La lucha por la vida II: 022

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de un asunto de familia? ¿Usted?

Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo. Peñalar, no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que a él más le gustaban. Comenzó a hablar, sin desconcertarse con las miradas inquisitoriales del comerciante.

Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba impertérrito.

Él era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista, ¡oh! , dedicado a la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se guardaban los gérmenes regeneradores de la patria. Él sufría mucho, mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre como él, conocedor del francés, del inglés, del alemán, que tocaba el piano; un hombre como él, emparentado con toda la aristocracia del reino de León; un hombre que sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos!

¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho a la vida.

Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:

-Usted no debe trabajar.

-Pero tengo hambre.

-Pida usted dinero.

Y por eso algunas veces pedía.

Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había llevado, su discurso al tema constante de por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó en tono confidencial:

-Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, don Sergio, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella? Y eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí; yo creo en la inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes, no, lo confieso -sonriendo más dulcemente aún-; antes era panteísta y conservo no sé si de aquella época cl entusiasmo por la naturaleza. ¡Oh, el campo! , ¡el campo es mi delicia!; muchas veces recuerdo aquellos versos del mantuano:

¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe gustar, con el talento que usted tiene.

La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:

-El campo me revienta.

Peñalar quedó parado con la boca abierta.

-Señor mío, señor mío -añadió el comerciante, levantando la voz iracunda-, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo propio.

-No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita-dijo Peñalar, y se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.

-No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy limosnas.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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