La lucha por la vida I: 014

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La lucha por la vida I Primera parte Pío Baroja


-¿No sigue usted? -le dijo don Telmo.

-No -replicó el estudiante, mirando al comisionista-, porque no quiero que nadie se entere de lo que yo hablo.

-Venga usted a mi cuarto -repuso don Telmo-; allí hablaremos tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel! -dijo después-,vete por dos cafés.

Manuel, que tenía gran interés en oír lo que contaba el estudiante, salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su narración.

Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el velador del cuarto de don Telmo con un paño.

-¿Y cómo averiguó usted eso -preguntaba don Telmo- si no lo sabía su familia?

-Pues de una manera casual -replicó el estudiante-. Hará dos años, por esta época, quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que sí. Bueno -le digo-.,pues yo vendré dentro de dos días. -Se lo enviaré a usted; Jeme usted sus señas-. Le doy mis señas y me pregunta el nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona. -¿Es usted Núñez de Letona? -me pregunta, mirándome con curiosidad. -Sí, señor. -¿Es usted oriundo de la Rioja? -Sí, ¿y qué? -le digo yo, fastidiado con tanta pregunta-. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto.

Don Telmo paró la vista en Manuel.

-¿Qué haces tú aquí? -le preguntó-. Anda fuera; no quiero que vayas contando después...

-Yo no cuento nada.

-Bueno, pues márchate.

Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido por el bando de los sensatos.

Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y muebles y a otros negocios usurarios.

Alguien le vio en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de noche jugaba con ellas encima de la cama.

Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros, su sobrina.

Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo y el estudiante. En un cuarto oscuro había un montante que daba a la habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.

-¿De manera que se niega a dar más datos? -preguntaba don Telmo.

-Se niega en absoluto -decía el estudiante-; y él me aseguró que el que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fue Arnedo o Autol.

Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol genealógico de la familia de Roberto.

-¿Qué camino cree usted que debía seguir? -preguntó el estudiante.

-Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo! -murmuró el viejo-. ¿Por qué no se casa usted?

-¿Y qué adelantaría?

-Con una mujer rica es lo que digo...

Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se despidieron los dos.

El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados, que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban.

La desolación de doña Casiana al saber su decisión fue grandísima; tuvo que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del líquido fabricado por ella.

Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron tan chasqueados, que ni los líos de la Irme y la Celia, ni los cuentos del cura don jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de su mutismo a la gente.

El tenedor de libros, hombre ictérico, de cara chupada y barba de judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don Telmo, se fue poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.

La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el estudiante no se atrevían más que a darle bromas acerca de su complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el mundo, cuando no le daban algún puntapié.


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