La lucha por la vida I: 055

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


El drama del tío Patas - La tahona - Karl el hornero - La Sociedad de los Tres


La impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fue tan profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la Leandra le dijo a Manuel:

-Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.

Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado en la plaza del Carmen.

Allá, Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El tío Patas, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey, puso al corriente a Manuel de sus obligaciones.

Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y esperar a que se levantara el tío Patas, su mujer o su cuñada. Al llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador, aburriéndose, vigilado por el ama v su cuñada.

Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal inmovilidad.

La tienda del tío Patas, pequeña y mal oliente, tenía un papel amarillo, con cenefas verdes, que se despegaba de puro viejo. Un mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario.

La trastienda, a la cual se llegaba por la puerta del fondo, era un cuarto sin más luz que la que entraba por el montante que daba al portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a un patio estrecho, muy sucia, con una fuente. Al otro lado del patio estaban las alcobas del tío Patas, de su mujer y de la cuñada.

A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aún molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda.

En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a céntimo.

La historia del tío Patas era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de otros puestos.

El tío Patas había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío Patas, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fue para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos años, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, más que en convertirse de criada en ama.

Todos los amigos del tío Patas trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.

A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío Patas se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vio salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar el tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío Patas trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío Patas se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces, los cuatro vivieron con tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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