La lucha por la vida I: 095

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


Allí le golpeó violentamente. El Intérprete, más forzudo que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales les separó a puntapiés. El Intérprete se marchó de allí avergonzado.

Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose nuevamente alrededor de la caldera.

Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con

lástima, se puso a hablar con ellos.

-Se va a terminar la sesión -les dijo-. Ahora van a dar comienzo los grandes ejercicios de canto. Vamos a empezar a roncar, señores. ¡No se inquieten los señores del público! Tendremos cuidado con las sábanas.

Mañana las enviaremos a lavar al río. Ahora es el momento. El que quiera -señalando una piedra- puede aprovecharse de estas almohadas. Son almohadas finas, como las gastan los marqueses de Archipipi. El que no quiera, que se vaya y no moleste. ¡Ea!, señores: si no pagan, llamo a la criada y digo que cierre...

-Pero si a todos estos les pasa lo mismo -dijo uno de los golfos-; cuando duermen van al mesón de la Cuerda. Si todos tienen cara de hambre. Manuel sentía verbosidad de charlatán. Cuando se cansó se apoyó en un montón de piedras y, con los brazos cruzados, se dispuso a dormir.

Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban más que un municipal y un señor viejo, que hablaba de los golfos en tono de lástima.

El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la conversación, diciendo con tono tranquilo de gallego.

-Créame usted a mí: éstos ya no son buenos.

Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde estaba, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni rumbo.

«¡Éstos ya no son buenos!» La frase le había producido impresión profunda. ¿Por qué no era bueno él? ¿Por que? Examinó su vida. Él no era malo, no había hecho daño a nadie. Odiaba al Carnicerín porque le arrebataba su dicha, le imposibilitaba vivir en el rincón donde únicamente encontró algún cariño y alguna protección. Después, contradiciéndose, pensó que quizá era malo y, en ese caso, no tenía más remedio que corregirse y hacerse mejor.

Embebido en estos pensamientos oyó, al pasar por la calle de Alcalá, que le llamaban repetidas veces. Era la Mellá y la Rabanitos, acurrucadas en un portal.



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