La lucha por la vida II: 003

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Puedes seguir -murmuró Hasting-, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.

Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró a los dos gigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:

-¿Qué te parece eso?

-Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres? —El autor los llama «Los explotados».. Quiere dar a entender que son los hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.

Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.

Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.

-¿Quién te ha dicho dónde vivía? -preguntó.

-En una academia.

-¿Y quién te ha indicado la academia?

-El Superhombre.

-¡Ah! El divino Langairiños... Y dime ¿desde cuándo estás sin trabajo?

-Desde hace unos días.

-¿Y qué piensas hacer?

-Pues estar a lo que salga.

-¿Y si no sale nada?

-Creo que algo saldrá.

Roberto sonrió burlonamente.

-¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye: si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.

-Bueno; muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?

-Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.

-Me alegraré.

Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su apellido. Sabiendo esto, pregunté por estas capellanías en el obispado; no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín a Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este asunto he ido un mes a Labraz.

-¿Ha estado usted fuera de Madrid?

-Sí; he gastado mil pesetas. En la situación que me encuentro, figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, a Labraz; he visto el libro de partidas en la iglesia y me he encontrado que hay un salto en el libro desde el año mil setecientos cincuenta y nueve al sesenta. «¿Qué es esto?», me dije. Miré, volví a mirar; no había señal de hoja arrancada: la numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban, y, ¿sabes lo que pasa? , que una hoja está pegada a otra. Después fui al seminario de Pamplona, y conseguí encontrar una lista de los alumnos que estudiaron a fines del siglo dieciocho, y allí está don Fermín, y pone:

«Núñez de Letona, Labraz (Álava)». De manera que la partida de bautismo de don Fermín se encuentra en la hoja pegada.

-¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?

-No; ¿quién sabe lo que puede suceder? Podría levantar la caza. El libro queda allí. Yo he mandado a Londres mi escrito; cuando venga el exhorto, el juzgado nombrará tres peritos, que irán a Labraz, y, ante ellos y ante el juez y el notario, se despegará la hoja.



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