La ley del pudor

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La ley del pudor

(1979)
de Michel Foucault


Diálogo de Michel Foucault con Guy Hocquenghem y Jean Danet durante un programa de radio dirigido por Roger Pillaudin y emitido por France Culture el 4 de abril de 1978. La transcripción fue publicada originalmente en francés con el título La Loi de la pudeur en la revista Recherches, n.º 37 (abril 1979). Posteriormente se incluyó en la recopilación Dits et Écrits 1976-1979 de Foucault.


M. Foucault: Si los tres hemos aceptado participar en este programa (hace ahora varios meses que tomamos la decisión de hacerlo) es por la siguiente razón. Una corriente evolutiva bastante amplia, bastante masiva y que en un primer momento parecía irreversible, podía hacer esperar que el régimen legal impuesto a las prácticas sexuales de nuestros contemporáneos iba por fin a relajarse y disolverse. Un régimen que no es tan antiguo, ya que el Código penal de 1810[1] no decía mucha cosa acerca de la sexualidad, como si la sexualidad no tuviera que depender de la ley. Solo durante el siglo XIX, y sobre todo durante el XX, en la época de Pétain y de la enmienda Mirguet (1960)[2], la legislación en materia de sexualidad empieza a volverse cada vez más represiva. Pero desde hace unos diez años se puede observar, en las costumbres y en la opinión pública, un movimiento favorable a hacer evolucionar ese régimen legal. Incluso se ha reunido una Comisión de Reforma del Derecho Penal que tenía, y sigue teniendo como cometido, redactar de nuevo algunos de los principales artículos del Código penal. Y dicha comisión ha admitido efectivamente y con, debo decirlo, mucha seriedad, no solo la posibilidad, sino también la necesidad de cambiar la mayor parte de los artículos que regulan, en la legislación actual, la conducta sexual.

Esta comisión, que se reúne desde hace ahora varios meses, sopesó esta reforma de la legislación en materia de sexualidad durante los meses de mayo y junio pasados. Y creo que las propuestas que esperaba realizar eran de las que podríamos llamar liberales. Pero parece que, desde hace varios meses, se está perfilando un movimiento en sentido contrario, un movimiento que resulta inquietante. En primer lugar, porque no se da solo en Francia. Basta con ver lo que está ocurriendo, por ejemplo, en los Estados Unidos, con la campaña que Anita Bryant ha llevado a cabo contra los homosexuales, y que ha llegado a rozar el llamamiento al asesinato. Es un fenómeno que se puede observar en Francia. Pero en Francia se manifiesta a través de algunos hechos concretos y puntuales, de los que hablaremos más adelante (seguro que Jean Danet y Guy Hocquenghem nos darán algunos ejemplos), pero que parecen indicar que, por una parte en la labor policial y, por otra parte, en la jurisprudencia, se está volviendo más bien a posturas firmes, a posturas duras, a posturas estrictas. Y este movimiento, observable en la labor policial y judicial, está lamentablemente apoyado, en muchos casos, por campañas de prensa, o por un sistema de información manejado desde la prensa. Es por lo tanto en este contexto, el de un movimiento global tendente al liberalismo seguido de un fenómeno de reacción, de rechazo, de frenada, tal vez incluso el inicio del proceso contrario, en el que nos disponemos a debatir esta noche.

G. Hocquenghem: Hace ahora seis meses lanzamos una petición que exigía la revocación de algunos artículos de la legislación, en particular aquellos que castigan las relaciones sexuales entre adultos y menores por debajo de quince años, así como la incitación de menores al libertinaje, y su despenalización. Fue firmada por mucha gente, por personas pertenecientes a todo el abanico político, y que van desde el Partido Comunista hasta la señora Dolto[3]. Es por lo tanto una petición que ha sido firmada por muchas personas que no son ni sospechosas de ser pedófilas ellas mismas en particular, ni sospechosas de ser extravagantes desde el punto de vista político. Teníamos la impresión de que se estaba perfilando un cierto movimiento, y dicho movimiento se confirmaba por los documentos que hemos podido ver de la Comisión de Reforma del Código Penal.

Lo que observamos a día de hoy es que esa especie de movimiento no solo es poco menos que una ilusión liberal, sino que, de hecho, no va en paralelo a una transformación profunda en la jurisprudencia, en los enjuiciamientos o en la propia manera de instruir un caso. Es más, con respecto a la opinión pública y a los medios de comunicación —prensa, radio, televisión, etc.—, más bien parece esbozarse lo contrario, con la utilización de nuevos argumentos. Esos nuevos argumentos giran principalmente en torno a la infancia, es decir, en torno a la explotación de la sensibilidad popular, de la sensibilidad de la opinión pública y de su odio espontáneo hacia todo lo que se refiere al sexo cuando está relacionado con niños. Así, un artículo del Nouvel Observateur empieza con una entradilla que dice que «la pornografía en relación a la infancia es la última pesadilla americana, y tal vez la más horrible de un país fértil en escándalos». Cuando se dice que la pornografía infantil es el más horrible de los escándalos actuales, salta a la vista la desproporción que hay entre el sujeto aludido, la pornografía infantil —ni siquiera la prostitución—, y los inmensos dramas y represiones que pueden sufrir, por ejemplo, los negros de los Estados Unidos. Toda esta campaña sobre la pornografía, sobre la prostitución, sobre todos esos fenómenos sociales ya de por sí sujetos a debate (a nadie, aquí, se le ocurre hacer bandera de la pornografía o de la prostitución infantil), solo lleva al siguiente planteamiento fundamental: «es peor aún cuando los niños consienten y mucho peor aún si no es pornografía ni se paga por ello», etc.

Es decir, todo el contexto criminalizador solo sirve para desgranar el núcleo de la acusación: usted quiere hacer el amor con niños que consienten. Solo sirve para acentuar la prohibición tradicional, y para acentuar de otra forma, con nuevos argumentos, la prohibición tradicional de las relaciones consentidas sin violencia, sin dinero, sin ningún tipo de prostitución, que pueden darse entre adultos y menores.

J. Danet: Ya sabemos que algunos psiquiatras consideran que las relaciones sexuales entre niños y adultos son siempre traumáticas. Y que si el niño no las recuerda es porque permanecen en su inconsciente, pero que en cualquier caso queda marcado para siempre y trastornado. Así que lo que se está planeando con la intervención de los psiquiatras en los tribunales es una manipulación del consentimiento de las supuestas víctimas, una manipulación del consentimiento del niño, una manipulación de su palabra. Y además hay una utilización, bastante reciente, diría yo, de las leyes represivas, que conviene destacar porque tal vez sirva a la justicia como táctica provisional para subsanar carencias. En realidad, en las instituciones disciplinarias tradicionales —la cárcel, la escuela y el manicomio—, los enfermeros, los profesores, etc., seguían un reglamento muy estricto. Sus superiores se hallaban muy cerca y les vigilaban permanentemente, tanto, en fin, como ellos vigilan a los niños o a los locos. Por el contrario, en los nuevos organismos de control social, el control a través de la jerarquía resulta mucho más difícil. Y podemos preguntarnos si no asistiremos a una utilización de las leyes del derecho común —incitación de menores al libertinaje, por ejemplo—, contra trabajadores sociales o maestros. Y señalo de paso que Villerot es maestro, y que Gallien era médico, aunque los hechos no acaecieran durante el ejercicio de su profesión. Y que en 1976, en Nantes, tuvo lugar un proceso contra un maestro que había sido acusado de incitación de menores al libertinaje por haber proporcionado anticonceptivos a los niños y niñas que tenía a su cargo. Por lo tanto, el derecho común serviría esta vez para castigar a los maestros o trabajadores sociales que no hagan su trabajo de control social tal y como desean sus respectivas jerarquías. Ya entre 1830 y 1860 es posible observar cómo las leyes se encarnizan literalmente con los maestros, hasta el punto de que ciertas sentencias dicen explícitamente que el artículo 334 del Código penal, relativo a la incitación de menores al libertinaje, se aplica sobre ciertas personas, precisando entre paréntesis a los maestros, por ejemplo, cuando el caso en cuestión no está relacionado con un maestro.

Es posible observar hasta qué punto lo que buscan todas estas leyes son, en última instancia, lugares en los que poder meter a los pervertidos que pueden corromper a la juventud. Ésa es la obsesión de los jueces. No han logrado definir las perversiones. Serán la medicina y la psiquiatría las que lo hagan en su lugar. A mediados del siglo XIX les asalta una obsesión: ¿Y si los pervertidos estuvieran en todas partes? Y empiezan a acorralarles en las instituciones más peligrosas, en las instituciones de riesgo, entre la población de riesgo, aunque todavía no se haya inventado esa expresión. En la actualidad, si durante algún tiempo hemos podido creer que las leyes iban a dar marcha atrás, no ha sido porque pensáramos que nos hallábamos en un período liberal, sino porque sabíamos que se aplicarían métodos más sutiles de control de la sexualidad. Y que tal vez la aparente libertad que camuflaban esos controles sociales más flexibles, más difusos, se extendería más allá de lo jurídico y de lo penal. Este ya no es necesariamente el caso, y todo hace suponer que las leyes represivas tradicionales operarán junto a controles mucho más sutiles, un tipo de sexología desconocida hasta la fecha que invadiría todas las instituciones, incluyendo las educativas.

M. Foucault: Efectivamente, creo que con eso llegamos a un punto importante. Aunque es cierto que somos testigos de un cambio, tal vez no sea cierto que ese cambio vaya a ser favorable a una suavización real de las leyes en materia de sexualidad. Como ha señalado Jean Danet, durante todo el siglo XIX se fue acumulando poco a poco, aunque no sin dificultades, un conjunto de leyes muy represivas. Pero esta legislación se caracterizaba por el hecho de no haber sido nunca capaz de decir exactamente lo que castigaba. Se castigaban los atentados [contra el pudor], pero nunca se definió lo que es un atentado. Se castigaba el ultraje, pero nunca se supo lo que era un ultraje. La ley preveía defender el pudor, pero nunca se supo lo que era el pudor. En la práctica, cada vez que hacía falta justificar una intervención legislativa en el ámbito de la sexualidad, se invocaba el derecho al pudor. Y podría decirse que toda la legislación en materia de sexualidad que se ha desarrollado en Francia desde el siglo XIX es un conjunto de leyes sobre el pudor. Es un hecho cierto que este aparato legislativo, dirigido hacia un objeto indefinido, nunca ha sido utilizado salvo en casos considerados tácticamente útiles. Ha habido sin duda toda una campaña contra los maestros. En un momento dado se utilizó contra el clero. Esta legislación se utilizó para regular los fenómenos de prostitución infantil, tan importantes a lo largo del siglo XIX, entre 1830 y 1880. Ahora nos damos cuenta de que ese instrumento, que posee la ventaja de la flexibilidad, ya que su objeto es indefinido, no puede sobrevivir por mucho tiempo, dado que los conceptos de pudor, de ultraje y de atentado pertenecen a un sistema determinado de valores, cultural y discursivo. Desde la explosión pornográfica y los beneficios que comporta, desde toda esta nueva perspectiva, ya no es posible seguir utilizando esas palabras ni hacer que la ley opere sobre dichas bases. Y lo que se está perfilando —y por eso creo que es importante hablar del problema de la infancia—, lo que se está perfilando es un nuevo sistema penal, un nuevo sistema legislativo, cuya función será no tanto la de castigar lo que sería la violación de esas leyes generalizadas sobre el pudor, como la de proteger a una población o a parte de una población considerada especialmente vulnerable. Es decir, el legislador no justificará las medidas que proponga diciendo: «Hay que defender el pudor universal de la humanidad». Lo que dirá será: «Hay personas para las cuales la sexualidad de los demás puede convertirse en un peligro permanente». En esta categoría, por supuesto, están los niños, que pueden hallarse a merced de una sexualidad adulta que les resultará extraña y que puede ser dañina para ellos. De ahí una legislación que recurre a ese concepto de población vulnerable, de «población de alto riesgo», como se dice, y a todo un conocimiento psiquiátrico o psicológico impregnado de psicoanálisis —que este sea bueno o malo importa poco en el fondo—, y ello dará a los psiquiatras el derecho de intervenir dos veces. En primer lugar, y en términos generales, para decir: «Sí, por supuesto, los niños tienen una sexualidad, no podemos volver a antiguas quimeras que nos hacían creer que el niño era puro y no sabía lo que era la sexualidad. Pero nosotros, los psicólogos, los psicoanalistas, los psiquiatras, los pedagogos, sabemos perfectamente bien que la sexualidad de los niños es una sexualidad específica, con sus propias formas, con sus propios períodos de maduración, con sus puntos álgidos, con sus impulsos específicos, y también con sus períodos de latencia. La sexualidad infantil es un territorio con su propia geografía, en el que el adulto no debe penetrar. Un territorio virgen, un territorio sexual, desde luego, pero un territorio que debe conservar su virginidad». El adulto intervendrá así como garante de esa especificidad de la sexualidad infantil, con el fin de protegerla. Y por otra parte, en cada caso concreto dirá: «Nos hallamos ante el caso de un adulto que ha mezclado su sexualidad con la sexualidad de un niño. Es posible que el niño, con su propia sexualidad, haya deseado a este adulto, puede incluso haber consentido, puede incluso haber dado el primer paso. Podemos admitir incluso que es él el que ha seducido al adulto. Pero nosotros, con nuestro conocimiento psicológico especializado, sabemos perfectamente que aunque sea el niño el que seduzca, siempre correrá un riesgo, y que en todos los casos sufrirá algún daño y algún trauma por el hecho de mantener relaciones con un adulto. Por lo tanto, el niño debe ser ‘protegido de sus propios deseos’, aun cuando sus deseos le lleven hacia un adulto». El psiquiatra será el que podrá decir: «Puedo pronosticar que se producirá un trauma de tal o tal magnitud como consecuencia de tal o tal tipo de relaciones». Por lo tanto, sobre el nuevo marco legislativo —dirigido básicamente a proteger a ciertos sectores vulnerables de la población mediante el establecimiento de un nuevo poder médico— se basará una concepción totalmente cuestionable de la sexualidad y, sobre todo, de las relaciones entre la sexualidad infantil y la sexualidad adulta.

G. Hocquenghem: Hay todo un cóctel de conceptos que permiten construir ese concepto de delito, o de atentado contra el pudor, un cóctel muy complejo sobre el que no tenemos tiempo aquí de disertar detenidamente, pero que se compone a la vez de las prohibiciones religiosas relacionadas con la sodomía y de datos completamente nuevos como aquellos a los que se ha referido Michel Foucault, acerca de lo que la gente cree saber de la total diferencia entre el mundo infantil y el mundo adulto. Pero la tendencia general de hoy en día es, indiscutiblemente, no solo crear un tipo de delito que no es más que la relación erótica o sexual entre un niño y un adulto, sino también, ya que esta puede ser aislada en forma de delito, crear una cierta categoría de población definida por el hecho de entregarse a esos placeres. Existe, pues, una categoría especial de pervertidos, en sentido propio, de monstruos cuyo objetivo en la vida es practicar sexo con niños. Se convierten, además, en pervertidos y monstruos intolerables, ya que el delito como tal está reconocido y establecido, y en adelante reforzado por todo el arsenal psicoanalítico y sociológico.

Lo que se está haciendo es crear un tipo completamente nuevo de delincuente, un delincuente tan inconcebiblemente terrible que su delito va más allá de ninguna explicación, de ninguna víctima. Es un poco como opera esa especie de monstruo jurídico, ese término de «atentado sin violencia»: un ataque sin violencia, indemostrable en cualquier caso y que no deja rastro alguno, ya que el anuscopio en sí mismo es incapaz de hallar la menor herida que legitime de una forma u otra la noción de violencia. En cierto modo, el ultraje público al pudor también hace eso, en la medida que, como todos sabemos, el ultraje en cuestión, para ser cometido, no necesita para nada de ningún público. En el caso del atentado sin violencia, aquel en el que la policía no ha podido encontrar nada, nada de nada, cero, en ese caso, el delincuente sólo es un delincuente porque es un delincuente, porque tiene esos gustos. Es lo que podría denominarse un delito de opinión. Fijémonos en el caso de Paradjanov. Cuando una delegación llegó a París para ver al representante de la embajada de la URSS con el fin de entregarle una protesta, el representante de la URSS le contestó: «En realidad usted no sabe por qué ha sido condenado: ha sido condenado por violar a un niño». Aquel representante leía la prensa y sabía muy bien que ese término asusta más que cualquier otro. La creación de este nuevo tipo de delincuente, la creación de ese individuo tan pervertido como para hacer algo que hasta ahora siempre se ha hecho sin que nadie haya creído oportuno meter las narices en ello, es un paso sumamente grave desde el punto de vista político. Aunque no haya alcanzado las dimensiones de las campañas contra los terroristas, son sin embargo varios cientos los casos que pasan al año frente a los tribunales. Y esta campaña viene a decir que cierta parte de la población debe ser a partir de ahora considerada, a priori, como delincuente, tal vez perseguida mediante operaciones del tipo «Colabore con la policía», y eso es lo que ocurrió en el caso de Villerot. El informe policial señalaba con interés que la población había participado en la búsqueda, que la gente había utilizado sus coches para buscar al pervertido. En cierto modo, el movimiento se alimenta de sí mismo. El delito se desvanece, nadie se preocupa ya por saber si en realidad ha habido un delito o no, o si alguien ha resultado dañado o no. Nadie se preocupa ya ni siquiera por saber si realmente ha habido una víctima. El delito se alimenta completamente de sí mismo a través de la cacería humana, de la identificación, del aislamiento de la categoría de individuos considerados como pedófilos. Desemboca en esa especie de llamada al linchamiento que representan hoy en día algunos artículos de prensa.

J. Danet: No cabe duda de que los abogados que defienden estos casos tienen muchísimos problemas. Y precisamente sobre esos problemas quisiera hacer una observación. En casos como el de Croissant o de abogados de terroristas, los abogados han sido considerados de inmediato como peligrosos cómplices de los terroristas[4]. Todo aquél que entraba en contacto de cerca o de lejos con el caso era cómplice. De un modo similar, el problema de defender a alguien que ha sido acusado de actos indedentes contra un menor, especialmente en provincias, es sumamente serio, porque muchos abogados sencillamente no pueden asumir dicha defensa, evitan llevarla, prefieren ser designados de oficio. Porque, de algún modo, cualquiera que defienda a un pedófilo puede ser sospechoso de tener no se sabe qué oscura simpatía hacia la causa, oscura simpatía sobre la que los jueces siempre piensan entre sí: si les defiende, es porque en el fondo no está muy en contra. Es un hecho grave, que cito medio riendo, pero que es conocido por todos aquellos que han tenido que enfrentarse a la justicia, tanto en provincias como en París, a causa de estos asuntos: es sumamente difícil tanto defender un caso así por parte de un abobado, como incluso, en ocasiones, encontrar un abogado dispuesto a asumir la defensa. Un abogado podrá defender muy fácilmente a un mafioso o a un asesino con diez ancianas a sus espaldas. Eso no tiene ninguna importancia. Pero defender a alguien que ha rozado el pene de un niño durante un segundo es un auténtico problema. Ello forma parte del juego que se crea en torno a este nuevo tipo de delincuente, el adulto que tiene relaciones eróticas con niños.

Pido disculpas por hacer referencia una vez más a la historia, pero creo que en este ámbito balbucea un poco, y que puede resultar útil remontarse a lo que ocurrió en el siglo XIX y a principios del XX. Cuando se publicó una Carta Abierta a la Comisión de Reforma del Código Penal, con una serie de firmas al pie, se pudo observar que había sido firmada por algunos psicólogos, sexólogos y psiquiatras. Pedían así una despenalización del atentado al pudor contra menores de quince años, un régimen distinto para los atentados al pudor contra menores de quince a dieciocho años, una supresión de los ultrajes públicos, etc.

Pero el hecho de que psiquiatras y psicólogos exigieran una actualización de las leyes relativas a ese punto no significa que estén de parte de aquellos que padecen dicha represión. Lo que quiero decir es que solo por el hecho de que alguien luche contra un poder, en este caso el poder judicial, no significa que esté de parte de quienes lo sufren. Esto se demuestra con el ejemplo histórico de Alemania, donde desde el siglo XIX, desde 1870, todo un movimiento protestó contra una ley que iba dirigida contra todos los homosexuales, el apartado 175 del Código penal alemán. Ni siquiera era un delito habitual, no era necesario ser un homosexual reconocido; un solo acto homosexual bastaba, cualquiera que fuese. Así que se puso en marcha todo un movimiento formado por homosexuales, pero también por médicos y psiquiatras, para exigir la eliminación de aquella ley. Pero cuando se lee la literatura que publicaron aquellos médicos y aquellos psiquiatras, se observa con toda claridad que solo esperaban una cosa de la eliminación de aquella ley, y no era otra que apoderarse ellos de los pervertidos para poder tratarles con todo el conocimiento que afirmaban haber adquirido desde 1860 aproximadamente. Con Morel y su Tratado de las degeneraciones se desarrolla toda una nosografía de las perversiones. Y lo que en realidad reclamaban aquellos psiquiatras era que les entregaran a los pervertidos, que el derecho renunciara a toda relación que pudiera tener con la sexualidad, él que tan mal habla al respecto, de un modo tan poco científico, y que por fin ellos pudiesen tratarla caso por caso, tal vez de un modo menos agresivo, menos sistemático, menos ciego que la ley. Solo ellos debían decir caso por caso quién era culpable o, mejor dicho, quién estaba enfermo, y decidir tranquilamente las medidas a adoptar[5]. No digo con esto que las cosas se reproduzcan de la misma manera, pero resulta interesante observar cómo ambas instituciones pueden estar en competencia para apoderarse de esa población de pervertidos.

M. Foucault: Yo desde luego no voy a resumir todo lo que se ha dicho. Creo que Hocquenghem ha puesto muy claramente de manifiesto lo que se estaría incubando actualmente en relación a esas capas de población que hay que «proteger». Por una parte está la infancia, que por su propia naturaleza se halla en peligro y que debe ser protegida de todo peligro posible, antes incluso, por consiguiente, de cualquier acto o ataque que se puedan producir. Y por otra parte hay individuos peligrosos, que son, evidentemente, los adultos en general, de modo que la sexualidad, en el nuevo sistema que se está desarrolando, cobrará una dimensión completamente distinta a la de antes. Antes las leyes prohibían algunos actos, actos por otra parte tan numerosos que no se llegaba a saber muy bien cuáles eran, pero actos, al fin y al cabo, que recogía la ley. Se condenaban unos tipos de conducta. Ahora lo que se están definiendo, y lo que se encontrará fundamentado por la intervención tanto de la ley como de los jueces o de los médicos, son individuos peligrosos. Vamos a tener una sociedad de peligros, con aquellos que se hallan en peligro por un lado, y aquellos que son peligrosos por el otro. Y la sexualidad ya no será un tipo de conducta con unas prohibiciones determinadas, sino una especie de peligro errante, una especie de fantasma omnipresente, un fantasma que actuará entre hombres y mujeres, entre niños y adultos, y quizás también entre los propios adultos, etc. La sexualidad se volverá una amenaza para todas las relaciones sociales, para todas las relaciones entre personas de diferentes grupos de edad, para todas las relaciones entre individuos.

Será a esa sombra, a ese fantasma, a ese miedo, a lo que el poder intentará agarrarse para crear una legislación aparentemente generosa y en cualquier caso genérica, gracias a una serie de intervenciones puntuales que serán, seguramente, las de las instituciones judiciales con el apoyo de las instituciones médicas. Y lo que tendremos será un nuevo régimen de control de la sexualidad; esta pudo muy bien haber sido despenalizada durante la segunda mitad del siglo XX, pero solo para aparecer bajo la forma de un peligro, y de un peligro universal, y esto supone un cambio considerable. Yo diría que es ahí donde está el peligro.


DEBATE

P. Hahn: Quisiera mencionar una obra que fue publicada hace ahora unos diez años, pero que me parece bastante importante en el contexto actual. Se trata de una obra sobre la personalidad de los exhibicionistas. Encontramos así, por una parte, esa clasificación que lleva a excluir a cierto tipo de exhibicionistas de lo que yo llamaría el sistema de reeducación psicoanalítico, y por otra vemos que de hecho persigue resucitar en apariencia, aunque bajo formas bastante distintas, el concepto de criminal nato. Quisiera citar esta frase del libro, ya que me parece significativa y enseguida diré por qué: «La perversión exhibicionista —se trata de una categoría de pervertidos exhibicionistas—, la perversión exhibicionista responde aquí a un fenómeno de amputación radical de una parte del instinto y dicha amputación tiene lugar en un estadio que no es ni genital ni no genital del desarrollo sexual, pero en ese lugar todavía misterioso en el que personalidad e instinto parecen ser potenciales».

Sí, volvemos al concepto de criminal nato de Lombroso, que el propio autor había citado antes[6]. Se trata en el fondo de algo que está ahí antes de nacer, de algo que estaría en el embrión. Y si hablo del embrión es porque en el momento actual asistimos a un potente retorno de ciertos métodos, aunque quizá bajo formas distintas: métodos como la psicocirugía con la que, por ejemplo, homosexuales, pédofilos y violadores pueden ser operados del cerebro. Por otro lado se están realizando manipulaciones genéticas: tuvimos prueba de ello hace poco, especialmente en Alemania del Este. Todo esto me parece muy inquietante. Sin duda alguna, es pura represión. Pero, por otro lado, también evidencia un cierto uso de la crítica al psicoanálisis en un sentido del todo reaccionario, diría yo, entre comillas.

El experto autor del texto que acabo de citar se llama Jacques Stephani y es un psiquiatra de Burdeos que ha contribuido al estudio de la personalidad exhibicionista. El experto dice textualmente que el juez debe actuar como elemento de un proceso de reeducación terapéutica, salvo en el caso extremo de que el sujeto sea considerado imposible de reeducar. Es el loco moral, el criminal nato de Lombroso.

De hecho, esa idea de que la legislación, el aparato judicial, el sistema penal, la propia medicina, deben ocuparse esencialmente de lo peligroso, de individuos peligrosos, más que de hechos, data más o menos de Lombroso, y por eso no resulta para nada extraño que las ideas de Lombroso vuelvan a estar de moda. La sociedad debe defenderse de los individuos peligrosos. Hay individuos peligrosos por naturaleza, por herencia, por código genético, etc.

P.: Quisiera preguntar a Guy Hocquenghem, que nos ha ofrecido un panorama general de algunos ejemplos en materia de represión asociada hoy a este tipo de hechos, cómo se pueden crear alianzas estratégicas para luchar en este ámbito. Los aliados naturales de este tipo de movimientos —que son, digamos, los grupos progresistas—, tienen ciertas reticencias a mezclarse en estos asuntos. Movimientos como el feminista centran su activismo en problemas como la violación y están conseguiendo que se eleven las penas contra tales hechos.

G. Hocquenghem: Hemos sido muy cautos con el texto de la Carta abierta al Código Penal. Hemos tenido mucho cuidado de hablar exclusivamente del atentado al pudor sin violencia y de incitación de menores al libertinaje. Hemos tenido extremo cuidado en no abordar, de ninguna manera, el problema de la violación, que es totalmente distinto. Ahora, estoy de acuerdo con usted en una cosa, y es en que todos hemos visto ese programa de televisión sobre la violación y a todos nos han chocado las reacciones que ha despertado en Francia, llegando incluso a llamadas de teléfono que exigían la castración química de los violadores. Hay dos problemas. Por un lado está el problema de la violación propiamente dicha, sobre el que el movimiento feminista y las mujeres en general se han expresado con perfecta claridad, y por otro lado está el problema de las reacciones en cuanto a la opinión pública. Se desencadenan efectos secundarios de cacería humana, linchamiento o movilización moral.

J. Danet: Quisiera añadir algo en respuesta a la misma pregunta. Cuando decimos que el problema del consentimiento es del todo central en cuestiones relacionadas con la pedofilia no estamos diciendo, por supuesto, que el consentimiento siempre esté ahí. Pero —y es aquí donde se puede disociar la actitud de la justicia en relación a la violación y en relación a la pedofilia—, en el caso de la violación, los jueces consideran que hay una presunción de consentimiento por parte de la mujer y que hay que demostrar lo contrario. Mientras que, cuando se trata de pedofilia, ocurre lo contrario. Se considera que hay una presunción de no consentimiento, una presunción de violencia, incluso en aquellos casos en los que no se ha podido acusar de atentado al pudor con violencia, en aquellos casos en los que se recurre a la imputación de atentado al pudor sin violencia, es decir, con placer consentido; porque el atentado al pudor sin violencia, hay que decirlo, es la traducción represiva y jurídica de placer consentido. Es importante observar cómo se manipula el sistema de pruebas, de manera inversa en el caso de la violación de mujeres y en el caso del atentado pedófilo al pudor.

P.: La opinión pública, incluida la opinión informada, como la de los médicos del Instituto de Sexología, se pregunta a qué edad hay un consentimiento certero. Es este un gran problema.

M. Foucault: (...) Sí, es difícil fijar barreras. Una cosa es el consentimiento y otra la posibilidad que tiene un niño de que le crean cuando habla de sus relaciones sexuales, de sus afectos, de sus sentimientos de cariño o de sus contactos (el adjetivo sexual a menudo resulta incómodo aquí, porque no se corresponde con la realidad), o la capacidad que se le reconoce para explicar cuáles son sus sentimientos o lo que ha pasado realmente, y la credibilidad que se le da. Pero, en cuanto a los niños, se les supone una sexualidad que nunca podría estar dirigida hacia un adulto, y no hay más que hablar. En segundo lugar, se supone que no son capaces de hablar sobre ellos mismos, de ser lo bastante lúcidos sobre ellos mismos; que no tienen la suficiente capacidad de expresión para explicar lo que ha pasado. Por lo tanto, no se les cree. Se les cree incapaces de tener una sexualidad y no se les cree capaces de hablar de ello. Pero, después de todo, escuchar a un niño, oírle hablar, oírle explicar cómo han sido realmente sus relaciones con alguien, adulto o no, siempre y cuando se escuche con bastante simpatía, debe permitir que se establezca más o menos qué grado de violencia hubo, si la hubo, o cuál fue el grado de consentimiento dado. Suponer que por el hecho de ser un niño no puede explicar lo que ha pasado, que por el hecho de ser un niño no puede dar su consentimiento, son dos abusos intolerables, inaceptables.

P.: Si usted fuese el legislador, ¿no fijaría ningún límite, dejaría al cargo de los jueces valorar si ha habido lo que en derecho se llama un vicio de consentimiento, si ha habido una maniobra dolosa? ¿Es ésa su idea?

M. Foucault: En cualquier caso, no tiene mucho sentido que haya una barrera de edad fijada por ley. Una vez más, podemos confiar en el niño para que diga si ha sufrido o no algún tipo de violencia. Como me dijo un juez de instrucción del Sindicato de la Magistratura, que era liberal, un día que hablamos sobre esta cuestión: «Después de todo, hay chicas de dieciocho años que están prácticamente obligadas a hacer el amor con su padre o con su padrastro; y aunque tengan dieciocho años, es este un sistema de coacción intolerable». Y que ellas, además, sienten como intolerable, mientras no haya alguien dispuesto a escucharlas y que les permita decir lo que sienten.

G. Hocquenghem: Por una parte, en el texto no hemos puesto límite de edad. No nos consideramos para nada legisladores, sino tan solo un movimiento de opinión que exige la eliminación de algunos artículos de la legislación. Sin crear otros nuevos, lo cual no nos corresponde. En cuanto a la cuestión del consentimiento, yo prefiero los términos que ha empleado Michel Foucault: escuchar lo que dice el niño y darle un cierto crédito. El concepto de consentimiento es en cualquier caso una trampa. Está claro que la figura jurídica de consentimiento intersexual no tiene sentido. Nadie firma un contrato antes de hacer el amor.

M. Foucault: Es un concepto contractual.

G. Hocquenghem: Es un concepto puramente contractual. Cuando decimos que los niños «consienten» en estos casos, todo lo que queremos decir es que en ningún caso ha habido violencia o manipulación organizada para sonsacarles relaciones afectivas o eróticas. Es este un punto importante, tanto más para los niños, ya que comparecer ante un juez para celebrar una ceremonia en la que el niño diga si realmente ha consentido es una victoria ambigua. Afirmar públicamente el consentimiento de tales actos es sumamente difícil, como sabemos. Todo el mundo —los jueces, los médicos, el acusado—, sabe que el niño ha consentido, pero nadie habla de ello porque de todos modos no hay forma de hacerlo valer. No es solo el resultado de una interdicción legal: es una imposibilidad real de traducir una relación completa entre un niño y un adulto; una relación que es progresiva, que es larga, que pasa por todo tipo de etapas —que no son exclusivamente sexuales—, por todo tipo de contactos afectivos. Traducir eso en términos de consentimiento jurídico es un absurdo. En cualquier caso, si se escucha lo que dice el niño y este dice «no me importaba», eso no tiene el valor jurídico de un consentimiento. Pero también desconfío mucho de ese reconocimiento formal del consentimiento del menor, porque sé que no se conseguirá nunca y que de todos modos está vacío de sentido.

Notas[editar]

  1. Código Penal de 1810: Parte del Código Napoleónico. Este conjunto de 485 artículos define crímenes, delitos y faltas así como las penas correspondientes. Promulgado el 12 de febrero de 1810.
  2. Enmienda Mirguet: Promulgada el 18 de julio de 1960 como una enmienda al artículo 38 de la Constitución francesa de 1958 (4 de octubre de 1958). Declara la necesidad de luchar contra todas las amenazas a la salud pública, citando específicamente la tuberculosis, el cáncer, el alcoholismo, la prostitución y la homosexualidad como objetos de ataque.
  3. Françoise Dolto. Psicoanalista clínica francesa cuyas investigaciones sobre la infancia se centran especialmente en los aspectos teóricos de la desadaptación [Lawrence D. Kritzman].
  4. Klaus Croissant. Abogado de la Fracción del Ejército Rojo. Buscó asilo en Francia pero fue extraditado a Alemania en 1978. Foucault asumió la causa de Croissant y escribió numerosos artículos en su nombre para el Nouvel Observateur.
  5. Benedict-Auguste Morel (1809-1873). Estudió la institución del manicomio en Europa y reformuló los procedimientos coercitivos utilizados contra los enfermos mentales.
  6. César Lombroso (1836-1909). Italiano fundador de la ciencia criminológica. Propuso una teoría que distingue entre individuos «normales» y tipos criminales.