La lucha por la vida II: 017

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de chocolate circundaban el patio.

Llamó Mingote a una de las puertas de la galería del segundo piso.

-¿Quién es? -preguntó desde dentro una voz de mujer.

-Soy yo -contestó Mingote.

Voy, voy.

Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chandas, seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.

-¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito! -gritaba la mulata con un tono muy lánguido-. Pasen, pasen.

Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi cubiertas por ropas de mujer, que formaban como un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un manchón oscuro de sangre.

-Esperen un momento. La señora está vistiéndose -advirtió la mulata.

Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.

La baronesa era una señora rubia, vestida con una bata clara; estaba sentada en un sofá, con gran aspecto de languidez y desolación.

-¿Otra vez aquí, Mingote?

-Sí, señora, otra vez.

-Siéntense ustedes.

El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea; unos sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo y un espejo biselado, grande, con la luna rajada.

-Le traigo a usted, baronesa -dijo Mingote-, el chico de que hemos hablado.

-¿Es éste?

-Sí.

-Yo creo que le conozco a este chico.

-Sí; yo también la conozco a usted -dijo Manuel-. Yo estaba en la casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la criada.

-Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace? -preguntó la baronesa a Manuel.

-Murió ya.

-Es huérfano -saltó diciendo Mingote-. Libre como el pájaro en la selva; libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo y, es original, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.

-Y tú, ¿cuántos años tienes? -preguntó la baronesa al muchacho, sin hacer caso de las reflexiones del agente.

-Dieciocho.

-Pero oiga usted, Mingote -dijo la baronesa-, el chico no tiene la edad que usted me decía.

-Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...

-Y diga usted y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para hablarle en voz baja-, ¿le ha dicho usted para qué es?

-Sí; si no, lo habría averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha rondado por ahí, no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria enseña mucho, baronesa.


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