La lucha por la vida II: 018

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Dígamelo usted a mí -repuso la dama-, que cuando pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con facilidad a todo.

-Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere -replicó Mingote-. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!

La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.

-No hablemos de eso.

-Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?

-Bueno.

-Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.

-Nada, nada, que se quede.

-Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días, en que traeré los papeles. Señora..., a sus pies.

-¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.

Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.

Adiós, hijo mío -le dijo-; que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.

-No se me olvidará; descuide usted -contestó Manuel.

-¿Te acordarás siempre de tu protector?

-Siempre.

-Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la providencia... Me siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes, por casualidad, algunos cuartos?

-No.

-Es un contratiempo molesto y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de la casa.

Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.

-¡Chucha! ¡Chucha! -gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste, que se hallaba confundido y sin saber qué hacer:

-Mira, éste es el chico.

-¡Jesú! ¡Jesú! -gritó la mulata-. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrencia le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?

Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.

-Le estás azarando -exclamó la baronesa, riendo a carcajadas.

-Pero su mersé está loca -murmuró la mulata.

-Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que se limpie.

Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.

-¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?

-Sí, algo me ha dicho.

-¿Y estás conforme?

-Yo, si, señora.

Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?

Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa durante algún tiempo.

-Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?..., y vete a lavarte.


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