La lucha por la vida I: 031

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


El lazo de unión entre Manuel y el Bizco era Vidal. El Bizco odiaba a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el Bizco y no le ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio. Lujurioso como un mono, había forzado a algunas chiquillas de la casa del Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, miserable tejedor de caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con barbaridades y blasfemias.

No se sabe quién indujo al Bizco a tatuarse los brazos, o si la idea se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo. Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después mojaban las heridas con tinta.

El Bizco se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al Bizco. Sentían los dos, uno para otro, hostilidad sorda.

Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el Bizco, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel, y esto le confundía.

Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre todo, en la maña; para el Bizco, el valor y la fuerza constituían las únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy bruto, como decía con entusiasmo.

Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y jorobado, barbero de oficio, salía afeitar al sol en la ronda, cerca del Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el pantalón, también negro, tiraba a rojo.

Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia, probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:

BARBERÍA MODERNISTA
Barbería Antisética.
Pasar cabayeros, Reboyedo afeita
y
da dinero.

Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.

Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:

-Ese enano -decían- tiene en la cabeza un arca de Noé.

Rebolledo padre había construido para su uso particular una dentadura postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que tuviera qué, como decía él.

El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aún que el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces, estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho como el padre, sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una escudilla.

Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había construido con una caja de betún para limpiar las botas.

Sentía Perico gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombre, mujeres, caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos igualmente divertidos.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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