La lucha por la vida I: 046

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Las vacilaciones de Leandro - En la taberna de la Blasa - El de las tres cartas - Lucha con el Valencia


Algunas noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la cama y suspiraba con suspiros tan profundos como los mugidos de un toro.

-Las cosas le van mal -pensaba Manuel.

La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El Lechuguino, en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha, convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.

Un día, al anochecer, los vio Manuel a los dos, calle de Embajadores abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en el mantón; él la hablaba y ella se reía.

-¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa? -preguntó Manuel-. No, pues yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle la noticia.

Efectivamente, así pasó; y antes de un mes, nadie ignoraba en la casa que la Milagros era la novia del Lechuguino; que éste había abandonado la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y hacer la vida de una persona formal.

Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el Lechuguino solía visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el consentimiento de los padres.

Leandro era, o aparentaba ser, el único no enterado de las nuevas relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros, cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo:

De las grandes locuras que el hombre hace, no comete ninguna como casarse; y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito:

Y por la mañana él va a la oficina, y ella queda en casa con algún vecino que es persona fina.

Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la ronda hacia casa, Leandro se acercó a Manuel.

-¿Tú sabes si la Milagros habla con el Lechuguino? -4e preguntó.

-¿Yo?

-¿No has oído decir que se van a casar?

-Sí; eso se ha dicho.

-¿Tú qué harías en mi caso?

-Yo... me enteraría.

-¿Y si resultaba verdad?

Manuel se calló. Fueron andando juntos, sin hablarse. De pronto, Leandro se paró bruscamente y puso la mano en el hombro de Manuel.

-¿Tú crees -dijo- que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno el derecho de matarla?

-Yo creo que no -contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.

-Pues cuando un hombre tiene riñones, lo hace con derecho o sin él.

-Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con ella? Habéis reñido, y nada más.

-Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo -murmuró Leandro.

Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió, bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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