La lucha por la vida II: 015

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-... y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien -y Mingote levantó la voz con nuevos bríos-: el Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía; el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades, que envejecen y aniquilan al hombre.

Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró con voz natural:

Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?

-Sí, ayer enviaron dos.

-¿Y dónde están?

-Me las he llevado a casa.

-¿Eh?

-Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.

-¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas botellas de anís magnífico para que venga otro con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios! y Mingote quedó mirando al techo con uno de los ojos extraviados.

-¿No le queda a usted ninguna? -dijo el amanuense.

-Sí, pero se me van a acabar en seguida.

Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.

Al mediodía, el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se fue sin saludar ni decir una palabra.

Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y, paternalmente, añadió:

-Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.

Manuel subió al estudio. Ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones, y para la una y media volvió a casa de don Bonifacio, y entre bostezo y bostezo siguió poniendo nombres en las circulares.

A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto, o porque en la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.

-No eres como mi amanuense -le dijo, halagado por las manifestaciones de alegría del muchacho-, que no ríe mis chistes y luego me los roba y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y no es eso lo peor. Lee.

Y Mingote le dio a Manuel un anuncio impreso.

Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía así:

LA BENEFACTORA
AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON PELAYO HUESCA
Nadie como ella cumple sus compromisos. 
El Consejo de Administración de La Benefactora lo forman 
los banqueros más acaudalados de Madrid. 
La Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España.
En La Benefactora no hay cuota de entrada.
Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
dietas, entierros, lactancia, etc. Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta,
tres, cuatro y cinco pesetas. (Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente, Pelayo Huesca. Misericordia, 6.



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