La lucha por la vida II: 025

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y para comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario, en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad. Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones. En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggler for life de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería. -Yo -solía decir- hice la almoneda de la Chavito; yo le vendí la cuadra al marqués de Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot, el pectoral de sampaguita salvaje Álex, la pasta manicura de Chiper, la cataplasma eléctrica de Pirogoff, la harina pépsica de Clarckson, la auditina de Well, el corazón artificial de Tomás y Gil, el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el vacío a mi alrededor.

Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en la cabeza a sus enemigos.

Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser admirables, no tenía ningún inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en papeles de periódico, de sus minas de aquí y de allá.

-Ésta -y Mingote mostraba un pedrusco- es de las minas del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable ¿verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.

Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se echaba a reír.

La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.

-Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender? -le preguntaba.

-¡Ah! , no importa-replicaba Mingote-; se inventan; es lo mismo. En seguida que le demos el golpe a don Sergio nos dedicamos a los negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte y en seguida hacemos acciones. «Sociedad Anónima del Coto Prosperidad»; capital: siete millones de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul; cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.

¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía cierto; aquel hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.

Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h .•. y en otra porción de mojigangas por el estilo.

En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una necesidad y, probablemente, empalado, con la soga al cuello o en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna cosa chusca.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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