La lucha por la vida I: 012

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IV
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La lucha por la vida I Primera parte Pío Baroja


¡Oh, el amor, el amor! - ¿Qué hace don Telmo? - ¿Quién es don Telmo?
En el cual el estudiante y don Telmo toman ciertas proporciones novelescas


A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona, era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.

La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con ella algunas veces en inglés.

El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.

Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa. Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.

Manuel, una noche, vio pasar a la aprendiza de la costurera con una caja grande en la mano, y se sintió enamorado.

La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros, y no se le ocurrían más que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.

Fue para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música encantadora, fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.

Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.

Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros, diciéndose, a manera de santo y seña: Quién es don Telmo? Qué hace don Telmo?

Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa de don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los huéspedes al conocerse la noticia fue grande, y todos, entre burlas y veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.

Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle. Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo mismo que parecía empeñado en no llamarla.

Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada paso.

Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de un ser desgraciado; en su cara lívida se leía abatimiento profundo. La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían como pinceles sobre los ojos grises.

En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con gorro griego y zapatillas de paño. A la calle salía con levita larga y sombrero de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa habanero. Durante más de un mes, don Telmo fue el motivo de las conversaciones de la casa de huéspedes.

En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una tarde vio al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente, hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes, el tal hombre no podía ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el cuarto; ensayaron una porción de llaves, hasta abrir la puerta, y se encontraron dentro con que no había más que un armario con un cerrojo de seguridad formidable.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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