La lucha por la vida I: 072

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


-Debe ser Vidal -dijo el Bizco, y añadió en voz baja, dirigiéndose a Manuel: -Oye, tú, a éste no le digas nada.

Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel y los tres camaradas salieron a la calle.

-¿Vais a barbear por ahí? -preguntó la vieja.

-Sí.

A ver si no vienes tarde, ¿eh? -añadió la Dolores, dirigiéndose al Bizco.

Éste no se dignó contestar a la recomendación.

Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron una copa, en el cajón del Garatusa, licenciado de presidio, protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo.

Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente.

A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga fila de vendedores ambulantes establecía sus reales.

Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos, apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias, convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público. Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del labio, chillaban como cotorras.

Las gitanas, de trajes abigarrados, peinaban al sol a las gitanillas morenuchas y a los churumbeles, de pelo negro y ojos grandes; una porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos, lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro inyectado por el calor del sol, un sol de primavera, que cegaba al reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas.

Manuel, el Bizco y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el Pastiri, que andaba husmeando por allí.

Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y les dijo:

-¿Vamos a tomar unas tintas?

-Vamos.

Entraron en una tasca de ¡a Ronda. El Pastiri aquel día estaba solo, porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les daría parte en las ganancias.

-Pregúntale cuánto -dijo el Bizco a Vidal.

-No seas tonto.

El Pastiri explicó la cosa para que la entendiera el Bizco; la cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se encarga ría de meter en ganas de jugar a los espectadores.

Ya, ya sabemos lo que hay que hacer -dijo Vidal.

-¿Y aceptáis la combi?

-Si, hombre.

Repartió el Pastiri tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de la taberna, atravesaron la ronda y se metieron en el Rastro.

A veces se paraba el Pastiri, creyendo tener algún tonto a la vista; el Bizco o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquellas clases de timos.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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