La lucha por la vida I: 021

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


-¿Y por qué los llaman así?

-Porque son como los piratas.

Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el arroyo de Embajadores.

-Pues nos llaman los Piratas -dijo Vidal-, de una pedrea que tuvimos.

Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el Bizco y otros tres o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el Corredor, uno que vive en nuestra casa y que nos vio ir detrás de ellos, nos dijo: «Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois piratas debéis de llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un delantal oscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso nos llaman los piratas.

Llegaron los dos primos a una barriada miserable y pequeña.

-Ésta es la Casa del Cabrero -dijo Vidal-;aquí están los socios.

Efectivamente; se hallaba acampada toda la piratería. Allí conoció Manuel al Bizco, una especie de chimpancé, cuadrado, membrudo, con los brazos largos, las piernas torcidas y las manos enormes y rojas.

-Este es mi primo -añadió Vidal, presentando a Manuel a la cuadrilla; y después, para hacerle más interesante, contó cómo había llegado a casa con dos chichones inmensos producidos en lucha homérica sostenida contra un hombre.

El Bizco miró atentamente a Manuel, y viendo que Manuel le observaba a su vez con tranquilidad, desvió la vista. La cara del Bizco producía el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la piel pecosa y el pelo rojo y duro, le daban el aspecto de un mandril grande y rubio.

Desde el momento que llegó Vidal, la cuadrilla se movilizó y anduvieron todos los chicos merodeando por la Casa del Cabrero.

Llamaban asía un grupo de casuchas bajas con el patio estrecho y largo en medio. En aquella hora de calor, a la sombra, dormían como aletargados, tendidos en el suelo, hombres y mujeres medio desnudos. Algunas mujeres en camisa, acurrucadas y en corro de cuatro o cinco, fumaban el mismo cigarro, pasándoselo una a otra y dándole cada una su chupada.

Pululaba una nube de chiquillos desnudos, de color de tierra, la mayoría negros, algunos rubios de ojos azules. Como si sintieran ya la degradación de su miseria, aquellos chicos no alborotaban ni gritaban.

Unas cuantas chiquillas de diez a catorce años charlaban en grupo. El Bizco y Vidal y los demás las persiguieron por el patio. Corrían las chicas medio desnudas, insultándoles y chillando.

El Bizco contó que había forzado algunas de aquellas muchachitas.

-Son todas puchereras, como las de la calle de Ceres -dijo uno de los piratas.

-¿Hacen pucheros? -preguntó Manuel.

-Sí; buenos pucheros.

-Pues ¿por qué son puchereras?

-Pu... lo demás -añadió el chico haciendo un corte de mangas.

-Que son zorras -tartamudeó el Bizco-. Pareces tonto.

Manuel contemplo al Bizco con desprecio, y preguntó a su primo:

-¿Pero esas chicas?

-Ellas y sus madres -repuso Vida] con filosofía-. Casi todas las que viven aquí.

Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada, después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías. Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al río, colocado al comienzo de ]a Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban cerradas.

Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos de agua negra y de charcos encima del barro.

Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar, cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas, bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de menesteres y utensilios de la limpieza urbana.

A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las campanas abierto en ellas.

Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos Padres»; y por detrás del edificio, con trazas de convento, llegaron cerca de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar africano, construidas sobre armazón dé palitroques y cañas.

El Bizco entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de bacalao en la mano.


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