La lucha por la vida II: 021

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.

-Ahora mismo que venga el chico conmigo.

Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás y, tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:

-Vamos, hijo mío.

Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.

Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.

-¿Don Sergio Redondo? -preguntó Peñalar a un viejo de boina.

-No ha bajado aún al despacho.

-Esperaré; dígale que hay aquí un caballero que desea verle.

-Bueno; ¿quién le digo que le espera?

-No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.

Siéntate, hijo mío -añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel, con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.

Se sentó Manuel, y Peñalar paseó su mirada por el almacén, con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.

No tardó en aparecer el viejo de la boina.

-Pasen ustedes al despacho -y empujó una mampara negra de cristales rayados-. Ahora viene el señor -añadió.

Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario de caoba con libros de comercio y, en medio, una mesa de escribir llena de cajoncitos, y a un lado de ésta, una caja de valores con botones dorados.

El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad; pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.

No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote blanco, con una mirada suspicaz, lanzada al través de sus antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al muchacho, que se levantaron; quizá creyó que había descubierto el objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarlos a que se sentaran, preguntó a Peñalar:


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