La lucha por la vida I: 028

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora.

-¿Ves aquella que está allá? -preguntó Roberto-. Es la sobrina de don Telmo.

-¿Aquella rubia?

-Sí. Espérame aquí.

Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja.

Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento y monótono.

Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento.

El cauce ancho del Manzanares,, de color de ocre, aparecía surcado por alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado.

Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos recitando la doctrina. Una vieja, con pañuelo rojo en la cabeza y mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte.

-¿Qué es eso, agüela? ¿No le han querido abrir la puerta? -gritó el de la gorra.

-No... ¡Las tías brujas esas!

-No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana -añadió el de la gorra con aviesa intención.

-Si no me dan más que una sábana -chilló la vieja torciendo la jeta-, les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!...

-Ya la han tañado a usted, agüela -exclamó uno de los golfos tendidos en el suelo-. Usted lo que es, es una ansiosa.

Celebraron los circunstantes la frase, que procedía de una zarzuela, y el de la gorra siguió explicando a Manuel particularidades de la Doctrina.

-Hay algunas y algunos que se inscriben en dos y en tres secciones para coger más veces limosnas -dijo-. Nosotros, mi padre y yo, nos inscribimos una vez en cuatro secciones con nombres distintos... ¡Vaya un lío que se armó! Y ¡menudo choteo que tuvimos con las marquesas!

-Y ¿para qué querías tanta sábana? -le preguntó Manuel.

-¡Toma!, para pulirlas. Se venden aquí en la misma puerta a dos chulés.

-Yo voy a comprar una -dijo un cochero de punto que se acercó al corro-; la unto con aceite de linaza, luego la doy barniz, y hago un impermeable cogolludo.

-Pero las marquesas, ¿no notan que la gente vende en seguida lo que ellas dan?

-¡Qué han de notar!

Para los golfos todo aquello no era más que un piadoso entretenimiento de las señoras devotas: hablaban de ellas con amable ironía.

No llegó a durar una hora la lección de doctrina.

Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro. Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad, que no remediaba nada. No se oían más que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.

-¡Moler! Con las mujeres de Dios...

-Ahora quien que se confiese una.

-Esas tías borrachas.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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