La lucha por la vida I: 086

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


El señor Custodio y sus ideas - La Justa, el Carnicerín y el Conejo.


El señor Custodio era hombre inteligente, de luces naturales, muy observador y aprovechado. No sabía leer ni escribir, y, sin embargo, hacía notas y cuentas; con cruces y garabatos de su invención, llegaba a sustituir la escritura, al menos para los usos de su industria.

Sentía el señor Custodio un gran deseo de instruirse, y a no ser porque le parecía ridículo, se hubiese puesto a aprender a leer y escribir. Por las tardes, concluido el trabajo, solía decir a Manuel que leyese los periódicos y revistas ilustradas que recogía por la calle, y el trapero y su mujer prestaban gran atención a la lectura.

Guardaba también el señor Custodio unos cuantos tomos de novelas por entregas que había dejado su hija, y Manuel comenzó a leerlos en voz alta.

Las observaciones del trapero, el cual tomaba por historia la ficción novelesca, eran siempre atinadas y justas, reveladoras de un instinto de sensatez y de buen sentido. El criterio sensato del trapero a Manuel no siempre le agradaba, y a veces se atrevía a defender una tesis romántica e inmoral; pero el señor Custodio le atajaba en seguida, sin permitirle que siguiera adelante.

Por razón de su oficio, el trapero tenía una preocupación por el abono que se desperdiciaba en Madrid.

Solía decir a Manuel:

-¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid?

-Yo, no.

-Pues haz la cuenta. A sesenta céntimos la arroba, los millones de arrobas que saldrán al año... Extiende eso por los alrededores y haz que el agua del Manzanares y la del Lozoya rieguen esos terrenos, y verías tú huertas y más huertas.

Otra de las ideas fijas del trapero era la de regenerar los materiales usados. Creía que se debía de poder sacar la cal y la arena de los cascotes de mortero, el yeso vivo del ya viejo y apagado, y suponía que esta regeneración daría una gran cantidad de dinero.

El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el Amazonas.

El señor Custodio tenía dos hijos, de los cuales no conocía Manuel más que a Juan, un chulapo alto y moreno, que estaba casado con la hija de la dueña de un lavadero de la Bombilla. La hija, justa de nombre, estaba de modista en un taller.

En las primeras semanas, ninguno de los hijos apareció por casa de los padres. Juan vivía en el lavadero, y la justa, con una pariente suya, dueña de un taller.

Manuel, que solía hablar mucho con el señor Custodio, pudo notar pronto que el trapero era, aunque comprendiendo lo ínfimo de su condición, de orgullo extraordinario, y que tenía acerca del honor y de la virtud las ideas de un señor noble de la Edad Media.

Al mes de vivir allí, estaba Manuel un domingo a la puerta de la casa, después de comer, cuando vio que por la pendiente del vertedero bajaba a la hondonada corriendo, con las faldas recogidas, una muchacha. Al verla de cerca, Manuel quedó rojo, luego pálido. Era la chiquilla que había ido dos o tres veces a casa de la patrona, a probar los trajes a la Baronesa, pero hecha ya una mujer.

Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas, cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol.

-¿Qué vendrá a hacer aquí? -se dijo Manuel.

-¿Está padre? -preguntó ella.

Salió el señor Custodio y abrazó a la muchacha. Era la hija del trapero, la justa, de quien Manuel oía hablar continuamente, y que, sin saber por qué, se había figurado que debía de ser muy flaca, muy esmirriada y desagradable.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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