La lucha por la vida II: 016

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


¿Eh? -gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer-. ¿Qué te parece? Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero, ¡ah!, señor don Pelayo, yo le encontraré a usted. Si es usted un murciélago alevoso, yo le clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de todas las propiedades?

Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la circular. Era una idea de don Pelayo. En ella, la agencia se ofrecía para servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía a los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su educación; a los que querían realizar un buen matrimonio; a los que dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la agencia ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza delirante.

A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a él.

-¿Ves? No se puede vivir -terminó diciendo-. Todos los hombres son unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.

Efectivamente, por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella noche.

-Mañana, cuando vengas aquí -advirtió don Bonifacio-, coges un paquete de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una.

No quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y preguntas. ¿Entiendes?

-Sí, señor.

-Yo mientras tanto, prepararé tu asunto.

Al día siguiente, Manuel repartió una porción de circulares y volvió a la hora de comer con el recado hecho.

Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, dio un golpe en el brazo al muchacho, se paró, se tiró a fondo, y gritó:

-¡Ah, pillo, bandido, infame!

-¿Qué pasa? -dijo, asustado, Manuel.

-¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.

-¿De qué? -preguntó el muchacho.

-De hijo.

-¿De hijo? No comprendo.

Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:

-¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!

-¿Quién, yo?

-Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas aristocráticas. Hasta titulo puedes llegar a tener.

-¿Pero de verdad?

-Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. Conque anda, futuro barón, ráscate la mugre, cepíllate, quita el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de la baronesa.

Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.

Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.

De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.


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