La lucha por la vida I: 045

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


La Tarugo, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.

Se acercó el mozo a la mesa.

-Tráenos cuatro medias de aguardiente -dijo la Chivato-, porque éste beberá -añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo-. ¡Tú, chaval!

-¡Eh! -exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde estaba-. ¿Qué quiere usted?

La Chivato se echó a reír.

-¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de esta tarde?

-He venido en la... -y Manuel soltó un rosario de barbaridades.

Luego, de muy mal humor, se puso a mirar a todos lados, haciendo esfuerzos para no dormirse.

En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.

-Ya no hay artistas -decía el chalán-;antes venía uno aquí a ver al Pinto, al Canito, a los Feos, a las Macarronas... Ahora, ¿qué? Ahora, na; pollos en vinagre.

-Ése es el tocaor -dijo, señalando a este último la Chivato.

No pararon mucho tiempo las dos cantaoras en la mesa de Leandro y Manuel. El bizco estaba ya en el tablao; empezó a puntear la guitarra, se sentaron seis mujeres en fila y empezaron a palmotear rítmicamente; la Tarugo se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado, luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el cantaor comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía entonces más que el castañeteo de los dedos de la Tarugo y los golpes de sus tacones, que llevaban el contrapunto.

Cuando concluyó la cantaora malagueña, se levantó un gitano de piel achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó sus movimientos de caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.

-Eso es trabajar erijo el chalán.

-Mira, yo me voy -murmuró Manuel.

-Espera; vamos a tomar otra copa.

-No; me marcho.

-Bueno; vámonos. ¡Es lástima!

En aquel momento un cantaor gordo, con una cerviz poderosa, y el guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre las cuerdas para detener el sonido, el otro con la cara inyectada, las venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta la frente.


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