La imperial de Otón (Versión para imprimir)

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Elenco
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La imperial de Otón Félix Lope de Vega y Carpio


La imperial de Otón

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



El conde Palatino, elector
Federico, inglés
Alberto, bohemio
Don Juan de Toledo
Embajadores
Un paje
Margarita, dama alemana
Rugero, criado alemán
Mendoza, criado español


Cinco electores
Un alguacil
Un pregonero
Camila, criada
Un enmascarado
Doricleo, caballero
Ataúlfo, caballero
Otón, rey de Bohemia


Etelfrida, su mujer
Un hércules
Un león
Un mayordomo
Rodulfo, emperador
Arnaldo, conde
Anfriso, pastor
Unas mujeres de luto y de máscara


Lidia, pastora
Leoncio
Merlín, viejo
Rosela, dama
Don Alonso, rey de España
Un correo
Criados
Soldados




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Acto I
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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen el CONDE PALATINO; FEDERICO, inglés; ALBERTO, bohemio.
PALATINO:

  Traednos sillas aquí,
aunque negociar sentado
en tiempo tan ocupado
es digno de culpa en mí;
  que anda nuestra autoridad,
con ser arbitrio del Papa,
de suerte que no se escapa
de la común libertad.
  ¡Bueno es que los electores
del Imperio no podamos
vivir si no es que le damos
a todos los pretensores!
  Alguno se ha de perder
y alguno se ha de ganar.

FEDERICO:

Ya os podéis, Conde, sentar,
que nadie os viene a ofender.

PALATINO:

  Sentareme satisfecho,
que sois discretos los dos.
(Siéntanse los tres.)


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALBERTO:

Los imperios son de Dios:
Él sabe el mejor derecho.

PALATINO:

  ¡Pluguiera a Dios que elegido
en Constantinopla fuera!

FEDERICO:

Injusto enojo te altera.

PALATINO:

Justo, Federico, ha sido.

FEDERICO:

  Si por estar ya de paso
para entrar en la elección
te habemos dado ocasión
de haberte enojado acaso:
  pide caballo, que aquí
ya no venimos a hablarte
sino solo a acompañarte.

PALATINO:

Hácenme merced ansí.

FEDERICO:

  Las partes del grande hermano
del rey inglés, mi señor,
son la justicia mayor
para el Imperio Romano,
  aunque Alberto se confía
en las del bohemio Otón.

ALBERTO:

Y pienso que en mi razón
está vuestra señoría.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Sale UN PAJE.)
PAJE:

  El español está aquí.

PALATINO:

¿Quién es?

PAJE:

Don Juan de Toledo.

PALATINO:

Ya vendrá a causarnos miedo.

FEDERICO:

¿Quién puede dártele a ti?
(Sale DON JUAN DE TOLEDO.)

TOLEDO:

  Beso a vuestras señorías
las manos.

PALATINO:

Bien seáis venido.

TOLEDO:

A lo menos lo habré sido
más tarde que hoy otros días,
  siendo hoy el último en quien
se ha de ver nuestro deseo,
aunque por sin duda creo
que España lo pase bien.
  Que el haber sido elegido
don Alonso en Franconfordia
a la presente discordia
pone silencio y olvido.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PALATINO:

  No hubiera dificultad
que el rey español lo fuera
si a coronarse viniera
a la sagrada ciudad,
  pero, como se ha tardado,
está el negocio indeciso.

TOLEDO:

Confieso que fue remiso
pero que no fue culpado:
  que las guerras de los moros
de Murcia y Andalucía
le estorbaron cada día.

ALBERTO:

Más su codicia y tesoros.

TOLEDO:

  ¡Qué mayor que el del Imperio
si el Rey, mi señor, pudiera!

PALATINO:

Quien tuvo ocasión y espera,
tarde llora.

TOLEDO:

Algún misterio
  encierran esas razones.
Mira, conde Palatino,
que el rey español es digno
de que su frente corones.

PALATINO:

  ¿Tengo yo solo el poder?
Otón, conmigo otros cinco.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


TOLEDO:

Como a España estés propinco,
a España puedes vencer.
  Mira las partes que tiene
don Alonso, mi señor.

PALATINO:

Conozco su gran valor
y de los reyes que viene.

TOLEDO:

  Mira a su padre, Fernando,
conquistador de Sevilla.

PALATINO:

Fue del mundo maravilla,
terror del morismo bando.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


TOLEDO:

  Cuando en las letras confinas
parte de ese buen deseo,
no ha igualado Tolomeo
a las tablas alfonsinas.
  Y este Alfonso que esculpidas
tiene las mismas hazañas,
también honra las Españas
con las célebres Partidas.
  Pues por armas, ¿qué no ha hecho,
cercando el muro y adarve
de las villas del Algarbe
hasta dejarle deshecho?
  En Huelva y Gibraleón,
Faro, Lechuel, Alcambín,
Tabila y Castromarín
ha sido español león.
  Pues por bien emparentado
el santo rey Luis de Francia,
ya tiene honrosa ganancia
haberle sus prendas dado.
  Doña Blanca, hermosa y cuerda,
es del príncipe mujer
que rey de España ha de ser:
don Fernando de la Cerda.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


TOLEDO:

  Mira qué deudos se hallaron
en Burgos al regocijo
del Rey Santo el primer hijo,
el que ya en París juraron:
  don Edüardo, sobrino
de Alfonso, hijo de su hermana,
de la corona britana
sucesor famoso y digno;
  don Pedro, rey de Aragón;
de Toledo, el arzobispo
don Jaime, con el obispo
de Astorga, Lugo y León;
  los dos hermanos del Rey,
don Felipe y don Fadrique.
Y porque también le aplique
el defender nuestra ley,
  mira con qué santo celo
honra la Iglesia, y del moro
quita el precioso tesoro
para la Reina del cielo.
  Por casamiento es razón
que a otras muchas se adelante
la reina doña Violante,
hija del rey de Aragón.
  Si esto es ansí, Alfonso el Magno
no es llamado sin misterio
a vuestro alemán imperio,
ni para el reino romano.


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FEDERICO:

  Paso, español, poco a poco;
que otros reyes hay tan buenos
de tantas virtudes llenos...

TOLEDO:

Inglés, en ninguno toco.
  De ninguno digo mal
ni parece injusta ley
que diga bien de mi rey
como vasallo leal.
  Yo informo de lo que puedo
al Conde y a los demás.

FEDERICO:

Sí, pero ensálzasle más.

TOLEDO:

Mas antes falto que excedo.
  Y de ti debo admirarme,
pues no siendo rey tu dueño
más de un estado pequeño
que apenas pesa un adarme
  -porque es hermano segundo
de tu rey de Ingalaterra-
quiere, Luzbel en la tierra,
ser emperador del mundo...
  Hasta el bohemio callando,
siendo rey muy noble Otón...,
y tú con menos razón
estás arrogante hablando.
  ¿En qué te fundas?


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FEDERICO:

¿Es poco
ser mi señor elegido
como el tuyo?

ALBERTO:

No ha podido
ser jurídico tampoco.
  Y si hasta ahora he callado
no es porque al rey de Bohemia
falta la virtud que premia
al que della vive honrado,
  mas porque echaba de ver
que el español nos decía
lo que en don Alonso había,
porque era bien menester.
  Pero yo, como he sabido
que es tan conocido Otón,
no quise en esta ocasión
decir lo que es tan conocido:
  él será rey de romanos
y emperador de alemanes.

TOLEDO:

Cuando a Cerdas y Guzmanes
y Toledos falten manos.

FEDERICO:

  Pues ¿puede dejar de ser
que mi rey inglés lo sea?

PALATINO:

Lo que cada cual desea
da bien su lengua a entender.
  Cesad, que no se averigua
esta cuistión por la espada.


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TOLEDO:

Ya estuviera averiguada
a ser la costumbre antigua.
  ¡Y ojalá que solo yo
a los dos con ella aquí
mostrara el valor que en mí
la sangre española dio!
  ¡Que yo sé si mi rey fuera
con este acero eligido!

FEDERICO:

¡Oh, español!

ALBERTO:

En lo atrevido
sin verte te conociera;
  que Alberto soy, te advierto,
y este, Federico, inglés.

TOLEDO:

Yo lo supiera después
que os hubiera a entrambos muerto:
  don Juan de Toledo soy.

FEDERICO:

¿Y piénsasme poner miedo,
si fuera todo Toledo?

PALATINO:

Caballeros, yo me voy:
  el que quisiere me siga.

FEDERICO:

Debo acompañarte.


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ALBERTO:

Y yo.

TOLEDO:

Estoy por decir que no,
pero al fin mi rey me obliga.

FEDERICO:

  ¡Qué español tan bravo!

ALBERTO:

Adiós.
¡Que ansí hable el que es más flaco!

TOLEDO:

Vive Dios que si la saco
que me han de temblar los dos.
(Sale MARGARITA, dama, y RUGERO, criado.)

MARGARITA:

  ¿Y qué?, ¿me dices que tiene
el español esperanza?

RUGERO:

Si el deste imperio no alcanza,
¿a quién del mundo conviene?

MARGARITA:

  Si por voto nuestro fuera,
yo con mi gran voluntad,
tú con tu fidelidad,
¡quién duda que le tuviera!
  Mas ¿quién está más cerca
de todos los pretensores?

RUGERO:

Dicen que a los electores
la gran corona se merca.
  Y vese que es gran maldad,
y que el vulgo es atrevido
pues de seis los tres han sido
la flor de la Cristiandad
  y eclesiásticos, en fin.


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MARGARITA:

¿Dónde nació sino entre ellos
la simonía?

RUGERO:

No es dellos
acto tan bárbaro y ruin
  sino de otra gente inicua
que Dios deja de sus manos,
que a prelados tan cristianos
vana sospecha se aplica.

MARGARITA:

  Si la gracia pretendía
comprar de Dios algún hombre,
no hay Rugero que te asombre
la corona deste día.
  Yo quiero [a] don Juan tanto,
aunque humilde mujer soy,
que con el temor que estoy
de ningún santo me espanto:
  el oro corrompedor
no hay virtud que no contraste.

RUGERO:

Basta, señora, que baste,
para empresas del amor.
  Basta que acabe una guerra,
basta que conquiste un muro,
que ablande un juez más duro
que el corazón de la tierra,
  pero en casos de tal peso,
donde a Dios se teme tanto,
que pongas duda me espanto
de la verdad del suceso.


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MARGARITA:

  ¿Cómo se vino a eligir,
Rugero, en esta ciudad,
la Cesaria Majestad?

RUGERO:

Es largo de referir,
  mas, si gustas, oye.

MARGARITA:

Di,
que saber la causa quiero.

RUGERO:

Y yo, contándola, espero
que has de entretenerte ansí:
  Constantino, el que llamaron
«el Magno» por sus grandezas,
nuevo Alejandro cristiano,
gran defensor de la Iglesia,
considerando que en Roma
su imperial silla pudiera
humillar la autoridad
de su vicario y cabeza,
dejole a Roma y a Italia
y, dando al Asia la vuelta,
la silla puso en Bizancio
en edificios soberbia,
por cuyo famoso nombre,
tan digno de gloria eterna,
Constantinopla se llama
que los turcos señorean.


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RUGERO:

Faltar de Italia su amparo
fue causa triste y funesta
que mil bárbaras naciones
pusiesen los pies en ella.
Scitas, vándalos, alanos
su santa arena ensangrientan;
longobardos y estragodos
con mil góticas banderas.
Alemania, España y Francia
lloraron bien su miseria,
mas como Italia ninguna
de cuantas el sol pasea;
que como cabeza fue
del mundo en tiempo de César,
los pies que a sus pies tenía
se quisieron ver sobre ella.
Iba el Pontífice Sumo
de Atila huyendo la fuerza,
que hasta las reliquias santas
no perdonaba la guerra,
tanto que fue menester
que aquella noche en su tienda
amenazase San Pedro
su temeraria fiereza.
Reinó Carlo Magno en Francia,
bajó a Italia y echó della
los longobardos y en paz
al Papa en su silla asientan.


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RUGERO:

Diole la imperial corona
en galardón y en presencia
de mil príncipes y grandes
que celebraron las fiestas.
Luego, muerto Carlo Magno,
Francia y Alemania empiezan
a pretender la corona;
las causas fueron estas:
que era, Carlos, alemán,
dice Alemania soberbia;
y Francia que es rey de Francia
y que ha de elegirse en ella.
El Pontífice que entonces
era de la nube excelsa
de Pedro piloto santo,
este estatuto nos deja:
que en vacando la corona
a seis grandes pertenezca
la elección de Emperador;
y aquí en Franconfordia sea.
Los tres son los arzobispos
de las famosas iglesias
Colonia, Maguncia y Triberio,
ilustres en sangre y letras.
Los otros tres son el duque
de Sajonia y de la bella
Branderburque el Gran Marqués,
sangre alemana y francesa,
con el conde Palatino
de antigua y clara nobleza.
Y el cónclave desta junta
aquí en Aquisgrana tengan.
Pero el décimo Gregorio
con escomunión espresa
que uno solo elijan manda,
que es el que todos esperan.


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MARGARITA:

  Plega a Dios que a Alonso elijan,
no porque española soy
ni porque españoles hoy
el Sagrado Imperio rijan;
  mas porque he puesto los ojos
en don Juan de tal manera
que mil mundos que tuviera
fueran de sus pies despojos.
  Y será posible ansí
venirme a casar con él.

RUGERO:

Yo te aseguro por él,
porque sé que adora en ti;
  que si reporta su amor
es temiendo hacer ultraje
al reservado hospedaje
de tu padre y mi señor.
  Posa en su casa, que ha sido
la causa desta afición,
y por la misma razón
de no se haber atrevido.
  Mas sucediendo las cosas
prósperamente al de España,
era la menor hazaña
de las del mundo amorosas;
  que si don Juan es Toledo
de lo bueno de Castilla,
tú eres Gante y maravilla
del mundo.


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MARGARITA:

Nómbrale quedo,
  que hay en casa alguna espía
recelosa de mi bien.

RUGERO:

¡Plega el cielo que le den
a Alfonso la monarquía
  y que nos vamos a España!

MARGARITA:

Grita en el palacio suena.

RUGERO:

Su plaza del vulgo llena
de gente propia y estraña
  que a la elección ha venido
y, con los embajadores,
aguarda a los electores.
(Dentro digan:)

[VOCES]:

¡Rodulfo, Rodulfo ha sido!

MARGARITA:

  ¡Ay de mí! ¡«Rodulfo» dijo
aquella voz!

RUGERO:

Puede ser,
que es noble y de gran poder.

MARGARITA:

Ya se aumenta el regocijo...
  Corriendo van los caballos,
los pretales oigo aquí;
¿si dicen «Rodulfo»?


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RUGERO:


en cuanto puede escuchallos.
  Mas también puede haber sido
(Suenan los pretales de cascabeles.)
nombralle por disfavor:
no Rodulfo vencedor
sino Rodulfo vencido.

[VOCES]:

(Dentro.)
  ¡Rey de Bohemia, Bohemia!

MARGARITA:

¡«Bohemia» dicen allí!
Aun Otón, si fuese ansí,
(Suenen cada vez los pretales como que corren con la nueva.)
más justamente se premia,
  que es rey, en fin.

RUGERO:

Gran valor
tiene Rodulfo, señora.

[VOCES]:

(Dentro.)
¡Vítor, vítor!

RUGERO:

Oye agora
del junto vulgo el favor...

[VOCES]:

(Dentro.)
  ¡Rodulfo, Rodulfo, el Conde!


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MARGARITA:

¿Sabes que me maravilla
que nunca dicen «Castilla»,
ni naide «España» responde?

[VOCES]:

(Dentro.)
  ¡Ganen la apuesta, galanes!

OTRO:

(Dentro.)
¡Otón es César Augusto,
mentís!

MARGARITA:

Temblé con el susto
toda de la frente al pie.
  Parte, por tu vida, allá:
mira lo que ha sucedido.

RUGERO:

Voy.

MARGARITA:

La esperanza he perdido:
sospechosa el alma está.
(Entre DON JUAN y un criado dándole la espada.)

TOLEDO:

  Muestra, Mendoza, la espada:
mal haya el consejo adonde
sin ella un hombre responde.

MENDOZA:

España queda agraviada.

[VOCES]:

 (Dentro.)
¡Rodulfo, Rodulfo, el Conde!


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MENDOZA:

  Todos le nombran con gusto.

TOLEDO:

Yo con enojo y disgusto...
Vive Dios, si esta tuviera,
que el de España se eligiera.

[VOCES]:

 (Dentro.)
¡Rodulfo, César Augusto!

TOLEDO:

  Dalde priesa, ciudadanos,
estraños y franconfordes:
llevad hachas en las manos,
que ansí agora estáis concordes.

[VOCES]:

 (Dentro.)
¡Rodulfo, rey de romanos!

MENDOZA:

  ¿No cesan?

TOLEDO:

Ni cesarán.

MENDOZA:

Voces unísones dan
la mujer, el niño, el hombre...

TOLEDO:

Gastarle querrán el nombre.

MENDOZA:

Y aun el oro gastarán.


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TOLEDO:

  Y aun tiene un grande poder
en lo que dices, Mendoza:
¿qué empresa podrá temer,
qué pensamiento no goza,
qué pretensión, qué mujer?

MENDOZA:

  Pues ¿cómo entre tanta grita
te acuerdas de Margarita?

TOLEDO:

Pues ¿no queréis que me acuerde?
(Entre ALBERTO.)

ALBERTO:

¿Que Otón este imperio pierde
y de sus hombros se quita?
  ¡Ah, ignorantes electores!

TOLEDO:

Este es el embajador
de Otón.

ALBERTO:

Presto haré que llores,
Alemania, este rigor
de esos cobardes traidores.
  ¡Rodulfo, Rodulfo! ¡Ah, cielo!
No me traga vivo el suelo
antes que escuche su voz.

MENDOZA:

¡Oh, cómo sale feroz!

TOLEDO:

Con su dolor me consuelo.


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ALBERTO:

  ¿Qué hará el confiado Otón,
que este imperio pretendió?
Reventará de pasión,
que su esperanza temió
segura la posesión.
  Pues, soberbios alemanes,
haced gente y capitanes,
que ya Otón, por su venganza,
pone en el ristre la lanza
y al viento los tafetanes.
  Por él a cuanto se encierra
desde la una a la otra parte,
en vuestra alta y baja tierra
os asegure que Marte
os ha de abrasar con guerra.
  ¡Alarma, valiente Otón!:
defienda en esta ocasión
Rodulfo su injusto imperio.
(Váyase.)

TOLEDO:

Naide con más vituperio
salió de aquesta elección.

[VOCES]:

(Dentro.)
  ¡Rodulfo, César Augusto,
padre de la patria y rey
de romanos! ¡Digno y justo
defensor de nuestra ley!


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MENDOZA:

Ya salen.

TOLEDO:

De verlos gusto.
(Toquen chirimías y salgan dos maceros y acompañamiento, y los seis electores, tres grandes y tres arzobispos.)

PALATINO:

  Vayan vuestras señorías,
que los he de acompañar.

TOLEDO:

¡Qué graciosas cortesías!
Ved que me han hecho esperar
al cabo de tantos días.

MENDOZA:

  ¿Cuál es duque de Sajonia?

TOLEDO:

Aquel alto que acompaña
al perlado de Colonia.

MENDOZA:

¡Qué basa de gente estraña!

TOLEDO:

No tuvo más Babilonia.
  De Branderburque el marqués
va en medio de los tres;
luego el que mi mal pronuncia:
arzobispo de Maguncia.

MENDOZA:

¿Y aquel?

TOLEDO:

De Tréveris es.


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MENDOZA:

  ¿Y este?

TOLEDO:

El conde Palatino:
ven, que con este disgusto
mañana a España camino.

[VOCES]:

(Dentro.)
¡Rodulfo, César Augusto,
sí, pero Alfonso más digno!
(Salen UN ALGUACIL y UN PREGONERO y una caja.)

ALGUACIL:

  Aquí en la rúa mayor,
alzad la voz, que la gente,
como es más, crece el rumor.

PREGONERO:

Mal conoces el corriente
de mi garganta, señor.
  Oirán los sordos y mudos,
los animales más rudos
y las estrellas del cielo.

ALGUACIL:

Di, pues, lo escrito.


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PREGONERO:

Direlo
que merezca diez escudos.
  Mi padre, aunque zapatero,
me crio para contralto
de aquesta iglesia primero,
mas vine a cantar tan alto
que vine a ser pregonero.
  Fue la voz de calidad
que en toda la vecindad
no me pudieron sufrir,
porque de puro subir
me quebré por la mitad.
  Mas no hay hombre que me venza
de mi oficio en ocasión
de echar la barba en vergüenza.

ALGUACIL:

Aquí prosigue el pregón:
toca esa caja y comienza.

PREGONERO:

  «Manda el ilustre señor
duque Asfelt, gobernador
de Franconfordia, que luego
enciendan luces y fuego,
desde el pequeño al mayor.
  Y que adornen las ventanas
de rica tapicería
por nueve alegres mañanas,
y muestren su bizarría
las hermosas ciudadanas.
  Hagan máscaras con gusto,
que les darán galardón,
que todo contento es justo
por la divina elección
de Rodulfo, siempre augusto.»


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ALGUACIL:

  Bien has dicho: toca y vamos.
(Váyanse.)

TOLEDO:

¡Buenos por tu vida estamos
cuando España se entristece!

MENDOZA:

Ansí en el mundo acontece:
lo que estos ríen, lloramos.

TOLEDO:

  ¿Cómo veré a Margarita
para despedirme della?

MENDOZA:

Entre la confusa grita
bien podrás hablar con ella
si acaso las luces quita;
  que si no ¿qué duda pones
que las hachas y blandones
aunque te arreboces más
te descubran?

TOLEDO:

¿Y no das
en que ha de haber invenciones?
  Ven que de máscara puedo
hablar y verla sin miedo.

MENDOZA:

¿Qué te vestirás?


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TOLEDO:

No sé:
el bordado llevaré
de las cañas de Toledo.
(Éntrense y con música descubran el lienzo del vestuario con muchas luminarias en papeles de colores, y MARGARITA, en lo alto y CAMILA, criada.)

MARGARITA:

  Bien persuadirte podrás
cuánto el placer me entristece.

CAMILA:

Sin decirlo se parece:
callando lo muestras más.
  La noche se ha vuelto día:
todos con luces celebran
la elección.

MARGARITA:

A mí me quiebran
las mismas del alma mía.

CAMILA:

  Ya estás, mi señora, estraña.

MARGARITA:

Pésame que solenicen
al Conde y desautoricen
las pretensiones de España.
  Y pues sabes que la mía
cesa con irse don Juan:
cree Camila que me dan
sus fiestas melancolía.


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CAMILA:

  Tanta pena ha recebido
que se va sin ver las fiestas.

MARGARITA:

¿Piensas tú que lo son estas
para quien tanto ha perdido?

CAMILA:

  Mas bien puesto estaba Otón
y habrá de tener paciencia.

MARGARITA:

Hay en valor diferencia.
¿Qué es esto?

CAMILA:

Máscaras son.
(Suenan chirimías y salgan un Hércules con un mundo, y máscaras detrás, con hachas.)

CAMILA:

  ¡Ah, caballero!

ENMASCARADO:

¿Quién llama?

CAMILA:

¿Qué es la máscara, decid?

ENMASCARADO:

Letra lleva.

CAMILA:

A ver.

ENMASCARADO:

Oíd,
que a fe que es cosa de fama,
  para que descanse Adlante,
yo Rodulfo, Hércules nuevo,
el mundo en mis hombros llevo.


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MARGARITA:

No vi frialdad semejante:
  ¿queréismela declarar?

ENMASCARADO:

Por Adlante sinifico
el ya muerto Federico.
(Tocan.)

MARGARITA:

Vos lo merecéis estar...

CAMILA:

  Calla, por Dios, que dirán,
como no sea en la casa
y no saben que te abrasa
el loco amor de don Juan,
  que tu padre hace traición
a Rodulfo.

MARGARITA:

Gente suena:
hasta el son me causa pena,
tales mis desdichas son.
(Máscaras con hachas salgan coronando a RODULFO; tocan.)

CAMILA:

  Sin duda que estos coronan
a Rodulfo.

MARGARITA:

Así es verdad:
su cesárea majestad
Roma y Franconfordia entronan.
  Este es Italia la bella
y este Alemaña la fuerte
y este Rodulfo.

De suerte
que hoy sale y hoy entra en ella.


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ENMASCARADO:

  Nuestro deseo le ha dado
esta corona que veis.

MARGARITA:

Pontífices os hacéis:
debéis de haberlo soñado.
  No llevéis esa frialdad
al senado si es discreto.

ENMASCARADO:

Vos sois la cifra, os prometo,
de toda la necedad.

CAMILA:

  Ya te entiendo, por mi vida.

MARGARITA:

No será esta culpa sola,
que tengo el alma española
y no la encubro ofendida.
(Tocan chirimías y un león con una espada en pie y en tres cadenas tres reinos en figuras de hombres; DON JUAN DE TOLEDO y MENDOZA detrás, vestidos de librea con hachas.)

CAMILA:

  Este trae buena invención.

MARGARITA:

Déjame a mí preguntar:
¿qué quiere significar,
caballero, este león?

TOLEDO:

  Este es el león de España,
y estos tres, tres reinos son,
que ya pone en sujeción,
y su espada en sangre baña:
  Borgoña, Alemania y Flandes
son los tres.


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CAMILA:

¡Qué atrevimiento!

MARGARITA:

¡Oh, hermoso león sangriento,
digno de hazañas tan grandes,
  daros quiero colación!
(Echa desde alto una fuente de confitura sobre ellos.)

TOLEDO:

Siendo vos sereno cielo,
granizas, señora, el suelo.

CAMILA:

Don Juan y Mendoza son.

TOLEDO:

  Mirad, Margarita bella,
que a mal agüero he tenido
del dulce tiempo perdido
el favor de vos y della.
  No más colación, no más,
que derraman mis porfías
las dulces venturas mías
que no cobraré jamás.

MARGARITA:

  ¡Ay, mi querido león!,
¿qué pronósticos son esos?

TOLEDO:

Ya os lo dicen los sucesos
de aquesta injusta elección
  que apresura mi partida.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MARGARITA:

Luego ese león no ata
los tres reinos de quien trata
sino esta alma gusto y vida.
  Luego estas luces no son
fiestas del nuevo concierto
sino de entierro de un muerto
que es mi ausente corazón.
  Luego esta música ya
son campanas y clamores
del alma que en los rigores
del ausencia muerta está.
  ¿Luego a España os vais, don Juan?

TOLEDO:

Voyme, señora, por fuerza,
que a decirlo al fin me esfuerza
la priesa que aquí me dan.
  ¡Oh, negocios! ¡Oh, desdichas!
Mas pues lo sentís ansí,
alargaré desde aquí
mis cuidados y mis dichas.
  Mañana pensé partir
y hoy me pienso detener.

MARGARITA:

Solo os puedo responder
que por vos vuelvo a vivir:
  como caballero hacéis
y como español gallardo.

TOLEDO:

Si amé, si lo que me tardo
a vuestra cuenta ponéis...


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MARGARITA:

  ¿Eso dudáis? Entrad luego,
que hay de hablaros ocasión;
que estos alborotos son
de nuestras almas sosiego.

TOLEDO:

  ¿Habrá lugar?

MARGARITA:

Sí.

TOLEDO:

Mendoza,
recoge esa gente y ven.

MENDOZA:

¿Piensas gozarla?

TOLEDO:

También.

MENDOZA:

¡Vive Dios que es linda moza!
(Sale el rey de Bohemia, OTÓN, [y] ETELFRIDA, reina, de caza. Acompañamiento de criados. ATAÚLFO y DORICLEO, caballeros.)

OTÓN:

  ¿Cómo que un ave tan vil
pudo matar un azor?

ATAÚLFO:

Sí, señor.

OTÓN:

¡Bravo rigor!

DORICLEO:

¡Estraño lance!


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ATAÚLFO:

¡Sutil!

OTÓN:

  ¡Mostruo ha sido!

DORICLEO:

¡Y gran portento!

ATAÚLFO:

¡Estraño prodigio!

DORICLEO:

¡Grande!

OTÓN:

Decilde a la reina que ande;
sabrá de mi boca el cuento.

ETELFRIDA:

  Aquí vengo y ya le sé.

OTÓN:

¿Pues cómo, mi bien, no habláis?
¿De qué tan suspensa estáis?
¿Qué tenéis que enojo os dé?
  ¿Ha hecho del sol la furia
de envidia de la belleza
de esa divina cabeza
a su bella frente injuria?
  ¿Por ventura os han cansado
la aspereza de la sierra?
La caza imita a la guerra:
habraos su guerra enojado.
  Por eso dejé las sierras
y mandé seguir las aves
dando a los aires suaves
alas de plumas ligeras;
  que según corren por él
alegres, altas y bellas
pienso que él vuela con ella,
que ellas no vuelan con él.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ETELFRIDA:

  Eso solo me ha enojado.

OTÓN:

¿Las aves, señora mía?
No haya más desde este día
si ellas enojo os han dado.
  Cortad a todas los cuellos,
despedid mis cazadores,
no haya a mi mesa ventores,
no más cuidado con ellos.
  Mis azores de Noruega
y mis aletos indianos
no anden más en vuestras manos
ni en los aires desta vega.
  Gerifaltes, halconetes,
búhos, sacres, baharíes,
primas, torzuelos, neblíes,
halcones y gavilanes,
  tuerza una mano cruel.
Y porque no me alborote
ni parezca un capirote
ni suene más cascabel,
  ya no más mudas ni crías:
las alcandoras romped.

ETELFRIDA:

Que no entendistes creed,
señor, las tristezas mías;
  que antes de mi gusto son,
y merced recibiré
en que ya de hoy más esté
la caza en más perfeción.


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OTÓN:

  ¿Pues qué os disgusta?

ETELFRIDA:

Haber visto
matar una ave ratera
un halcón de tal manera
que el llanto apenas resisto.
  Y hame dado mal agüero
de que no os han elegido
y en vuestro lugar lo ha sido
algún príncipe estranjero.

OTÓN:

  No os dé pena, ¡por mi vida!
Segura está mi elección
donde interés o pasión
no puede ser admitida.
  Son los electores nobles
y conocen mi poder.

ETELFRIDA:

En los nobles suele haber
muchas veces tratos dobles.
  No lo habéis solicitado
como el caso requería:
si el que pide no porfía,
duerme el que da, descuidado.
  De cien veces las noventa,
la diligencia, señor,
tiene sentencia en favor.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


OTÓN:

Sin causa estás descontenta.
  Ya conocen mi persona
los dueños desta elección,
que solo el decir Otón
pide a voces la corona.
  Que mal puede el noble hermano
deste rey de Ingalaterra,
con cuatro leguas de tierra
ni el español castellano,
  competir con la grandeza
del rey de Bohemia, Otón;
y por eso el muerto halcón
amenaza su cabeza.
  Y aquel ave significa
la humildad con que pretendo
lo que con razón defiendo.

DORICLEO:

¡Qué bien el agüero aplica!

ATAÚLFO:

  Esté Vuestra Majestad
seguro del Sacro Imperio,
que ese agüero es el misterio
de su discreta humildad;
  tanto que ya en su corona
los arcos puede añadir.
(ALBERTO entre de camino.)

ALBERTO:

Hasta aquí quise venir
con esta nueva en persona.


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OTÓN:

  ¡Oh, Alberto, mi embajador,
seas bien venido!

ALBERTO:

Creo
que habíais tenido deseo
de mi venida, señor.

OTÓN:

  Tú mismo puedes juzgallo
aunque me tienes incierto.

ALBERTO:

Por los ijares he abierto
desde la Corte el caballo.

OTÓN:

  ¿Cómo albricias no has pedido?

ALBERTO:

¿De qué las he de pedir?

OTÓN:

No tienes más que decir,
que ya te tengo entendido.
  Desde que te vi llegar
vi en tu rostro y lengua muda
mis esperanzas en duda
y, sin ella, mi pesar.
  ¿En fin, no me han elegido?

ALBERTO:

No, señor.

OTÓN:

¡Ah, reina! ¡Ah, cielo!

ETELFRIDA:

No era, señor, mi recelo
tan vanamente creído.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


OTÓN:

  ¿Es posible? ¡Ah, gente fiera!
¡Ah, electores inhumanos,
solo en el nombre cristianos,
que a saberlo no os creyera!
  Por esto no os di interés,
sabe Dios que le tenía,
y así la justicia mía
habéis tenido a los pies.

ETELFRIDA:

  Mi Otón, ¡desdicha notable!

OTÓN:

Sepamos, reina, el que ha sido,
en competencia, elegido:
quizá es negocio inculpable.
  ¿Es el de España? Responde.

ALBERTO:

No, señor.

OTÓN:

¿Es el inglés?

ALBERTO:

Es Rodulfo.

OTÓN:

¿Quién?

ALBERTO:

Él es
el conde Rodulfo.

OTÓN:

¿El Conde?


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ETELFRIDA:

  Eso ya se ve que ha sido
maldad tan notoria y clara
que me han salido a la cara
colores de haberlo oído.
  ¡Rodulfo! Al cielo divino
hago voto y juramento,
si no os armáis y al momento
ponéis el campo en camino,
  de no tener aunque os ama
el alma, y dueño os confiesa,
silla, Rey, en vuestra mesa
ni lugar en vuestra cama.
  Jamás me tendréis contenta
ni cesarán mis enojos
si no os armáis en mis ojos
como espejo desta afrenta.
  O dadme la gente a mí:
yo iré a la guerra por vos.
¡Oh, dura gente sin Dios,
al Rey no, al Conde sí!
  ¡Al Conde! ¿Cómo no era,
ya que Otón no os agradaba,
mejor el que electo estaba
y que de España viniera?
  Muero en pensarlo, hoy me muero
si el campo de Otón no marcha
por julio al sol y a la escarcha
por la inclemencia de hebrero.
  No hay consuelo para mí
si Otón no cobra el Imperio;
que ha sido, este, vituperio
del Rey, del reino y de mí.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


OTÓN:

  ¡Ea, bohemos fuertes!, ya es llegada
la sazón en que yo conocer puedo
qué vasallos me sirven, y vosotros
qué rey os manda, os ama y os estima:
no por mi honor, que siendo rey me sobra,
el Imperio Sagrado pretendía;
mas porque quien os tiene por vasallos
ha de ser más que rey, o rey del mundo:
si lo fuera Alemania, y si Rodulfo
fuera Alejandro, Aquiles, Pirro o César,
la corona imperial tendrá mi frente
y el Sacro Imperio mis valientes hombros,
que yo tengo hombros y hombres para todo.
Dejad las jabilinas y venablos,
vengan lanzas de ristre y escopetas.
Dejad las galas verdes de la caza,
vengan las armas de la sangre rojas.
Vos, Ataúlfo amigo, desta empresa
sois general, y Doricleo teniente.
El maestre de campo Alberto sea,
y esta noche nombremos capitanes.

ETELFRIDA:

Quiero te dar mis brazos, Otón mío,
que nunca más galán me pareciste
que agora con aquesa honrada cólera.


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La imperial de Otón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


OTÓN:

Mal conoces a Otón.

ETELFRIDA:

A las mujeres
ninguna cosa más nos enamora
que el valor de los hombres, como el tuyo.
Un cobarde, aunque sea gentilhombre,
no hay mujer tan ratera a quien agrade,
y un valiente, aunque feo, agrada mucho.
¡Tú estás agora gentilhombre y bravo!

OTÓN:

Vamos donde tus ojos sean espejo,
y apercebid mis armas, Ataúlfo:
¡muera Rodulfo vil!

TODOS:

¡Muera Rodulfo!


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Acto II
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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen caja y bandera; en orden soldados; DORICLEO, ATAÚLFO, ALBERTO, OTÓN y, en la ventana, la Reina.
ETELFRIDA:

  Mi querido Otón adiós;
y en vuestra custodia y guarda
vaya el ángel de la guarda.

OTÓN:

Basta, mi bien, que vais vos;
  que aunque es verdad que es tan alta
de un ángel la compañía,
si él me faltase, podría
la vuestra suplir su falta.
  Que si al hombre Dios crio
del ángel, tan poco menos,
dese menos a lo menos
poco al ser ángel faltó.
  Que una mujer virtuosa,
casta, varonil y santa,
merece alabanza tanta
mejor que la que es hermosa.
  Y si a la hermosa dan nombre
de ángel por alabanza:
la que este tan buena alcanza,
mejor es que ángel se nombre.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

  No os quiero agora tan tierno
sino más fuerte y feroz,
que la afeminada voz
desdice al marcial gobierno.
  Como el que muere ha de ser
el hombre que va a la guerra,
que lo que deja en la tierra
no piense volver a ver.
  Perdono vuestras ternuras
al amor que me tenéis,
porque aún sentido no habéis
cuánto son las armas duras.
  Nunca Cipión venciera,
ni al fiero español domara,
si a su gente no quitara
lo que tierno entre ellos viera.
  La música, las mujeres,
todo, en fin, supo quitallos,
que las armas y caballos
no quieren tantos placeres.
  Alejandro a sus soldados,
que en sus conquistas y alardes
iban flojos y cobardes
del oro indiano cargados,
  les quitó por fuerza el oro
y estando pobres vencieron
cuantas guerras emprendieron
libres del rico tesoro.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

  No os traigo ejemplos, que vos
no los habéis menester.
Soy, Otón, vuestra mujer:
que me queráis manda Dios
  y que lo hagáis agradezca,
mas suspéndase mi amor
mientras al marcial furor
esas ternuras ofrezca.
  No suene la tierna voz
sino la caja sonora
y la trompa vencedora
hiriendo el aire feroz.
  Alegre la chirimía,
el caballo castellano
que abra el suelo con la mano
viendo la silla vacía.
  Huela pólvora y no algalia,
bullen galas soldadescas
y no cueras de olor frescas
con pasamanos de Italia;
  que espero en Dios mi señor
que volveréis vitorioso.

OTÓN:

Hablé galán como esposo:
perdonad si ha sido error.
  En vuestros ojos presentes
escusé fieros alardes
porque, en fin, es de cobardes
ser, con mujeres, valientes.
  Allá con el enemigo
no he de estar enamorado:
si haberos «ángel» llamado
fue culpa, dadme el castigo.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

  Ojalá que yo lo fuera
como vos me lo llamáis
y que a la guerra que vais
acompañaros pudiera;
  que por tan diversas vías,
por tierra, o por mar cruel,
fuera siempre el Rafael
de tan gallardo Tobías.
  No os enojéis, Otón mío,
que si ocasión os he dado,
fue por veros enojado
para veros con más brío.
  Las gracias de los amantes
al descuido han de perderse
porque no pueden sufrirse
con cuidados semejantes.
  Así yo con invención
os quiero mirar brioso
para veros más hermoso
sin que entendáis la razón.

OTÓN:

  Sois, Reina, discreta en todo,
dais a entender sin pesar
lo que queréis avisar
por estraordinario modo.
  Con licencia vuestra quiero
marchar y salir de aquí.

ETELFRIDA:

Con vos voy.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

Y vos en mí.

ETELFRIDA:

¡Con la vitoria os espero!

OTÓN:

  No volveré a vuestra puerta
sin la corona imperial.

ETELFRIDA:

Deste palacio real
mayor la hallaréis, y abierta,
  porque para entrar por ella
no cabréis si no se ensancha:
que la imperial es muy ancha
y está el mundo encima della.

OTÓN:

  Yo os doy palabra mi amor
no venir sin ella a veros.
Adiós.

ETELFRIDA:

¡Adiós, caballeros!
¡Servid al Rey mi señor!

ATAÚLFO:

  Crea Vuestra Majestad
que le hemos de dar la vida.

ETELFRIDA:

¡Adiós, mi Otón!

OTÓN:

¡Mi Etelfrida,
adiós! ¡Tocad y marchad!


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale un MAYORDOMO y criados.)
MAYORDOMO:

  Poned ese estrado bien
y aquesta silla imperial.

CRIADO:

¿Luego la silla está mal?

MAYORDOMO:

Y el dosel lo está también.

CRIADO:

  No viene bien este aquí:
mejor estaba el pasado.

MAYORDOMO:

Ese a la Iglesia se ha dado
y el estrado carmesí.

CRIADO:

  Es hecho cristiano y santo.

MAYORDOMO:

Y digno de gran valor
del Rodulfo, emperador,
del mundo gloria y espanto.
  Cuanto sirve en estas fiestas
a pobres lo manda dar.

CRIADO:

¿Qué días han de durar?
Que ya, señor, son molestas.
  Son a los de afuera buenas,
que aquí se asoman despacio,
mas para los de palacio,
de pena y cansancio llenas.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MAYORDOMO:

  No pasarán deste mes,
que es ya la costa excesiva.

[VOCES]:

(Dentro.)
¡Viva nuestro César! ¡Viva!

MENDOZA:

Música suena: él es.
(Salga con chirimías el emperador RODULFO, y el CONDE ARNALDO, y acompañamiento; siéntense en su silla debajo de dosel, y los demás se arrimen.)

RODULFO:

  Fue esta tarde bizarra con estremo
la carrera gallarda, conde Arnaldo.

ARNALDO:

En fin, ¿os agradó, César supremo?

RODULFO:

Apenas sé decirlo: imaginaldo.

ARNALDO:

La poca fiesta desta noche temo.

RODULFO:

¿Quién la ha trazado?

ARNALDO:

Dicen que Cotaldo.

RODULFO:

Creed que el secretario es muy discreto.

ARNALDO:

Y vos, señor, un príncipe perfeto.

RODULFO:

  Los caballos del Duque fueron nueve,
y buenos los mejores que yo he visto:
que no los haya, sustentar se atreve,
mejores desde el Cancro hasta Calisto.
¿Por qué son nueve?


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

A imaginar se mueve,
si no es que con los tuyos le resisto,
que son los nueve de la fama.

RODULFO:

Es justo:
refiérelos, Arnaldo, por mi gusto.

ARNALDO:

  Con la espalda manchada a moscas negras,
entró don Felis sobre un turco blanco,
más que en Olimpias y soberbias Flegras,
aquí gigante, destrozado y manco.
Y pues que refiriendo te aseguras,
mostrándose a la tierra el cielo franco,
de damas en balcones y ventanas,
al sol acompañaron mil mañanas.
  Los ocho se dividen y él aplica
a un tiempo a entrambos lados las espuelas,
aliéntale el bocado, corre y pica.

RODULFO:

Parece, Conde, que a su lado vuelas...

ARNALDO:

Al puesto llega, párase y duplica
de las estampas las herradas huellas.
Luego, con pie siniestro, a mano diestra
le hiere y vuelve a la primera muestra.
  A un villano de España, que de plata
una pequeña estrella trae en la frente,
con una azul mochila y de su ingrata
mil cifras de oro y nácar transparente,
la rienda Horacio coge y se dilata,
con mucha gracia a tiempo conveniente:
ya sabes que es Horacio su sobrino.

RODULFO:

Y que ha muy poco que de Italia vino.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

  Con las piernas y espuelas le desvía;
a un punto le levanta, alza la mano,
y con un salto al aire le confía,
que el Pegaso imitar pretende en vano.
Da luego un paso y otra vez le envía
a que sobre los vientos busque el llano,
y como ondea el mar, ya bajo, ya alto,
si le müeve tras el paso al salto,
  a corbetas después süave y tardo.
Vino Leonero en un feroz jinete
de la costa de Córdoba gallardo,
que apenas sufre que el ijar le apriete,
álzase en alto y entre el polvo pardo;
todo en las ancas al caer se mete
de suerte que los pies, aunque no quiera,
vuelve a imprimir en la señal primera.
  Del salto a las corbetas después vuelve,
y no haciendo jamás estampa nueva,
alza el siniestro pie y en tres resuelve
el peso todo,y del que encima llena.
Luego a la mano diestra se revuelve
danzando así donde la vara mueva,
que al paso de la mano, o baja o alta,
el andaluz overo danza y salta.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

  Isminio luego con su bayo escuro,
y en dos bárbaros, Pánfilo y Aluesto,
arena levantando al aire puro,
la palestra ocuparon de aquel puesto.
Un melado de Frisa trujo Arturo,
galán de entrambas sillas, y dispuesto.
Colouro, un tordillo a lo que pienso franco,
corto de cuello y que bebió con blanco.
  El Duque en un rosillo por la arena
entra gallardo y los ijares bate;
alza el bocado que la boca enfrena
para que el salto al viento se dilate;
toca la espalda de remiendos llena,
la vara al mismo son del acicate,
y mientras el caballo al aire pende,
dos coces en un tiempo al cielo estiende.
  Las narices tenía de suerte hinchadas,
y cada hueco de manera abierto,
que pudieran las venas ser lineadas
y el músculo más breve descubierto.
Apenas las arenas lastimadas
tocan las plantas, cuando el Duque, experto,
con pies y freno se levanta en alto,
el hierro al viento hasta el tercero asalto.


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CRIADO:

  Ya están los de la fiesta apercebidos.

RODULFO:

¿Qué ha compuesto Cotaldo?

CRIADO:

Dos pastores.

RODULFO:

¿Para tratar del campo introducidos,
o para celos y cuestión de amores?

CRIADO:

Sobre celos están desavenidos:
uno dice que son de amor favores
y otro dice que no hay amor con celos.

RODULFO:

Pues si lo he de juzgar, salgan y oirelos.
(Sale LIDIA, pastora, y ANFRISO, pastor.)

ANFRISO:

  Basta, Lidia, que presumes
vencer en esta cuestión,
y todo cuanto resumes
es mostrar la sinrazón
con que mi vida consumes.
  Juzguen tu engaño los cielos
y duélanse de mis duelos,
que es un notable rigor
decir que no tengo amor
porque me abraso de celos.

LIDIA:

  Torno a sustentar, Anfriso,
que no es amor el celoso.


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ANFRISO:

Pues ya no culpo tu aviso:
mi desdicha es más forzoso,
que ella lo pudo y lo quiso.
  Si no es amor el que cela,
el tuyo ha sido cautela:
digo que me has engañado
o sin amor has amado,
que es decir que el fuego yela.

LIDIA:

  ¿Qué es amor?

ANFRISO:

Deseo y saber
que la hermosura conquista.

LIDIA:

¿Quién le engendró?

ANFRISO:

Los süaves
espíritus de la vista,
que son del alma las llaves.

LIDIA:

  ¿Qué es lo primero?

ANFRISO:

El deseo.

LIDIA:

¿Qué viene tras desear?

ANFRISO:

Celos.

LIDIA:

¿Qué es celos?


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ANFRISO:

No creo
que jamás supiste amar,
pues vas por ese rodeo.
  Celos, Lidia, es un temor
que en su amiga la sospecha
dicen que engendra el amor.

LIDIA:

¿Que no es su mujer?

ANFRISO:

¡Qué estrecha
cuenta de un largo dolor!
  No es su mujer, que es su amiga.

LIDIA:

¿Que adúlteros son?

ANFRISO:

La pena
a bastardos los obliga.

LIDIA:

¿Qué es su efeto?

ANFRISO:

Tener llena
el alma de su fatiga.

LIDIA:

  ¿Qué es su fatiga?

ANFRISO:

Pensar
un hombre que ha de perder
lo que otro puede ganar.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LIDIA:

¿Ves cómo eso no es querer?

ANFRISO:

¿Con qué lo piensas probar?

LIDIA:

  No piensa mal el que piensa
que su dama le hace ofensa.

ANFRISO:

Mal piensa.

LIDIA:

Luego no ama
el que a su dama disfama
si amor le obliga a defensa.

ANFRISO:

  No es querer mal pensar mal
sino temer mal suceso,
que esa es desdicha fatal.

LIDIA:

Amor que es amor de peso,
tiene la balanza igual:
  la honra y buena opinión
un peso tiene, Anfriso,
y otro la satisfación.
Amor pesa y nunca quiso
peso falso en la razón:
  siempre ha de estar en un fil,
que si por no ver es fe,
quien tiene fe y es sutil
ya le falta fe pues ve
en quien ama cosa vil.
  Cuanto más que eso no es bien,
que no hay más que reprehender
sino solo sospechar,
y es sospechar en amar
principio de aborrecer,
  pues quien comienza algún vicio
ya pasó de la virtud.


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ANFRISO:

Quieres quitarme el juicio
y con esa ingratitud
sacar la razón de quicio.
  Amor vuelve aquí por mí;
si amar es temor y aquí
este temor celos llaman,
esos que recelan aman:
¡aquí de Dios! ¿No es así?
  Harasme que tome el viento;
bueno es que no llegue amor,
ingrata, a tu entendimiento,
y por tenelle mejor,
pruebes tu falso argumento.
  Amor es deseo.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

El deseo es esperanza.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

Esperanza es miedo.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

Desconfianza
es miedo.

LIDIA:

Negar no puedo.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ANFRISO:

  Desconfiar es celar;
celos, efecto de amor,
luego celar es amar.

LIDIA:

Niego.

ANFRISO:

Pruébalo mejor
y harasme desesperar.

LIDIA:

  Amor es querer.

ANFRISO:

Concedo.

LIDIA:

Quien quiere, confía.

ANFRISO:

Sin duda.

LIDIA:

Quien confía pierde el miedo,
el que no teme no duda,
el que duda estase quedo.
  Un firme nada recela
pero celar es cautela
pues quien engaña no ama:
luego ya amor no se llama.

ANFRISO:

Eres de engaños escuela...


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale LEONCIO.)
[LEONCIO]:

  Aunque parece atrevimiento grande
interrumpir tus fiestas, César ínclito,
la ocasión no permite otro respeto:
el fiero Otón, el rey bohemio, tiende
veinte y siete banderas a los vientos,
con trece mil infantes valerosos,
españoles, tudescos y bohemios,
sin otros que conduce italianos.
Trae cinco mil caballos y, de suerte,
viene talando el campo de tus tierras,
que ya se atreven a las grandes villas,
y ponen cerco a las ciudades grandes.
La fama y los correos han llegado
a un tiempo mismo a tu palacio y corte:
agora mira lo que hacer pretendes.

RODULFO:

Cesen las fiestas, cesen ya las galas,
no haya más regocijo, caballeros.
Resistamos la furia del contrario
que está agraviado y viene riguroso,
que con tanto secreto y tanta prisa
que ha igualado su prisa y el secreto.
Baje Otón a mi tierra, Otón se atreve
contra elección que aprueba todo el mundo
con bendición y gusto del Pontífice
no ve que a la verdad es imposible
contrastarla jamás poder humano
si no es por los pecados de su dueño.
Esa esperanza tuvo, esa arrogancia
encubrió la humildad con que pedía
la sagrada corona deste imperio.
¡Oh, corona envidiada, si alcanzarte
cuesta lo que juzgar Rodulfo puede,
no será conservarte menos gloria!
¡A las armas, valientes caballeros!
Resistamos a Otón, que es arrogante,
y al que corre furioso: solo un niño
que se detenga le derriba al suelo.
Desdoblad mis banderas y las águilas
de Roma coronadas justamente,
que yo quiero regiros en persona.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

Si Otón te mira el rostro y no se rinde,
invictísimo César, Otón viene
a mal lograr su vida entre tus armas.

RODULFO:

Vos sois mi general, Arnaldo.

ARNALDO:

Beso
tus pies reales.

RODULFO:

¿Quién es el contrario?

LEONCIO:

Ataúlfo, decían.

RODULFO:

Vamos luego,
que me río de Otón y de Ataúlfo.

ARNALDO:

¡Viva el Emperador!

TODOS:

¡Viva Rodulfo!
(Sale OTÓN, ALBERTO y ATAÚLFO.)

OTÓN:

  Prosigue.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALBERTO:

Estaba el conde Palatino
del español oyendo la arrogancia,
con Federico, que de Londres vino.
  Hizo con más fuerza que elegancia
una larga oración del parentesco
que tiene España con san Luis de Francia,
  y luego blasonando al viento fresco
amenazó desde el bohemio al franco
y desde el anglo al borgoñón tudesco.
  Yo entonces, de colérico más blanco
que el más blanco papel, aunque el respeto
del Conde miro si la espada arranco,
  lo digo en alta voz como es secreto:
«El valor de tu rey discreto ha sido
en publicarle para el mismo efeto;
  que Federico y yo no hemos querido
loar el gran valor de nuestros dueños,
en cuanto el sol alumbra conocido.
  Y esos méritos todos son pequeños
respeto de los muchos que a Otón sobran,
y así serán tus pretensiones sueños.»
  Respondió el español: «Si aliento cobran
por el Conde tus bríos siempre, Alberto,
las lenguas hablan y las manos obran:
  ya fuera aquesta sala campo abierto,
que yo te hiciera confesar que España
jamás su gran valor tuvo encubierto.»
  «Hicieras -dije- una famosa hazaña,
fuera de que igualar tu rey al mío
es la alta palma con la débil caña.»


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALBERTO:

  Cuando esto dije con gallardo brío,
ya de la sala estábamos afuera
y el español trazando el desafío.
  Los reyes dejo, no es razón prefiera,
por ser tan deudos; pero los vasallos
que tiran sueldo y siguen su bandera...
  Pedían ya, los príncipes, caballos
cuando le respondí: «Probarte puedo
que los de Otón no puedes igualallos.»
  Saliose con decir: «Yo soy Toledo.»
«Si la misma ciudad fueras -replico-,
a toda junta no tuviera miedo.»
  Metiose de por medio Federico.
Partimos a la junta donde atento
a tu nombre real el alma aplico
  cuando dentro de un hora por el viento
al eco escucho, y popular ruido,
y el Conde siempre en el postrero acento,
  pues viendo que Rodulfo era elegido
ni cuido de don Juan ni de sus fieros
ni de los electores me despido.
  Solo honrado de algunos caballeros,
salgo de Franconfordia alzando el brazo
y mostrando desnudo tus aceros,
de cuyo juramento llega el plazo.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  Mostraste Alberto valor:
eres de mis brazos dino.
(Sale UN PAJE.)

PAJE:

Aquí ha llegado, señor,
un español de camino
con su ordinario rigor.

OTÓN:

  ¿Está de la tienda cerca?

PAJE:

A tu persona se acerca:
la tienda quiere pasar.

OTÓN:

¡Qué bravos son!

PAJE:

Por entrar
con tus soldados alterca.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen DON JUAN DE TOLEDO [y] MARGARITA, dama en hábito de paje, con una rodela.)
TOLEDO:

  ¡Ah, qué valeroso Otón!
Que entre tiendas y soldados
son más humanos los reyes
que en sus cortes y palacios
sin conquistarlos por tiros,
atrevidos y enojados,
los de tu dorada llave,
endiosados cortesanos.
Te habla un hombre español
del linaje antiguo y llano,
cuya cabeza es el dueño
de Alba, Coria, Huesca y Carpio.
Este Carpio es el castillo
de aquel famoso Bernardo
que le dejó a los Toledos
por famoso mayorazgo.
Aquel valor tienen todos:
yo, el menor, don Juan me llamo,
con mi jirón de Mendoza
y un poco de Acuña y Bravo.
Pasé a Alemania en disculpa
de Alfonso, rey castellano
elegido Emperador
y depuesto por contrarios;
que si se tardó mi rey
fue con moros peleando,
que no es bien perder los propios
buscando reinos estraños.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TOLEDO:

Visitando a un elector
de mi rey mal informado,
a tu embajador Ataúlfo
hallé para el mismo caso.
Proponiendo mi justicia
ciertas palabras pasaron
de que no estoy satisfecho
si me ha resultado agravio.
Y antes que a España me vuelva,
quise venir a tu campo,
que contra Ataúlfo le pido
si me das licencia y plazo;
que basta que a Alfonso llevo
las malas nuevas que traigo,
sin que lleve alguna duda
en los puntos de hijodalgo,
ya sabe Ataúlfo quién soy,
de quien la respuesta aguardo
de las palabras que dijo
a mis espaldas hablando.
Si bravo la parecí
entre libros y letrados,
agora le desafío
entre espadas y venablos.
Y pues la ventaja es suya
salga como entonces bravo,
porque vencedor o muerto
pienso quedar en el campo.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALBERTO:

  Español, jamás dudé
de tu valor como aquí,
que cuanto favor se ve
ya es razón ser para ti
y que de tu parte esté;
  que al estraño, en paz o en guerra,
siempre el que es noble en su tierra
más que a su vasallo ayuda.

TOLEDO:

No quiero que naide acuda
y quien lo imagina, yerra.

OTÓN:

  Toledo fuerte, si hubiera
causa para el desafío
que agravio bastante fuera,
conforme al arbitrio mío
campo señalado os diera.
  Palabras, y no pesadas,
sobre ajenas pretensiones,
bien pueden ser perdonadas
porque son como razones
sobre argumentos fundadas.
  Tomo a cuenta de mi honor,
como rey, el vuestro.

ALBERTO:

Advierte
que he de responder, señor.

OTÓN:

Calla, Alberto.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TOLEDO:

De esa suerte
vos sois mi propio valor:
  no tengo yo que temer.

ALBERTO:

¡Ni Alberto que responder!

TOLEDO:

Dadme esos pies y licencia.

OTÓN:

Eso no, que en mi presencia
amistad habéis de hacer;
  ved que es lo justo y lo cierto.

TOLEDO:

Obedezco vuestro gusto.

ALBERTO:

Y yo tu real concierto.

TOLEDO:

Partirme, señor, es justo
a mi rey del caso incierto.

OTÓN:

  También os quiero pedir
que en esta honrada jornada
que ya me veis proseguir,
me ayude esa fuerte espada.

TOLEDO:

Yo os debo, señor, servir,
  mas no podré detenerme.

OTÓN:

Gustad de favorecerme,
que os probaré con razón
que tenéis obligación,
como hidalgo, de valerme.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TOLEDO:

  Mayor que ese deseo,
en que me hacéis gran merced
y en que obligado me veo.

OTÓN:

Esta cadena os poned
que es de mi insignia el trofeo.
  ¡Hola! Alojad a don Juan
y hoy venga a comer conmigo.

TOLEDO:

¡Dadme esos pies!

MARGARITA:

¡Buenos van
tus desinos, enemigo,
si con este espacio están!
  ¡Que aquí te quedes agora!

TOLEDO:

¿Qué te parece, señora,
de tan estraño suceso?
(Vanse el Rey y los demás; DON JUAN y MARGARITA queden.)

MARGARITA:

Que pierdo de enojo el seso,
que tienes alma traidora,
  que eres falso, que eres hombre,
que eres español...

TOLEDO:

Ansí:
dime en afrenta ese nombre
que, por Dios, que has visto aquí
que no hay hombre que no asombre.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

  ¿Es esto el llevarme a España
robada del padre mío
con esta apariencia estraña?
Si haciendo este desafío
murieras en la campaña,
  ¿qué remedio me dejabas?
¿Y agora a dónde me vuelves,
si cuando a España pasabas
casi a volver te resuelves
a la posada en que estabas?
  Trátame como a quien soy,
que si este traje en que voy
me hace tratar como paje,
haré pedazos el traje
con que la ocasión te doy.

TOLEDO:

  No te disgustes así,
pues sabes que aquesto es fuerza.

MARGARITA:

La que tú me hiciste a mí
es la fuerza que me esfuerza
a buscar lo que perdí.
  No sé quién mete en amor
a hombres que son tan bravos,
todos guerras y furor.

TOLEDO:

Que con más tiernos esclavos
de tu amoroso rigor,
  mira, mi bien, que dirán
que vienes arrepentida.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

No me arrepiento, don Juan,
que te he dado el alma y vida,
que en esas manos están,
  mas veo que no has cumplido
lo que tú me has prometido
pues no me llevas a España;
que dilación tan estraña
alguna causa ha tenido...

TOLEDO:

  Yo te diré en qué se apoya
que dilatando me veas
dar a Castilla esa joya:
porque de España no seas
lo que Helena fue de Troya.

MARGARITA:

  Ya me dices, como sueles,
falsedades españolas,
pero de mi honor te dueles.

TOLEDO:

Allá hablaremos a solas,
que es bien que aquí te receles.
(ATAÚLFO entre y un CRIADO.)

ATAÚLFO:

  Ya tenéis alojamiento
y el Rey a comer aguarda.

TOLEDO:

Vete a la tienda al momento.

ATAÚLFO:

Ve tú y enséñale.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TOLEDO:

¡Aguarda!

MARGARITA:

¿Mandas algo?

TOLEDO:

Estame atento.
  Vida, haced que Mendoza
me traiga aquí la carroza
y el alazán y el overo,
que al Rey presentarlos quiero,
y guarde Dios el que os goza.
(Vase.)

MARGARITA:

  Mi señor, yo voy; y amigo,
mi cama os puedo dar yo.

ATAÚLFO:

Bien harás, duerma contigo.

TOLEDO:

No le digáis eso, no;
que el paje duerme conmigo.
(RODULFO, emperador, ARNALDO y gente.)

RODULFO:

  ¡Tan cerca el enemigo
que se escuchan las cajas
y que ya nos despiertan las trompetas!

ARNALDO:

Notable furia trae,
furiosamente baja.

RODULFO:

Todo es furor de vengativo pecho;
todo es juvenil sangre.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

Cosas estrañas cuentan
del daño que Alemania
a su causa padece,
que no ha dejado villa ni castillo
en su defensa flaco
que a sangre y fuego no metiese a saco.
En diciendo Rodulfo
les pasaba el cuchillo,
desde el pequeño infante al viejo anciano,
mas luego considera
que, habiendo resistencia,
no han mostrado valor ni diciplina.

RODULFO:

Gente desordenada,
capitanes bisoños
que otra cosa prometen,
no habrá quitado al cielo
la escura capa el alba con sus manos
de aljófar y oro llenas,
lirios, violetas, rosas y azucenas,
cuando mi campo en orden
le presente batalla
descansado, regido y gobernado
por más cuerdo consejo,
por menos furia y cólera:
esta noche haced fuegos y velando
estaremos a punto prevenidos.
(Tocan a marchar y éntrase.)
Llegadme aquí una silla,
que he de dormir si puedo
con la espada ceñida.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

Aquí la tienes.

RODULFO:

Salios todos a fuera,
tú con mi guarda conde Arnaldo espera:
estrañas fantasías
revuelve un hombre solo,
y más con el cuidado que yo tengo,
cuando imposible juzgo
que duerma quien espera
la gran dificultad de una vitoria.
¿Qué rüido es aqueste?
Si acaso es el contrario,
Arnaldo, aguarda solo.
(Sale ARNALDO.)

ARNALDO:

Tu Majestad Cesárea
no se alborote desto.

RODULFO:

Pues ¿qué escándalo
nació tan de repente?

ARNALDO:

De un hombre que a tu tienda trae tu gente.

RODULFO:

¿Quién es?

ARNALDO:

Merlín se llama
aquel grande adivino
que se precia de espíritu profético,
y dice que ha de hablarte,
que importa a tus discursos
pero que no ha de estar delante naide.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

Dile que entre y espera.

ARNALDO:

¿Podrelo oír?

RODULFO:

Escucha desde afuera.
(MERLÍN, viejo, como ermitaño.)

MERLÍN:

  Invictísimo Rodulfo:
por largos años me aguarda
el cielo para este día.
Oye atento estas palabras:
no te dé cuidado alguno
de la esperada batalla
el dudoso fin que temes,
que la vencerás sin falta.
Que para empresas mayores
te está llamando la fama,
y para que el tronco seas
de la ilustre Casa de Austria.
Que revolviendo los siglos
felices, edades largas,
procederán de tu tronco
al cielo famosas ramas:
emperadores y reyes,
papas, príncipes, monarcas,
señores de Austria y Borgoña,
Flandes, Bohemia y Irlanda.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MERLÍN:

Tu gran sucesor, Felipo,
nos dará con gloria tanta
al duque Carlos, famoso,
padre de María Madama.
Casará con el invicto
emperador de Alemania,
Maximiliano fuerte,
de los dos naciendo a España
el primero rey Felipo
que case con doña Juana,
de Fernando e Isabela
hija hermosa y fenis rara.
Cubrirá a España de luto
su muerte atroz y temprana,
y de gloria un heredero
que dejará de tu casa,
del cual, si el cielo me diera
lenguas que en eterno hablaran,
no te dijera los menos
de sus altas alabanzas:
Carlos Quinto Emperador
le llamarán en voz alta
desde el equinocio al norte,
del Aries al Pez de plata.
No hará guerra ni conquista
que con vitoria no salga,
dando a los cisnes mil plumas
en sus historias doradas.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MERLÍN:

Pondrá en prisión en palabra
a Francisco, rey de Francia,
después que el Albis se vea
llenas de rayos las armas,
y al duque de Sajonia
bañada en sangre la cara,
y a que al maldito Lutero
en mil concilios deshaga.
Irá Solimán huyendo
con infame retirada
de sus águilas divinas
que hasta el mismo sol no paran.
Dará Túnez a su rey,
tirándose de las barbas
el valiente Barbarroja...
Mas, como en cosas tan largas
discurre mi corto ingenio,
huye el sucesor que aguarda,
que es el segundo Felipo,
felicísimo monarca,
a quien esperan esposo
cuatro generosas damas,
y a quien verá San Quintín
desnuda la heroica espada,
por quien tendrá San Laurén
casa y maravilla octava.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MERLÍN:

Pues de su hermano famoso,
que al Turco, en naval batalla,
ha de vencer en Lepanto,
¿qué ha de decir mi voz flaca?
Pues del hijo milagroso
que los siglos de oro llaman
Tercero Filipo, ¿qué historias
no ocuparán sus hazañas?
Saboya le dará nietos
de aquella dichosa infanta,
segundo en el nacimiento
de la hermosa Isabel Clara.
Mas, ¡ay!, que como me veo
tan lleno de glorias tantas,
mi espíritu desfallece,
lengua y aliento me faltan.
¡Adiós, Rodulfo!

RODULFO:

¿Agora
vuelves, Merlín, las espaldas?

ARNALDO:

¿Qué es esto, señor?

RODULFO:

¡Huyó!

ARNALDO:

¿Seguirele?

RODULFO:

¡Corre!

ARNALDO:

¡Aguarda!


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salga una sombra con su espada ceñida y, tras ella, OTÓN.)
OTÓN:

  Sombra espantosa, ¿qué me quieres? Tente,
que me oprimes el pecho, que no dejas
que la respiración del aire goce.
Toda la noche asistes a mi tienda,
el pabellón ocupas y la cama,
pesada, más que si de plomo fueras,
como si fuese corporal la sombra...
Háblame, ¿qué me quieres?, ¿de quién eres?,
¿quién te envía?, ¿qué debo que no pago?
Mira que ya me va faltando esfuerzo
y se me cubre el corazón de nube
recogiéndose allí toda la sangre.
¡Habla o llamaré mi gente! ¿Callas?
Pues ya llamo mi gente: ¡criados, hola!
¿No escuchan? ¡Pues con esta haré que huyas!
¡Oh, perro! ¿Contra mí sacas la espada?
¿Si es mi imaginación? ¡Hola, soldados!
¡Ataúlfo, don Juan, Alberto, Leoncio!

TOLEDO:

¿Qué es esto, gran señor? ¿De qué das voces?

OTÓN:

¡Mata ese negro!

ATAÚLFO:

¿Cuál?

OTÓN:

¡Por ahí es ido!

TOLEDO:

¿Aquí negro? Señor, ¿cuándo se ha visto
en Alemania etíope ninguno?
Si en España estuvieras no faltaran,
y más si fueras a Sevilla o Córdoba,
pero el frío del norte no los sufre.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

Sin duda que es la sombra de mi muerte...
Sin duda que morir tengo mañana:
yo no traigo razón, que es lo primero
y en que fundar debiera mi justicia;
y lo segundo, un campo de bisoños
cargados de la hacienda mal ganada...
Dios me castiga, ¿qué he de hacer?

TOLEDO:

No digas
cosas, señor, ¡por Dios!, tan melancólicas.
Razón tienes y llevas en tu campo
famoso general y capitanes
con gente veterana y belicosa,
y un Toledo de España por agüero
que no emprende hazaña que no venza.

OTÓN:

Yo sé que la justicia es de Rodulfo,
que toda aquesta noche lo he pensado:
tratar quiero la paz por justos medios.

TOLEDO:

Pues si tratas de paz, trátela otro,
que pues para la guerra te servía
desde este punto doy la vuelta a España.

OTÓN:

Parte, Ataúlfo, y con Rodulfo trata
lo que ahora en mi tienda escribir quiero.

ATAÚLFO:

Señor, si el cielo dices que te avisa:
no vayas contra el cielo.


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La imperial de Otón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

¡Venid todos
y llamad mi Consejo de la Guerra!
¡Oh, fiera sombra, prodigiosa y triste!
(Váyanse y queda DON JUAN.)

TOLEDO:

¡Oh qué bien disfrazada cobardía
esperando mañana la batalla!
Como el que llega al mar le ha sucedido,
que va furioso hasta pasar la barca
y al partir de la nave vuelve a tierra...
Pusilánimo príncipe, y cobarde,
no hará cosa jamás que buena sea.
(Sale MARGARITA en hábito de hombre.)
¡Marcelino!

MARGARITA:

Señor.

TOLEDO:

¡Oh, Margarita!,
dile a Mendoza que mi gente llame,
que no he de amanecer entre esta gente.

MARGARITA:

¿Quieres volver a España?

TOLEDO:

Y luego, digo.

MARGARITA:

Dame esa mano.

TOLEDO:

Y aun los brazos. Parte.

MARGARITA:

¡Bravo español Toledo!

TOLEDO:

Soy un marte.


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Acto III
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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen RODULFO, ARNALDO, LEONCIO y soldados.
RODULFO:

  O no quieren pelear
o no llega a su noticia
la disciplina y milicia,
la corrección militar.

ARNALDO:

  No sé lo que significa
este desmayo y flaqueza.

LEONCIO:

¿Si algún ardid se endereza
que secretamente aplica?
  Que Lucio Sila interpuso
desta suerte unos maderos
con que de Arquilao los fieros
en fuga afrentosa puso...
  Con fuego engañó en España
Sertorio a Quinto Metelo
y a Sexto, lloviendo el cielo,
junio engañó en la campaña.
  Mucho importa la caución
al discreto capitán.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

Si ellos dese acuerdo están:
no acomete el escuadrón
  sino formad de aquel lado
una batalla cuadrada
de dos alas adornada,
paso que me da cuidado.
  Guardalda de arcabuceros
las espaldas y cabeza,
que tema desa maleza,
Conde, los ardides fieros.
  De la ordenanza en la frente
el lado izquierdo armaréis
con veinte hileras de a seis,
y en la segunda harás veinte.
  Correspondan los derechos
a los siniestros, de modo
que guarde el escuadrón todo,
las espaldas y los pechos.
  Con dos hileras de picas
a la cabeza y al pie,
en medio la enseña esté.

ARNALDO:

A lo importante le aplicas:
  bien tendrá ochocientos hombres.

RODULFO:

Esos guarden ese paso.

LEONCIO:

No tememos siniestro caso
ni del contrario te asombres,
  que para más te ha guardado
el cielo.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CRIADO:

Un embajador
del rey Otón, gran señor,
a tu real tienda ha llegado

RODULFO:

  ¿De Otón?

CRIADO:

Sí, señor; de Otón.

RODULFO:

¿Qué será?

ARNALDO:

Ya lo adivino.

RODULFO:

No le impidáis el camino,
que viene a buena ocasión.
(Sale ATAÚLFO.)

ATAÚLFO:

  Supremo César a quien guarde el cielo
para bien del imperio soberano,
cuyas águilas den tan alto vuelo
que el nombre goces de Rodulfo el Magno:
del rey Otón el religioso celo,
las piadosas entrañas de cristiano,
hoy han dado un ejemplo sin segundo,
de paz, de gloria y de grandeza al mundo.
  Ciertos frailes franciscos y agustinos
que anoche su justicia consultaban,
y otros letrados deste nombre dignos
que de entrambos derechos alegaban,
con dar a su opinión varios caminos,
el verdadero para el alma erraban,
de suerte que al Rey hablan claramente
para que paz con tu grandeza intente.
  Hallando, pues, que la razón es tuya
y que el Imperio con justicia tienes,
quiere que se celebre y se concluya
si en lo que ahora te suplica vienes,
más porque el mundo su opinión no arguya
puesto que tú con tu valor le enfrenes,
si darte la obediencia es fuerza justa,
siendo en secreto, de ofrecerla gusta.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

  Ataúlfo, yo huelgo que asegure
el Rey como cristiano su conciencia
que firme paz y que obediencia jure,
aunque me dé en secreto la obediencia.
El medio del secreto se procure
y venga el rey Otón a mi presencia,
que en mi tienda podrá besar mi mano.

ATAÚLFO:

Eres príncipe invicto y soberano.
  En fin, señor, que dentro de tu tienda,
sin que lo vea el un ni otro campo
¿hoy quieres que besar tu mano emprenda?

RODULFO:

Y en esta misma que la planta estampo.

ATAÚLFO:

Nunca tu edad el largo tiempo ofenda,
venzan tus canas de la nube el campo
y por tan justo y celestial misterio
no salga de tu sangre el Sacro Imperio:
  yo parto a que el Rey venga.

RODULFO:

Y yo le aguardo

ATAÚLFO:

Tomo, señor, secreta la obediencia.
[Vase.]


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

Ha de faltar algún ardid gallardo:
oye al oído.

LEONCIO:

[Aparte.]
Estraña diferencia
Rodulfo caminó con paso tardo:
Otón con espantosa diligencia,
el veloz se detiene, el tardo llega.

RODULFO:

¡Armad la tienda en medio desta vega!
(Salen OTÓN, ALBERTO y DORICLEO.)

ALBERTO:

  Puede ser que esa visión
tu desdicha amenazase
y que Dios te la enviase
como un tiempo a faraón.

OTÓN:

  Pues ¿cómo, Alberto? ¿No ves
que estaba entonces despierto?

DORICLEO:

Durmiendo, señor, fue cierto
y imaginación después.

OTÓN:

  Doricleo, fue sin duda
que entonces despierto estaba:
veldo en las voces que daba
pidiendo a mi gente ayuda.

ALBERTO:

  En buena filosofía
eso entiendo que es flaqueza
que de tu débil cabeza
los sentidos suspendía.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  ¿Cómo?

ALBERTO:

Como el aire está
como un espejo delante,
ve un hombre su semejante.

OTÓN:

La razón de cómo da...

ALBERTO:

  Si está la vista muy flaca
la penetra el aire y queda
como espejo en que ver pueda
su imagen que al vivo saca.

OTÓN:

  ¿Que el aire sólido esté
cuando está flaca la vista?

ALBERTO:

Como él a su luz resista
como en espejo se vee.
  Que de un cierto Antiferón
Aristóteles decía
que por flaca vista vía
por momentos su visión.
  Los enfermos, por flaqueza,
su sombra en el aire ven,
y los medrosos también.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

Culpar debo mi cabeza,
  aunque no es disculpa vana
que quitando a mi persona
el peso de la corona
quedase entonces liviana.
  Sea flaqueza o misterio
la paz está bien tratada,
y en Rodulfo bien fundada
la elección del Santo Imperio.
(Sale ATAÚLFO.)

ATAÚLFO:

  Ya, señor, se ha dado efeto
a tu justa pretensión.

OTÓN:

¿Qué responde?

ATAÚLFO:

Que es razón
reconocelle en secreto
  porque no diga tu gente
que te has humillado tanto...
Diome su persona espanto,
que es hombre heroico y prudente.
  Parte luego, que te aguarda
y darasle la obediencia.

OTÓN:

¡Oh, rigurosa sentencia
que tanto el alma acobarda!

ATAÚLFO:

  Si eres [súbdito], señor,
del Imperio, a la corona,
si la ofendes y él perdona,
toda humildad es valor.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  ¿Que he de besar yo la mano
del que mi sueldo recibió?
¿Que he de estar a los pies yo,
siendo Rey, de un hombre humano?
  Si a los del Papa me he visto,
no era el sentimiento tanto
pues eran de un hombre, y santo,
figura de Pedro y Cristo;
  y allí rendirse es vitoria
pero... a un conde, un conde... ¡Un rey!

ATAÚLFO:

Humana y divina ley
le dan, señor, esta gloria.
  No es conde ya, que ya es
rey, césar y emperador.

OTÓN:

Rabiando voy de dolor
de que he de verme a sus pies.
(Salen RODULFO, LEONCIO y ARNALDO, y alabarderos.)

RODULFO:

  Bien está la tienda ansí:
dentro, Arnaldo, quiero entrar,
no tengo que te avisar.

ARNALDO:

Déjame este cargo a mí.
  Notable será este día
por paz de tanta importancia.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entra en la tienda RODULFO, cubiertas las armas.)
LEONCIO:

Borgoña, Alemania y Francia,
España, Italia y Hungría...
  Al acto célebre están
levantadas las cabezas,
viendo las altas proezas
deste insigne capitán.

ARNALDO:

  La envidia a sus pies se humilla.

LEONCIO:

Esa no la tiene España,
pues ya con alta hazaña
la está esperando Castilla.
  Que, como afirma Merlín,
es justo que la anticipes
de un Carlo y tres Felipes,
que principio me dio y fin.

ARNALDO:

  Venturosos siglos de oro,
¡quién como Néstor viviera
para que en España viera
del mundo el mayor tesoro!
  ¡Las cuatro reinas que ampara
el cielo por sus estrellas,
y las dos infantas bellas,
Catalina, Isabel Clara!
  ¡Quién viera al joven don Juan!
¡Quién al príncipe Felipo!
Pues sin verlos participo
de la gloria que me dan.


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(Sale OTÓN, ATAÚLFO, ALBERTO y DORICLEO.)
OTÓN:

  ¡Oh, famosos caballeros!

ARNALDO:

Seáis, señor, bien venido.

OTÓN:

Dichoso el hombre servido
de tan valientes aceros:
  esto le debo envidiar
más que el imperio que tiene.

LEONCIO:

[Aparte.]
¿Cómo tan humilde viene?
¿Ya se comienza a humillar?

OTÓN:

  ¿Su Majestad dónde está?

ARNALDO:

En esa tienda te espera.

OTÓN:

[Aparte.]
¿Cuándo sospecha tuviera
si un hombre humilde la da?

DORICLEO:

  Era mucha guarda y gente
la que la tienda ha cercado.

ARNALDO:

Está el campo alborotado
para verte solamente.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  ¿Tantas picas y alabardas?

ARNALDO:

¿Vuestra Alteza qué recela?

ATAÚLFO:

[Aparte.]
Ya temo alguna cautela.

LEONCIO:

La tienda es esta: ¿qué aguarda?

OTÓN:

  Entro en el nombre de Dios.

ARNALDO:

Alto la música suene
por la gloria que hoy nos viene
de las paces de los dos.
  ¿Qué digo? ¿Habeisme entendido?
Tocad a donde él os mande.
(Tóquense chirimías; y, cayéndose la tienda, esté RODULFO en una silla armado y con la corona imperial, un mundo en la mano con una cruz y una espada en la otra, y OTÓN de rodillas.)

ATAÚLFO:

¡Traición es esta!

LEONCIO:

¿Qué fue?

ATAÚLFO:

¡Que la tienda se ha caído!


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  Caígase la tienda y caiga
el cielo para que dél,
de las estrellas Luzbel
la tercera parte traiga.
  Caiga, pues cayó en el suelo
tu palabra, fama y ley,
que no es palabra de rey
la que no se guarda al cielo.
  Caiga su cuarto elemento
sobre mi cabeza infame;
su piedra y nube derrame
la parte final del viento.
  Todo caiga sobre mí
pues no caí que pudiera
en hombre que al fin lo era
caber maldad contra mí.
  Hoy a caer se comienza,
con tu tienda y mi valor,
la cortina de tu honor
y el velo de mi vergüenza.
  Ya quedamos descubiertos...
Entre nuestros campos miro
de un mismo valor desnudo
y de una infamia cubiertos:
  tú la palabra rompida
que viste al hombre de honor;
yo, humilde a vil vencedor
que infama toda la vida.


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OTÓN:

  Ojalá esta tienda fuera
aquel templo de Sansón
para que muriendo Otón
también Rodulfo muriera.
  Dame esa mano, que quiero
besártela confiado
que a lo menos ha tomado,
para servirme, dinero.
  Verás que yo cumplo así
mi palabra como bueno,
y tú me la rompes lleno
de afrentosa gloria a mí.
  Que a no ser porque juzgados
aquella afrenta te toca
antes de poner la boca
te la comiera a bocados.
  Pero pensaré contento,
después de quedar besada,
que no te he besado nada
pues mano y palabra es viento.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

  Otón, menos arrogante...
Que si te he dejado hablar
es porque he querido usar
de grandeza semejante.
  Moviste la lengua aprisa
como el áspid cuando ve
que está debajo del pie
del cazador que la pisa.
  Y que en mis pies te he tenido:
quiero usar de mi valor,
que es de grande vencedor
no castigar al vencido.
  La palabra que te he dado
la he cumplido, que en efeto
te di mi perdón secreto
y mi valor declarado.
  La humildad de ti injuriada
castiga ansí tu maldad
porque la buena humildad
no ha de ser enmascarada.
  Y que me des tu obediencia
no ha sido mucho milagro
si mi persona consagro
a tan alta preeminencia.
  Que, en fin, yo soy el segundo
después del Papa en el suelo,
que por eso me da el cielo
esta espada y este mundo.


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RODULFO:

  Pues si al mundo te has rendido,
disculpado quedarás,
que eres un hombre, no más,
y yo todo el mundo he sido.
  No tomé dinero en vano
pues fue ofrenda que me dabas
para cuando imaginabas
venirme a besar la mano.
  Ni por eso a menos vengo,
antes yo me debo honrar,
que era aquello el pie de altar
del sacerdocio que tengo.
  Si la mano me mordieras,
no estaba lejos la espada
con que tu cabeza airada
cortada a mis pies pusieras.
  Y con este ejemplo parte
y imagina a donde fueres
que tengo si me ofendieres
con qué poder castigarte.

OTÓN:

  Ireme donde algún día
que me engañaste verás.

RODULFO:

Mayores indicios das
de tu infamia y cobardía
  cuanto yo los doy, Otón,
de mi grandeza y clemencia.

ATAÚLFO:

Eso no ha sido obediencia.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

¿Pues qué puede ser?

ATAÚLFO:

¡Traición!

ARNALDO:

  ¡Mientes, Ataúlfo!

ATAÚLFO:

¡Afuera!

OTÓN:

Tente y partamos de aquí,
que yo volveré por ti.

ATAÚLFO:

¡Vengarme o morir quisiera!
(Levántese RODULFO.)

RODULFO:

  Corrido parte, y yo quedo
contento de su obediencia.

ARNALDO:

Blasonaba en tu presencia
y, ausente, tiembla de miedo.

RODULFO:

  Mi partida se aperciba
pues él se parte a su tierra.

ARNALDO:

Estremado fin de guerra.
¡Viva nuestro César!

TODOS:

¡Viva!


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen la reina ETELFRIDA [y] ROSELA, dama.)
ETELFRIDA:

  ¿Que estará ya coronado,
Rosela, el Rey mi señor?

ROSELA:

No puede ser su valor
resistido o contrastado,
  y su gran merecimiento
asegura su fortuna.

ETELFRIDA:

¡Qué pertinaz me importuna
un medroso pensamiento!

ROSELA:

  Aunque la desconfianza
todos dicen que es discreta,
no hay cosa más imperfeta
donde es justa la esperanza.
  No quepa en tu discreción,
menos que tan justo bien.

ETELFRIDA:

Hay quien te engañó también
de la pasada elección.
  Créeme que el confiado
ya trae en el alma impreso
el agüero del suceso,
las más veces, desdichado.
  Verdad es que la esperanza,
a quien espera, conviene,
que en efeto se entretiene
mientras que el efeto alcanza.
  Confiaré desconfiada
para no poder culparme,
quedando en desconfiarme,
la esperanza, disculpada.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

  ¿Si habrá vencido mi Otón?
¿Si habrá el Conde vencido?
El amor ha concedido
lo que niega la razón.
  Mas ¿por qué no he de creer
mayores hechos de un hombre
que, fuera de aqueste nombre,
me tiene a mí por mujer?
  Que con la gente famosa
que recogió su bandera
a mis plantas le pusiera
como Tomías, furiosa.
  Vencido habrá el Rey sin falta:
ya le contemplo en la frente
el arco resplandeciente
que la cruz del mundo esmalta.
  ¡Qué dulce imaginación!
¡A fuera sueños y agüeros!
No siempre son verdaderos
los miedos del corazón.
  El Rey está en Aquisgrana,
coronado y elegido.

ROSELA:

Según eso ya te pido,
emperatriz soberana,
  albricias del buen suceso.
Y humillando mi cabeza
de tu cesaria grandeza,
los pies generosos beso.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

  Levántate, que si es
verdad que venció Rodulfo
a tu hijo y de Ataúlfo...
hago de Trebin marqués.

ROSELA:

  Mil años goces, señora,
del Imperio.

ETELFRIDA:

Dios lo quiera.
(Sale ATAÚLFO.)

ATAÚLFO:

Llegar a tus pies quisiera
sin vida, o sin lengua ahora,
  mas dame tus pies, señora,
que al dar su planta a mi boca
como el que veneno toca
me des improvisa muerte.

ETELFRIDA:

  ¿Ataúlfo?

ATAÚLFO:

Reina insigne.

ETELFRIDA:

¿Murió mi Otón?

ATAÚLFO:

No, señora.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

Pues dame licencia ahora
a que contra ti me indigne.
  ¿No siendo muerto mi Otón
me vienes a hablar ansí?
¿Qué fuera a no haber en mí
tan varonil corazón?
  A la mujer que está ausente
de su marido no es bien
que nuevas tristes le den
cogiéndola de repente:
  cuando el que con él ha ido
la quiera hablar o escribir
primero le ha de decir
que está bueno su marido.

ATAÚLFO:

  Aquí vengo a conocer,
con justo arrepentimiento,
que tu gran entendimiento
siempre nos da que aprender.
  Perdóname que el dolor
de daño tan de importancia,
aunque es grande mi ignorancia,
la hizo entonces mayor:
  el Rey vuelve.

ETELFRIDA:

¿Qué? ¿Vencido?

ATAÚLFO:

¡Pluguiera a Dios!

ETELFRIDA:

¡Ay de mí!
Si vive y hablas ansí,
sin duda que viene herido.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ATAÚLFO:

  Más valiera.

ETELFRIDA:

¿Qué me dices?
¿Vivo y no herido, y suspiras?
Ataúlfo, tú no miras
que en eso te contradices.

ATAÚLFO:

  ¿Cómo quieres que le llame
a un hombre que se rindió?

ETELFRIDA:

¿Fue vencido y preso?

ATAÚLFO:

No.

ETELFRIDA:

¿Libre?

ATAÚLFO:

Sí.

ETELFRIDA:

¡Llámale infame!

ATAÚLFO:

  El Rey, señora, afligido
de una fantasma que vio,
que en sueños le atormentó
aunque el despierto ha fingido,
  trazó lo que te diré
si un poco me estás atenta.

ETELFRIDA:

Lo que ha pasado me cuenta
de la manera que fue.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ATAÚLFO:

  Movido desta visión,
sombra espantosa y funesta
que su muerte amenazaba,
por ser injusta la guerra
fingió que unos religiosos
de vida santa y honesta
que dejase le rogaron
la felicísima empresa.
Y con Rodulfo las paces
desta manera concierta:
que en secreto le daría,
como a señor, la obediencia.
Holgose desto Rodulfo
como quien sin miedo o pena,
sin sangre y duda tenía
del Rey la vitoria cierta.
Concertáronse las paces
y, a las venideras fiestas,
de un campo y otro se juntan
las armas en contrapuestas.
Estaba en medio de entrambos
una hermosa y grande tienda
en cuyo estremo se vían
las dos águilas del César.
Cuerdas y borlas de plata
entretejidas de seda,
en las estacas doradas
ataban el ruido en rueda.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ATAÚLFO:

Coronaba la del campo
la bizarra soldadesca,
duques, marqueses y condes
bordados de plata y perlas.
Hasta el mínimo soldado
se pone banda y cadena
sin que se viese entre todos
pluma, cinta o banda negra.
Relumbrando al sol las armas,
que ya se miraba en ellas,
entreteniéndose el viento
con las inquietas banderas.
Puestas en tierra las coces
de las fuertes escopetas
y las picas y alabardas
azadando las trincheras;
verdes plumas, rojas, blancas,
volando de las cabezas,
que ya de los morriones
a los sombriros se truecan:
todos por señal de paz,
y estando a la paz atenta
cuanta gente bebe el Betis,
Lipa de Mel y Mosela
y cuanta el Danubio baña
desde Augusta hasta Viena,
y el Rheno, con agua helada,
del Lebis a Basilea,


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ATAÚLFO:

entró, mirándole el campo,
el Rey, tu esposo, en la tienda
del emperador Rodulfo
por una cortina y puerta,
donde al tiempo que tocaron
chirimías y trompetas
y los mosquetes disparan
la salitrada materia,
cayó la tienda en el suelo...
viéndose Rodulfo en ella,
en la mano izquierda un mundo
y un blanco estoque en la diestra,
en una silla imperial
y armado de todas piezas,
y a sus pies el rey Otón,
...................................
donde, a vista de su campo,
por traición o estratagema,
con los vergonzosos labios
la mano a Rodulfo besa.
Las palabras que pasaron
este las diga y refiera,
que para pasar de aquí
se me ha trabado la lengua.

ETELFRIDA:

  ¡Oh, infame rey! ¿Es posible
que eres mi marido?

ATAÚLFO:

Advierte
que no muestras desa suerte
tu corazón invencible.
  Esto es hecho: si le quieres
y le quieres consolar,
has de callar.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

¿Qué es callar,
viles, cobardes mujeres?
  Ahora verás si callo:
lléguese a la puerta a ver
cuán presto le haré volver
la fácil rienda al caballo.
  No ha de entrar Otón aquí:
¡cerrad esas puertas luego!

ATAÚLFO:

Señora, solo te ruego
que en esto vuelvas por ti:
  tu esposo y tu rey se nombra.

ETELFRIDA:

¡Compañero del cobarde,
que a su vergonzoso alarde
serviste entonces de sombra!
  ¡Consejero desleal,
amigo falso y fingido,
ya mensajero atrevido
y no honrado general!
  ¡Vive Dios que te desciña
la espada y te la atraviese!

ATAÚLFO:

Ponte en medio.

ROSELA:

¿Premio es ese?

ETELFRIDA:

¿Querrás que un laurel le ciña?
  No entres tú tampoco aquí,
mujer de esotra mujer.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ROSELA:

¡Señora!

ETELFRIDA:

¡No hay responder!
(Váyase.)

ATAÚLFO:

Buenos quedamos ansí,
  mas por tu vida, Rosela,
que le sobra la razón.

ROSELA:

Vive tú y perezca Otón,
por justicia o por cautela.
  A nuestra casa nos vamos,
que ya el palacio cerró.

ATAÚLFO:

Sospecho que Otón llegó:
por este patio salgamos.
(Salen OTÓN, ALBERTO, DORICLEO y soldados.)

OTÓN:

  Parece que Ataúlfo no ha llegado
según está el palacio quieto y mudo...
Y como no he querido entrar por Praga,
menos se habrá sentido el alboroto,
aunque el haber tocado caja y pífanos
y todos los clarines de mi ejército,
que no está media legua de palacio,
pudieran despertar estas almenas
cuanto más los sentidos de quien ama,
que por cualquiera voz están despiertos:
¡estraño caso!


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALBERTO:

¿Cómo?

ETELFRIDA:

¡Está cerrada
de tu palacio la segunda puerta!

OTÓN:

¿Deso te espantas siendo mi Etelfrida
tan casto ejemplo de matrona casta?

DORICLEO:

Si ansí las ha tenido por tu ausencia,
¿cómo por tu presencia no las abre?

OTÓN:

¡Oíd, oíd! La Reina está en lo alto
de una celada, armada la cabeza,
de un peto el pecho y de una gola el cuello.
¡Ah, mi señora! Dadnos parte a todos
de tan estraña novedad como esta!
Que pecho que esperaba mis abrazos
lastimárame con su acero el mío,
que le pienso apretar con tu licencia
que suele dar una prolija ausencia.


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(Sale ETELFRIDA en lo alto, armada.)
ETELFRIDA:

  ¿Quién duda que te parezca
mi pecho duro, acerado,
siendo tú tan delicado
aunque en mujer resplandezca?
  No entiendas que le vestí
sin causa, estando enojada:
mas porque, viéndome armada,
fueses huyendo de mí.
  Que la dureza que encierra
lastimará tus abrazos:
si tienes tan tiernos brazos,
¿para qué fuiste a la guerra?
  ¿Fuerza me queréis hacer?
Quien como tú viene y va,
aún pienso que no tendrá
fuerzas con una mujer.
  ¡Qué gracioso capitán!
¡Oh, qué Cipión en Roma!
De las provincias que doma,
laurel y triunfo le dan.
  Bueno vienes por mi vida
con la corona imperial
de aquel arco celestial
la que llevaste añadida.
  Antes la puerta entendí
ensanchar para la entrada,
y tal vienes que cerrada
viene a sobrar para ti.


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ETELFRIDA:

  ¡Qué descuidado venías
que ignoraba tu bajeza
pues tocaste por grandeza
trompetas y chirimías!
  A tu público desprecio
no sé qué nombre le llame:
no basta venir infame
que también veniste necio.
  Si hubiera vergüenza en ti
a media noche vinieras
tan mudo que no supieras
hablarme palabra a mí.
  Pero podrás disculparte,
que ya tan escuro estás
que como hombre vil podrás
pasar por [cual]quiera parte.
  Vendrás ahora, galán,
a gozarme muy despacio
entre el ámbar de palacio
y lejos del alquitrán.
  Pues, por tu vida, que en vano
amor tu ausencia provoca,
que no ha de besar mi boca
quien besó a otro la mano.
  Es Rodulfo muy soldado:
traerala sucia y sangrienta
y habrá después de la afrenta
algo a tu boca pegado.
  Vete con Dios a otra parte...


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OTÓN:

¿Burlas?

ETELFRIDA:

Eres hombre dellas.

OTÓN:

¿Eclipsadas tus estrellas?

ETELFRIDA:

No la tuviste de Marte
  y las mías ya lo son,
que aunque mujer, si yo fuera
por tu causa, no volviera
como tú vuelves, Otón.
  Si en la guerra sombras sueñas
asiendo el aire que pasa,
mejor quedaras en casa
con mi labor y mis dueñas.

OTÓN:

  ¡Ah, mi bien, abre!

ETELFRIDA:

¿Entrar quieres?
Ya en mi casa no ha de ser,
porque ¿qué paz puede haber
si vivimos dos mujeres?
  Aunque, si eres mujer, ya
yo seré el hombre.

OTÓN:

¡Abre, digo!
Que ya me enojo contigo...
¿No escucháis qué necia está?
  ¡Abre, Etelfrida! ¡Abre aquí
o romped!


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ETELFRIDA:

¡Menos feroz...!
¿No ves que daré una voz
y iréis huyendo de mí?
  Pero espera, que ya bajo...

OTÓN:

Infamia fue la desdicha:
¿soy algún hombre, por dicha,
que vivo de mi trabajo?
  ¡Qué ha de mandarme ninguno!
¡Reñir e infamar mi nombre!
¿Mi mujer con fieros de hombre?
Las puertas quiero romper.

DORICLEO:

  Considera, gran señor,
que si vinieras vencido
la Reina hubiera tenido
de tu desdicha dolor,
  pero, rendido sin guerra,
¿qué mucho que le lastime?

OTÓN:

La desdicha que me oprime
también me alcanza en mi tierra:
  ya todos sois contra mí.

DORICLEO:

No, señor, pero alabamos
la resistencia que hallamos
en la Reina contra ti.
  ¿Qué romana o macedonia
a tu Etelfrida igualó,
ni la asiria que fundó
los muros de Babilonia?
  Mira, señor, que a su nombre
debes alabanza eterna,
que aquí ni mujer gobierna
ni tú dejas de ser hombre
  sino que se ve un ejemplo
de una mujer valerosa.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

Bien dices. ¡Oh, reina hermosa,
tan digna de estatua y templo!
  Pero escuchad, que ya abrió.
(Sale la reina, con una pica, en la puerta.)

ETELFRIDA:

Ya, Rey, la tienes abierta,
que imagino que esta puerta
basto a resistirla yo.
  El pecho y el paso aplica:
en bien puedes llegar
porque, el que quisiere entrar,
ha de entrar por esta pica.

OTÓN:

  Reina, ¿qué es esto?

ETELFRIDA:

¡Villanos,
ninguno pase de aquí!

OTÓN:

¿Armas, Reina, contra mí?
¿Tú, Reina, lanza en las manos?
  Puesto que Marte pareces,
entraré a pesar de Marte.

ETELFRIDA:

¡Vive el cielo que os ensarte
uno a uno como peces!
  Mas para venceros puedo
nombrar a vuestro enemigo,
porque si «Rodulfo» digo
iréis huyendo de miedo.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  Cesen ya las palabras afrentosas,
valerosa Etelfrida, que te juro
por el supremo autor que rige al cielo,
por mi real corona y por tus ojos,
que son las piedras y diamantes della,
de no entrar en mi casa ni quitarme
la espada en Praga ni comer bocado
hasta volver en busca de Rodulfo.
Venciome tu valor que, nuevamente,
dentro del pecho corazón me infunde.
Conocí mi flaqueza y cobardía,
y pagarela con verter mi sangre.
¡Llamad luego Ataúlfo! ¡Ataúlfo, viene!
(Sale ATAÚLFO.)

ATAÚLFO:

Vengo a servirte, Otón.

OTÓN:

Deja, Conde amigo,
los brazos de Rosela y de tus hijos;
deja tu casa, pues que yo no puedo
gozar los de la Reina y ver la mía;
que, sin tener un hora de descanso,
en busca de Rodulfo volver quiero;
el campo marche y máteme la honra
de una mujer tan varonil que puede
entre las de la fama ser octava.

ATAÚLFO:

¡Ese valor es digno de tu pecho!


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ETELFRIDA:

¡Ahora quiero yo darte mis brazos!
¡Ahora, Otón, eres mi bien y esposo!

OTÓN:

¡Y yo te estimo en lo que tú mereces!

ETELFRIDA:

Advierte que a la guerra he de ir contigo.

OTÓN:

Pienso que aún temes que me vuelva a verte
con otra infamia como la pasada.

ETELFRIDA:

No temo ya que a todo el mundo temas
sino que quiero ahora acompañarte.

OTÓN:

No te pienso negar los imposibles
mayores que en tu pecho caber pueden.

ETELFRIDA:

¡Marche ese campo!

OTÓN:

¡Vamos, Ataúlfo!

ETELFRIDA:

¡Viva el bohemio Otón! ¡Muera Rodulfo!
(Entren el rey DON ALONSO de España, DON JUAN DE TOLEDO y acompañamiento.)

DON ALONSO:

  ¿En fin que ha sido en balde mi camino?

TOLEDO:

El aviso llevaba con cuidado,
pero la fiera mar o mi destino
me impidieron a España haber llegado.


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DON ALONSO:

No fue Rodulfo del Imperio indigno.

TOLEDO:

En fin en Aquisgrana coronado
después de Otón vencido está contento.

DON ALONSO:

Haber pasado hasta Alemania siento.
  La elección me ha engañado, que pensaba
que guardaban su fe los electores
Saliendo ansí de Burgos, donde estaba
con tantos caballeros y señores,
y en tiempo que mis reinos contrastaba
el mejor de los moros Almanzores,
quiera Dios que al volver en paz los halle.
(Sale UN CORREO.)

CORREO:

Donde quiera que esté, tengo de hablalle.

DON ALONSO:

  ¿Es correo de España?

CORREO:

Ahora llego.

DON ALONSO:

¿Qué hay de España?


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CORREO:

Que el moro de Granada
ha escrito a Benyucaf que partió luego
de Jubenamarín con gruesa armada,
y entraban ya, señor, a sangre y fuego
por Gibraltar como la vez pasada
si don Sancho, arzobispo de Toledo,
no les pusiera con sus armas miedo.
  Ya don Nuño de Lara le acompaña,
que hasta Ciudad Real llegan los moros
por donde Guadiana el campo baña
cargados de cautivos y tesoros.
De Burgos salió el príncipe de España
movido de sus lástimas y lloros,
y yo le dejé enfermo en el camino.

DON ALONSO:

¡Oh, rey nacido en desdichado signo!
  Partamos luego a España, caballeros,
que hacen los moros en su tierra estrago
rogando que relumbren los aceros
sobre sus cuellos del patrón Santiago.

TOLEDO:

Aguardaron, en fin, los moros fieros
que estuvieses ausente.

DON ALONSO:

Si no hago
una fiera venganza decir puedo
que no soy español.

TOLEDO:

Ni yo Toledo.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(RODULFO, ARNALDO, LEONCIO y soldados.)
RODULFO:

  Otón vencido, Otón desbaratado,
Otón que ayer besó mi mano en público,
ahora, con doblada gente y armas,
mi descuidado ejército acomete
cuando quise, valientes capitanes,
que cada cual a descansar se fuese.

ARNALDO:

Después de haber las villas destrüido
por donde ahora de Bohemia ha vuelto,
animoso presenta la batalla
y con doblado número de gente.
Pero si ya Tu Majestad Cesaria
ha conocido su flaqueza y fuerzas,
su variedad y sus consejos fáciles,
¿qué tiene de dudar del vencimiento?
Porque si entonces le besó la mano
estando en libertad, ahora, preso,
le ha de besar el pie.

RODULFO:

¿Por qué, decid,
habrá tenido tanto atrevimiento?
¿Qué causa le di yo?

ARNALDO:

La de la tienda
a donde, según dice, le rompiste
para su infamia la palabra dada.

RODULFO:

Yo no le di palabra, en eso miente,
ni le firmé papel, ni hay hombre alguno
que diga que la hice juramento.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

Así es verdad.

RODULFO:

¡Pues alto! Si le falta
justicia, como entonces, y sin ella
pretende la corona del Imperio
de que el Papa me dio la investidura:
¡Otón muera, alemanes!

TODOS:

¡Otón muera!

ARNALDO:

Yo meteré en sus tiendas tu bandera.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(La batalla se dé saliendo y entrando, hasta que OTÓN salga con la espada.)
OTÓN:

  ¡Ah consejo que en mi daño
femenil engaño dio!
¡Oh amor, de la vida engaño:
cuán a prisa me llegó
tras la culpa el desengaño!
  ¡Pobre gente que a perder
la vida os vine a traer
como corderos al ara!
Ved en lo que un hombre para,
todo por una mujer...
  Cansados os he traído
a donde, sin pelear,
el contrario os ha vencido
por no daros más lugar
un pensamiento avenido.
  Aún no os podéis defender
sin dormir ni sin comer,
ni el mismo Rey que os esfuerza
tiene para hablaros fuerza:
todo por una mujer...
  Adán perdió el Paraíso,
las grandes fuerzas Sansón,
Salomón el alto aviso,
David su gran perfección
y la vida el circunciso.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

  Nino el imperio, el placer,
Grecia honor, Troya poder,
Semíramis la razón
y ahora la honra Otón:
todo por una mujer...
  Mas aunque por ella muero
quiero partir a buscalla,
que más que al alma la quiero.
¿Cómo a entrar en la batalla
tiembla en la mano el acero?
(La sombra le asga por detrás los brazos.)
  ¡Ay de mí! Sombra, ¿qué es esto?
Déjame, rostro funesto,
no me atormentes, que voy
a ver mi esposa: ya estoy,
¡oh muerte!, en tus brazos puesto.
(Unos soldados.)

SOLDADO [1º.]:

  ¡Este es: dalde!

OTÓN:

¡Tened, gente!

SOLDADO [2º.]:

¿Quién es?

OTÓN:

¡El Rey!

SOLDADO [1º.]:

No lo crea,
que el Rey huye.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTÓN:

¡Que esto consiente
el cielo!

SOLDADO [1º.]:

¡Mátale!

OTÓN:

Sea
si es a mi honor conveniente.

SOLDADO [2º.]:

  Vamos de aquí.
(Váyanse los soldados.)

OTÓN:

Ya el mortal
punto que el alma tenía
llegó a su estremo final.
¿Dónde estás, señora mía,
causa de todo mi mal?
  Ya que me has muerto: visita
en este punto postrero
vida que tu mano quita
más que el alemán acero
aunque mi honor resucita.
  Vuelve tu sol celestial
antes que se cierre el día
con esta noche mortal.
¿Dónde estás, señora mía,
causa de todo mi mal?


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen RODULFO y la Reina, y todos los capitanes y banderas y cajas.)
RODULFO:

  Ya lo tengo ansí mandado,
mas dicen que no parece.

OTÓN:

[Aparte.]
Gente a mi muerte ha llegado.

ETELFRIDA:

Aquí, señor, resplandece
tu valor nunca eclipsado:
  tuyas son vitoria y fama.

RODULFO:

¿No es hermosa?

ARNALDO:

Es bella dama

OTÓN:

¡Ay!

ETELFRIDA:

¡Oh triste confusión!
Ansí se queja mi Otón
cuando está malo en la cama.

OTÓN:

  ¡Jesús, recibe mi alma!

ARNALDO:

Él es y agora espiró.

ATAÚLFO:

Pulso y movimiento calma.


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ETELFRIDA:

Pues agora digo yo
que es de Otón la gloria y palma.
  Venció Otón, porque vencido
porque en morir ha cumplido
con la deuda del honor.
Si no murió Emperador,
murió a la corona asido.
  Aunque vencedor te hallas,
no por eso le atropellas:
las cosas basta intentallas
cuando son tan grandes ellas
que es imposible acaballas.
  Aunque el mundo me disfame
de ver que muerto le ame,
como ya, mi bien, lo estás,
digo que te quiero más
mil veces muerto que infame.
  Que yo te tendré presente
lo poco que en esta ausencia
durará mi vida ausente.
Mas dame, señor, licencia.

RODULFO:

¿Dónde vas?

ETELFRIDA:

¡Suelta!


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La imperial de Otón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

¡Detente!
  Id tras ella: no se mate.
Y de llevar como es justo
el cuerpo de Otón se trate,
que de honrar su cuerpo gusto
y no pretender rescate.
  Id con pompa general
arrastrando por señal
las banderas de dolor.

ARNALDO:

Aquí dio fin el autor
a la Comedia Imperial.
(En hombros, con cajas y trompetas y soldados, lleven a OTÓN y den fin.)

Fin01.jpg


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