La lucha por la vida I: 034

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.

-¿Qué son estas mujeres? -preguntó la pintora.

-Son golfas viejas -contestó Leandro-, de esas que van al Botánico y a los desmontes.

Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, y en su lugar, un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer la cabeza de los hombros.

-¿Tú has visto las tinajas que hay aquí? -preguntó Leandro a Manuel-. Ven a verlas.

Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de éstos interrumpía el paso.

-¿Hace usted el favor? -le dijo Leandro con marcada impertinencia.

El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio; cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y un grifo.

-Y ¿qué tiene esto de raro? -preguntó Manuel.

Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al jugador y a sentarse en la mesa.

Roberto y Fanny hablaban en inglés.

-Ese a quien hemos hecho levantar -dijo Leandro- es el baratero de esta taberna.

-¿Cómo se llama? -preguntó Fanny.

-El Valencia.

El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada de los dos se cruzó un momento desafiadora; el Valencia desvió los ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado por Fanny Roberto y los otros dos.

-Y ese Valencia, ¿quién es? -preguntó la dama en voz baja.

-Es esterero de oficio -contestó Leandro, alzando la voz-, un gandul que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fue de los del pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.

-Sería curioso averiguar -dijo Roberto- hasta qué punto la miseria ha servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.

-¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado? -preguntó Fanny.

-Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho...

Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.

-¿Y esa otra?

-Esa es la Paloma, la gamberra del Valencia. Prostituta? -preguntó la dama.

-Desde hace lo menos cuarenta años -contestó Leandro, riendo.

Todos contemplaron a la Paloma con atención; tenía cara enorme, blanda, con bolsas de piel violácea, mirada tímida, de animal; representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro, rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las más nauseabundas casas de dormir.

Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se levantaba y cruzaba la taberna con jacarandoso contoneo. Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo pudo beber.


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