La lucha por la vida I: 029

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


-¡Anda que confiesen ellas y la maire que las ha parío!

-Que las den morcilla a todas.

Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.

-¡Pues no quien que me case! -murmuraba un ciego, sarcásticamente, dirigiéndose a un cojo.

-Y tú ¿qué dices? -le preguntaba éste.

-¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si tien con quien.

Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta oraciones, sino jierro, mucho jierro.

-Claro, hombre..., parné, eso es lo que hace falta.

-Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque pa dar consejos toos semos buenos; pero en tocante al manró, ni las gracias.

-Me parece.

Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones.

Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo vio cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar.

Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro.

Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura, en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una botella de cerveza.

-¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería? -preguntó Roberto.

-No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el Corralón.

-Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame.

-Le avisaré a usted. Ya he visto cómo le miraba ,a usted la rubia. Es bonita.

-Sí.

-Y tiene un coche pistonudo.

-Ya lo creo.

-Y ¿qué? ¿Es que se va usted a casar con ella?

-¿Qué sé yo? Ya veremos. Vamos, aquí no se puede estar -dijo Roberto y se acercó al mostrador a pagar.

En la taberna, gran número de mendigos, sentados en las mesas, engullían pedazos de bacalao y piltrafas de carne; un olor picante de gallinejas y de aceite salía de la cocina.

Salieron. El viento seguía soplando, lleno de arena: volaban locamente por el aire hojas secas y trozos de periódicos; las casas altas próximas al puente de Segovia, con sus ventanas estrechas y sus galerías llenas de harapos, parecían más sórdidas, más grises, entrevistas en la atmósfera enturbiada por el polvo. De repente, Roberto se paró, y, poniendo la mano en el hombro de Manuel, le dijo:

-Hazme caso, porque es verdad. Si quieres hacer algo en k vida, no creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto que puedas; cuanto más alto apuntes más lejos irá.

Manuel miró a Roberto con extrañeza, y se encogió de hombros.



La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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