La lucha por la vida II: 008

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

II
Pág. 008 de 121
La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


La señorita Esther Volowitch - Una boda Manuel aprendiz de fotógrafo


A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer nada útil, sirviendo de modelo a Álex y de criado a todos los demás que se reunían en el estudio. Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba en contra de él.

«Yo ya sé -pensaba- que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me dice: «Ten voluntad». «Pero ¿si no la tengo?» «Hazla.» Es como si me dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me buscase un sitio donde trabajar?»

Manuel comenzó a sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse a solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar a la práctica.

Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le vio el pelo.

-¿Dónde andará ese ganso? -se preguntaron todos.

Nadie lo sabia.

Una noche, Varela, uno de los literatos, dijo que había visto a Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía inglesa.

-¡Rediez con los tontos! -exclamó uno.

-Eso es cosa vieja-repuso otro-. Ya lo dijo Schopenhauer: los fatuos son los que tienen más éxito con las mujeres.

-¿De dónde habrá sacado esa inglesa?

-¡La inglesa!... ¡Como no haya sido de la ingle! -dijo un jovencito, aprendiz de sainetero.

-¡Uf! Se va uno a intoxicar aquí con esos chistes -gritaron varios al mismo tiempo.

Se pasó a hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:

-¿Quién es la inglesa?

-¿Qué inglesa?

-¡Esa chica rubia con quien te paseas!

-Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha a la que he conocido en el museo. Da lecciones de francés y de inglés.

-¿Y cómo se llama?

-Esther.

-Buena cosa para invierno -saltó el aprendiz de sainetero.

-¿Por qué? -preguntó Bernardo.

-Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.

-¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron todos.

-¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo! -repitió impertérrito el jovencito.

Santín contó cómo había conocido a la polaca. Todos sentían alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos o tres chiquillos con algún carabinero...

Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió a presentarse en el café.

Un par de semanas después, muy temprano aún, dormía Manuel en el sofá del estudio, y Roberto, según su costumbre, traducía sus diez páginas, lo que constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se hizo el dormido.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>