La lucha por la vida II: 012

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


En noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no quiso asistir; pero el mismo Bernardo fue a buscarle a su casa, y no tuvo más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron a comer a un café de la glorieta de Bilbao.

Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.

Roberto comenzó a hablar con la novia y le pareció muy simpática y agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases en este idioma.

«Es una lástima que se case con este mastuerzo», pensó Roberto.

En la comida, uno de los viejos comenzó a soltar una porción de indecencias, que hicieron ruborizar a la novia. Bernardo, que bebió demasiado, dio bromas a la mujer de su primo, y lo hizo con la pesadez y falta de gracia que le caracterizaba.

La vuelta de la boda a la casa, al anochecer, fue melancólica. Bernardo se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con Roberto de su madre, que había muerto, de la soledad en que vivía. Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir a marcharse Roberto, Bernardo se le acercó; con voz apagada y débil le confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.

-Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?

-No sabía lo que hacia. Anda, acompáñame un momento.

-Pues ¡vaya una gracia que le haría a tu mujer!

-Sí, le eres muy simpático.

Roberto contempló con atención a su amigo, y no le miró la frente porque no le gustaban las bromas.

-Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa, además.

-¿Pues qué hay?

-Que no sé aún nada de fotografía, y quisiera que vinieras una semana o dos. ¡Por favor te lo pido!

-No puede ser; yo tengo que dar mis lecciones.

-Ven, aunque no sea más que a la hora de comer. Comerás con nosotros.

-Bueno.

-Y ahora sube un instante, por favor.

-No, ahora no subo -y Roberto dio media vuelta y se fue. En los días posteriores, Roberto fue a casa del recién casado y charló un rato con el matrimonio durante la comida.

Al tercer día, entre Bernardo y Manuel retrataron a dos criadas que aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clisés, que por casualidad salieron bien, y siguió acudiendo a casa de su amigo.

Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, dedicándose a pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó a la hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; habla notado que su mujer y Roberto simpatizaban, y pensó que éste, por seguir adelante y hacerle el amor a su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.

Cuando lo comprendió, Roberto se indignó.

-Pero oye, tú -le dijo-. ¿Es que tú crees que yo voy a trabajar por ti mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.

-Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos -replicó Bernardo, malhumorado-; yo soy un artista.

-Lo que tú eres es un imbécil, que no sirves para nada.

-Bueno, mejor.

-Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos cuartos que tenía. Da asco.

-Si ya sé yo que tú defenderás a mi mujer.

-No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la pobre para casarse contigo.

-¿Eso quiere decir que no quieres venir a trabajar?

-Claro que no.

-Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De manera que ya sabes; y a nadie le pido que venga a mi casa.

-Está bien. Adiós.

Dejó Roberto de aparecer por la casa; a los pocos días se presentó el socio, y Bernardo despidió a Manuel.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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