La lucha por la vida I: 065

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con el pañuelo, fue en busca de un guardia municipal.

-¡Golfolaire! ¡Franchute! ¡Méndigo! -le gritó el Expósito.

Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.

Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allí el ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.

Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.

Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes oscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto a él, pero entre ellos no estaba el Expósito.

Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después empezó a llover.

-¿Vamos a la cueva del Cojo? -dijo uno de los muchachos.

-Vamos.

Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre las violáceas nubes oscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.

Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos hombres.

Son la Rubia y la Chata, que van con dos paletos -dijo uno.

-Van a la cueva -añadió otro.

Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre a quien le faltaba una pierna, fumaba en pipa.

-Vamos a entrar -advirtió uno de los golfos al Cojo.

-No se puede -replicó él.

-¿Por qué?

-Porque no.

-¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.

-No puede ser.

-¿Es que están la Rubia y la Chata ahí?

-A vosotros ¿qué os importa?

-¿Vamos a darles un susto a esos paletos? -propuso uno de los golfos, que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.

-Ven y verás -masculló el Cojo, agarrando una piedra.

-Vamos al observatorio -dijo otro-. Allá no nos mojaremos.

Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les salió al paso, y se guarnecieron en el pórtico del observatorio, del lado de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire.

La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el Mariané, contó una porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia.

Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los tufos negros, a quien llamaban el Canco, cantó por lo bajo canciones flamencas con voz de mujer.

De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en el cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el Arco Iris, le abrieron una noche que corría viento helado dos de las esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el Mariané contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos.

-Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas sufrir -terminó diciendo el Mariané.


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