La lucha por la vida I: 011

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La lucha por la vida I Primera parte Pío Baroja


La Petra creía ver resurgir en el muchacho alguno de los rasgos del carácter del maquinista, y esto le preocupaba. Quería que Manuel fuese como ella, humilde con los superiores, respetuoso con los sacerdotes...; pero, ¡buen sitio era aquél para aprender a respetar nada!

Una mañana, luego de celebrada la solemne ceremonia, en la cual todas las mujeres de la casa salían al pasillo blandiendo el servicio de noche, se oyó en el cuarto de doña Violante un estrépito de gritos, lloros, patadas y vociferaciones.

La patrona, la vizcaína y algunos huéspedes salieron al pasillo a fisgar.

De dentro debieron comprender el espionaje, porque cerraron la puerta y siguió la riña en voz baja.

Manuel y la sobrina de la patrona se quedaron en el pasillo. Se oían gimoteos de la Irene y las increpaciones de la Celia y de doña Violante.

Al principio no se entendía bien lo que decían; pero se conoce que las tres mujeres se olvidaron pronto de la determinación de hablar bajo y las voces se levantaron iracundas.

-¡Anda! ¡Anda a la Casa de Socorro a que te quiten la hinchazón!

¡Bribona! -decía la Celia.

-¿Y qué? ¿Y qué? -contestaba la Irene-. ¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y qué?

Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor.

-¡Cochina! ¡Más que cochina! -murmuraba-. ¡Habrase visto la guarra! Manuel fue al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba a las dos mujeres con irritación creciente:

-Pero ¿por qué la riñen a la Irene? La patrona y la vizcaína cambiaron una ojeada amistosa, y se echaron a reír.

-Di -gritó la niña porfiada, agarrando de la toquilla a su tía-. ¿Qué importa que tenga ese bulto? ¿Quién le ha hecho ese bulto?

Entonces ya la patrona y la vizcaína no pudieron contener la carcajada, mientras la chiquilla las miraba con avidez, tratando de penetrar el sentido de lo que oía.

-¿Quién le ha hecho ese bulto? -decía entre risotadas la vizcaína-. Pero, hija, si nosotros no sabemos quién le ha hecho el bulto.

Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta de la sobrina de la patrona, y en cualquier discusión de sobremesa algún chusco salía diciendo de improviso:

-Ya veo que usted sabe quién le ha hecho el bulto -y la frase se acogía con grandes risotadas.

Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada por las niñas de doña Violarte con la mujer de un barbero de la calle de jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fue que la muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer, su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la abuela se desarrugó por completo.

-Tiene cara de infanticida -dijo el cura al verla de nuevo-, pero está más guapa.

Si algo nefando hubo, nadie podría asegurarlo; pronto se olvidó lo ocurrido; a la niña se le presentó un protector rico, al parecer, y, en conmemoración de tan fausto acontecimiento, los huéspedes participaron del alboroque. Después de cenar, se bebió coñac y aguardiente: el cura tocó la guitarra; la Irme bailó sevillanas, con menos gracia que un albañil, según dijo la patrona; el Superhombre cantó unos fados aprendidos en Portugal, y la vizcaína, por no ser menos, se arrancó con unas malagueñas, que lo mismo podían ser cante flamenco que salmos de David.

Sólo el estudiante rubio, con sus ojos de acero, no participaba de la juerga, embebido en sus pensamientos.

-Y usted, Roberto -le dijo la Celia varias veces-, ¿no canta ni hace usted nada?

-Yo, no -replicó él, fríamente.

El jovencito la contempló un momento, se encogió de hombros con indiferencia, y en sus labios pálidos se marcó una sonrisa de desdén y de burla.

Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y el «Gentil pastor» de La Mascota y el vals de La Diva brotaron confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron, y se marchó cada mochuelo a su olivo.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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