La lucha por la vida I: 010

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La lucha por la vida I Primera parte Pío Baroja


-Doña Casiana está ajumada con el aguardiente de feto.

-La buena señora abusa del feto.

-El feto se le ha subido a la cabeza...

Manuel participaba amigablemente de estos espirituales esparcimientos de los huéspedes. Las facultades de acomodación de muchacho eran, sin disputa, muy grandes, porque a la semana de verse en casa de la patrona se figuraba haber vivido siempre allí.

Se desenvolvían sus aptitudes por encanto: cuando se le necesitaba, no se le veía, y al menor descuido ya estaba en la calle jugando con los chicos de la vecindad.

A consecuencia de sus juegos y de sus riñas tenía el traje tan sucio y tan roto, que la patrona solía llamarle el paje don Rompe Galas, recordando un tipo desastrado de un sainete que doña Casiana vio, según decía, representar en sus verdes años.

Generalmente, los que utilizaban con más frecuencia los servicios de Manuel eran el periodista, a quien llamaban el Superhombre, para enviar cuartillas a la imprenta, y la Celia y la Irene para el servicio de cartas y de peticiones de dinero que tenían con sus amigos. Doña Violante, cuando robaba a su hija algunos céntimos, solía mandar a Manuel al estanco por una cajetilla, y por el recado le daba un cigarro.

-Fúmalo aquí -le decía-, no te verá nadie.

Manuel se sentaba sobre un baúl, y la vieja, con el pitillo en la boca y echando humo por las narices, contaba aventuras de sus tiempos de esplendor.

El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz de marear a un buey.

Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera fruición. Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más graciosa.

-Porque, hijo, créelo -le decía-, una mujer que tenga buenos pechos y que sea así cachondona -y la vieja daba una chupada al cigarro y explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no menos expresiva—-, siempre se llevará de calle a los hombres.

Doña Violarte solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres inasequible para él. Cuando oía a doña Violarte cantar aquello de El juramento

Es el desdén espada de doble filo:

uno mata de amores; otro, de olvido... se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aún le daban impresión de tristeza los valses de La Diva y de La gran Duquesa.

Las reflexiones de doña Violarte abrían los ojos a Manuel; pero tanto como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente ocurrían en la casa.

Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad poco más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan mala intención, que siempre estaba tramando complots en contra de alguien.

Si le pegaban no derramaba una lágrima; solía bajar a la portería cuando el chico de la portera estaba solo, lo cogía por su cuenta y le pellizcaba y le daba puntapiés, y de esta manera se vengaba de los porrazos que ella había recibido.

Después de comer, casi todos los huéspedes iban a sus ocupaciones; la Celia y la Irme, en unión de la vizcaína, tenían el gran holgorio espiando a las mujeres de casa de la Isabelona, las cuales solían asomarse al balcón y hablaban y se hacían señas con los vecinos.

Algunas veces aquellas pobres odaliscas de burdel no se contentaban con hablar, y bailaban y enseñaban las pantorrillas.

La madre de Manuel, como siempre, estaba pensando en el cielo y en el infierno; no se preocupaba gran cosa de las pequeñeces de la tierra y no sabía apartar al chico de espectáculos tan edificantes. El procedimiento educativo de la Petra no consistía mas que en dar algún golpe a Manuel y hacerle leer libros de oraciones.



La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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