La lucha por la vida I: 083

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


Se detuvo Manuel a la puerta de la casucha; una vieja le salió al encuentro.

-¿Qué quieres tú, chaval? -le dijo-. ¿Quién te manda venir aquí?

-El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que dejar lo que va en el carro.

La vieja le indicó el cobertizo.

-Me ha dicho también -agregó el muchacho- que me dé usted de almorzar.

-¡Te conozco, lebrel! -murmuró la vieja.

Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel descargara el carro, le dio un trozo de pan y de queso.

La vieja desenganchó los dos borricos del carrito y soltó al perro, que se puso a ladrar y a jugar de contento; ladró a los burros, uno negro y otro rucio, que volvieron la cabeza para mirarle, y le enseñaron los dientes; persiguió desesperadamente a un gato blanco de cola erizada como un plumero, luego se acercó a Manuel, que, sentado al sol, comía su trozo de queso y de pan en espera de algo. Almorzaron los dos. Manuel dio vuelta a la casa para verla. Uno de sus lados estrechos lo componían dos casetas de baño.

Estas dos casetas no se hallaban unidas; dejaban entre ambas un espacio tapado por una puerta de hierro, de las usadas para cerrar las tiendas, llenas de orín.

Formaban las dos paredes más largas de la casa del trapero estacas embreadas, y la pared contraria a la de las dos casetas de baño estaba construida con piedras gruesas e irregulares, y se curvaba hacia el exterior con un abombamiento como el del ábside de una iglesia. Por dentro, esta curvatura correspondía a un hueco a modo de ancha hornacina, ocupado por el fogón de la chimenea.

La casa, a pesar de ser pequeña, no tenía un sistema igual de cubierta; en unas partes, las latas, con grandes pedruscos encima y con los intersticios llenos de paja, sustituían a las tejas; en otras, las pizarras sujetas y afianzadas con barro; en otras, las chapas de cinc.

Se notaba en la construcción de la casa las fases de su crecimiento. Como el caparazón de una tortuga aumenta a medida del desarrollo del animal, así la casucha del trapero debió ir agrandándose poco a poco. Al principio, aquello debió ser una choza para un hombre solo, como la de un pastor; luego se ensanchó, se alargó, se dividió en habitaciones; después agregó sus dependencias, su cubierta y su corraliza. Frente a la puerta de la vivienda, en un raso de tierra apisonado, se levantaba un Tío Vivo, rodeado de una valla bajita, octogonal, en cuyos palitroques, podridos por la acción de la humedad y del calor, se conservaban algunos restos de pintura azul.

Aquellos pobres caballos del Tío Vivo, pintados de rojo, ofrecían a las miradas del espectador indiferente el más cómico y al mismo tiempo el más lamentable de los aspectos; uno de los corceles, desteñido, presentaba color indefinible; otro debió de olvidar una de sus patas en su veloz carrera; algunos de ellos, en postura elegantemente incómoda, simbolizaban la tristeza humilde y la modestia honrada y de buen gusto.

Al lado del Tío Vivo se levantaba un caballete formado por dos trípodes, sobre los cuales se apoyaba una viga, cuyos ganchos servían para colgar los columpios.

La hondonada negra contaba con tres casuchas más, las tres construidas con latas, escombros, tablas, cascotes y otros elementos similares de construcción; una de las chozas se cuarteaba por vejez o mala construcción, y para impedir su caída, su dueño, sin duda, la puso, a lo largo de una de las paredes, una fila de estacas, en las cuales se apoyaba como un cojo en su muleta; otra de las casas tenía, a modo de asta de bandera, un palo largo en el tejado, con un puchero en la punta...

Después de almorzar, Manuel indicó a la vieja cómo el señor Custodio le había dicho que se quedara allí.

-Dígame usted si tengo que hacer algo -concluyó diciendo.

-Bueno; quédate aquí. Ten cuidado con la lumbre; si el puchero hierve, déjalo; si no, echa al fuego un poco de carbón. ¡Reverte.! ¡Reverte.-gritó la vieja, llamando al perro-. Que se quede aquí.

Se fue la mujer y quedó Manuel solo con el perro. La olla hervía. Manuel, seguido de Reverte, recorrió la casa por dentro. Estaba dividida en tres cuartos: una cocina pequeña y un cuarto grande, al cual entraba la luz por dos altos ventanillos.


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