La lucha por la vida I: 019

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy en perfecta consonancia con su corpachón, de grosor y de rigidez de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes.

Era la señora Jacoba, así se llamaba, mujer que no debía sentir ni el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros: si vendía una lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho.

Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta al patio de la casa, y otros se quedaron allí en al almacén.

Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó:

-¿Tú habías estado alguna vez en esta calle?

-Yo, no.

-Por estos barrios se divierte uno la mar.

-Sí, ¿eh?

-Ya lo creo. ¿Tú no tienes novia?

-Yo, no.

-Pues hay muchas chicas que están deseando tener avío.

-¿De veras?

-Sí, hombre. En la casa donde vivimos hay una chica muy bonita, amiga de mi novia. Te puedes quedar con ella.

-Pero vosotros, ¿no vivís en esta casa?

-No; nosotros vivimos en el arroyo de Embajadores; mi tía Salomé y mi abuela son las que viven aquí. Pero allá- en mi casa se divierte uno; ¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí.

-En el pueblo en donde he estado yo -dijo Manuel, para no dejarse achicar por su primo- había montes más altos que veinte casas de estas.

-En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío.

-Pero no será tan grande como la del pueblo.

-¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor.

Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería asignarse, hablándole de mujeres con el tomo de hombre experimentado que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos, volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor que la de la casa de huéspedes.

Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social y, calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se quedó dormido.

Al principio la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y a otra, y los días le parecieron más cortos y la labor menos penosa.

El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once, la verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto, dejando al muchacho solo.

-¿Qué haces? -le preguntó Vidal- ¿Por qué no te levantas?

-Pues ¿qué hora es?

-La mar de tarde.

Se vistió Manuel de prisa y corriendo, y salieron los dos de casa; cerca, enfrente de la calle del Águila, en una plazoleta, se reunieron a un grupo de granujas que jugaban al chito, y observaron muy atentos las peripecias del juego.

Al mediodía Vidal le dijo a su primo:

-Hoy vamos a comer allá.

-¿En vuestra casa?

-Sí; anda, vamos.

Vidal, cuya especialidad eran los hallazgos, encontró cerca de la fuente de la ronda, que está próxima a la calle del Águila, un sombrero de copa, viejo, de grandes alas, escondido el cuitado en un rincón, quizá por modestia, y empezó a darle de puntapiés y a echarlo por el alto; se asoció Manuel a la empresa, y entre los dos llevaron aquella reliquia, venerable por su antigüedad, desde la ronda de Segovia a la de Toledo, y de ésta a la de Embajadores, hasta dejarla, sin copa y sin alas, en medio del arroyo. Cometida esta perversidad, Manuel y Vidal desembocaron en el paseo de las Acacias y entraron en una casa cuya entrada mostraba un arco sin puerta.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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