La lucha por la vida II: 026

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Reñía con todo aquel a quien no necesitaba por cosas fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores; levantaba el bastón a los golfos; trataba desdeñosamente a todo el mundo; hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus maridos o de sus padres, y, a pesar de esto, no recibía más que raras veces las bofetadas o palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.

Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador; y el gesto amenazador, en sonrisa; a veces sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba; pero no se desconcertaba nunca.

El ex prestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenia grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita: a la primera semana ya pedía dinero.

Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños Mingotes. Con ellas, el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias al dinero que traían las mujeres vivían ellas, el gran Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.

Éste era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.

El mismo día que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en compaña.

La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona del principal.

-Pero ¿por qué hace usted eso? -le preguntó Mingote-. Cuanto en peor situación la vea a usted, il vecchio será más espléndido.

-Yo le creía a usted más listo, Mingote -replicó fríamente la baronesa-. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente me daría una limosna; de otro modo, ya veremos. Además, déjeme usted a mí dirigir mis asuntos.

Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.

La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y planchar una de sus batas y vistió a Manuel y hasta le dio polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado. Mingote escribió a don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.

La baronesa y Manuel esperaron a que llegara il vecchio. A media tarde se oyó el ruido de un coche que paraba en al puerta.

-Éste es -dijo la baronesa; miró por las rendijas de la persiana-. Sí, es él -añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.

Bien vestida y ataviada, resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen ver.


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