La lucha por la vida I: 050

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del mostrador; los ojos, desencajados, reflejaban terror espantoso.

Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna, y tirando del muelle de su navaja, la cerró. Un murmullo de admiración salió de los espectadores.

El Valencia lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante. Ésta debió de entenderle, porque le dio una llave y el Valencia se escabulló.

Pero pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y, blandiendo su largo cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando clavado en la pared.

Leandro se levantó al momento, pero el Valencia había desaparecido.

Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.

-Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas -la dijo con petulancia-, no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea. La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.

-El Valencia empezaba a molestar demasiado -dijo uno-. Daba el pego todas la noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba molestando.

-Claro -repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de Ceuta, que tenía aire de zorro-. Porque un hombre, cuando tie lado izquierdo, echa los negros a la manta -e hizo ademán de coger con los dedos las monedas de encima de la mesa- y se naja.

Pero si ese Valencia es un blanco -dijo el Pastiri con su voz estropajosa-. Un boceras, que no tie media bofetá.

-Pues él se había empalmao en seguida. ¡Por si acaso! -repuso el Besuguito con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar con una navaja.

-¿Y qué? ¿Y qué? -repuso el Pastiri-. Yo te digo que es un pipi y que no pue con la jinda que tiene.

-Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote... -añadió el cordonero.

-¡Que se rascaba! Pero ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto?

-Y bien.

-Pero ¡qué vas a ver tú, si estás cheo!

Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah!

-Pero ¡si no puedes con la tajada que llevas!

-Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se descuida aquí -y el Besuguito señaló a Leandro-, con los viajes que le ha tirado malamente, le moja.

-¡Magras!

-Es una opinión, hombre.

-Tú no opinas aquí na -exclamó Leandro-. Tú te vas a tomar el fresco y te callas. El Valencia es más blanco que el papel; lo que dice el Pastiri, eso. Muy valiente para explotar a los sarasas como tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un tío que los tiene bien puestos, ¿qué? Na, que es un ganguero más blanco que el’papel.

-Es verdad -asintieron todos.

-Y menúo abucheo que le vamos a dar a ese gachó -dijo el presidiario cumplido-, si viene aquí a cobrar el barato.

-¡La pértiga! -exclamó el Pastiri.

-Bueno, señores; ahora yo convido -dijo Leandro-,porque tengo dinero y porque sí -y sacó unas monedas del bolsillo y dio con ellas en la mesa-. Tabernera, unas tintas.

-Ya van.

-¡Manuel! ¡Manuel! -gritó después Leandro varias veces-. Pero ¿dónde está ese chaval?...

Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta de la trastienda.



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