La lucha por la vida II: 014

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-¿Tú sabes escribir? -preguntó el señor Mingote al muchacho.

-Sí, señor.

-¿Con ortografía?

-Algunas palabras quizá no sepa...

-A. mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte a trabajar aquí -y puso una silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo-. Este trabajo -añadió- será el pago del servicio que te voy a prestar buscándote una colocación pistonuda.

-Señor Mingote -exclamó don Servando-, muchas gracias por todo.

-¡Señor don Servando! ¡Siempre a sus órdenes! —contestó el agente de negocios y de colocaciones, revirando uno de los ojos que se le desviaba y haciendo una solemne reverencia.

Manuel se sentó a la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tinteto y esperó.

-Vete poniendo un nombre de éstos en cada circular -le dijo Mingote, dándole una lista y un paquete de circulares.

La letra del agente era defectuosa y mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular ponía lo siguiente:

LA EUROPEA

AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES DE BONIFACIO DE MINGOTE.

En ella se ofrecía a las diversas clases sociales toda clase de artículos, de representaciones y de colocaciones.

Se compraban a bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se proporcionaban apuntes de asignaturas de derecho, de medicina y carreras especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían anuncios monstruosos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios y muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro exigua.

Manuel se puso a copiar con su mejor letra los nombres en las circulares y en los sobres.

El señor de Mingote vio la letra de Manuel y, después de conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dio dos o tres pasos por el cuarto y preguntó a su escribiente:

-¿Dónde íbamos?

-Decíamos -contestó con su gravedad siniestra el amanuense- que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.

-¡Ah!, sí; lo recuerdo.

De pronto, el señor Mingote, con voz de trueno, gritó:

-¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vio al agente de negocios con la vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

-Es un hecho universalmente reconocido por la ciencia -siguió diciendo Mingote en tono melodramático- que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura? -añadió Mingote con su voz natural.

-El raquitismo, la escrófula, la corea...

-Que el raquitismo, la escrófula y otros muchos desórdenes del sistema nervioso...

-Perdone usted -dijo el amanuense-,creo que el raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.

-Bueno, pues táchelo usted. ¿Íbamos en el sistema nervioso?

-Sí, señor.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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