La lucha por la vida I: 078

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

V
Pág. 078 de 97
La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


Vestales del Arroyo - Los trogloditas


-Nada. Tenemos que separarnos de ese bruto de Bizco. Cada vez le tengo más odio y más asco.

-¿Por qué?

-Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores.

Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches.

-¿Cómo?

-Con la clac. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es aplaudir cuando nos den la señal.

La condición ]e pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a su primo:

-Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así?

-Todos no conocen como yo al jefe de la clac.

Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no hizo más que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida; Manuel, en secreto, le envidiaba.

En los entreactos iban los de la clac a una taberna de la calle de Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última abundaban los alabarderos del circo de Price.

Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría, golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o revendedores.

Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz aguda.

A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de periódicos y llevando constantemente un Heraldo en la mano. Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio de acción de sus conocimientos.

-Hay que dejar las afueras y meterse en el centro -decía Vidal.

Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes.

Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la Mellá, la Goya, la Rabanitos y la Engracia, y que habían formado como Vidal, el Bizco y Manuel una Sociedad, aunque anónima.

Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno Civil, y de aquí al convento de las Trinitarias.

La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas verdadero terror.

-¡Eso de no ver la caye! decían, como si fuera un tremendo castigo.

Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros motivo de horror; el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la vida.

Hablaban todas de manera tosca; decían veniría, saliría, quedría; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en curiosa regresión atávica.

Adornaban sus dichos con larga serie de frases y muletillas del teatro.

Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde durmiendo y se acostaban al amanecer.

-Nosotras somos como los gatos -decía la Mellá-, cazamos de noche y dormimos de día.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos