La lucha por la vida II: 004

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su imaginación le hacia ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y sus ilusiones apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante y se puso a escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

-Qué, ¿te vas? -le dijo Roberto.

-Sí; ¿qué voy a hacer aquí?

-Si no tienes que almorzar, toma una peseta. No tengo más.

-¿Y usted?

-Yo como en casa de un discípulo. Oye: si vienes a dormir, adviérteselo a mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzón, pero le llaman Álex.

-Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

-¿Usted es don Alejo? -le preguntó Manuel.

-Sí, ¿qué hay?

-Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.

-Tendrás que acostarte en el sofá -dijo el de la blusa blanca-, porque no hay otra cama.

-No importa. Estoy acostumbrado.

-¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?

-Yo, no.

-Anda, entonces ponte sobre la tarima. Me servirás de modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano, como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.

El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba modelando y comenzó a levantar otra figura.

Manuel se cansó pronto de posar, y se lo advirtió así a Álex, quien le dijo que descansara.

A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron a amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz en grito.

Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.

Habían clasificado al mundo. Tal era admirable; Cual, detestable; H, un genio; B, un imbécil.

No les gustaban, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.

Al anochecer se prepararon para salir.

-¿Tú te vas? -preguntó el escultora Manuel

-Saldré un momento a cenar.

-Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré a eso de las doce y llamaré.

-Está bien.

Manuel comió otra ración de pan y queso y dio un paseo por las calles, y entrada la noche volvió al taller. Hacía frío allá arriba, más frío que en la calle. Se acercó a tientas al sofá y se tendió y esperó a que viniera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió Manuel.

Álex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo paseando por el estudio hablando solo.



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