La lucha por la vida II: 020

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una petición de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado, advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La baronesa le acusó de ruin y miserable, y don Sergio contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.

¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fue la baronesa la que se los contó; pero él logró averiguarlos, y como su imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar un chico, proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.

A la baronesa, que no entendía de leyes y creía que el código era una red puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde aquel momento Mingote se dio a buscar un chico que reuniera las necesarias condiciones para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando encontró a Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.

A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el escribiente y un amigo de éstos llamado Peñalar, los falsificaron con un arte exquisito.

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó la baronesa.

Mingote quedó pensativo. Si la baronesa escribía a don Sergio, éste, probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.

-¿Qué le parece a usted si fuera un confesor? -preguntó Mingote.

-¿Un confesor?

-Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...

-No, no -interrumpió la baronesa-. ¿Y dónde está ese cura?

-Iría Peñalar disfrazado.

-No. Además, don Sergio sabe que yo soy poco devota.

-Un maestro de escuela quizá seria mejor.

-¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?

-No; el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio que le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio: «Cómo se llaman tus padres, niño?». Y él dice: «Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant». Entonces él, el pedagogo, viene a verle a usted, y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni reconocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice: «Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño», y toma la determinación de ir a ver al padre de la criatura... ¿eh? ¿Qué le parece a usted?

-La trama no está mal urdida; ¿pero quién va a hacer de maestro de escuela? ¿Usted?

-No; Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera no estaría mal que le enseñara usted algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.

Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero, por más que le adornaron y le escamondaron, no se consiguió darle un aspecto verosímil de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.

A las dos horas Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones del cobro y el tanto por ciento que le correspondería a él.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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