La lucha por la vida II: 024

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

V
Pág. 024 de 121
La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Vida y milagros del señor de Mingote - Comienza la dulce explotación de don Sergio

Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la fecha.

Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de buscar dinero buscó a un prestamista de la calle del Pez. En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló el negocio entre los dos. Desde entonces, don Bonifacio frecuentaba la casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?

Hay bímanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bímanos interesantes pertenecía Mingote.

Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, las trazas de un agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una manera presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los dedos.

Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer, no siendo persona decente; prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de la bolsa, agente de quintas, curial, revendedor y gancho...

Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los defectos propios.

Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando lo escuchaba lo hacía con gusto; sin duda, al oírle, admiraba la sutileza y la finura de las malas artes de aquel pícaro.

Al cabo de algún tiempo de oírle su charla desvergonzada, repugnaba. La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico; pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras. -Pierden el tiempo los que me insultan -decía tranquilamente-; a sinvergüenza no me gana nadie.

Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato por entre su coraza de puntilloso caballero, aparecía la garfa del truhán.

-En cuestiones de honor no admito distingos -decía el hombre cuando se sentía hidalgo-; usted me dirá: «El honor de una martingala». Es verdad. Pero yo tengo esa desgracia: soy caballeresco por temperamento. Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas; algunas de sus cartas terminaban poniendo: «Salud y Revolución social», lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos; otras, una casa de citas o algún otro «honrado» comercio por el estilo.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>