La lucha por la vida I: 015

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 015 de 97
La lucha por la vida I Primera parte Pío Baroja


Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra distracción más que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la mesa, viniera o no a cuento.

-¡Anda, ganguero! -le decía-. ¡Lástima de la comida que te dan! ¡Calamidad!

Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.

-Te debían poner una albarda, ¡imbécil! -gritó el comisionista al verle entrar.

-No será usted el que me la ponga -le contestó de mala manera Manuel, colocando las tazas en la mesa.

-¿Que no? ¿Quieres verlo?

-Sí.

El comisionista se levantó y pegó un puntapié a Manuel en una canilla, que le hizo ver las estrellas. Dio el muchacho un grito de dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito. El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dio en la cara; bramó el chico; cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo, lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie inacabable de puñetazos y patadas.

-¡Que me mata! ¡Que me mata! -chillaba el comisionista con unos gritos de mujer.

-¡Ladrón! ¡Morral! vociferaba Manuel empleando el repertorio de insultos más escogido de la calle.

El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dio una patada en el estómago que le hizo vomitar toda la comida.

Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la Petra.

La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la decisión a su criada.

-Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí -dijo la Petra a su hijo.

-Bueno. Ese morral me las pagará -replicó el muchacho apretándose los chinchones de la frente-. Le digo a usted que si le encuentro le voy a machacar los sesos.

-Te guardarás muy bien de decirle nada.

En este momento entró el estudiante en la cocina.

-Has hecho bien, Manuel -exclamó, dirigiéndose a la Petra-. ¿A qué le insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!

Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó a la Petra:

-¿Adónde va usted ahora a llevar a Manuel?

-A una zapatería de un primo mío de la calle del Águila.

-¿Está por barrios bajos?

-Sí.

-Algún día iré a verle.

Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina.

-Oye -le dijo a Manuel-, si conoces algún sitio raro por barrios bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo.

-Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista. ¡Adiós! Roberto dio la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido.



Primera parte - I - II - III - IV

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos