La lucha por la vida II: 005

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 005 de 121
La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Ese imbécil de Santiuste -le oyó murmurar Manuel-, que dice que el no concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba a mí!

Pero ¿por qué le haré yo caso a ese idiota?

Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió paseando por el cuarto, lamentándose en voz alta de la estupidez y de la envidia de sus compañeros.

Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de «Los explotados» y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vio que Manuel no dormía, y le preguntó cándidamente:

-¿Has visto tú algo más colosal que esto?

-Es una cosa muy rara -contestó Manuel.

-¡Sí es! -replicó Álex-. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizá Rodin ¡Hum!..., ¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?

-No sé.

-En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin adornos. ¡Qué efectos produciría!, ¿eh?

-Ya lo creo.

El asombro de Manuel lo tomó Álex por admiración, y con la bujía en la mano fue quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.

Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas, con los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos; hombres que parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción y armonía. Manuel sospechó si aquella fauna mostruosa sería una broma de Álex; pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. Todos eran símbolos.

Después de mostrar sus obras, Álex se sentó en una silla.

-No me dejan trabajar -exclamó con abandono-, y lo siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzón no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.

Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir. Al día siguiente, cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.

-¿Está usted ya levantado? -le dijo Manuel con asombro.

-Hay que madrugar, amigo -contestó Roberto-. Yo no soy de los que están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la montaña; no hay más remedio.

Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.

Anda -le dijo Roberto-, ve por un café con media tostada.

Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.

-¿Quiere usted alguna cosa más? -preguntó Manuel.

-No, nada.

-¿No piensa usted volver hasta la noche?

-No.

-¿Tantas cosas tiene usted que hacer?

-Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la traducción. Salgo a las doce, voy a mi restaurante, corno, tomo café, escribo mis cartas a Inglaterra, y a las tres estoy en la Academia de Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis a ocho paseo, a las nueve ceno, a las diez estoy en el periódico, y a las doce, en la cama.

-¡Qué barbaridad! Pero, entonces, ¿usted ganará mucho? -dijo Manuel.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>