La leyenda del Cid: 45

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

V[editar]

I[editar]

Año y medio ha que don Sancho
reina en Castilla, y aún nadie
sus pensamientos penetra
ni sus intentos precave.
Sombra de su padre muerto,
de su guarda como ángel,
como freno de sus ímpetus,
vive a su lado su madre.
Don Sancho, de condición
natural manso y tratable,
pero de impetuoso genio
y calentísima sangre,
necesita quien de su alma
las fieras tormentas calme;
y no quien las crespas olas
de sus pasiones levante.
La reina ve cuán difícil
es dirigir una nave
de timón tan inflexible
y de aparejo tan frágil:
mas doña Sancha la guía
más de quince meses hace,
con una mano flexible
y una vigilia constante.
Don Sancho cumple severo
con sus deberes filiales,
y guarda a su madre viuda
miramientos sin iguales.
Él es el Rey: él gobierna,
administra, hace y deshace:
mas lo que su madre quiere
no es menester que lo mande.
Si ella pide, Sancho acuerda:
si ella exige, él satisface:
ella es la madre, él el hijo;
y él va después, ella es antes.
El primogénito siendo,
ni pudo él imaginarse
ni nadie dudó en Castilla
que entera no la heredase:
con que los cuatro pedazos
de ella el Rey al arrancarle,
debieron doler a Sancho
como si fueran de carne.
Pensar que de carne o tierra
ha de dejar que le arranquen
cuatro pedazos sin dar
de ira ni dolor señales,
es abnegación de monjes
y heroicidad de mártires:
pero no es virtud de príncipes,
ni en don Sancho de esperarse.
Doña Sancha, con el tacto
delicado que no cabe
más que en la mujer que ama
o en entrañas maternales,
de don Sancho y sus hermanos
con infinitos afanes
procura los rotos hilos'
atar de las voluntades.
Conoce bien doña Sancha
de sus hijos el carácter,
y sabe bien que don Sancho
cambiará cuando ella falte;
mas sabe también que, noble,
de palabra inquebrantable,
si promete cumple: y quiere
a prometer obligarle.
A sus hijos en secreto
cartas ha enviado y mensajes,
aconsejando y rogando
que hagan a don Sancho avances;
mas don Alonso es altivo,
don García inmanejable;
aquél piensa en sostenerse,
y éste sólo en arruinarse.
Aquél trata de hacer liga
con cristianos y con árabes
para cuando el día llegue
en que la tormenta estalle.
Éste, dado a favoritos,
a juegos y liviandades,
goza y exprime a sus pueblos
del porvenir sin cuidarse.
Mas como en conciencia todos
comprenden, por más que callen,
que haber dividido el reino
ha sido debilitarle,
que era mejor dar impulso
a su unidad y su ensanche,
hasta volver a los moros
de África a los arenales;
todos temen que don Sancho
en tal empresa se embarque,
y a todo derecho alegue,
o a fuerza se lo demande.
Con que nada fué posible
que la reina recabase
de sus hijos; y siguieron
las nubes aglomerándose.
Solamente doña Urraca
que par en los años casi
con don Sancho, le mostró
siempre cariño entrañable,
más amante, más sagaz,
más obediente o más hábil,
escribió a don Sancho cartas
de tan cariñosas frases,
le mandó tantos regalos
de infantil cariño imágenes,
que el Rey excusar no pudo
por sinceros aceptárseles.
Al fin concluyó al carteo
con la infanta a acostumbrarse,
y sus dones mujeriles
a pagar con dones reales:
con que el cielo por Zamora
comenzaba a despejarse,
y de los vientos de Burgos
a no temer huracanes.
Doña Sancha aprovechando
aquel soplo favorable
para el porvenir de su hija,
no quiso desperdiciarle:
y un día arrancó a don Sancho
prenda de fe, de amor gaje,
una promesa firmada
de que «en cualquier tiempo y trance
que una gracia o una vida
doña Urraca le demande,
la tenga por otorgada
por aquellas credenciales.»

Poco era; mas era al cabo
un punto de que hacer base,
en que apoyar una valla
que algún arrebato ataje.
Doña Elvira estaba en Toro
donde a labradora dándose,
podar y acodar hacía
sus cepas y sus guindales:
y contenta con sus huertos,
reina de sus cachicanes,
calculaba sus cosechas
de albillos y garrafales.
Ni recela ni imagina
que de sus viñas la saque
la ambición de sus hermanos,
ni el moro se las asalte:
y anda, de andar por el campo
día y noche al sol y al aire,
tan gorda y tan colorada
como un madroño salvaje.

Así en mil sesenta y siete
vivían los cinco infantes,
esperando un porvenir
preñado de tempestades;
y ha quince meses que reina
don Sancho en Burgos, y trae
una vida sosegada
que no era de imaginarse.
Cortes, pero reservado
con todos a la par, nadie
sus pensamientos penetra
ni sus intentos precave.
Alvar, el Cid, y los nobles
de su bandera secuaces,
ven, oyen, callan y esperan
que obre el Rey o se declare;
porque nadie cree tampoco
que en su corazón no guarde
algún secreto su calma,
o se haya vuelto cobarde;
porque él dió desde pequeño
de grande esfuerzo señales,
de grandes ímpetus muestra,
y hombre no hay que de alma cambie.
Su calma, están avisados
de que es la de los volcanes;
montes verdes apagados,
y en erupción Leviatanes.
Con indiferencia fría
ha visto de él alejarse
a los que en pos se llevaron
sus hermanos los infantes.
Poderosos ricos-homes,
barones de alto linaje
que flor y prez de Castilla
en su corte fueron antes,
de sus hermanos, ya Reyes,
siguiendo los estandartes,
abandonaron a Burgos
por sus nuevas capitales.
El conde don Per Anzules,
el mayor entre los grandes,
el más rico de los ricos,
y el leal de los leales,
anda en León con su hermano
don Alonso gallardeándose,
de consejero y privado
y de Mecenas con aires.
Arias Gonzalo y sus hijos,
oriundos de los solares
de los condes de Castilla,
nietos de Fernán González,
por la infanta doña Urraca,
se dan por los tutelares
de Zamora, y la defienden
sin que ninguno la ataque.
Con don García se fueron
mancebos muy principales,
tan levantiscos e inquietos
como de todo capaces;
y aunque en Burgos le quedaron
los Laras y los Peláez,
los Núñez y los Porcelos,
y Ruy Díaz y Alvar Fáñez,
don Sancho ni con larguezas
se les intima ni atrae,
ni a su consejo les llama
jamás para consultarles.
Y en una vida inactiva
que en Burgos no hay quien no tache,
ni va a caza, ni hace de armas
ni de caballos alarde;
ni galantea, ni feria,
ni hace mercedes; y nadie
penetra en su pensamiento,
ni sus intenciones sabe.

Entre tanto, prevaliéndose
de su calma inexplicable,
tomándola por inercia
y a él por de poco tomándole,
aragoneses y moros
han comenzado a agitarse,
las parias y los tributos
resistiéndose a pagarle;
y el Rey de Aragón, su tío,
a los navarros audaces
permite que las fronteras
impunemente le talen.
Don Sancho se ha limitado
reclamaciones a enviarle,
y don Ramiro y los moros
le dan ya por Rey cobarde.

Así ha pasado año y medio;
y aunque de don Sancho nadie
los pensamientos penetra
ni los intentos precave,
piensan los más que su calma
ha de ser la de los mares,
que las borrascas cobijan
bajo sus ondas falaces.

Ello es que en el cielo y tierra
del reino de los infantes,
no rompen, pero fermentan
los nublos y los volcanes;
y aunque es el tiempo que corre
primaveral, fresco, y suave,
se respira cual sintiendo
cargado de miedo el aire.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;