la Barca


Dice MENÓN dentro los versos siguientes.
MENÓN:

Haced alto en esta parte,
y, en uno y otro escuadrón
divididos, saludad
con salva al Rey mi señor.
(Tocan cajas, y dice LISÍAS a la otra parte.)

LISÍAS:

Cantad aquí, mientras llega
el Rey a estos montes hoy,
y a aquellas salvas de Marte
sucedan las del Amor.

MÚSICOS:

Coronado de laureles,
lleno de fama y de honor,
vuelva el valeroso Nino
a los montes de Ascalón.
(Ha de haber una puerta de una gruta al lado izquierdo, y dentro den golpes, y dice SEMÍRAMIS dentro.)

SEMÍRAMIS:

Tiresias, abre esta puerta,
o, a manos de mi furor,
muerte me dará el verdugo
de mi desesperación.


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(Sale TIRESIAS, viejo, vestido de pieles largas, como sacerdote antiguo y dice los versos siguientes, con admiración.)
TIRESIAS:

Allí trompetas y cajas,
de Marte bélico horror,
y allí voces e instrumentos,
dulces lisonjas de amor,
escucho; y cuando, informado
de tan desconforme unión
de músicas, a admirarme
en las causas de ella voy,
estos golpes que a esta puerta
se dan, y en mi corazón
a un tiempo, me han detenido.
Confuso y medroso estoy.

MENÓN:

(Dentro.)
Haced salva; que ya el Rey
desde aquí se descubrió.
(Cajas.)

LISÍAS:

(Dentro.)
Vuelva la música a dar
al aire su dulce voz.

MÚSICOS:

(Dentro.)
A tanta admiración,
suspenso queda en su carrera el Sol.


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(En la gruta, SEMÍRAMIS, y golpes.)
SEMÍRAMIS:

Tiresias, si hoy no dispensas
las leyes de esta prisión
donde sepultada vivo,
la muerte me daré hoy.

TIRESIAS:

Del acero de mi vida
ya tres los imanes son;
éste llama con más fuerza,
a responder a éste voy.
¿Qué das voces?


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(Abre la puerta y sale SEMÍRAMIS, vestida de pieles.)
SEMÍRAMIS:

Dos acentos,
que a un tiempo el aire veloz
pronuncia, dando a mi oído
los dos equivocación,
por no haberlos escuchado
jamás -que jamás llegó
a mi noticia el ruidoso
aparato de su voz-
la cárcel romper intentan
donde aprisionada estoy
desde que nací, porque
confusamente los dos
me elevan y me arrebatan:
éste que dulce sonó,
con dulces halagos, hijos
de su misma suspensión;
éste que, horrible, con fieros
impulsos, tras quien me voy,
sin saber dónde, y que iguales
me arrancan del corazón
blandura y fiereza, agrado,
ira, lisonja y horror;
cuándo un estruendo a esta parte,
cuándo a ésta una admiración;
ésta adormece el sentido,
ésta despierta el valor,
repitiéndome los ecos
del bronce y de la canción...


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(Todo junto, música y cajas.)
MÚSICOS:

A tanta admiración,
suspenso queda en su carrera el Sol.

TIRESIAS:

No en vano yo me recelo
que fuese despertador
del letargo de tu vida
ese confuso reloj
de los vientos, que hoy ha hecho
desacertado el rumor.
Hablarte quise, porque
esas novedades dos
temí siempre que engendrasen
en tu altiva condición
nuevos deseos de ver
a quien las ocasionó.
Y así, quiero prevenirte
de lo que es, para que no
te desespere tu vida
y el influjo superior,
que, a voluntad de los dioses,
te tiene en esta prisión,
la facilite, sin que
baste a embarazarlo yo.


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TIRESIAS:

Sabrás, pues, que Nino, Rey
de Siria, ya vencedor
de las bárbaras naciones
del Oriente, vuelve hoy
a Nínive, Corte suya;
por aquí pasa, y al son
de sus cajas y trompetas,
lenguas del sangriento dios,
los rústicos moradores
de los montes de Ascalón
le aclaman. Y pues que ya
sabes toda la ocasión
del militar aparato
y la dulce elevación,
sosiégate, y vuelve, vuelve
a la estancia que te dio
por cuna y sepulcro el Cielo;
que me está dando temor
pensar que el Sol te ve, y que
sabe enamorarse el Sol.

SEMÍRAMIS:

En vano, Tiresias, quieres
que ya te obedezca, que hoy
la margen de tus preceptos
ha de romper mi ambición.
Yo no he de volver a él
si tu sañudo furor
me hiciese dos mil pedazos.


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TIRESIAS:

Mira...

SEMÍRAMIS:

Suelta.

TIRESIAS:

¿Ya olvidó
tu memoria cuán infausto
fue tu nacimiento?

SEMÍRAMIS:

No;
bien lo sé de ti, que fuiste
segundo padre, a quien yo
debí la vida.

TIRESIAS:

Pues ¿cómo
no me obedece tu amor?

SEMÍRAMIS:

Como mi obediencia ya
la última línea tocó
del sufrimiento, alentado
del discurso y la razón.

TIRESIAS:

¿Te acordarás que te dije?...


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SEMÍRAMIS:

Sí, que Venus te anunció,
atenta al provecho mío,
que había de ser horror
del mundo, y que por mí habría,
en cuanto ilumina el Sol,
tragedias, muertes, insultos,
ira, llanto y confusión.

TIRESIAS:

¿No te dije más?

SEMÍRAMIS:

Que a un Rey
glorioso te haría mi amor
tirano, y que al fin vendría
a darle la muerte yo.

TIRESIAS:

Pues si eso sabes de ti,
y el fin que el hado antevió
a tu vida, ¿por qué quieres
buscarle?


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SEMÍRAMIS:

Porque es error
temerle; dudarle basta.
¿Qué importa que mi ambición
digan que ha de despeñarme
del lugar más superior,
si para vencerla a ella
tengo entendimiento yo?
Y si ya me mata el verme
de esta suerte, ¿no es mejor
que me mate la verdad,
que no la imaginación?
Sí; que es dos veces cobarde
el que por vivir murió;
pues no pudiera hacer más
el contrario más atroz,
que matarle, y eso mismo
hizo su mismo temor.
Y así, yo no he de volver
a esa lóbrega mansión;
que quiero morir del rayo,
y de sólo el trueno no.

TIRESIAS:

Pues antes que te resuelvas
a tan temeraria acción
como darte a conocer,
sabré embarazarlo yo.


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(Cajas y música juntos.)
SEMÍRAMIS:

¿De qué suerte, si ya vuelven
a alentar mi presunción
esas voces?

TIRESIAS:

De esta suerte.
¡Guardas del monte!
(Salen soldados.)

UNO:

Señor...

TIRESIAS:

Pues vosotros sois a quien
este prodigio fió
mi confianza, sin que
el rostro viese a los dos,
esa fiera racional
reducid a su prisión.


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SEMÍRAMIS:

Tened, no lleguéis, villanos;
que no quiere mi valor
darse a partido; y así,
para que no quedes hoy
vano de haberme vencido,
tengo de vencerme yo.
Mira, Tiresias, a cuánto
se extiende mi presunción;
pues, porque nadie me fuerce,
voluntariamente voy
a sepultarme yo misma
en esta oscura estación
de mi vida..., de mi muerte
tumba, dijera mejor.
(Vase.)

TIRESIAS:

Cerraré la puerta. Grande
Júpiter, dame favor
para que embarace tanto
asombro como antevió
Venus, prevenido en este
raro prodigio de amor.


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(Las cajas y soldados por una puerta; NINO, REY, y MENÓN, GENERAL, e IRENE con espada y plumas; MÚSICOS vestidos de villanos; LISÍAS, CHATO y SIRENE.)
LISÍAS:

Vuelvas felizmente,
de laureles ceñida la alta frente,
a ver, de tan extraños horizontes,
hoy, gran señor, aquestos patrios montes
que ausente te han tenido edades tantas.

CHATO:

Y a todos su merced nos dé las plantas,
pues de creer es que para tales fines
todos los reyes traigan escarpines;
y déselas también aquí a Sirene,
mi mujer, que a besárselas hoy viene
y se las besará con alegría,
por besar una cosa que no es mía.

SIRENE:

¿Que luego, hubiese, Chato,
de ver el Rey que sois un mentecato?

NINO:

Alzad todos del suelo.
Yo, Lisías, os estimo el noble celo
con que Ascalón recibe mi persona.


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LISÍAS:

Vuestra Grandeza mi humildad abona;
que, aunque es verdad que yo le he gobernado,
este amor no se debe a mi cuidado,
sino a su gran lealtad. Y vos, señora,
de tanto humano Sol divina Aurora,
a todos dad la mano.

CHATO:

Sino a Sirene, mi mujer; que es llano
que si llega en sus labios a ponella,
de asco en un mes no comeréis con ella.

SIRENE:

¡Para ésta, picarote!,
que, los huéspedes idos, haya escote.

NINO:

Puesto que ya mi gente
las fértiles Provincias del Oriente
discurrió numerosa
con tan grandes conquistas victoriosa,
pues a sus armas yace la Fenicia,
la Bitinia, la Siria, la Cilicia,
la Propóntida, Lidia, Egipto y Caria,
donde apenas quedó nación contraria
que no me obedeciese
desde el Tanais al Nilo, cese, cese
el militar acento
de estremecer al Sol, herir al viento,
turbar el mar y fatigar la tierra,
hoy a la blanda paz ceda la guerra.


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NINO:

Desde hoy vivir en ella determino
en la ciudad que, de mi nombre, Nino,
Nínive se ha llamado,
a quien por grandeza he edificado.
Tú, Menón, que valiente
los sagrados laureles de mi frente
tanto has facilitado,
que a ti el mirarme de ellos coronado
confesaré que debo,
si bien bien a pagártelos me atrevo,
hoy con la gente en Ascalón te queda,
donde, a tu orden, disponer se pueda
ese despojo todo;
y en su distribución dispón el modo,
de suerte que el más mísero soldado
no vuelva sin que vuelva coronado
con trofeos marciales
a pisar de su casa los umbrales.
Y porque a dar hoy enseñado vivas,
quiero que antes recibas;
porque no sabe cuánto es lisonjero
el dar, el que primero
no supo cuánto fue, Menón, penoso
que liberal no fuera un poderoso;
quiero que en este punto
el dar y el recibir lo aprendas junto.
Esa Provincia bella,
con cuanto en sí contiene, hinche y es de ella,
es tuya; de Ascalón eres ya dueño,
aunque triunfo pequeño
a tus grandes servicios.


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NINO:

Pero estos no son premios, sino indicios
de mi amor. No te ofrezcas
a mis pies, ni eso poco me agradezcas.
Toma la posesión, paga la gente,
y todo esto sea brevemente;
porque tu aviso creo
que te le está notando mi deseo;
que yo con la divina y soberana
beldad de Irene, mi gallarda hermana,
a quien, la Palas siendo de este Marte,
mis aplausos debieron tanta parte,
ir a Nínive quiero;
en ella, pues, te espero,
para partir contigo
mi cetro y mi corona. El Sol testigo
será de una privanza
a quien nunca se siga la mudanza.

MENÓN:

Invictísimo joven, cuya frente
no sólo de los rayos del Oriente
inmortal se corona,
pero de zona trascendiendo en zona,
de hemisferio pasando en hemisferio,
hasta el ocaso extenderá su imperio.
Yo estoy de ti premiado
sólo con ver, señor, que hayas llegado
a dejarte pagar de mis deseos;
que nadie es acreedor de tus trofeos,
sino tu aliento sólo,
Marte en la guerra y en la paz Apolo.


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NINO:

Dame, Menón, tus brazos,
y cree que aquestos lazos
nudo serán tan fuerte
que sólo le desate...

MENÓN:

¿Quién?

NINO:

La muerte.
(Vase.)

IRENE:

De mil contentos llena,
no a dar, a recibir la norabuena
me ofrezco yo, Menón, porque a ninguna
persona toca más vuestra fortuna.

MENÓN:

En eso no hacéis nada,
que sois en ella muy interesada;
pues cuanto yo valiere
no es más que un corto don que darme quiere
el Cielo, porque tenga
un sacrificio más que te prevenga
llegar con mudo ejemplo
al no piadoso umbral de vuestro templo.
Dadme a besar la mano,
si merezco favor tan soberano
en esta despedida.


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IRENE:

La mano no, los brazos y aun la vida
os doy, Menón, en ellos.

MENÓN:

¡Oh, si como adorallos, merecellos
hoy mi humildad pudiera!

IRENE:

Haced breve esta ausencia.
(Vase.)

MENÓN:

Feliz fuera
amante que a adorar un Sol se atreve,
si él a la ausencia hacer pudiera breve.

LISÍAS:

(Aparte.)
(Aunque el ver he sentido
que mi patria hoy a ser haya venido
vasalla del vasallo,
callaré, pues no puedo remediallo.)
La merced que os ha hecho
el Rey, Menón invicto, ya mi pecho
por mí propia reconoce:
largas edades vuestra edad la goce.

MENÓN:

No dudo yo, Lisías,
tendréis por vuestras las venturas mías;
mas lo que a vos y a todos juntos digo
es que en mí, no señor, tendréis amigo
que a todos os estime,
y sólo a honraros el poder me anime.


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CHATO:

Pues si hoy amigo, y no señor tenemos,
justo es que como amigos nos tratemos.
¿Cómo estáis? Y pues es cosa asentada
que a un amigo no se ha de callar nada,
y más cosas de pena y de cuidado,
sabed que con Sirene estoy casado.
Llegad acá, verá mi amigo ahora
con qué cara amanezco cada aurora.

SIRENE:

¿Es la vuesa mejor?

CHATO:

No; mas la mía
no es mi mujer.

MENÓN:

Dejad para otro día
el gusto de escucharos.
Lisías, hoy fiaros
de mi cuidado espero
la parte principal; venid, que quiero
que me advirtáis en todo
el estilo y el modo
de alojar, mientras pago aquesta gente;
y quiero, juntamente,
que noticias me deis de aquesta tierra,
y qué es lo que en sus términos encierra.

LISÍAS:

En todo he de serviros.


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MENÓN:

Viento, llévale a Irene estos suspiros,
y tú, diosa Fortuna,
condicional imagen de la Luna,
estate un punto queda;
diviértela tú, Amor, para su rueda,
para que sean testigos
los Cielos que una vez han sido amigos.
(Vanse, y se quedan CHATO y SIRENE.)

SIRENE:

Bien veis cuán desvergonzado
sin Dios, sin justicia y ley,
delante del propio Rey
hoy conmigo habéis andado
diciendo males de mí.

CHATO:

No os cause aqueso inquietud;
que pensé que era virtud.

SIRENE:

¿Cómo?

CHATO:

A un sacerdote oí
del dios Baco el otro día,
que sus sacerdotes son
con quien tengo devoción,
que hace mal el que decía
de sus propias cosas bien;
y como sois propia cosa
vos, puesto que sois mi esposa,
dije mal para hacer bien.


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SIRENE:

Pues ¿cómo dicen de mí,
cuantos de fuera me ven,
siempre muchísimo bien?

CHATO:

Como os ven de fuera, oíd:
sale al templo una mujer,
y como no ha de reñir
con los dioses, viéndola ir
tan devota, al parecer,
dice la gente: «¡Una santa
es fulana!», y es porque
dentro en su casa no ven
la condición con que espanta.
Sale luego a una visita,
y como allá no ha de dar
en casa ajena pesar,
dicen de ella: «¡Una Angelita
es por cierto!». Mentecato,
vive con ella ocho días,
verás esas Angélicas,
demonios a cada rato.
Venla en la reja tocada,
y dicen que es muy hermosa.
Tonto, ese jazmín y rosa
es retama, destocada.
Sale a la calle prendida,
y dicen: «¡Qué limpia es!».


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CHATO:

Bruto, ¿no ves que no ves
la pata que está escondida?
Si la vieras descalza,
sin medias y sin zapatos,
dedos con más garabatos
que una letra procesada,
nunca que es limpia dijeras.
¿Pues qué habiendo de asistir
al desnudar y vestir?
Y más si, tal vez, la vieras,
por los hombros un manteo,
en chapines ir andando
con los pies de águila, cuando
es necesario el deseo,
llegaras a conocer
que tú mirándola estás
como una mujer no más,
y yo como mi mujer.

SIRENE:

Todo aquesto no es disculpa,
y bien que llegamos ya
a casa, y que sabré allá
absolveros de esa culpa
con la tranca de la puerta.
(Sale FLORO.)

FLORO:

Una, dos, tres; aquí es.

CHATO:

¿Qué es aquí una, dos, tres?


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FLORO:

La casa en que se concierta
mi alojamiento.

CHATO:

¿Pues qué...?

FLORO:

¿Sois vos a quien llaman Chato?

CHATO:

Yo, no.

SIRENE:

Sí es tal.

FLORO:

Mentecato,
¿por qué lo negáis?

CHATO:

Porque
me da a mí tanto pesar
soldado huésped tener,
como a mi mujer placer,
y, así, quisiera negar
quién soy y la casa mía.

FLORO:

Leed esta boleta.


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CHATO:

No
leo bien veletas yo;
mi mujer sí.

SIRENE:

¡Qué porfía!
¿Aquí hay más que vos, señor,
por huésped nos heis1 caído?
Pues seáis muy bien venido
donde os sirvamos los dos.

FLORO:

Cese ya vuestra porfía,
que dar yo pesar no intento
jamás con mi alojamiento.

CHATO:

Pues ésta es mi alojería.

SIRENE:

Sois villano malicioso.
Entrad presto a prevenir
vos adonde ha de asistir.

CHATO:

Ya voy.
(Vase.)

FLORO:

Mil veces dichoso
he sido en haber venido
a conocer la piedad
vuestra y la gran voluntad
con que me habéis recibido.


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SIRENE:

En viendo un soldado yo,
se me quitan los enojos,
tras él me llevan los ojos.

FLORO:

Ya con aqueso me dio
vuestra hermosura licencia
para un abrazo que os pido.

SIRENE:

A ningún recién venido
fuera el negarlo decencia;
pero esto es en cortesía.

FLORO:

¿Quién vio tan villano agrado?
(Sale CHATO.)

CHATO:

¡Válamos Dios, seor soldado!
¿Pues tanta prisa corría
que no esperarais a entrar
en casa? Venid, por Dios;
no deis qué decir de vos
en la calle.

SIRENE:

Maliciar...

CHATO:

¿Yo malicio?


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FLORO:

...es muy mal vicio.
En cortesía me dio
este abrazo; y así, no,
no maliciéis.

CHATO:

¿Yo malicio?
Ya sé yo que es muy cortés
Sirene, y esto advertí,
que está muy segura en mí.
No os enojéis; entrad, pues,
en buena hora, señor.

FLORO:

Pues que es más vuestra que mía,
venid acá en cortesía.
(Llévala de la mano.)

CHATO:

Ya estamos solos, honor:
¿qué hemos de hacer? ¡Qué sé yo!
Si el mundo bajo me hizo
de barro tan quebradizo,
y de bronce y mármol no,
¿qué hay que esperar, si me ven
quebrar al primero tri?
¿Eso dices, honor? Sí,
juro a Dios que dices bien.
¿Qué pie o brazo me ha quebrado
su abrazo? ¿De qué me asusto?
Fuera que sentir el gusto
del prójimo es gran pecado.
Y entre éstas y otras, yo,
por estarme discurriendo,
aun estorbar no pretendo
lo que otra venganza no.


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(Salen LIBIO y ARSIDAS.)
LIBIO:

¡Ah, villano, deteneos!

CHATO:

Tengo un poco que estorbar,
y ahora no hay lugar.

ARSIDAS:

Responded a mis deseos.
Decidme, ¿el Rey Nino, cuándo
a esta Provincia llegó?

CHATO:

Hoy llegó y hoy se ausentó.

ARSIDAS:

¿Y hacia dónde va marchando?

CHATO:

Hacia Nínive.

ARSIDAS:

Y decid,
¿qué tanto Nínive está
de Ascalón?


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CHATO:

Pienso que habrá
cien millas.

ARSIDAS:

¿Por dónde...? Oíd.

CHATO:

Todo eso es cosa perdida.
Si es que a mi gusto buscáis,
y por ahora me estáis
dando con la entretenida,
no hay para qué; entrad los dos
y en amor compaña acá
hablaremos.
(Vase.)

ARSIDAS:

Idos ya,
que no os quiero más. Adiós.

LIBIO:

Di, ¿qué pretendes hacer?
Que buscar al que venció
tu reino y te despojó,
da que dudar y temer.


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ARSIDAS:

Lidoro, rey de Lidia desdichado
soy; pues sin ver jamás victoria alguna,
siempre, Libio, ojeriza fui del hado,
siempre cólera fui de la fortuna.
Nino, de Siria el más afortunado
Rey que vio el Sol debajo de la Luna,
de mi estado y mi patria me destierra;
que éstos son los estragos de la guerra.
Con el último encuentro expiró el día,
y en un bruto, veloz Belerofonte,
me salí, huyendo de la hueste mía,
a las piedades rústicas del monte.
Ni más destino ni elección tenía
que las líneas tocar de otro horizonte;
y, así, dejé el caballo a su albedrío,
si el suyo era mejor que lo era el mío.
Después de haber gran rato caminado,
cuando lejos del campo estar pensaba,
viendo el bruto del peso fatigado
-mas ¿qué mucho, si huyendo me llevaba?-,
de una áspera montaña en lo intrincado
me apeo, y en un tronco que allí estaba
le arriendo, pues al ver su furia inmensa,
no es poco don el ocio en recompensa.
Arrójome en el suelo, y, suspirando,
que es el mejor idioma de la queja,
cerca de mí, la estancia examinando,
oigo una voz que mísera se queja.


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ARSIDAS:

Por entre la espesura caminando
voy, por si acaso descubrir se deja,
y un bulto veo agonizando en una
maleza, a los cambiantes de la luna.
Acércome con ánimo piadoso,
casi ya en mis desdichas consolado;
que un desdichado pienso que es dichoso
en topando otro que es más desdichado.
Ella, con un suspiro lastimoso,
al verme dijo: «Pues llegáis, soldado,
a socorrerme con piedad humana,
sabed que Irene soy, de Nino hermana.
En este último encuentro mi caballo
perdí, y, como la noche oscura y fría
cerró, sola y herida y a pie me hallo,
sin gente, sin favor, sin compañía».
En mis hombros la puse al escuchallo,
sin acordarme de la pena mía,
y piadoso con ella, cruel conmigo,
en el cuartel me entré de mi enemigo.
A este tiempo -que ser antes no pudo-
ya su gente la había echado menos,
y con trémula voz y dolor mudo
ya se miraban de esperanza ajenos.
Yo, que, poblados de esplendor, no dudo,
de la noche los páramos amenos,
doy voces; llegan, y ella, agradecida,
con este anillo me pagó la vida.
Vila a la luz, y vi de su hermosura
el milagro mayor, y en un instante
su beldad adoré. Mas ¡qué locura,
el día que fui pobre, ser amante!


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ARSIDAS:

Pero como la vi en la noche oscura,
jurisdicción de estrellas, no te espante
que a amarla me obligase y a querella,
pues a todo presente está mi estrella.
Lleváronla a la tienda sus soldados,
y yo, por no ser de ellos conocido,
me quedé, viendo ya de mis cuidados,
con amor, todo el número cumplido.
El infeliz influjo de mis hados
a Batria me llevó, donde, admitido
de Estorbato, viví en confusa llama;
que, en fin, descansa mal el que bien ama.
(Vanse.)
(Salen MENÓN y LISÍAS.)

MENÓN:

De todas cuantas grandezas
de esta Provincia me has dicho,
ésta que buscando vengo
solamente es la que admiro.
Y, así, en tanto que llegamos
a tocar el primer friso
de aquese rústico templo,
tarde de los hombres visto,
vuelve otra vez a contarlo,
que quiero otra vez oírlo,
porque se informe mejor
mi ardimiento de tu aviso.


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LISÍAS:

Yace, señor, en la falda
de aquel eminente risco,
una laguna, pedazo
de Leteo, oscuro río
de Aqueronte, pues sus ondas,
en siempre lóbregos giros,
infunden a quien las bebe
sueño, pereza y olvido.
En una isleta que hay
en medio de su distrito,
hay una ninfa de mármol,
sin que hasta hoy se haya sabido,
de tres lustros a esta parte,
ni quién ni por quién se hizo.
De esotra parte del lago
hay un rústico edificio,
templo donde Venus vio
hacerle sus sacrificios
bien poco ha; pero cesaron,
porque Tiresias nos dijo,
su sacerdote, que nadie
pisase en todo este sitio,
ni examinase ni viese
lo que en él está escondido;
que es cada tronco un horror,
cada peñasco un castigo,
un asombro cada piedra
y cada planta un peligro.


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LISÍAS:

Con esto, y con añadirse
a esto que algunos vecinos
de estos montes, que tal vez
se hallaron en él perdidos,
han escuchado en el templo
mil veces roncos gemidos,
lamentos desesperados
y lastimosos suspiros,
ha crecido en todos tanto
el pavor, que nadie ha habido
que se atreva a examinar
la causa. Y, así, te pido
te vuelvas, señor, sin que
profanes los vaticinios.

MENÓN:

Dar un corazón, Lisías,
a admiraciones, rendido
a los hechos de los dioses,
más tiene de sacrificio
que de irreverencia. Ven
talando lo entretejido
de estas peñas y estos ramos.
No temas, pues vas conmigo.

LISÍAS:

No temo yo, mas recelo,
y uno de otro es muy distinto.
Y aun no recelo tampoco
los riesgos a que me animo,
tanto como a esta maleza
no saber bien el camino;
y así, de aquestos villanos,
para esto sólo venidos,
permite, señor, que llame
alguno.


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MENÓN:

Que llames, digo,
al más experto en el monte.

LISÍAS:

Éste dicen que lo ha sido,
por haberse en él criado.
Llega, Chato.
(Sale CHATO.)

CHATO:

¿Qué hay, amigo?
Un soldado me enviasteis
a mi casa, el más bonito;
tan hallado en ella está
que parece nuestro hijo.

MENÓN:

Dime, ¿tú sabes el monte?

CHATO:

Sabíale; mas imagino
que no le sabré, después
que hay encantos y hay hechizos.

MENÓN:

Guíame al templo de Venus.


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CHATO:

¡Ay, señor! Un desatino
tamaño como este puño
su merced ahora dijo.
¿Al templo de Venus yo,
habiendo Tijeras dicho
que allá no vamos, porque
hay portentos y prodigios?

MENÓN:

Sí, villano; guía presto.

CHATO:

Si ha de ser, venid conmigo,
que por aquí es.

MENÓN:

Nunca vi
tan confuso laberinto
de bien marañadas ramas
y de mal compuestos riscos.
(Dentro SEMÍRAMIS.)

SEMÍRAMIS:

¡Ay, infelice de mí!

CHATO:

¡Ay de mí!

MENÓN:

¿No habéis oído
una voz?


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CHATO:

¡Plugiera a Baco!...

LISÍAS:

¡Qué temeroso suspiro!

MENÓN:

Oigamos si otra vez
se oye el eco más distinto.

SEMÍRAMIS:

¡Oh, monstruo de la fortuna!
¿Dónde vas sin luz ni aviso?
Si el fin es morir, ¿por qué
andas rodeando el camino?

LISÍAS:

Mujer es la que se lamenta
de la fortuna.

CHATO:

Un hechizo
tiene que se entra en el alma.

MENÓN:

¿Con quién hablará?

SEMÍRAMIS:

Contigo,
contigo, fortuna, hablo.

MENÓN:

Ya me equivocó el aviso.


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SEMÍRAMIS:

Pero no me has de vencer,
que yo, con valiente brío,
sabré quebrarte los ojos.

MENÓN:

Sin luz quedaron los míos
al oírlo; rayo fue
esta voz, que mis sentidos
frías cenizas ha hecho
acá dentro de mí mismo.
¡Qué frenesí!, ¡qué locura!,
¡qué letargo!, ¡qué delirio!

LISÍAS:

Vuélvete.

MENÓN:

¿Volver yo
sin haberlo todo visto?
Entra en lo más intrincado.

CHATO:

No puedo, porque me intrinco
yo también.
(Sale TIRESIAS.)

TIRESIAS:

Detén el paso,
oh ignorante peregrino
que de este sagrado coto
osas penetrar el sitio.


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CHATO:

Espera, Tijeras.

MENÓN:

Llamado
de mi valor he venido,
aquí, Tiresias, no a hacer
sacrílegos desperdicios
de las leyes de los dioses,
sino, como su ministro
yo también, pues soy señor
de esta Provincia, a cumplirlos.
Y así, vengo a que me des
parte de aqueste prodigio
que guardas, para saber
si la causa que has tenido
para alterar esta tierra
es religión o es delito.

TIRESIAS:

En vano lo has intentado,
porque yo no he de decirlo.

MENÓN:

¿Qué mujer es la que llora
de la fortuna castigos?

TIRESIAS:

No sé de ninguna yo,
ni la he hablado ni la he visto.


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SEMÍRAMIS:

 (Dentro.)
¡Ay, infelice de mí!

MENÓN:

Aquí dentro es el gemido.
Negarlo todo ya es
de tu grave culpa indicio.
Abre esa puerta.

TIRESIAS:

Primero
que las llaves, que conmigo
están, a hombre humano entregue,
cumpliendo los vaticinios
de mi Diosa, me daré
la muerte; y así, atrevido,
ese lago a mi cadáver
le dé sepulcro de vidrio.
(Vase.)

LISÍAS:

¡En el lago se arrojó!

CHATO:

La última necedad hizo.

MENÓN:

Nada me causa pavor.
A romper me determino
las puertas. Horrible monstruo
que aquí encerrado has vivido,
sal a ver el Sol.


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(Sale SEMÍRAMIS.)
SEMÍRAMIS:

¿Quién llama?

MENÓN:

Mejor dijera divino
monstruo, pues truecas las señas
de lo rústico en lo lindo,
de lo bárbaro en lo hermoso,
de lo inculto en lo pulido,
lo silvestre en lo labrado,
lo miserable en lo rico.

SEMÍRAMIS:

No menos me admira a mí
confundir, cuando te admiro,
las equivocadas señas
de lo piadoso y lo altivo,
de lo gallardo y lo fuerte,
de lo amable y de lo esquivo.

CHATO:

Si todos los monstruos son
como aqueste monstruocico
yo pienso llevarme uno,
dos o tres, o cuatro o cinco.

MENÓN:

¿Quién eres? Cómo o por qué
aquí encerrada has vivido
me cuenta.


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SEMÍRAMIS:

Lo que de mí
sé, por lo que otro me dijo,
escucha, bizarro joven,
a quien con vergüenza miro,
porque el segundo hombre eres
que hasta hoy cara a cara he visto.
Arceta, una ninfa bella
que en estos campos floridos
fue consagrada a Diana,
en todos sus ejercicios
festejada de un amante,
fue pagando con desvíos
las finezas; que lo ingrato
sólo en la mujer no es vicio.
Él a este templo de Venus
una y muchas veces vino,
como era madre de Amor,
a rendirle sacrificios.
Venus, del culto obligada,
ya que quererle no hizo,
hizo que hallarla pudiese
en el despoblado sitio
de este monte, donde, necio,
hizo el mérito delito.
Bajo género de amor
debe de ser en los ritos
suyos -que yo hasta ahora ignoro-
la violencia, si imagino
que no quiso como noble
quien como tirano quiso;
pues no es victoria del alma
aquélla que yo consigo
sin la voluntad de quien
no me la dé por sí mismo.


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SEMÍRAMIS:

De esta especie de bastardo
amor, de amor mal nacido,
fui concepto. ¿Cuál será
mi fin, si éste es mi principio?
Mañosamente quejosa,
Arceta se satisfizo
de sus disculpas, bien como
la serpiente que con silbos
halaga para morder;
y fue así, pues, divertido,
le aseguró con blanduras,
hasta que rosas y lirios
que él hizo tálamo torpe,
torpe túmulo ella hizo.
Diole muerte con su acero,
y, pasando los precisos
términos que estableció
Naturaleza consigo,
llegó severo el infausto,
el infeliz, el impío
día de su parto, en tal
horóscopo, según dijo
Tiresias, que estaba todo
ese globo cristalino
-por un comunero eclipse
que al Sol desposeerle quiso
del imperio de los días-
parcial, turbado y diviso,
tanto, que entre sí lidiaron,
sobre campañas de vidrio,
las tropas de las estrellas,
las escuadras de los signos,
acometiéndose airados
y ensangrentándose a visos.


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SEMÍRAMIS:

En civil guerra los dioses
vieron este azul zafiro,
en sus ejes titubeando,
desplomado de sus quicios.
Arceta, temiendo más
su opinión que su peligro,
sola al monte se salió,
y en el más hondo retiro
llamó a Lucina, que al parto
vino tarde, o nunca vino,
pues, víbora humana, yo
rompí aquel seno nativo,
costándole al Cielo ya
mi vida dos homicidios.
Aquí fue donde Tiresias
me contó, más indeciso,
de la suerte que me halló.
¡Quién supiera repetirlo!
A los últimos alientos
de Arceta, y a mis gemidos,
acudieron cuantas fieras
contiene el monte en su asilo,
y cuantas aves el viento;
pero con fines distintos,
porque las fieras quisieron
despedazarnos y herirnos,
y las aves defenderlo,
estorbarlo y resistirlo.


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SEMÍRAMIS:

En esta lid nos halló
Tiresias, que había salido
a hacer del mortal eclipse
no sé qué astrólogo juicio;
y viendo de fieras y aves,
en dos bandos divididos,
un duelo tan desusado,
un tan nuevo desafío,
llegó al lugar, viome en él,
y llevándome consigo,
vio que le seguían las aves,
llevando en garras y en picos
de las rústicas majadas
hurtados los lacticinios,
que ser pudiesen entonces
primero alimento mío.
A tanto portento absorto,
fue a consultar el divino
oráculo de Venus,
que de esta suerte le dijo:
«Esa infanta alumna es mía,
y como siempre vivimos
opuestas Diana y yo,
la ofende ella y yo la libro.


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SEMÍRAMIS:

Corrida de ver violada
una ninfa suya, quiso
que las fieras la ocultasen
hoy en los sepulcros vivos
de sus vientres; pero yo,
que a defenderla me animo,
porque fui primera causa
que alma y vida la dedico,
las aves, como, en efecto,
Diosa del Aire, la envío
a que la defiendan; ellas,
a ley de preceptos míos,
serán desde hoy sus nutrices,
trayéndola a aqueste sitio
cada día su alimento,
bien que a costa del aviso
que no sepan nunca de ella
los hombres; porque he temido
que Diana ha de vengarse
de mí en ella, y con prodigios
ha de alterar todo el Orbe,
haciendo que sea el peligro
más general su hermosura,
que es el don que tiene mío.
Excusa, pues, los insultos,
los escándalos, los vicios,
los alborotos, las ruinas,
las muertes y los delitos
que han de suceder por ella,
desque aquí al rey más invicto
haga tirano hasta que
muera en fatal precipicio».


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La hija del aire Jornada I Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Dijo la Diosa, añadiendo
que al yerto cadáver frío
de Arceta lo colocase,
ya en un mármol convertido,
en medio de esa laguna.
Todo Tiresias lo hizo,
y, así, en aquesta prisión
tantos años me ha tenido
sin que sepa más de aquello
sólo que enseñarme quiso;
y como en la lengua siria,
quien dijo pájaro dijo
Semíramis, este nombre
me puso por haber sido
Hija del Aire y las aves,
que son los tutores míos.
Pues que tú, gallardo joven,
hoy la cárcel has rompido
que fue mi centro, te ruego
que allá me lleves, contigo,
donde yo, pues advertida
voy ya de los hados míos,
sabré vencerlos; pues sé,
aunque sé poco, que impío
el Cielo no avasalló
la elección de nuestro juicio.


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SEMÍRAMIS:

Esto postrada te ruego,
esto humillada te pido,
como mujer te lo mando,
como esclava lo suplico,
porque, si hoy la ocasión pierdo
de verme libre, mi brío
desesperado sabrá
darse la muerte a sí mismo,
donde la misma razón
de excusar mi precipicio
será la que le apresure;
pues nada se vio cumplido
más presto que lo que el hombre
que no fuese presto quiso.

MENÓN:

Alza, Semíramis bella,
del suelo, porque es indigno
que esté en el suelo postrado
todo el Cielo que en ti he visto.
Prodigiosamente hermosa
eres, y aunque en ti previno
el hado tantos sucesos,
ya tú doctamente has dicho
que puede el juicio enmendarlos:
¡dichoso el que llega a oírlos!
Y así, Semíramis, hoy
he de llevarte conmigo
donde tu hermosura sea,
aún más que escándalo, alivio
de los mortales.


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La hija del aire Jornada I Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Adiós,
tenebroso centro mío;
que voy a ser racional
ya que hasta aquí bruto he sido.

MENÓN:

Ea, vuelve tú a guiarnos.

CHATO:

Yo era un tonto, y lo que he visto
me ha hecho dos tontos. No sé
si he de acertar el camino.

LISÍAS:

¿Contigo la llevas?

MENÓN:

Sí.

LISÍAS:

¡Plega a Júpiter...

MENÓN:

¿Qué? Dilo.

LISÍAS:

...que, gusano humano, no
labres tu muerte tú mismo!


Jornada II
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Salen MENÓN y SEMÍRAMIS, de villana.
MENÓN:

En esta apacible quinta,
adonde el Mayo gentil
los países que el Abril
dejó bosquejados pinta,
aunque en esfera sucinta
para el Sol de tu hermosura,
cuya luz ardiente y pura
vence al rosicler del día,
bella Semíramis mía,
es donde estarás segura,
en tanto, ¡ay de mí!, que yo
vuelvo a la Corte a asistir.

SEMÍRAMIS:

¿Luego no tengo que ir
contigo a la Corte?

MENÓN:

No.
Mi amor tus hados temió,
y así, aquí a vivir disponte,
pues este florido monte,
verde emulación de Atlante,
no está dos millas distante
de Nínive, su horizonte.
Y así, sin que los divida
más que esa punta elevada,
que está de nubes tocada
y de flores guarnecida,
en ese traje vestida
por sus campos te divierte;
que yo, mi bien, vendré a verte
cada noche.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Bien, Menón,
muestras así cuánto son
los acasos de mi suerte
vasallos de tu albedrío,
pues el mío en este día
sólo hacerme compañía
es lo que tiene de mío.

MENÓN:

Bien de tus finezas fío
todo aquese rendimiento,
y bien de mi pensamiento
fío que te le merece,
pues sólo a vivir se ofrece
a tanta hermosura atento.
Tú a mi amparo agradecida
y con mi amor enojada,
mi amparo te halló obligada
y mi amor te halló ofendida.
Dijísteme que tu vida
hija de un delito era
de amor, y que, así, no era
posible tener amor
a quien primero tu honor
que su gusto no quisiera.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Palabra de ser tu esposo
te ofrecí, con que no alcanza
mi fe más que la esperanza
de que seré tan dichoso
si en este estado amoroso
hoy a la Corte me voy,
y dejo tu beldad hoy;
aquí bien me ha disculpado
el ver cuán amenazado
de tus influjos estoy.
Yo no me puedo casar
-que esto es obediencia y ley-
sin dar cuenta de ello al Rey.
Mientras lo voy a tratar
y lo vuelvo a efectuar,
que en esta quinta te estés,
prevención, no prisión es,
aunque todo lo es, señora;
que no he de negarte ahora
lo que has de saber después.
Pues si ocultarte pudiera,
tanto mi amor te ocultara,
que ni el Sol viera tu cara
ni el aire de ti supiera.
Si hacerla pudiera, hiciera
una torre de diamante,
y para que más constante
fuese, Semíramis bella,
a todas las llaves de ella
quebrara luego al instante.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Pero esto es encarecer
mis afectos, y no más;
que dueño, mi bien, serás,
llegando mi esposa a ser,
de alma, vida, honor y ser,
que mal hoy de tu lealtad,
para mi seguridad,
yo, Semíramis, pretendo
tener las llaves, teniendo
tú las de mi libertad.

SEMÍRAMIS:

Tan sagrado es el preceto
tuyo que, humilde y postrada,
vivir del Sol ignorada,
y aun de mí misma, prometo.
Yo de mí misma a este efeto
no sabré; porque si a mí
yo me pregunto quién fui,
yo a mí me responderé
que yo no lo sé, e iré
a preguntártelo a ti.

MENÓN:

Los villanos que vinieron
de Ascalón para servirte,
aquí podrán divertirte,
pues tanto gusto te dieron.

SEMÍRAMIS:

Es verdad, porque ellos fueron
en quien lisonja hallé alguna,
cuantas veces importuna
atormenta mis cuidados
la tormenta de mis hados
y el rigor de mi fortuna.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale LISÍAS.)
LISÍAS:

Ya, señor, la gente espera
que contigo ha de partir.

MENÓN:

¡Oh, quién se pudiera ir
de suerte que no se fuera!
Adiós, dueño mío, y espera
que presto a verte vendrá
quien sin ti y sin alma va,
aunque siempre será tarde.

SEMÍRAMIS:

Júpiter tu vida guarde.

MENÓN:

Y la tuya aumente.
(Vanse MENÓN y LISÍAS.)


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Ya,
grande pensamiento mío,
que estamos solos los dos,
hablemos claro yo y vos,
pues sólo de vos confío.
Mi albedrío, ¿es albedrío
libre o esclavo? ¿Qué acción,
o qué dominio, elección
tiene sobre mi fortuna,
que sólo me saca de una
para darme otra prisión?
Confieso que agradecida
a Menón mi voluntad
está; pero ¿qué piedad
debe a su valor mi vida
de un monte a otro reducida?
Aunque, si bien lo sospecho,
la causa es que de mi pecho
tan grande es el corazón,
que teme, no sin razón,
que el mundo le viene estrecho,
y huye de mí. En fin, ¿jamás
más que un bruto no he de ser?
¡Cielos! ¿No tengo de ver,
sino imaginar no más,
cómo es el vivir?

CHATO:

 [Dentro.]
Sí harás.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

¿Quién me ha respondido?

SIRENE:

  [Dentro.]
Dios,
que en eso el mundo a los dos
oirá.

CHATO:

 [Dentro.]
Sí oirá; que ya sé...

SEMÍRAMIS:

Si hablas conmigo, di qué.

CHATO:

 [Dentro.]
Que todo el mundo con vos
no se podrá averiguar,
porque sois una atrevida;
pero costaraos la vida.

SEMÍRAMIS:

Ya me deja este pesar
que temer y que dudar.

SIRENE:

 [Dentro.]
El mismo Rey sabrá presto
quién sois.


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SEMÍRAMIS:

En dudas me ha puesto
una cosa.

CHATO:

[Dentro.]
Claro está;
pero a alguna pesará
más que a mí.

SIRENE:

¡Ay de mí!
(Sale SIRENE huyendo, y CHATO tras ella.)

SEMÍRAMIS:

¿Qué es esto?

CHATO:

Un poco es.

SEMÍRAMIS:

Mirad que yo
estoy aquí.

CHATO:

Y aun por eso,
si la verdad os confieso,
quisiera que ahora no
me veáis, cuando agora llego
al garrote.

SEMÍRAMIS:

¿No os tenéis?


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

Dejadla pegar, veréis
con la gracia que la pego.

SIRENE:

Tenle, señora.

SEMÍRAMIS:

Mirad...

CHATO:

Éste está ya levantado,
y ha de caer hacia algún lado;
porque no os coja, apartad,
que así quedarme no es bien
toda mi vida, señora.

SEMÍRAMIS:

Pues ¿por qué reñís ahora?

SIRENE:

Yo lo diré.

CHATO:

Yo también.

SIRENE:

No lo habéis vos de decir,
porque sos un embustero.

CHATO:

No me quedo a vos zaguero
en materia de embustir.


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SIRENE:

Yo hablaré.

CHATO:

No, sino yo.

SIRENE:

No conviene.

CHATO:

Sí conviene.

SEMÍRAMIS:

Decid vos. Callad, Sirene.

CHATO:

Oíd si tengo causa o no.
Finalmente quiso Dios,
como digo de mi cuento,
si no lo habéis por enojo,
que al vivir en nueso puebro
cuando allí estuvo el Rey Nino,
le dieron alojamiento
en nuesa casa a un soldado,
cariñoso por extremo,
pues, desde el primer instante
que entró, nos entró diciendo
que abrazaba en cortesía,
si en ella se abraza recio.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

He aquí que Menón se estuvo
algunos días, primero
que despachase la gente;
he aquí que el soldado nueso
también se estuvo; llegó
de la despedida el tiempo;
fuéronse todos y a él sólo
le pareció que era presto.
Estúvose un poco más
que los otros, que, en efecto,
quien no hace más que otro, más
no vale, dice un proverbio.
Mostrábale mala cara
yo (bastaba la que tengo),
y buena Sirene, si es
que la suya puede serlo.
Él, que no estaba muy ducho
en entender bien a gestos,
el de Sirene entendía,
y no el mío. Con aquesto,
comía como un descosido;
que es poco como un hambriento.
Harto ya, o por no hacer falta
en la guerra, trató luego
de partirse; mas mandó
que le vengamos sirviendo.
Bien pensé yo, y pensé mal,
que fuera la ausencia medio
para que el señor soldado
nos dejara; pues fue yerro,
que entrando a comer ahora
me le hallé en casa diciendo:


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CHATO:

«¿Era hora de venir,
amigo? Un siglo ha que espero».
No habré palabra; que diz
que el reñir no es buen acuerdo
a las horas del comer.
Comimos, y él muy contento
se fue hasta hora de cenar
a pasear por esos cerros.
Yo, en viéndome solo, dije:
«¡Ah Sirene!, ¿cómo es esto?
¿Fuera de las cinco leguas
tiene aqueste alojamiento
jurisdicción?». Ella entonces
me dijo que, si la aprieto,
que ha de huir de mí. «Sí harás»,
la dije un poco más recio;
y aquí comenzó el amago.
Viole, y dijo: «Sobre eso
el mundo nos ha de oír».
«Sí oirá, dije, porque es cierto
que no se ha de averiguar
con vos todo el mundo entero,
porque sos una atrevida».
«El Rey, dijo, ha de saberlo».
«Sí sabrá, la respondí,
pero le pesará de ello
más a otro»; y cayó el amago.
Dio gritos, vino corriendo,
llegasteis vos, y quedose
por hoy remitido el pleito,
hasta que el señor soldado
venga y diga qué hay en esto.


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SEMÍRAMIS:

¡Cuánto, si ahora estuvieran
con gusto mis pensamientos,
de aquesta simplicidad
me riera! Mas no puedo;
que fuera hacer de la risa
desaire a mis sentimientos.
(Vase.)

CHATO:

Fuese sin hablar palabra.
¿Si es el soldado su deudo?

SIRENE:

¿Qué había de hablar a un hombre
que tiene tan mal pergeño,
que de su mujer legítima
aun es malo lo que es bueno?

CHATO:

¿Pues es bueno que otra coma
y yo calle?

SIRENE:

Deteneos.
Si éste es un pobre soldado,
¿no ha de buscar su remedio?

CHATO:

¿Digo yo que no le busque?
Mas búsquele en el infierno.


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SIRENE:

¿Por qué no le decís vos
que se vaya?

CHATO:

No me atrevo.

SIRENE:

Pues, si vos no os atrevéis,
¿qué puedo hacer yo?

CHATO:

Atreveros,
y decirle que se vaya;
que por vos lo hará más presto.

SIRENE:

¿Yo decirle tal? ¡Mal año!
(Vase.)

CHATO:

Será por tenerlo bueno.
¿Qué haré yo de este soldado?
Vulcano, a ti me encomiendo,
dímelo tú, pues que tú
eres dios que entiendes de esto.
(Vase, y salen MENÓN y NINO por otra puerta, y gente.)

MENÓN:

Hasta llegar a tus plantas,
que son mi centro y esfera,
violento diré que estuve.


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NINO:

Con bien, noble Menón, vengas.
Alza del suelo; a mis brazos,
que son centro tuyo, llega.
¡Oh, cuántas veces mi amor
te ha culpado tanta ausencia!

MENÓN:

¿Cómo en Nínive te hallas?

NINO:

Muy mal hallado se muestra
mi corazón en el blando
monstruo que en la paz se engendra.
Por ser imagen la caza
de la guerra, salgo a ella;
y, así, para aquesta tarde
los monteros se prevengan.
¿Cómo la gente partió?

MENÓN:

Rica, señor, y contenta.

NINO:

Y dime, ¿Ascalón no es
una provincia muy bella?


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MENÓN:

Es dádiva de tu mano;
no hay más con qué la encarezca.
Fuera de que, cuando no
fuese fértil y opulenta
de cuantos dones reparte
pródiga, Naturaleza,
todo lo fuera, señor,
por un tesoro que en ella
he descubierto, que a ti
traición negártele fuera.

NINO:

¿Qué tesoro?

MENÓN:

Una mujer
prodigiosa.

NINO:

¿Encarecéis
una mujer por tesoro?

MENÓN:

Sí, señor.

NINO:

Por más que sea
bella y sabia, que son partes
que hacerla pueden perfecta,
¿será más de una mujer?

MENÓN:

Más será.


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NINO:

¿De qué manera?

MENÓN:

Siendo un asombro, un prodigio.
Y así, me has de dar licencia
para pintártela, siendo
hoy el lienzo tus orejas,
mis palabras los matices
y los pinceles mi lengua.
Estaba de toscas pieles...
  [Dentro.]
¡Plaza, plaza!}}

NINO:

Tente, espera;
no prosigas la pintura,
hasta que quién causa sepas
ese rumor que he sentido.

MENÓN:

Mi señora la Princesa
de su cuarto pasa al tuyo,
y ya en esta sala entra.
(Salen IRENE y SILVIA.)

IRENE:

A daros la bienvenida
o recibiros pudiera...

MENÓN:

Guárdeos el Cielo, aunque ya
tarde lo uno y lo otro sea.


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IRENE:

Dame, gran señor, tu mano.

NINO:

¡Oh, Irene divina y bella!,
bien este favor merece
mi amor.

IRENE:

No me lo agradezcas;
que una pretensión me trae.

NINO:

¿Qué habrá que negarte pueda?
Sin saberla, la concedo;
di ahora, pues.

IRENE:

Ya te acuerdas
que en la batalla de Lidia
quedé en el campo por muerta,
que me dio vida un soldado
y me llevó hasta mi tienda.
Pues este soldado, ahora,
por no volverse a su tierra
sin que el socorro le pague,
me ha hecho contigo tercera
de su pretensión.

NINO:

¿Qué ha sido?


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IRENE:

Servirte, señor, intenta
en la Corte.

NINO:

Tú, después,
infórmate de quién sea,
y, conforme a su persona,
oficio en mi casa tenga.

IRENE:

Silvia.

SILVIA:

Señora...

IRENE:

Un criado
di que le dé la respuesta.
(Vase SILVIA.)
Con esto, señor, si estás
divertido en tus diversas
obligaciones, no es justo
que estorbe. Dame licencia.


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NINO:

Nunca tú, Irene, has podido
estorbar, y más en esta
ocasión, donde no son
los despachos la materia
que se trata; antes ahora
estimo que a tiempo vengas
en que, escuchando a Menón,
algún rato te diviertas,
porque pintándome está
una divina belleza;
no perturbemos ahora
al gusto con que lo cuenta.
Prosigue de esa hermosura
muy por extenso las señas.

IRENE:

Sí, señor, y yo también
me holgaré ya de saberlas.

MENÓN:

Ya no podré yo decirlas;
que retórica muy necia
será, habiendo vos llegado,
que otra hermosura encarezca.

NINO:

La que es deidad no es mujer,
ni hace número con ellas.
Irene es deidad. Menón,
di lo que dices, y piensa
que será ofenderla más
la atención de no ofenderla.


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IRENE:

Si no os riñera mi hermano,
yo de otra suerte os riñera.
Decid; que yo ser no puedo
para nada consecuencia.

MENÓN:

Sí haré.
 (Aparte.)
(¿Qué temo, si ya
poco importa que se ofenda?)
Digo, señor, que en el centro
hallé de una oscura cueva
bruto el más bello diamante,
bastarda la mejor perla,
tibio el más ardiente rayo,
y la más viva luz, muerta.
Estaba de toscas pieles
vestida, para que hicieran
lo inculto y florido, a un tiempo,
armonía más perfecta;
bien como un bello jardín
en una rústica selva
más bello está cuando está
de la oposición más cerca.
Suelto el cabello tenía,
que en dos bien partidas crenchas,
golfo de rayos, al cuello
inundaba, y de manera
con la libertad vivía
tanta república de hebras
ufana, que, inobediente
a la mano que las peina,
daba a entender que el precepto
a la hermosura no aumenta,
pues todo aquel pueblo estaba
hermoso sin obediencia.


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MENÓN:

Ni bien rubio, ni bien negro
su variado color era,
sino un medio entre los dos,
como en la estación primera
del día luces y sombras
confusamente se mezclan,
que ni bien sombras ni luces
se distinguen; así, hecha
del azabache y del oro
una mal distinta mezcla,
crepúsculo era el cabello,
siendo sus neutrales trenzas
para ser negras, muy rubias,
para ser rubias, muy negras.
No de espaciosa te alabo
la frente; que antes, en esta
parte sólo, anduvo avara
la siempre liberal maestra,
y fue, sin duda, porque
queriendo, señor, hacerla
de una nieve que hubo acaso,
la hubo de dejar pequeña,
porque no le fue posible
que entre la más pura y tersa
se hallase ya un poco más
de una nieve como aquélla.


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MENÓN:

Una punta del cabello
suplía la falta, y era
que a las cejas acechaba,
como diciendo: «Estas cejas
hijas son de mi color,
y quiero bajar por ellas,
porque el amor no se alabe
de que las llevo por muestra».
Los ojos negros tenía:
¿quién pensara, quién creyera
que reinasen en los Alpes
los etíopes? Pues piensa
que allí se vio, pues se vieron
de tanta nevada esfera
reyes dos negros bozales,
y tan bozales que apenas
política conocían.
Su barbaridad se muestra
en que mataban no más
que por matar, sin que fuera
por rencor, sino por uso
de sus disparadas flechas.
Para que no se abrasasen
los dos en civiles guerras,
su jurisdicción partía,
proporcionada y bien hecha,
una valla de cristal,
sin que zozobrase en ella
la perfección, siendo así
que la nariz más perfecta,
en el mar de las facciones
escollo es, donde las velas
del bajel de la hermosura
corren la mayor tormenta.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

De sus mejillas la tez
era otra unión de diversas
colores. ¿Viste la rosa
más encendida y sangrienta
en la púrpura de Venus?
¿La azucena viste en ella
con el candor de la Aurora?
Pues tú allá te considera
esa azucena, esa rosa,
ajadas entre sí mesmas,
y sus mejillas verás
al mismo instante que veas
a la rosa desteñida,
o teñida la azucena.
La boca, corte del alma,
donde la hermosura reina,
ya severamente grave,
ya dulcemente risueña,
era, no digo una joya
de corales y de perlas
-que esta alabanza común
ya es particular ofensa-,
sino un archivo de todo
cuanto la Naturaleza
pudo asegurar; y así
grande hubo de ser por fuerza.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

El cuello, blanca columna
que este edificio sustenta,
era de marfil al torno,
de cuya hermosa materia
sobró para hacer las manos,
a emulación de sí mesma.
Este, pues, monstruo divino,
Venus mandó que estuviera
oculto, porque Diana
le amenazó con tragedias.
Nació de una Ninfa suya,
y, entregándola a las fieras,
la defendieron las aves,
de quien el nombre conserva,
pues Semíramis se llama,
que quiere en la siria lengua
decir la Hija del Aire.
Éste es su nombre y sus señas.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Tú las has pintado de suerte,
y de suerte encarecerla
has sabido, que ya el más
dormido efecto despiertas
para que verla desee;
y en mí es esto de manera,
Menón, que deseo tanto
el verla, que no he de verla;
porque quiero hacer por ti
una tan grande fineza,
como el excusar, Menón,
que tan bien no me parezca.
El primor de la pintura
quiero pagártele a renta:
veinte talentos te doy
que a ella en mi nombre le ofrezcas.
Pero quiérote advertir
que en tu vida no encarezcas
hermosura a poderoso,
si enamorado estás de ella,
porque quizá no hallarás
otra que vencerse sepa;
y alabar lo que se ama
puede ser que sea fineza,
pero no puede dejar
de ser fineza muy necia.
  (Vase.)


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


IRENE:

¿Qué retórico orador,
qué enamorado poeta
os dio para esa pintura
tantas rosas y azucenas,
tanto oro, tanto marfil,
tanta nieve, tantas perlas?

MENÓN:

Todo esto fue desvelar,
llegando vos, la sospecha
del Rey.

IRENE:

Y antes que llegase,
¿por qué fue el encarecerla
tanto, que ya la atención
a oír estaba dispuesta?

MENÓN:

Porque el modo de hallarla,
que no oistes, le hizo fuerza
para que se la pintara.

IRENE:

¡Buena disculpa!

MENÓN:

¿No es buena?

IRENE:

Sí debe de serlo; pero
aunque yo quisiera creerla,
no puedo.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

¿Por qué?

IRENE:

Porque
acción, semblante, ni lengua
no os disculpa como a quien
tiene gana que le crean,
sino como a quien no importa;
y para mí mejor fuera
no disculparos que no
disculparos con tibieza.

MENÓN:

¡Vos desconfianza!

IRENE:

¿Quién
os dijo que yo la tenga?

MENÓN:

Los celos que...

IRENE:

¿Qué son celos?
Callad; que es segunda ofensa.
Una llave que tenéis
de mis jardines, ¿qué es de ella?

MENÓN:

Yo os la volveré, y estimo
de miraros tan exenta
de los celos, pues con eso
podré...


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


IRENE:

No podréis. La lengua
tened, porque habrá sin mí
quien castigue esa soberbia.

MENÓN:

¿Sin vos?

IRENE:

Sí.

MENÓN:

¿Pues puede haber
quién sin vos a mí me ofenda?
(Sale ARSIDAS.)

ARSIDAS:

Yo, Menón, vengo buscándoos,
por ser vos a quien apelan
mis fortunas del piadoso
tribunal de Irene bella.

MENÓN:

En mala ocasión venís;
después podréis dar la vuelta.

IRENE:

Haced lo que el Rey os manda;
que no viene sino en buena.

MENÓN:

Yo lo haré. Venid conmigo.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


IRENE:

Ved que es mía esta encomienda.

MENÓN:

(Aparte.)
¡Cuánto hay en una hermosura
de quererla a no quererla!
(Vase.)

IRENE:

(Aparte.)
¡Ah, vil; ah, traidor, qué mal
me pagas lo que me cuestas!
(Vase.)

ARSIDAS:

¿Qué es esto, cielos? Mas no
es tiempo de que me atreva
ni aun a pensarlo, porque
el que se toma licencia
para quejarse sin tiempo
pierde el respeto a la queja,
y es el tenerla desdicha,
sin mérito de tenerla.
(Vase, y salen FLORO y SIRENE.)

FLORO:

¿Eso pasó mientras yo
al monte salí un momento?


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SIRENE:

Sí, Floro del alma mía;
y así, buscándote vengo
para decirte que, aunque
él con enojo o con ruego
que te vayas diga, no
te vayas.

FLORO:

Ya te obedezco.

SIRENE:

Por esto te doy los brazos.
(Sale CHATO.)

CHATO:

¡Que siempre llego a mal tiempo!

FLORO:

Tropezó, y llegué a tomarla.

CHATO:

Claro está que en el tropiezo
suyo había de estar.

SIRENE:

Yo...

CHATO:

No os disculpéis; yo me huelgo
que os abrace; porque si
cuando vino hizo lo mesmo,
en señal de que se va
dadle otro abrazo en el precio.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


FLORO:

Antes llegué a preguntarla
qué es lo que cenar tenemos.

CHATO:

¿Quién os mete en pescudallo
si vos no habéis de traello?
Y ya que en aquesto habramos,
decidme, así os guarde el Cielo:
¿es la boleta perpetua,
o al quitar, la que allá os dieron?

FLORO:

Aquí está, y ella no dice
hasta cuándo.

CHATO:

Soy un necio.
Pensé que sí.

FLORO:

No os merece
mi trato esa duda. Cierto
que sois desagradecido,
pues cuando un hombre está haciendo
por vos todo lo que puede,
le tratáis con tal despego.

CHATO:

Pues vos, ¿qué hacéis por mí?

FLORO:

Honraros
en vuestra casa, teniendo
un soldado que en la Batria,
la Siria, el Peloponeso,
la Prepóntida y la Libia
tantas hazañas ha hecho.
Venid, Sirene, no hagáis
caso de ese majadero.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

Ella os obedecerá,
o la mataré sobre eso.
Id, no hagáis caso de mí,
pues el señor hazañero
lo manda, habiendo hecho hazañas
en la Sucia, Pieldequeso,
en Prepolente y Sielicia.

SIRENE:

Si vos no tenéis esfuerzo
para decir que se vaya,
¿tengo yo culpa?

CHATO:

No, cierto;
yo la tengo, claro está.
(Sale SEMÍRAMIS.)

SEMÍRAMIS:

¿Siempre habéis de estar riñendo?

CHATO:

No hay otra cosa que hacer.

TODOS:

 (Dentro.)
¡Qué desdicha!

SEMÍRAMIS:

¿Qué es aquello?


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

  (Dentro.)
En lo intrincado del monte
se ha metido.

NINO:

(Dentro.)
¡Piedad, cielos!

CHATO:

Yo no lo sé; pero allí
entre la maleza veo
venir corriendo un caballo.

SEMÍRAMIS:

Volando es, que no corriendo.

MENÓN:

 (Dentro.)
¡Corred todos!

TODOS:

 (Dentro.)
¡Qué tragedia!

OTROS:

  (Dentro.)
¡Qué desdicha!

IRENE:

(Dentro.)
¡Acudid presto!


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Nadie le alcanza; ¿qué mucho,
si se deja atrás el viento?
¿Cómo pudiera el valor
que está brotando en mi pecho
dar vida al gallardo joven
que se despeña? Mas esto
no quiere pensarse. Suelta
este bastón.

CHATO:

Ya le suelto.
(Quítale a CHATO el bastón y vase.)

SIRENE:

¿Qué intentará?

CHATO:

¡Qué sé yo!
Pero sí sé, pues que veo
que al encuentro le ha salido
veloz, y enredando luego
entre los pies del caballo
mi garrote, dar le ha hecho
de ojos; con que, finalmente,
o ya el choque o ya el despeño
se ha trocado a una caída.

SIRENE:

¿Hay tal marimacha?


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

Luego
que de pellejos cargada
la vi en el lance primero,
dije: «Aquesta tiene cara
de echar caballos al suelo».

NINO:

(Dentro.)
¡Válgame Júpiter santo!

SIRENE:

El Rey es.

CHATO:

Pues a escondernos,
que haberle visto caer
quizá será sacrilegio.

SIRENE:

Vamos de aquí huyendo.

CHATO:

Vamos.
(Vanse.)
(Salen NINO y SEMÍRAMIS.)

NINO:

¿Quién eres, prodigio bello,
de amor divino milagro?
Mas en dudarlo te ofendo;
no me lo digas que ya
tu beldad me está diciendo
que eres deidad de estos montes;
cuál de ellas dudo; di presto.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Ni sé quién soy, ni es posible
decírtelo, porque tengo
aprisionada la voz
en la cárcel del silencio.
Basta saber que soy una
mujer tan feliz, que puedo
haberos dado la vida,
¡oh, generoso mancebo!,
cuyo semblante, no sé
por qué secreto misterio,
a amor y a veneración
me está provocando a un tiempo.

NINO:

Espera, pues.

SEMÍRAMIS:

Aventuro
mucho si aquí me detengo.

NINO:

¿En qué?

SEMÍRAMIS:

En que me conozcan...

MENÓN:

(Dentro.)
Hacia esta parte fue.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


IRENE:

Presto,
lleguemos donde se oculta,
por si peligra.

SEMÍRAMIS:

...Y en que esos
que os siguen me vean.

NINO:

¿Por qué?

SEMÍRAMIS:

Porque licencia no tengo
de dejarme ver.

NINO:

¿Quién puso
a la hermosura preceptos,
siendo así que la hermosura
siempre es libre y sin imperio?

SEMÍRAMIS:

Nada os puedo responder.
(Aparte.)
Huiré al monte; que no quiero
que piense Menón jamás
de mí que no le obedezco.
(Vase.)

NINO:

Espera, detente, aguarda,
prodigioso monstruo bello;
que tras ti...


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Salen MENÓN, LISÍAS, ARSIDAS, SILVIA e IRENE.)
ARSIDAS:

Señor...

LISÍAS:

Señor...

MENÓN:

Perdona a nuestros deseos
haber tan tarde llegado
donde nunca fuera presto.

IRENE:

En albricias de tu vida,
mi vida y alma te ofrezco.
¿Cómo te sientes?

NINO:

No sé,
no sé, ¡ay de mí!, lo que siento.
No el golpe de la caída
me aflige; otro más violento
es el que siento en el alma;
porque es un ardiente fuego,
es tan abrasado rayo,
que, sin tocar en el cuerpo,
ha convertido en cenizas
el corazón acá dentro.
No os admiréis de que pase
de un despeño a otro despeño
tan aprisa: Amor es Dios,
y en Dios nunca se da tiempo.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Discurrid de aqueste monte
los enmarañados senos;
que al que una deidad humana
en él hallare primero
y la traiga a mi presencia,
grandes mercedes le ofrezco.
Por que no dudéis las señas,
villano es el traje, pero
tan noblemente villano,
que su Rey le rinde el pecho.
Pero para qué, ¡ay de mí!,
en pintarla me detengo,
si en viéndola, diréis todos:
«Este es el hermoso incendio
que abrasó al Rey». Mas ¿qué mucho,
si es de estas selvas la Venus,
la Diana de estos bosques,
la Amaltea de estos puertos,
la Aretusa de estas fuentes,
y la ella de todo ello?
Que hasta que dije lo más,
todo lo demás es menos.
Busquémosla divididos;
que yo he de ser el primero
que estas ásperas montañas
examine fresno a fresno,
hoja a hoja y piedra a piedra.
Mas mirad lo que os advierto:
que, aunque sintáis abrasaros
al mirarla, mis deseos
licencia os dan de morir,
mas no de morir contentos.
  (Vase.)


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


IRENE:

Yo la segunda seré
que de esta montaña el centro
discurra en alcance suyo.
(Vase.)

SILVIA:

Todas haremos lo mesmo.
(Vase.)

UNOS:

(Dentro.)
¡Al monte!

OTROS:

(Dentro.)
¡Al valle!

OTROS:

(Dentro.)
¡Al llano!

ARSIDAS:

¡Oh, si quisiesen los Cielos,
pues ya besé al Rey la mano,
honrado en un noble puesto,
que hoy empezase obligando,
pues hoy empecé sirviendo!
 (Vase.)


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


UNOS:

 (Dentro.)
¡Al valle!

OTROS:

(Dentro.)
¡A la selva!

OTROS:

(Dentro.)
¡Al llano!

MENÓN:

Celos, ¿qué haréis sucedidos,
si pensados matáis, celos?
¡Quién dijera si fue ella!

LISÍAS:

Yo te lo diré bien presto.
(Vase y sale CHATO.)

MENÓN:

¡Ay de mí!, que de pensarlo
a dar un paso no acierto.

CHATO:

Consejo muda el prudente,
oí decir, a un discreto;
y pues ya prudente soy,
quiero mudar de consejo,
y no huir del Rey; mas antes
pedirle he que me dé premio,
pues era mío el garrote
con que a su majestad dieron
la vida. ¡Digo!


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Hacia aquí
ruido entre estas hojas siento.
¡Chato!

CHATO:

¡Señor!

MENÓN:

¿Sabes dónde
Semíramis está?

CHATO:

Pienso...
¡seis maravedís!, no sé
dónde.

MENÓN:

¡Ay de mí!

CHATO:

Empero
bien, señor, me podréis dar
albricias de lo que ha hecho,
si la queréis bien; porque ella
y yo somos, sí, por cierto,
los que al Rey la vida dimos,
yo mi garrote poñendo
y ella su manofitura.

MENÓN:

Calla, calla, que me has muerto.
[Al exclamar, da una manotada a CHATO.]


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

¿Yo os he muerto? Vos a mí.
¿No sabéis qué parece esto?
Cuando uno pisa un pie a otro,
y se queja él el primero.

MENÓN:

Ya a mí el buscarla me toca
más que a todos, que si llego
a hallarla antes, yo sabré
ocultársela al deseo
del Rey. ¡Ay, corazón!, pues
de ti mil sabios dijeron
que sabes Astrología
y adivinar, yo te dejo
la elección de mis acciones.
Llévame tú donde, ¡ah, cielos!,
mi bien está. Aquestos pasos
tú los das, y yo me muevo.
(Vase.)

CHATO:

¡Cielos! ¿Qué habrá en este monte
que todos andan revueltos?
(Sale SEMÍRAMIS.)

SEMÍRAMIS:

Ocultarme por aquí
de tanta gente quisiera,
para que nunca pudiera
quejarse Menón de mí
¡Chato!...


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

Señora...

SEMÍRAMIS:

¿Sabrás
si la gente se ausentó
que andaba en el monte?

CHATO:

No,
antes pienso que ahora hay más.

SEMÍRAMIS:

No digas que por aquí
me viste, a nadie, pasar.
(Sale MENÓN.)

MENÓN:

Por aquí la he de buscar,
si la hallase por aquí...
Pero, ¡cielos!, ¿no es aquélla?
Asegúrome mis celos.
(Sale ARSIDAS.)

ARSIDAS:

Pero, ¿no es aquélla, ¡cielos!,
si advierto en las señas de ella?

SEMÍRAMIS:

Advierte...


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

Di.

SEMÍRAMIS:

Ahora mi suerte
me esconde en aquesta parte.

CHATO:

Ya es imposible ocultarte,
porque ya han llegado a verte

MENÓN:

¡Arsidas!

ARSIDAS:

¡Menón!

MENÓN:

[Aparte.]
¡Oh, impío
cielo!

CHATO:

[Aparte.]
¿De qué este soldado
tanto a Menón ha turbado?
Debe de ser como el mío.

MENÓN:

¿A dónde vas por aquí?

ARSIDAS:

A buscar una deidad vengo...


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

 [Aparte.]
¿No lo digo yo?

ARSIDAS:

Pues tengo
las señas que en ella vi.

MENÓN:

Yo, supuesto que aquí habemos
llegado a un tiempo los dos,
la llevaré. Id con Dios.

ARSIDAS:

Los que servimos tenemos,
y más con obligación,
obligación de buscar
ocasiones de agradar.
Yo he de llevarla, Menón.

CHATO:

  (Aparte.)
Llévesela.

MENÓN:

Si he llegado
yo, ¿no son vanos desvelos?

SEMÍRAMIS:

¿Qué soldado es éste, cielos?

CHATO:

Otro como mi soldado.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

¿Pues a competir conmigo
vuestra arrogancia se atreve?

CHATO:

 [A MENÓN.]
Déjala que se la lleve,
pues no va a comer contigo.

ARSIDAS:

El Rey el justo poder
me dio; y, pues la pude hallar,
conmigo la he de llevar.

MENÓN:

Y yo lo he de defender.

SEMÍRAMIS:

Mi bien, mi señor, mi dueño,
¿qué es esto?

ARSIDAS:

De tu intención
ya aquestos cariños son
otro indicio no pequeño.

MENÓN:

Y yo la muerte os daré,
pues, ya que aquesto escucháis,
nunca decirlo podáis.

SEMÍRAMIS:

¡Ay de mí, infeliz!

ARSIDAS:

Sabré
también defenderme yo.


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MENÓN:

Huye. Semíramis bella.

SEMÍRAMIS:

¿Qué es huir mi altiva estrella?

CHATO:

¿Quién mayor necedad vio?

NINO:

(Dentro.)
A aquel ruido acudid presto.

IRENE:

  (Dentro.)
Hacia allí las voces son.
(Salen NINO, IRENE, SILVIA y CRIADOS.)

MENÓN:

¡Qué horror!

NINO:

¿Qué es esto, Menón?

ARSIDAS:

¡Qué dicha!

IRENE:

Arsidas, ¿qué es esto?

ARSIDAS:

Esta divina hermosura


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MENÓN:

Esta divina belleza...

ARSIDAS:

...hallé yo en esta aspereza.

MENÓN:

...vi al pie de esta peña dura.

ARSIDAS:

Para lograr mi ventura...

MENÓN:

Para estorbar tu apetito...

ARSIDAS:

...llevártela solicito,
donde mi lealtad me mueve.

MENÓN:

Y yo, que no te la lleve,
ni consiento ni permito.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Tres cosas estoy mirando,
tres acciones estoy viendo,
que cuando más las entiendo,
aún más las estoy dudando.
Tú, Menón, con quien el mando
de mi laurel he partido,
tú confiesas atrevido
que el mayor triunfo me quitas;
tú, Arsidas, lo solicitas,
de hoy a mi casa venido;
 [A SEMÍRAMIS.]
y tú, cruel, que, entre fieras
dudas, das de amor indicio
cuando haces un beneficio,
como si un agravio hicieras.
Rescatad de tan severas
confusiones mi sentido.
A los tres, ¿qué os ha movido
para estar, ¡suerte penosa!,
tú turbado, tú medrosa
y tú desagradecido? }}

ARSIDAS:

Mi turbación, bien, señor,
fácil está de entender,
llegándote yo a deber.

SEMÍRAMIS:

Esto en mí no es temor,
que fuera decirlo error.


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MENÓN:

Mi ingratitud, ¡ay de mí!,
es lealtad.

NINO:

¿Pues cómo así?
¿Oponiéndote a mi gusto?

MENÓN:

Como tu gusto no es justo.

NINO:

¿De qué suerte?

MENÓN:

Escucha.

NINO:

Di.

MENÓN:

Aquella hermosa pintura,
que hoy has visto imaginada,
es ésta que miras viva
puesta conmigo a tus plantas.
Semíramis es, señor,
y si pretendí guardarla
de ti, fue porque tú mismo
advertiste a mi ignorancia
que aun pintada no llevase
a un poderoso mi dama,
porque era necia fineza.


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MENÓN:

Ser consejo tuyo basta
para ser disculpa mía;
pues mal hiciera en llevarla
viva al mismo que afeó
el llevársela pintada.
Bien pudiera ahora decir
que, porque nadie llegara
a ganar con tu deseo
de haberla dado las gracias,
defendí que la trujese
otro; bien pudiera darla
otro nombre ahora, y, después,
con industrias y con trazas
entreteniendo tu amor,
asegurar mi esperanza.
No, señor, cansado está
el mundo de ver en farsas
la competencia de un Rey,
de un valido y de una dama.
Saquemos hoy del antiguo
estilo aquesta ignorancia,
y en el empeño primero
a luz los efectos salgan.
El fin de esto siempre ha sido,
después de enredos, marañas,
sospechas, amores, celos,
gustos, glorias, quejas, ansias,
generosamente noble
vencerse el que hace el Monarca.
Pues si esto ha de ser después,
mejor es ahora no haga
pasos tantas veces vistos.
 (A SEMÍRAMIS.)
Dadme esa mano.


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NINO:

Aguarda;
que, para lo que yo tengo
de hacer ahora, me falta
informarme del estado
en que con ella te hallas.

IRENE:

 (Aparte.)
Mucho harán mis sentimientos,
¡Cielos!, si hoy no se declaran.

SEMÍRAMIS:

Eso he de decirlo yo,
que a mi decoro, a mi fama,
a mi altivez, mi soberbia,
mi ambición y mi arrogancia
conviene que sepan todos
que antes de ver que me llama
Menón su esposa, no tuvo
de mí más que confianza
de que, en siéndolo, sería
suya; pues aunque me saca
su valor de una prisión
de esas rústicas montañas;
aunque en su poder me tuvo,
él sabe de mi constancia
que no me debió jamás
más que sola la esperanza,
hasta que ya como esposo
la mano le doy.


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NINO:

Aguarda
tú también; que, eso sabido,
no es buen día en que se casan
dama a quien debo la vida
y amante que es mi privanza,
ser en un monte y acaso.
A ti, Menón, debo cuantas
victorias hoy me coronan
de la siempre verde rama
de laurel; a ti, divino
pasmo de aquestas montañas,
la vida debo. Y, así,
con demostraciones varias
honrar pretendo a los dos,
a cuyo efecto la fama
quiere que convide a cuantos
príncipes contiene el Asia
a estas bodas, y que en ellas
públicas fiestas se hagan
que mis grandezas publiquen...
 (Aparte.)
...y que dilaten mis ansias.

MENÓN:

Señor, aunque generoso
a tus hechuras ensalzas,
para un amante no hay fiestas
como que fiestas no hagan.

SEMÍRAMIS:

¿Por qué? Si el Rey quiere honrarnos,
Menón, con mercedes tantas,
no a mi presunción le quites
la vanidad de lograrlas.


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IRENE:

 (Aparte.)
Dice Semíramis bien.
¡Oh, si pudiesen mis ansias
dar término, Cielos, entre
mi deseo y mi venganza!

NINO:

Pues tú, bellísima Irene,
a Semíramis gallarda
contigo a Nínive lleva
por sus calles y sus plazas
en tu Real carro. Vestida
de plumas, joyas y galas,
triunfe, y como a mí se humillen;
que a su beldad soberana
su Rey le debe la vida,
y solicita pagarla.

IRENE:

Ven, Semíramis, conmigo;
que yo haré lo que el Rey manda.
 [Aparte.]
Y aun lo que no me mandare,
pues haré que tu esperanza
en el horror de mis celos
tropiece, ya que no caiga.

NINO:

Acompañad a las dos
todos.


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SEMÍRAMIS:

  [Aparte.]
Altiva arrogancia,
ambicioso pensamiento
de mi espíritu, descansa
de la imaginación, pues
realmente a ver alcanzas
lo que imaginastes; pero
aun todo aquesto no basta,
que para llenar mi idea
mayores triunfos me faltan.
 (Vanse las dos.)

CHATO:

¡Han visto y qué tiesa va!
Apenas volvió la cara.
¡Ay, tontilla, que no en vano
Hija del viento te llamas!
(Vase.)

NINO:

Menón...

MENÓN:

Señor.

NINO:

No la sigas
tú, detente.

MENÓN:

¿Qué me mandas?


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NINO:

¿Estamos solos?

MENÓN:

Testigos
son los troncos y las ramas.

NINO:

Mi amigo eres.

MENÓN:

Tú, mi Rey.

NINO:

¿Qué me debes?

MENÓN:

Honras altas.

NINO:

¿Puedo hacer por ti más?

MENÓN:

No.

NINO:

¿Tienes qué pedirme?

MENÓN:

Nada.

NINO:

¿Qué harás tú por mí?


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MENÓN:

Mi vida
pondré, señor, a tus plantas.

NINO:

Menos quiero; pues, porque
no diga jamás la fama
que Nino a Menón quitó
su esposa, quiero que haga
la amistad, y no el poder,
una conveniencia extraña;
y es que, esto asentado ahora,
volvamos a la pasada
metáfora. ¿No dijistes
que ésta, verdadera o falsa,
tenía una novedad
que era fácil desatarla?
Pues yo quiero que sean dos,
y que en el fin también haya
nuevo estilo. Esto ha de ser,
ya que introducidos se hallan
aquí Rey, dama y valido,
vencerte tú, porque salga
de andar en duelos de amor
la Majestad: desatada
una, otra es, desde hoy,
yo el amarla y tú olvidarla.

MENÓN:

Señor, vencerse a sí mismo
un hombre es tan grande hazaña
que sólo el que es grande puede
atreverse a ejecutarla.
Tú eres Rey, vasallo soy.


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NINO:

¿Pues qué mayor alabanza
que hacer tú una acción que fuese
grande para mí?

MENÓN:

No se halla
con tanto valor mi pecho.

NINO:

Pues tú me has de dar palabra
de olvidarla.

MENÓN:

No podré;
de morir, sí, en esa instancia
te la doy; que esto está en mí,
y no está en mí olvidarla.

NINO:

Pues, si olvidarla no puedes,
puedes darlo a entender: traza
que ella entienda que la olvidas,
y que mi amor no lo manda.

MENÓN:

Ni aquesto puedo tampoco;
que fuera acción muy villana
dar yo a partido mis celos.
Tercero de mis desgracias,
daré a entender que la olvido,
y lo haré desde mañana;
mas dando a entender también
que eres tú quien me lo manda.


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NINO:

¿No te la puedo quitar?

MENÓN:

Ya sí, señor; mas repara
que ésa es violencia forzosa
y ésta es ruindad voluntaria.
En quitármela tú harás
una tiranía; en dejarla
yo una infamia; y, al contrario,
tú una grandeza en no amarla,
yo una fineza en quererla.
Mira ahora las distancias
que hay de tiranía a grandeza,
y que hay de fineza a infamia.

NINO:

¿Pues qué te vengo a deber
yo en aquesta parte?

MENÓN:

Nada,
sino el consejo de que
me la quites; que si aguardas
hallar conveniencia en mí,
en mí, señor, no has de hallarla,
ni es posible.

NINO:

¿Cómo?


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MENÓN:

Escucha.
En nuestro cuerpo está el alma,
sin tener determinado
lugar; si muevo la planta,
alma hay allí, alma también
hay en la mano al mandarla.
Sucede, pues, que me corte
la planta o la mano, ¿falta
con la porción de aquel cuerpo
aquella porción que estaba
del alma allí? No. ¿Qué se hace?
A su estado a incorporarla
se reduce. Alma es en mí
mi amor; lugar no se halla
donde no esté; y así, aunque hoy
a pedazos le deshaga,
cortándome las acciones
de verla, oírla y hablarla,
en la razón que me queda,
a la imitación del alma,
siempre se ha de hallar mi amor
tan cabal como se estaba.

NINO:

¡Qué cansados argumentos!
¿Ser mi gusto no bastaba?

MENÓN:

No, señor.


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NINO:

Calla, villano;
desgraciado, calla;
calla, ingrato. Mas yo tuve
la culpa con darte tantas
alas para que al Sol mismo
te opongas. Pero la saña
del Sol que te las crió,
sabrá quitarte las alas.

MENÓN:

Señor...

NINO:

No más.

MENÓN:

No de un soplo
así tu hechura deshagas.

NINO:

No me deshaga mi hechura
un rayo a mí, siendo ingrata.

MENÓN:

Yo no puedo...

NINO:

Yo tampoco.

MENÓN:

...ofrecer más que de...


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NINO:

¡Basta!

MENÓN:

¿Que soy tu privanza olvidas?

NINO:

Donde hay celos no hay privanza.
Y puesto que esto ha de ser,
yo he de decir que se haga
la boda, y tú has de decir
que a tu disgusto te casas,
sin que a mirarla te atrevas
desde este instante. Repara
que te quebraré los ojos
si te atreves a mirarla.
  (Vase.)

MENÓN:

¡Ay, Semíramis divina!
¡Ay, hermosura, ay, soberana
Hija del Aire! ¡Llevose
tu nombre mis esperanzas!


Jornada III
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Suenan chirimías y salen NINO, ARSIDAS, CHATO y gente.
UNO:

[Dentro.]
¡Viva Semíramis bella!

OTRO:

 [Dentro.]
¡Viva del Asia el asombro!

TODOS:

 [Dentro.]
¡Viva la que dio la vida
a nuestro rey generoso!

ARSIDAS:

Ya Semíramis e Irene
vuelven a Palacio.

NINO:

Loco
de contento estoy al ver
su nombre aplaudido.

CHATO:

Todos
estamos acá, ¡pardiez!

SOLDADO I.º:

¡Tonto! ¿Cómo de ese modo?...


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CHATO:

Pues para entrar donde quiera,
¿qué más hay que hacerse tonto?
Criado de Semíramis,
[A NINO.]
yo, sabiendo que vos propio
acá mi ama os traéis,
vengo, voy, ¿qué hago? Tomo
y véngome acá también,
o por esto o por estotro.

NINO:

Este es un simple villano
que desde Ascalón conozco;
pues que Semíramis de él
gusta, mandarás, Andronio,
que le vistan de otra suerte,
y no ande de aquese modo.

CHATO:

Vestida tengas el alma
a penas del Purgatorio.
Entra, Madroño, a vestirme
de soldado.

SOLDADO I.º:

De aquí a un poco.
  (Dentro.)
¡Viva la que dio la vida
a Nino, Rey generoso!


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ARSIDAS:

Ya la música otra vez
suena; ya se apean.
(Tocan y salen IRENE, SEMÍRAMIS, ricamente vestidas, y DAMAS.)

NINO:

Dichoso
yo, que merecí adorar
dos deidades en un solio,
dos soles en una esfera
y dos diosas en un trono.

SEMÍRAMIS:

Más dichosa quien de vos
tuvo aplausos tan heroicos.

CHATO:

  [Aparte.]
¿Quién no dirá que mi ama
siempre trujo aquel adorno?
Pues yo me acuerdo de cuando
eran pellejos de un lobo.
Pero como ésas, pellejas
vemos hoy cubiertas de oro.


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NINO:

¿Qué te ha parecido, hermosa
Semíramis, bello monstruo
de Asia, a cuyos rayos son
tibios los rayos de Apolo,
de la famosa ciudad
de Nínive, del adorno
de sus muros y sus calles,
y comercio populoso?

SEMÍRAMIS:

Si he visto, señor, y tengo
de decir la verdad, todo
cuanto hasta ahora he visto en ella...

NINO:

¿Qué?

SEMÍRAMIS:

Me ha parecido poco.
Mas no me espanto, porque
objeto es más anchuroso
el de la imaginación
que el objeto de los ojos.
Imaginaba yo que eran
los muros más suntuosos,
los edificios más grandes,
los palacios más heroicos,
los templos más eminentes
y todo, en fin, más famoso.


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CHATO:

  [Aparte.]
Tan loco nos venga el año,
cuando siembre mis rastrojos.

IRENE:

En las entrañas nacida
de un monte, en el seno bronco
de unos peñascos criada,
¿ánimo tan generoso
y espíritu tan altivo
engendraste?

SEMÍRAMIS:

Sí; que como
pude allí discurrir mucho,
no me contenté con poco.

IRENE:

Entra, pues, en mis jardines
a ver si, ufanos y hermosos,
te agradan más.
[Aparte.]
¡Qué cansada
voy, no de mis celos solos,
sino de haber oído tantos
desvanecimientos locos!
(Vanse las mujeres.)


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SEMÍRAMIS:

 (Aparte.)
¿Cómo en tan célebre día
Menón falta de mis ojos?
Mas ¿para qué le echo de menos,
si tantos aplausos logro
sin él? Como éstos no falten,
lo demás importa poco.
  (Vase.)

NINO:

Recatad, afectos míos,
la dulce llama que escondo,
que aún no es tiempo que, sopladas
sus cenizas del Favonio,
de amor el fuego descubran,
que arde ocultamente sordo.

CHATO:

Señor Madroño, ¿es ya hora
de que nos vamos nosotros?

SOLDADO I.º:

¿Qué prisa?

CHATO:

¿Vos sabéis qué es
haber de vestirse un roto?
(Vanse y sale MENÓN.)


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MENÓN:

De Siria el Gobernador
ésta envía con un propio.

ARSIDAS:

 (Aparte.)
¡Ay perdida prenda mía!

NINO:

Está bien...

MENÓN:

(Aparte.)
¡Ay dueño hermoso!

NINO:

...antes que otra cosa sepa.
El olvido que os propongo
quiero saber en qué estado
está.

MENÓN:

En el que estaba propio.

NINO:

¿Qué es?

MENÓN:

Que haré cuanto pudiere;
mas pienso que puedo poco.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Pues habéis de poder mucho.
Dad la carta a Arsidas todos
los despachos por su mano
lleguen a mí; que ya él solo
me acierta a servir.

ARSIDAS:

Tus plantas
me da a besar.

MENÓN:

No lo ignoro;
pero mandáis a él lo fácil
y a mí lo dificultoso.

NINO:

Venid conmigo a saber
si lo es o no.
[A ARSIDAS.]
Cuidadoso
vos leedla, y vedme.
[Aparte.]
Ahora
cualquier despecho estorbo.
(Vase.)

MENÓN:

Tomad; y si acaso puede
un desdichado a un dichoso
dar algo, sea un consejo;
y es que, atento, cuerdo y pronto
sirváis, sin enamoraros,
porque lo perderéis todo.
 (Vase.)


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ARSIDAS:

Bueno es el consejo; pero
ya es muy tarde cuando le oigo,
pues yo solamente sirvo
porque otra hermosura adoro.
¡Con qué de temores dudo!
¡Oh pliego!, tu nema rompo.
  (Lee.)
«Gran Señor: Estorbato, Rey de Batria,
viendo que a los umbrales de su patria
victorioso llegaste,
y que aquella conquista perdonaste,
soberbio ha presumido
que sea temor lo que omisión ha sido.
Con esto y con que a él se pasó huyendo
Lidoro, Rey de Lidia, pretendiendo
el uno de su Imperio apoderarse
segunda vez, y el otro en Siria entrarse,
ejércitos previenen
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
todos los naturales.
Divisos y parciales,
a su Rey esperando,
sospechosos están, y yo aguardando
la invasión. Pocas son las fuerzas mías
si tú, señor, socorro no me envías».
¿Quién se habrá visto jamás
tan confuso y tan dudoso,
pues vengo a ser hoy conmigo
secretario de mí propio?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ARSIDAS:

Como a la Batria pasase
deshecho, vencido y roto,
habrá corrido esta voz,
que con Estorbato torno.
¿Qué haré? ¿Diré al Rey quién soy?
No; que de mí sospechoso,
querrá asegurar conmigo
aqueste nuevo alboroto.
Callaré sólo hasta que
la ocasión descubra el modo
que mejor me estará. ¡Irene,
por ti en qué empeños me pongo!
[Vase.]
(Salen IRENE, SEMÍRAMIS y DAMAS.)

IRENE:

¿En fin, que nada te agrada
de un sitio tan deleitoso?

SEMÍRAMIS:

Es el desvanecimiento
tal que en estas cosas pongo,
que pienso hacerlas mayores
en siendo Menón mi esposo.


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IRENE:

¿Estás muy enamorada
de él, Semíramis?

SEMÍRAMIS:

Conozco
que debo a Menón, señora,
todas las dichas que gozo;
y como de agradecida
hay un término tan corto
a enamorada, decir
que lo estoy será forzoso;
si bien es a mi presencia
tal que...

IRENE:

Dilo.

SEMÍRAMIS:

Que me corro
de que haya de ser mi dueño
quien es vasallo de otro.


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IRENE:

  [A las DAMAS.]
Salíos todas allá fuera.
(Vanse las DAMAS.)
Ya, Semíramis, que toco
esta plática, no puedo
dilatar más mis enojos;
y así, antes que me preguntes
por qué a este empeño me arrojo
ni qué me obliga, te mando
que desde este instante propio
estés persuadida a que
Menón no ha de ser tu esposo;
porque, aunque vasallo, tiene
dueño, si no tan hermoso,
menos ingrato y más noble,
menos vano y más heroico.
Si el Rey casarte mandare,
con desdén ceremonioso
has de fingir que no tienes
gusto en este desposorio;
y a él le has de dar a entender
que le aborreces, de modo
que, viéndose aborrecido,
aborrezca; pues no ignoro
que sabe una ingratitud
pasarse de amor a odio.
Y pues el Rey hoy por este
jardín ha venido, torno,
Semíramis, a decirte
que en esta puerta me pongo,
sólo a ver de la manera
que tus labios y tus ojos
empiezan a introducir
los desdenes rigurosos
de tu fingida mudanza.
Y así, por ahora sólo
te advierto que desde aquí
todas las acciones noto.


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(Escóndese, y salen NINO y MENÓN.)
NINO:

 [Aparte a MENÓN.]
Esto ha de ser; porque está
Semíramis ya aquí, y topo
tan buena ocasión, detrás
de aquestas murtas me escondo.
Llega, dándole a entender
cuánto es tu afecto muy otro;
advirtiendo que me quedo
donde cuanto digas oigo.
(Escóndese.)

SEMÍRAMIS:

  [Aparte.]
¿Habrá rigor más violento?

MENÓN:

 [Aparte.]
¿Trance habrá más riguroso?

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
¿Que haya de dar a entender
yo que ingrata correspondo?


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MENÓN:

[Aparte.]
¿Que haya que decir por fuerza
yo que lo que estimo enojo?

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
Sí, pues así le aseguro.

MENÓN:

[Aparte.]
Sí, pues así la reporto.

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
Aunque, si a la ira advierto...

MENÓN:

[Aparte.]
Aunque, si atiendo al enojo

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
...que de la envidia de Irene
dentro de mi pecho formo...

MENÓN:

[Aparte.]
...que de los celos del Rey
dentro de mi alma lloro...


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SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
...en fingir que le aborrezco...

MENÓN:

[Aparte.]
...en decir que no la adoro...

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
...sospecho que no haré mucho.

MENÓN:

...presumo que haré muy poco.

IRENE:

  [Aparte.]
Ya se han visto. Celos, tenga
piedad mi industria en vosotros.

NINO:

Ya se hablan; consiga, celos,
mi pena algún desahogo.


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SEMÍRAMIS:

En mucho estimo, Menón,
hoy a los Cielos piadosos
esta ocasión que me han dado
de hablaros en mis enojos,
que, a dilatarse un instante,
presumo que escandalosos
reventaran el volcán
de mi pecho, dando asombros
al Cielo, hasta que llegase
o lo ardiente o lo ruidoso
de mis quejas a deciros
que, ofendida de vos, torno
por consejo a aconsejaros
no tratéis de ser mi esposo.

IRENE:

 [Aparte.]
No entra mal en el despecho
Semíramis.

MENÓN:

 [Aparte.]
¡Rigurosos
Cielos! Si ella no ha sabido
que el Rey está oyendo, ¿cómo
me habla con tanto rigor?

NINO:

 [Aparte.]
¿Semíramis, ¡estoy loco!,
sale al paso a su mudanza?


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MENÓN:

[Aparte.]
¡Que sea, ¡ay de mí!, forzoso,
siendo sus enojos falsos,
hacer ciertos sus enojos!
  [Aparte a ella.]
Semíramis, aunque tengas
quejas de mí, y aunque ignoro
la ocasión, no te he de dar,
¡quién vio más terrible ahogo!,
satisfacciones, porque
no puedo. ¡Atiende a mis ojos,
hermoso imposible mío!
Esto a las quejas respondo;
y en cuanto a que ser no quieras
mi esposa, yo te perdono
el desaire... No hago tal
de decírmelo en mi rostro,
pues con eso has excusado
que yo te diga lo propio.

SEMÍRAMIS:

¿Que tú lo dijeras?

MENÓN:

Sí.

IRENE:

  [Aparte.]
¡Él la desprecia! ¡Qué oigo!

NINO:

[Aparte.]
No empieza a fingirlo mal.


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SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
Si él, ¡Cielo!, está tan remoto
de que Irene me está oyendo,
¿cómo me habla de este modo?
  [A MENÓN.]
Pues si vos tan consolado
estáis, que de mis enojos
aun no preguntáis la causa,
no añadamos unos a otros.
Id con Dios.

MENÓN:

Quedad con Dios.
(Hacen que se van.)

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
¡Que sin afecto amoroso
me llega a hablar y se vuelve!

MENÓN:

[Aparte.]
¡Con qué seco desahogo
me deja ir y no me llama!

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
Pero el callar es forzoso.


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MENÓN:

[Aparte.]
Pero el sufrir es preciso.

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
¡No hubiera un estilo como
hablar callando!

MENÓN:

[Aparte.]
¡No hubiera
de callar hablando un modo!

SEMÍRAMIS:

(A IRENE.)
Para la primera vez
que a servirte me dispongo
bien entablado he dejado
el tema.

IRENE:

Ya lo conozco;
pero quisiera que fuese
más declarado el oprobio.

SEMÍRAMIS:

¿Más?

IRENE:

Sí.


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MENÓN:

(A NINO.)
Para la primera
licción que de olvido tomo,
¿no la he repetido bien?

NINO:

Sí, pero la has dicho poco.

MENÓN:

Pues pensé yo que era mucho,
y aun de lo mucho me asombro.

IRENE:

[A SEMÍRAMIS.]
Vuélvele a llamar; y asienta
que no trate en ser tu esposo.

NINO:

[A MENÓN.]
Vuélvela a hablar; dila que
no has de hacer el desposorio.

SEMÍRAMIS:

Sí haré.
[Aparte.]
Hablen mis sentidos
aquí, cumpliendo con otros.

MENÓN:

Sí haré.
[Aparte.]
Mi dolor conmigo
cumpla aquí, hablando en mi propio.


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SEMÍRAMIS:

Menón.

MENÓN:

Semíramis.

SEMÍRAMIS:

Pues,
¿a qué tornáis aquí?

MENÓN:

Torno,
yo no sé a qué. Decid vos,
¿por qué me nombráis?

SEMÍRAMIS:

Os nombro
porque... ¡Pero qué sé yo,
cuando andáis tan cauteloso
para deciros que os llamo!
Por deciros que me corro
de haberos dado esperanza
de que seréis tan dichoso
que jamás me merezcáis.

MENÓN:

Pues yo volvía a eso propio.

SEMÍRAMIS:

Sí; mas quiero yo decirlo;
vos no lo digáis.


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MENÓN:

En todo
opuestos parece que hoy,
ingrato imposible, somos;
pues yo no decirlo quiero
y que vos lo digáis tomo
por partido.

SEMÍRAMIS:

¿Qué os obliga?

MENÓN:

No sé; ¿y vos?

SEMÍRAMIS:

También lo ignoro.

MENÓN:

Decidlo vos; que quizá
tenéis...

SEMÍRAMIS:

¿Qué?

MENÓN:

Menos estorbo.

SEMÍRAMIS:

Quizá mayor.

MENÓN:

No es posible.

SEMÍRAMIS:

No os entiendo.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Yo tampoco;
mas si vierais lo que paso...

SEMÍRAMIS:

Si supierais lo que escondo...

MENÓN:

...vierais...

SEMÍRAMIS:

...supierais...

MENÓN:

...que yo...

SEMÍRAMIS:

...que yo...

MENÓN:

...siento...

SEMÍRAMIS:

...sufro...

LOS DOS:

¿Qué oigo?

SEMÍRAMIS:

¿Por qué?

MENÓN:

Decid.

SEMÍRAMIS:

Estoy muda,
hablad vos.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Estoy dudoso.

SEMÍRAMIS:

Pues, adiós.

MENÓN:

Adiós, pues. Idos,
(Aparte.)
(pero así el silencio rompo,)
vos por esta parte.

SEMÍRAMIS:

Y vos
por estotra.

IRENE:

¡Necia!

NINO:

¡Loco!

IRENE:

¿Qué has dicho?

NINO:

¿Qué has hecho?

SEMÍRAMIS:

Yo
nada he dicho.

MENÓN:

Yo tampoco.


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IRENE:

¡Señor!

NINO:

¡Irene!, ¿tú aquí?

SEMÍRAMIS:

 [Aparte.]
¡Muerta estoy!

MENÓN:

 [Aparte.]
¡Estoy absorto!

IRENE:

Sí, señor...
 (Aparte.)
(Disculpad, Cielos,
esta sospecha en mi abono.)
...porque a Semíramis dije
que aunque haya de ser su esposo
Menón, estando conmigo
no se atreva a hablar de modo
que el respeto de mi sombra
peligrar pueda en un solo
átomo; y así escuchaba
ofendido mi decoro.

NINO:

Yo no escuchaba por eso,
que, habiendo tan alevoso
descubiértome Menón,
responderé de otro modo,
pues él, Semíramis, quiere
que vos sepáis que os adoro.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

  [Aparte.]
¿Qué es esto, Cielos? ¡De mí
enamorado el Rey! ¿Qué oigo?

NINO:

Semíramis, yo he querido
salvar la voluntad mía
de especie de tiranía.
A este fin he prevenido
facilitar el olvido
de Menón, por merecer,
sin ser yo tirano, ser
dueño de mi voluntad,
fiando de su amistad
aún más que de mi poder.
El lance de hoy es testigo
del estado de los dos:
por andar fino con vos,
traidor ha andado conmigo.
No que os quiera le castigo;
que fuera culpar mi amor
dar el suyo por error;
que me ofenda, sí, que es justo,
pues quien es traidor al gusto
a todo será traidor.
¡Hola!


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale ARSIDAS.)
ARSIDAS:

Señor.

NINO:

A esa fiera
desconocida e ingrata
que a quien alimenta mata,
las armas quitad, y muera
en la prisión más severa
de Nínive; su castigo
que sea escarmiento, digo,
de toda Siria, pues hallo
ser malo para vasallo
quien no es bueno para amigo.

MENÓN:

Esta, señor, es mi espada;
que no puedo en trance igual
darte mejor memorial
que a ella de sangre bañada.
Mira ya a tus pies postrada
la que fue rayo de Oriente;
sólo pido que, prudente,
adviertas que rayo ha sido,
y que, así, no habrá ofendido
los laureles de tu frente.
Todo mi delito es
que amor hiciese delito.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Tu perdón no solicito;
antes, te pido me des
una y muchas muertes, pues
tan firme me considero
en el afecto primero,
que estimo el rigor, que ya
lo que padezca será
testigo de lo que quiero.
El Rey, Semíramis bella,
porque te adoro, se ofende.
¿Qué prende en mí, si no prende
también conmigo a mi estrella?
¿Ella no me influye? ¿Ella
no es astro del Cielo? Sí.
¿Pues qué importará que aquí
prisión den a mi pasión,
si también en mi prisión
sabrá mi estrella de mí?
¿Y qué es estar preso? Muerto,
tengo de estarte adorando;
que si las estrellas, cuando
luz recibieron, es cierto
crían su influjo, hoy advierto
que antes de llegar yo a ellas,
si quisieron las estrellas,
mi amor, que en ellas está
después y antes, durará
todo lo que duren ellas.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Llevadle de aquí. Mas no,
dejadle. Cobra tu acero,
que otra experiencia hacer quiero
yo de cuanto valgo yo.
¡Semíramis!

SEMÍRAMIS:

[Aparte.]
¿Quién se vio
en tal duda?

NINO:

Aunque quisiera
conseguir de otra manera
de tu hermosura el favor,
quiero deber a mi amor
lo que a mi poder debiera.
En tu libertad estás,
que yo no he de ser tirano.
Si a Menón le das la mano,
a un infeliz se la das,
en cuyo estrago verás
las mudanzas de la Luna;
que si mi suerte importuna
su amor no puede quitarle,
podrá, a lo menos, negarle
los bienes de la fortuna.
De mi gracia despedido,
de mi Corte desterrado,
de mis Imperios echado,
de mi gente aborrecido,
mísero, triste, abatido,
ha de vivir, sin honor,
sin amparo y sin favor.
Si con esto quieres ser
su mujer, sé su mujer;
que yo moriré de amor.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Semíramis, si es que aquí
quieres ser agradecida,
acuérdate que la vida
del segundo ser te di.

NINO:

Que tú me la diste a mí,
y que a pagarla me atrevo,
te acuerda también.

MENÓN:

Yo llevo
ventaja.

NINO:

Si a esto te mueves...

MENÓN:

Págame lo que me debes.

NINO:

Cobra lo que yo te debo.

MENÓN:

¿Qué blasón más celebrado
tendrá tu famoso nombre,
que poder hacer a un hombre
dichoso de desdichado?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Porque sea infeliz su hado
no te tenga infeliz a ti.

IRENE:

Tiempo de pensarlo aquí
le dad.

SEMÍRAMIS:

No le he menester
a lo que he de responder.

LOS DOS:

¿Luego ya lo sabes?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Sí.
Menón, aunque agradecida
a tus finezas me siento,
ningún agradecimiento
obliga a dejar perdida
toda la edad de una vida;
que el que da al que pobre está,
y con rigor cobra, ya
no piedad, crueldad le sobra,
pues aflige cuando cobra
más que alivia cuando da.
Si ya tu suerte importuna,
si ya severo tu hado
pródigos han disfrutado
lo mejor de tu fortuna,
la mía, que hoy de la cuna
sale a ver la luz del día,
la luz quiere; que sería
horror que una a otra destruya;
y si acabaste la tuya,
déjame empezar la mía.
Si de un vicio la inquietud,
de una virtud el indicio,
vuelve la virtud en vicio
antes que el vicio en virtud;
mas con la solicitud
de mi vida vencer oso
tu desdicha, que es forzoso
que, una de otra acompañada,
tú me hagas desdichada
y yo no te haga dichoso.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

La vida que te debí,
con tomarla la pagué;
por ti lo hiciste, pues fue
antes de saber de mí.
La que yo a Nino le di,
la misma duda ha tenido;
mas si él honrarme ha querido,
¿no será, Menón, error,
por seguir a un acreedor,
dejar a un agradecido?
Del Rey en desgracia estás,
sin privanza y sin estado,
fugitivo y desterrado,
de su vista huyendo vas.
No puedo hacer por ti más
hoy que el no ser tu esposa,
que hermosa mujer no hay cosa
que tanto a un pobre le sobre,
porque es sátira del pobre
el tener mujer hermosa.
(Vase.)

NINO:

Pues de tus esperanzas estás,
Menón, tan desengañado,
para siempre desterrado
hoy de Nínive saldrás
sin que ya esperes jamás
ver a Semíramis bella;
que pues que te deja ella
sin saberme tú obligar
no te quiero yo dejar
ni aun el consuelo de vella.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Vanse, y queda solo MENÓN.)
MENÓN:

¿Vivo o muerto? Cierto es que, si viviera,
este dolor, sin duda, me matara;
y, si muriera, es consecuencia clara
que este dolor, sin duda, no sintiera.
Luego vivo a sentir mi pena fiera
y muero a no sentirla. ¡Oh, quién se hallara
tan afecto a los dioses, que alcanzara
el querer y olvidar cuando él quisiera!
Privanza, honor, estado, Rey y dama
perdí, y sólo ha llegado a consolarme
que aún ha dejado que perder mi estrella.
¿Alma no tengo? Sí; pues hoy la fama
condenado de amor podrá llamarme,
porque aun el alma he de perder por ella.
(Vase y sale CHATO vestido de soldado, ridículo, con espada y plumas.)


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

¡Señor!, ¡ah, señor!, ¡señor!
Fuese yendo paso a paso,
sin hacer de mí más caso
que de un enfermo un doctor,
que ésta es la cosa de que
menos se le da, a fe mía,
pues viéndole cada día,
parece que no le ve.
Saber quise si es así
una voz que ahora corrió
de que a Semíramis no
se le da un maravedí
de todo su amor, porque
la quiere el Rey; y yo hallo
que haría mal en pescudallo,
supuesto que ya lo sé.
Que claro está que una dama
más del Rey lo querrá ser,
que de otro propia mujer;
porque aquello de la fama
es fama, y póstuma ya,
que ha mil días que murió;
o, si no, dígalo yo,
o mi mujer lo dirá.
¿Qué importa a los que me ven
ser de ella expulso marido,
si yo ando en traje lucido,
como bien y bebo bien?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale SIRENE.)
SIRENE:

[Aparte.]
Hasta que tope con él,
toda Nínive he de andar,
y aun en palacio he de entrar.
Pescudarle quiero a aquel
que allí está, si le vio acaso.
[A CHATO.]
Soldado, decidme vos...

CHATO:

[Aparte.]
¡Mi mujer es, juro a Dios!

SIRENE:

...si habéis visto...

CHATO:

 [Aparte.]
¡Lindo paso!

SIRENE:

...a uno que se llama Chato.
Tras Semíramis ha un mes
que vino. Por señas que es
grandísimo mentecato.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CHATO:

No le conozco, ¡por Dios!
Que un Chato es, que aquí ha venido,
narigón tan entendido,
que no se acuerda de vos.

SIRENE:

¡Ay, Chato del alma mía!
¿Eso es lo que en ti tengo,
cuando sola a verte vengo?

CHATO:

¿Sola?

SIRENE:

Sin más compañía
que mis lágrimas no más.

CHATO:

¡Qué amor! Esto sí es tener
un hombre honrada mujer.

SIRENE:

¡Qué bravo soldado estás!
No te había conocido.

CHATO:

Por eso me habrás buscado;
que más un bravo soldado
vale, que un manso marido.

SIRENE:

Ya la malicia es en balde;
que ya Floro se ausentó.


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La hija del aire Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Bien, Menón,
muestras así cuánto son
los acasos de mi suerte
vasallos de tu albedrío,
pues el mío en este día
sólo hacerme compañía
es lo que tiene de mío.

MENÓN:

Bien de tus finezas fío
todo aquese rendimiento,
y bien de mi pensamiento
fío que te le merece,
pues sólo a vivir se ofrece
a tanta hermosura atento.
Tú a mi amparo agradecida
y con mi amor enojada,
mi amparo te halló obligada
y mi amor te halló ofendida.
Dijísteme que tu vida
hija de un delito era
de amor, y que, así, no era
posible tener amor
a quien primero tu honor
que su gusto no quisiera.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

No me da cuidado el ver
que Estorbato guerra intente
contra mí, cuanto pensar
que Lidoro con él vuelve.
Por mi general te nombro,
y así, a partir te resuelve
a toda prisa.

ARSIDAS:

Tus plantas
beso humilde, que bien puedes
creer, mientras yo te sirvo,
que Lidoro no te ofende.

NINO:

Después trataremos de esos
despachos; y ahora vete;
que pues ya la oscura noche
las alas nocturnas tiende,
coronado de esperanzas,
mi amor, hasta que desprecie
Semíramis a Menón,
hablarla a solas pretende,
porque el favor no embarace
la asistencia de más gente.
Y así, mientras yo a su cuarto
voy, tú desde aquí te vuelves.
(Vase.)


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale MENÓN.)
MENÓN:

Pisando las negras sombras,
imágenes de mi muerte,
con la llave que tenía
de los jardines de Irene,
a Semíramis veré;
que aun el metal, muchas veces,
siendo inanimado, ignora
a qué nace; dígalo éste,
labrado para favores,
logrado para desdenes.
Hablarla pienso, porque,
antes que de ella ausente,
el tropel de mis desdichas
me aconseja que me queje
de su ingratitud; que, al fin,
un ofendido no tiene
ni más favor que le ampare,
ni más duelo que le vengue.
(Sale NINO.)

NINO:

Noche, aunque siempre hayas sido
tercera de hurtos aleves,
sólo esta vez de hurtos nobles
tercera también; no siempre
tu horror induzca a los males,
guía un día hacia los bienes.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Entraré en su cuarto, pues
informado de que es éste
estoy ya, y el corazón
lo dijera sin saberle.

NINO:

Este es su cuarto; mejor
dijera la esfera breve
adonde en golfo de flores
el Sol más hermoso duerme.

MENÓN:

¡Oh, centro de mi esperanza!

NINO:

¡Oh, patria de mis placeres!

MENÓN:

¡Qué triste piso tu umbral!

NINO:

¡Tu friso toco, qué alegre!

MENÓN:

Pasos siento.

NINO:

Un bulto miro.

MENÓN:

Ya me es forzoso volverme.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Ya me es forzoso seguirle.
Aunque recatado intentes
huir, aborto de las sombras,
tengo que saber quién eres.

MENÓN:

La voz es del Rey; aquí
no hay resistencia más fuerte
que el huir. ¡Quieran los dioses
que ya con la puerta acierte!
(Vanse y vuelve el REY desnuda la espada.)

NINO:

Sin darme respuesta alguna,
cobarde la espalda vuelve.
Sabré quién es quien al culto
sagrado de estas paredes,
licenciosamente osado,
a tales horas se atreve.

MENÓN:

Perdí el tino. ¡Hojas y ramas,
pues sois de amor delincuentes
toda la vida abrazadas,
en vuestro centro esconderme!

NINO:

No podrán; que a mucha luz
te sigue mi fuego ardiente.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Yo no he de sacar la espada;
por esta puerta es bien que entre
a ver si topo por donde
me arroje, aunque me despeñe
sobre las ondas del Tigris.

NINO:

Mal el huir te defiende;
que, aunque huyas como cobarde,
te sigo como valiente.

SEMÍRAMIS:

(Dentro.)
Pasos oigo y voces. Dadme
una luz; saber intente
quién aquí... Menón, ¿qué es esto?

MENÓN:

Venir yo a buscar mi muerte,
y haberla hallado, que es harto
siendo infelice.

NINO:

¿Tú eres,
traidor? Mas ¿quién sino tú
fuera traidor tantas veces?

MENÓN:

Sí; pero traición de amor,
traición que honra más que ofende.

NINO:

¿No te mandé que salieras
de Nínive?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Obedecerte
quise; salí, mas no hallé
otro refugio sino éste.

NINO:

¿Por dónde entraste?

MENÓN:

No sé.

NINO:

Aunque es tu honor darte muerte
yo, muere, traidor, a mis manos.

SEMÍRAMIS:

No le mates, señor, tente.

MENÓN:

Suspende la ira, si es que
celos del ruego no tienes.

NINO:

No; que son mis celos nobles,
y, rogados, se suspenden;
que si el vengarme interés
es mío, cuando eso fuere,
es interés del respeto
de Semíramis el verse
obedecida; y así,
entre los dos intereses,
quiero ser rebelde al mío
por ser al suyo obediente.
La vida te doy; levanta,
pues Semíramis lo quiere.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Yo lo estimo, por pagarle,
señor, y porque me deje,
viéndose ya en paz conmigo;
que si una vida le debe
mi ser, dándole otra vida
ya ningún derecho tiene
contra mí. Y así, Menón,
pues en paz estamos, vete,
y déjame que yo logre
de mi destino la suerte.

NINO:

Eso no; que es una cosa
que a darle la vida llegue,
y, otra, que no llegue a darle
castigo; y, así, se medie
que viva, pues tú lo mandas,
mas preso, pues que me ofende.
La escuadra que está de guarda
en ese cuarto de Irene,
di, Silvia, que mando yo
que hasta estos jardines entre.

MENÓN:

Si me prendes, no me das
vida, sino civil muerte.

SEMÍRAMIS:

Tenga, señor, libertad,
siquiera por interés
de la vida que me dio.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Ya estás libre. ¿Qué más quieres?
Y aun más he de hacer por ti.
Si otra vez volviere a verte
en su vida, le perdono,
para que nunca te quede
que pedirme más por él.

SOLDADO I.º:

¿Qué me mandas?

SEMÍRAMIS:

Piadoso eres.

NINO:

Ya, que saquéis a Menón
de palacio solamente,
y con vida y libertad
le dejad donde él quisiere.
Pero mirad, de vos fío...
(Habla aparte el REY con el SOLDADO.)

MENÓN:

¡Oh, fiera, lo que me debes!

SEMÍRAMIS:

¿Te ha dejado libre?

MENÓN:

Sí.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

¡Cuánto un acreedor ofende!

NINO:

¿Habéisme entendido ya?

SOLDADO I.º:

Y se hará de aquesa suerte.
Vamos.

MENÓN:

Mucho temo, aunque
libertad y vida lleve,
Semíramis, que en mi vida
ya no he de volver a verte.
(Vanse MENÓN y los SOLDADOS.)

NINO:

Semíramis.

SEMÍRAMIS:

Gran señor.

NINO:

¿Hay más en que obedecerte?

SEMÍRAMIS:

Mejor dirás en qué honrarme.

NINO:

Pues estás servida, llegue
agradecido mi pecho
a dar una y muchas veces
los brazos por la elección
que hoy en quedarte...


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

Detente,
señor, que si agradecida
a tus honras y mercedes
me mostré, de mi fortuna
logrados los accidentes
que favorables conmigo
se mostraron, cuando pienses
que son favores de amor,
más que me ilustran, me ofenden.

NINO:

Semíramis, un afecto
persuadido fácilmente
a una dicha, mal de aquel
concepto se desvanece.
Yo creí que eran favores
hechos a mi amor haberte
quedado en palacio, y ya
más creeré que son desdenes.
En mi poder estás hoy,
yo te adoro: neciamente
dejaré a tu rendimiento
mi ventura.

SEMÍRAMIS:

No lo intentes,
que primero que de mí
triunfe amor, me daré muerte.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Detendrete yo las manos.

SEMÍRAMIS:

Soltarélas yo.

NINO:

Mal puedes,
que las prisiones de amor
no se rompen fácilmente.

SEMÍRAMIS:

Sí hacen, sí, cuando la lima
del honor sus hierros muerde.

NINO:

Yo te adoro.

SEMÍRAMIS:

Tú me agravias.

NINO:

Yo te estimo.

SEMÍRAMIS:

Tú me ofendes.

NINO:

Vencerate mi porfía.

SEMÍRAMIS:

Sabrá mi honor defenderme.

NINO:

¿Si entre mis brazos estás,
de qué suerte?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SEMÍRAMIS:

De esta suerte.
 (Sácale la daga.)
Dándome muerte tu acero.

NINO:

Prodigiosa mujer, tente;
que ya, en mi sangre bañado
te estoy viendo, osada y fuerte,
esgrimir contra mi vida
iras y rayos crueles.
¡Mi mismo cadáver, Cielos,
miro en el aire aparente!
Pálido horror, ¿qué me sigues?
Sombra infausta, ¿qué me quieres?
¡No me mates, no me mates!

SEMÍRAMIS:

¿Qué te acobardas, qué temes,
señor, si este acero sólo
contra mí sus filos vuelve?
Contra mi pecho le esgrimo,
no contra ti; no receles,
pues a mi lealtad y a él
juntos a tus pies nos tienes.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

¿Qué ilusión, qué fantasía,
formada en el aire leve,
de mi muerte imagen triste,
ya en sombras se desvanece?
Sin duda, alguna deidad,
mujer, en tu amparo tienes,
que con agüeros te guarda,
con anuncios te defiende.
No quiero favor violento
de tus brazos; vuelve, vuelve
ese acero a mi poder
-¡con qué temor llego a verle!-;
que mi palabra te doy
que tu hermosura respete.
Mas, si tampoco es posible
que sin ella viva y reine,
hay un medio que se oponga
entre gozarte y perderte.

SEMÍRAMIS:

¿Qué medio, si es imposible?
Que el Cielo mi honor defiende.

NINO:

El perderte como amante,
pues que los dioses lo quieren,
y gozarte como esposo.

SEMÍRAMIS:

¿Qué dices?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


NINO:

Lo que ha de verse.

SEMÍRAMIS:

El ser tu esclava serán
mis rayos y mis laureles.

NINO:

Verá el mundo en sus aplausos
cuánto a los dioses les debes.

SEMÍRAMIS:

Hija soy de Venus, y ella
mis fortunas favorece.
 [Aparte.]
Yo haré, si llego a reinar,
que el mundo mi nombre tiemble.
(Vanse, y salen los SOLDADOS y MENÓN, sacados los ojos.)

MENÓN:

¡Ay, infelice de mí!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Dónde me lleváis, después
que, tiranos y crueles,
me habéis sacado los ojos?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO I.º:

Mandato del Rey es éste.
Él nos dijo que en la parte
que tú, Menón, escogieses,
te dejáramos con vida
y libertad de esta suerte.
Tú a las puertas de palacio
dices que quedarte quieres;
en ellas estás y en ellas
libertad y vida tienes.
El Rey cumplió su palabra;
de nosotros no te quejes.
(Vanse los SOLDADOS.)

MENÓN:

Su palabra, es la verdad,
cumplió el Rey; mas con traición.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿qué muerte hay ni qué prisión
como aquesta oscuridad?
Mortales, si hoy de mí
huyó la tiniebla fría
de ese celestial rubí,
y es para todos de día,
aún de noche es para mí.
Llorad, llorad la importuna
suerte que en mi fe contemplo;
sentid con piedad alguna,
venid a ver un ejemplo
del honor y la fortuna.
El que envidia daba ayer,
mayor lástima os dé hoy;
muévaos a piedad el ver
que ciego y que pobre voy
pidiendo para comer.
En tragedia tan esquiva
sólo el consuelo reciba
de lastimaros con ella.


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


[Gente dentro.]
[VOCES]:

¡La gran Semíramis bella,
Reina del Oriente, viva!

MENÓN:

¿Qué dulces ecos despojos
son del aire repetidos?
Ya son menos mis enojos,
pues me dejó mis oídos,
aunque me llevó mis ojos.
«Semíramis» entender
pude, y «Reina». ¡Qué placer!
Mas ¡ay de mí!, ¡qué pesar!,
que, hasta no verla reinar,
no fue pérdida el no ver.
¿Quién me dirá qué es aquello?


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale CHATO.)
CHATO:

[Aparte.]
No hay cosa como ser loco,
si es que da en buen tema; y ello
es fácil que poco a poco
se va saliendo con ello.
Semíramis dio en que había
de reinar, y ya este día
la van siguiendo su humor.

MENÓN:

¡Oh, tú que pasas, si horror
no te da la suerte mía!

CHATO:

Perdone, hermano.

MENÓN:

No soy
mendigo. Repara en mí.

CHATO:

No tengo qué dar, y voy
de prisa.

MENÓN:

¿Eres Chato?

CHATO:

Sí.
¿Qué es esto que viendo estoy?
¡Tú de esta suerte, señor!


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La hija del aire Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENÓN:

Sí, amigo; que esto ha podido
de mi fortuna el rigor.
Dime, ¿qué la causa ha sido
de este festivo rumor?

CHATO:

No sé si hablarte podré;
pero, al fin, la causa fue
que hoy el Rey a la persona
de Semíramis corona
por esposa y Reina.

MENÓN:

¿Qué
te daré en albricias yo?
Solamente me dejó,
por acaso, mi desdicha
este diamante.

CHATO:

Fue dicha
grandísima; pero no
hizo bien la suerte esquiva
en que no sea esta centella
tan grande como una criba.
[Gente dentro.]

[VOCES]:

¡La gran Semíramis bella,
Reina del Oriente, viva!


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MENÓN:

Segunda vez he escuchado
la voz.

CHATO:

¿Qué mucho, si está
en trono tan levantado
cerca de aquí?

MENÓN:

Tu cuidado,
Chato, me lleva hacia allá,
que, si a verla no, si llego
a oírla consuelo tendré.

CHATO:

[Aparte.]
(Ya del diamante reniego,
pues que ya por él seré,
según lo que ahora se ve,
desde hoy mozo de ciego.)
Mas ya desde aquí la altiva
fábrica del trono, y ella
y el Rey se ven.

MENÓN:

¡Suerte esquiva!

TODOS:

(Dentro. Chirimías.)
¡La gran Semíramis bella,
Reina del Oriente, viva!


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(Descúbrese un trono y en él, sentados, NINO y SEMÍRAMIS; IRENE, ARSIDAS y gente.)
NINO:

¡Viva! Y de aqueste eminente
laurel ciña su arrebol,
dividido de mi frente,
y, pues es Reina del Sol,
Reina será del Oriente.

IRENE:

Del tiempo dulces engaños,
cuente tu posteridad
con felices desengaños,
de una edad en otra edad,
por siglos y no por años.

SEMÍRAMIS:

El rendimiento y amor
con que tu luz reverencio,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
agradézcale el silencio,
que es el que sabe mejor.


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MENÓN:

 [Aparte.]
Puesto que su voz oí,
también ella me oirá a mí.
El parabién la he de dar;
todo es perder el hablar
al modo que el ver perdí.)
Gran Semíramis de Siria,
cuyos aplausos ilustres,
a par del mayor lucero,
edades eternas duren,
Menón fui; mi nombre digo,
porque, al ver quién es, no dudes
lo que me dejó, las voces,
aunque me quitó las luces.

NINO:

¡Qué atrevimiento!

SEMÍRAMIS:

¡Qué espanto!

IRENE:

¿Quién hay que el verle no asuste?

ARSIDAS:

¡Qué lástima!

LISÍAS:

¡Qué desdicha!


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MENÓN:

Ufano de que te juren
hoy los Imperios de Siria,
que a otro norte se divulguen,
llego a darte el parabién.
Que fui el primero que tuve
parte en tus aplausos, sea
el primero que pronuncie
tus grandezas; que el querer,
gran deidad, aunque me injuries,
que triunfes, vivas y reines...
Pero aquí mi voz se mude,
no a mi arbitrio, sino al nuevo
espíritu que se infunde
en mi pecho, pues me obliga
no sé quién a que articule
las forzadas voces que
ni vivas, reines ni triunfes.
Soberbiamente ambiciosa,
al que ahora te constituye
Reina, tú misma des muerte
y en olvido le sepultes,
siendo aqueste infausto día
universal pesadumbre
de los vivientes; y, en muestra
de que presagios lo anuncien
de cielos, astros y signos,
la gran monarquía deslustren.


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(Truenos.)
NINO:

Calla, calla, que parece
que hay deidades que te escuchen,
pues obedientes se alteran
con mortales inquietudes
cielos, montes y elementos,
que a tus voces se confunden,
respondiéndote uno solo
en idioma de las nubes.

SEMÍRAMIS:

La fábrica de los cielos
sobre nosotros se hunde,
a cuyo estallido todos
los ejes del polo crujen.

IRENE:

Los montes contra los aires,
volcanes de fuego escupen,
y ellos pájaros de fuego
crían que sus golfos surquen;
el gran Tigris encrespado,
opuesto al azul volumen,
a dar asalto a los dioses,
gigante de espuma, sube.

ARSIDAS:

¿Qué se nos ha hecho el sol,
que de nuestra vista huye?


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CHATO:

La artillería del cielo
juega, y pierde, pues que gruñe.

SEMÍRAMIS:

De Venus y de Diana
las competencias comunes
se vengan, pues cuanto aúna
Venus, Diana destruye.

NINO:

Pues no podrá; porque a mí
no hay agüeros que me turben.
Semíramis, a pesar
de los portentos que influyen
tu vida, tu esposo soy.

SEMÍRAMIS:

Yo tu esposa, aunque procure
Diana con estos asombros
quitar a mi fama el lustre.

CHATO:

Entre todo este alboroto
vuesas mercedes escuchen.
Ya ven que esta loca queda
hecha Reina. A sus ilustres
hechos, a sus vanidades
y su muerte no se dude
que, con la segunda parte,
os convida, Corte ilustre,
quien más serviros desea
si aquestas faltas se suplen.

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